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361 – El viaje final de Chuck Berry

Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

En un momento clave del baile de secundaria donde tiene que hacer que sus padres se enamoren, Marty McFly toma la guitarra eléctrica y pide a la banda que le siga el paso mientras toca un “clásico”. La rola pone a bailar a toda la escuela mientras uno de los músicos corre al teléfono y llama a su primo Chuck:

– Escucha Chuck, soy tu primo Marvin…creo que este es el sonido que estabas buscando.

En el mundo inventado por Robert Zemeckis, McFly se vuelve, vía una paradoja temporal, en el padre del Rock’n’Roll. En el nuestro, el padre falleció hace unos días a la edad de noventa.

Después de su muerte, circuló en Twitter la reproducción de la carta de felicitación que Carl Sagan y su mujer Ann Druyan le enviaron a Berry en 1986 por su cumpleaños 60. Un texto formal pero igualmente conmovedor.

Su canción “Johnny B. Goode”, esa que en un mundo paralelo Berry había escuchado de McFly que la aprendió de Berry, se había incluido en los discos de la nave Voyager de la NASA.

En el fondo de Louisiana cerca de Nueva Orleans

En lo alto del bosque entre las siempre verdes

había una cabaña hecha de tierra y madera 

vivía un chico campirano llamado Johnny B. Goode

que nunca aprendió a leer o escribir bien 

pero podía tocar la guitarra como si fuera una campana

“Cuando te dicen que tu música vivirá por siempre, usualmente puedes estar seguro que exageran…pero el Voyager está a dos mil millones de millas de la tierra en dirección a las estrellas. Y los discos que lleva durarán mil millones de años o más”, dice la carta de los Sagan.

Photo by GAB Archive/Redferns

¿Quién hubiera pensado que ese niño que nació en uno de los barrios segregados clasemedieros de San Luis Missouri llegaría a otras galaxias? La segregación racial era tan marcada en el Missouri de 1929, que Berry no vio su primer hombre blanco hasta que tenía tres años: un grupo de bomberos. Una anécdota que recordó varias veces a lo largo de su vida. “Pensé que estaban tan asustados por el incendio que habían palidecido, Papá me dijo que eran gente blanca y que su piel era siempre blanca, día o noche”.

Berry fue aprendiz de carpintero y de fotógrafo, cantaba, como muchos niños de su edad, en el coro de la iglesia. Después tuvo la oportunidad de asistir a la primera preparatoria para estudiantes de raza negra al oeste del Mississippi, donde tuvo su primer éxito en el festival de talentos de la escuela. Una canción blusera que no fue vista con agrado por sus maestros pero que le granjeó popularidad entre los estudiantes, despertó su interés por aprender guitarra.

Chico conflictivo, nunca se destacó en lo académico. En un viaje de pinta con dos compañeros decidieron hacerse de dinero asaltando tiendas en Kansas City. Con una pistola que se encontraron en un estacionamiento robaron una pastelería, una tienda de ropa y una barbería antes de ser arrestados y condenados a diez años de cárcel.

Photo by Terry O’Neill/Getty Images

Su edad adulta empezó a los 21 cuando fue liberado por buen comportamiento. Regresó a su casa, trabajó en construcción y como fotógrafo y como intendente de una agencia de autos. En 1951 se incorporó a la banda de un compañero de escuela y poco después el trío de jazz de Johnnie Johnson.

Pronto empezó a participar en giras donde conoció a leyendas como Muddy Waters, puerta de entrada a Chess Records. Su primera propuesta a los ejecutivos de la disquera fue “Maybellene”, una suerte de country blues sobre una carrera entre dos autos, un Cadillac y un Ford. En Chess lo firmaron de inmediato y meses después, su canción estaba en el número uno de R&B. Para muchos historiadores, “Maybellene” es la primera canción de auténtico Rock’n’Roll.

Además de la guitarra distintiva, lo suyo era el sentido del humor y el ingenio. Pasó de la preparatoria al reformatorio, pero a los treinta daba voz al romance adolescente de una manera que a la música anterior nunca le interesó. Del enamoramiento adolescente a la separación amorosa entre adultos (evocando el doloroso divorcio de sus padres); la música de Berry conectó con las emociones de la generación de la posguerra.

Mientras iba en el bus urbano y encontraba un asiento

Creí ver a mi futura esposa caminando por la calle

Le grité al conductor “Hey, baja la velocidad, creo que la veo

por favor, déjame bajar del bus

Nadine, cariño, ¿eres tú?

Su música estaba llena de lo urbano y lo cotidiano: de automóviles, choferes, nombres de ciudades, bebidas y estaciones de autobuses. Una celebración de lo “americano” que persistió a pesar del desencanto de los años sesenta.

Photo: NASA

Como muchos pioneros, nunca alcanzó el éxito que tendrían sus sucesores. Su música temprana impregnó una generación entera, de los Beach Boys a los Beatles, de los Stones a Dylan, de Elvis a Springsteen. En 1987 escribió su autobiografía de su puño y letra, sin necesidad de “escritores fantasma” (el término “negro literario” suena desafortunado en el contexto).

De la cárcel, a la cual volvió dos veces más, hasta tocar frente a diez mil personas en Las Vegas a los 83, el músico recibió todo tipo de honores y reconocimientos en sus últimos años. Y mientras su mayor éxito cruza los abismos de la vía láctea, no me queda duda, que el padre del Rock’n’Roll, ya lo acompaña en el viaje.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 22 de marzo del 2017

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360 – Preferencias de género

No todos los multimillonarios de la televisión son almas de la caridad que dedican su fortuna a resolver los problemas sociales (como discutí acá). Algunos, en una perspectiva más realista quizá, tienen como aspiración ganar más dinero (y seguirse saliendo con la suya).

En su primera temporada la serie Billions enfrentó a un magnate de la especulación bursátil, Bobby Axelrod (Damian Lewis) con el fiscal de Manhattan Chuck Rhoades (Paul Giamatti).

En el paradigma clásico de la justicia televisiva, el fiscal que representa los valores de la ley debería ser el héroe; mientras que el especulador rapaz que sólo ambiciona poder y dinero tendría el papel de villano.

Sin embargo, los creadores de Billions han apostado por matizar los tonos de gris, y Axelrod es pintado como un hombre de familia, carismático, generoso y genial. Mientras que el matrimonio del fiscal está en permanente conflicto, su vida sexual es truculenta y sus estrategias son torcidas y maquiavélicas.

Rhoades odia a Axelrod por varias razones. Axe representa lo que él nunca se atrevió a ser (Rhoades viene de una familia privilegiada). Además su mujer, Wendy, trabaja para Axelrod como psicóloga corporativa. Su declaración de guerra surge de un visceral enfrentamiento de miradas que nos hace preguntarnos si no serán más parecidos de lo que les gustaría reconocer.

La trama de la serie puede ser un tanto árida, especialmente porque los creadores evitan el lugar común del personaje novato al que se le enseñan las reglas del juego para educar al espectador. Por el contrario, se nos sumerge en el mundo de las altas finanzas sin contemplaciones con sólo Google como aliado para los detalles finos.

La segunda temporada no ha cambiado las líneas básicas, y exceptuando la referencia ocasional a Trump, el mundo que vive este duelo permanente entre ambas figuras es prácticamente el mismo. Es un mundo profundamente masculino: frío y agresivo.

De sus docenas de personajes sólo hay tres mujeres (exceptuando a las secretarias). Las mujeres de Axe y Rhoades y una fiscal adjunta. Las tres mujeres, interpretadas espléndidamente por Maggie Siff, Malin Akerman y Condola Rashad, son personajes interesantes y bien escritos, pero en ese mundo masculino sólo cobran relevancia cuando emulan a sus parejas o toman actitudes alfa para enfrentar las situaciones.

Billions se transmite por Showtime y también en exclusiva por Netflix, semana a semana.

Del otro lado del espectro podemos encontrar The Good Fight, un spin-off de The Good Wife que recupera el mismo universo de casos legales en Chicago, pero sin los actores y personajes principales de la otra.

La serie revuelve alrededor de Diane Lockhart (Christine Baranski) y Lucca Quinn (Cush Jumbo) quienes ahora trabajan en un nuevo despacho de abogados afroamericanos.

The Good Fight está tan bien escrita como solía ser su predecesora y no se percibe ningún cambio ni presupuestal ni argumental en sus locaciones o protagónicos. En ese sentido tiene mucho mejor suerte que Nashville, que al migrar a la cadena de la música country perdió todo su estilo y esencia.

Como solía pasar cuando ese mundo estaba centrado en Alicia Florrick, The Good Fight sigue encontrando inspiración en los encabezados noticiosos y políticos. CBS es una de las cadenas que más ha plantado cara al gobierno de Trump, centrada en el humor ácido y contestatario de Stephen Colbert. No es coincidencia que los creadores de la serie hayan apostado por abordar la trama en el mundo post-Trump.

De hecho el primer episodio inicia con Lockhart mirando con perplejidad la toma de posesión de Trump en el televisor. Trump está presente en cada episodio, tanto en las conversaciones del despacho de abogados (el único afroamericano que votó por él, es mirado con desprecio y sorna por el resto). Pero la atmósfera de la era Trump está presente más allá del ambiente y trasfondo: en un episodio las fake news son parte de una subtrama, mientras que en el más reciente juega un papel decisivo un tuit impulsivo del Presidente.

El universo de The Good Fight es femenino. No sólo porque sus tres protagonistas son mujeres (y buena parte de los personajes secundarios más interesantes), sino porque están escritos desde una óptica femenina (introspectiva, emotiva y elegante en su sofisticación); una de las razones por las que su predecesora fue un éxito refrescante en el panorama televisivo.

CBS decidió que esta serie, que supera en calidad a buena parte de su alineación de la temporada, se transmitiría en forma exclusiva en su plataforma online CBS Total Access. Eso le permite a los guionistas mayor latitud tanto en el lenguaje como en la manera con que se abordan temas políticos o sexuales.

No me cabe duda que la serie encontrará espacio en alguno de los canales satelitales que se transmiten en México o dentro de poco tiempo en Netflix.

Twitter rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 15 de marzo del 2017

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359 – Expectativas rebasadas

La televisión continuamente busca premisas detonantes para contar historias. En tiempos irracionales, las enfermedades mentales pueden ser un manantial interminable de potenciales hilos narrativos.

Pensemos por ejemplo en Legion (FX), una nueva visita al mundo Marvel (en la versión de mutantes de que tiene licencia la Fox). Noah Hawley, que hizo maravillas con las primeras dos temporadas de Fargo, tiene en sus manos a uno de los antihéroes más interesantes de la interminable lista de pupilos del legendario Profesor X.

Cuando Marvel licenció los X-Men a Fox, no imaginó que después tendría que reinventar todo su universo para contar la saga que va desde los Avengers hasta los agentes de S.H.I.E.L.D. sin los mutantes. Se sugiere su presencia (pensemos en la formidable Jessica Jones y Luke Cage los antihéroes urbanos que dejó en manos de Netflix), o se recurre a la etiqueta de inhumanos, para poder utilizar la misma idea sin romper contratos: bemoles del copyright.

Si alguien piensa que Legion es una más en la agotadora invasión de superhéroes de los últimos años, estará muy equivocado. Esta no es la narrativa del bien contra el mal, el caso de la semana y mantener identidades secretas en ciudades infestadas por el crimen. De hecho su estilo visual se distancia de la estética estadounidense, apuntándose más en una tradición británica que recuerda al mejor Matthew Vaughn (Kickass) o hasta a Danny Boyle (Trainspotting).

La serie inicia con un montaje de la vida de David Haller al son del Happy Jack de The Who. Este inicio es paradigmático de la propuesta de Hawley. David, que a temprana edad juega feliz con su hermana, crece para volverse un adolescente conflictivo, y poco después lo encontramos internado en una estilizada y extraña clínica, donde aborda distintas terapias para superar lo que ha aprendido a aceptar como esquizofrenia.

La historia la vamos conociendo como David la recuerda, y esa subjetividad viaja por todos sus estados mentales, desde la paranoia hasta la negación, pasando por unas pesadillas inquietantes. Tras cada imagen irracional, hay un intento de contención, suyo, de sus médicos, o de los extraños interrogadores que han aparecido para averiguar qué diablos pasó en la clínica.

El final del primer capítulo ofrece una posible explicación y es una secuencia formidable que no voy a echar a perder a los lectores. Baste decir que Legion es parte de una nueva generación de propuestas televisivas, que su elenco encabezado por el carismático Dan Stevens (Downton Abbey) es muy afortunado, y que se recomienda dejar a un lado ideas preconcebidas sobre el género y simplemente disfrutar.

Esa idea de etiquetar con un diagnóstico clínico todo lo que no entendemos, está en el centro de otra misteriosa serie revelación que estrenó Netflix en diciembre pasado. Me refiero a The OA, producto de la brillante colaboración de Brit Marling y Zal Batmanglij.

Marling ha sido una presencia frecuente del circuito de cine independiente y el festival de Sundance. Una talentosa actriz y guionista, que participa activamente en la concepción de sus proyectos. Su trayectoria, que incluye películas como Sound of my voice y la inolvidable Another Earth, permitió que Netflix le diera luz verde no sólo a su proyecto de serie de TV, sino a desarrollarla casi en completo secreto.

Las cadenas televisivas prefieren amarrar a su público. Establecer desde el principio premisas básicas acordes a expectativas cuidadosamente diseñadas por campañas de mercadeo. En suma: la promesa de entretenimiento garantizado porque la serie se parece a todas estas otras que te han entretenido.

La idea de Marling es completamente opuesta. The OA pretender conectar emocional e intelectualmente con su público. Para ello requiere un voto de confianza de un espectador que acepta un diseño que nunca es lo que aparenta. Que necesita cierto tiempo para desarrollar sus ideas y cuya única promesa es recompensar la paciencia con creces. Como toda buena historia, establece algunos anzuelos para atraparnos. No sé si lo consiga frente a espectadores impacientes que busquen distracción sin complicaciones.

En el primer episodio, Prairie, una chica ciega que estuvo desaparecida por años, es encontrada en el borde de un puente. Sus padres y la policía están perplejos, no sólo porque la chica parece incapaz de explicar dónde estuvo prisionera, sino porque además ha (¿milagrosamente?) recuperado la vista.

Prairie (interpretada con sensible y honesta intensidad por Marling) es una chica rara, desde la infancia ha sido tratada por varios desórdenes mentales y eso provoca que sus padres y las autoridades la miren con extrema desconfianza. La familia vive en un poblado suburbano donde la depresión económica y los problemas de drogas son evidentes. Poco a poco, Prairie conecta con jóvenes solitarios de la preparatoria local y los convoca a un extraño grupo al que cuenta su historia.

No digo más. Son pocos episodios, son extraordinariamente absorbentes y adictivos. Lo único que vale la pena añadir es que la recompensa bien vale la pena. The OA tiene algunos de los momentos más intensos y conmovedores que he visto en televisión en mucho tiempo.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 8 de marzo del 2017

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358 – Oscars 2017: Tiempos de cambio

Como suele suceder, lo dijo primero Bob Dylan:

Come writers and critics / who prophesize with your pen / and keep your eyes wide / the chance won’t come again / and don’t speak too soon / for the wheel’s still to spin / and there’s no telling who that it’s naming / for the loser will be later to win / cause the times they are a-changing.

(Vengan escritores y críticos / que profetizan con su pluma / y tengan sus ojos abiertos / la oportunidad no volverá / y no hablen demasiado pronto / porque la rueda todavía va a girar / y no sabremos a quién nombra / y el perdedor ganará después / porque los tiempos están cambiando).

Y si alguien se suscribe a aquello de que los tiempos están cambiando fue la Academia de Hollywood, que entiende que en la era de Trump cada quién tiene que pintar su raya. Una institución que se ha caracterizado a lo largo de décadas por una votación conservadora que más de una vez ha bordeado en el racismo. Que ha visto su audiencia declinar y aún así sigue siendo la máxima aspiración en su medio creativo (pueden decir lo que quieran pero no hay cineasta mundial que no sueñe con ganarse el Oscar). Que ha protagonizado años de contrición donde la culpa y el peso de la opinión pública los ha llevado a la apertura a regañadientes. Esa institución, vetusta y casi monolítica de miles de votantes blancos retirados, decidió poner un hasta-aquí.

Después del año #oscarsowhite, llegó el año #oscarwentblack en una ceremonia sin precedentes en todos los sentidos. Como dijo James Corden: Hubo ganadores sorpresivos, perdedores sorpresivos y ambos.

Dos actores afroamericanos ganaron, uno de ellos, el primer actor musulmán. Ganó un cortometraje sobre los cascos blancos que salvan vidas en Siria. Una película de un país vetado por el gobierno federal, y desfiló la muestra más diversa de presentadores. Pero más aún, frente a la disyuntiva entre una película escapista y espectacular sobre los sueños del mundo del espectáculo, y otra incómoda, empática y bella sobre la búsqueda interior y maduración emocional de un hombre, los votantes se decantaron por la segunda. Y estoy seguro que sí importó que Moonlight fuera la historia de un niño/joven/hombre negro y gay que creció en un mal barrio de Miami; perseguido por su sexualidad, con una madre adicta y criado por un sensible dealer cubano.

Moonlight no ganó a pesar de eso. Ganó gracias a eso. Sí, artísticamente es sobresaliente y tiene muchísimos méritos técnicos, pero muchas películas igual de logradas se han quedado en la orilla a lo largo de los años. Moonlight ganó porque los votantes decidieron ponerle un hasta aquí al gobierno de Trump, y con suerte (y un poquito de esperanza), un hasta aquí a los prejuicios de su propio pasado.

No es un salto menor. A pesar de que una de las editorialistas de The New Yorker lo caracterizó amargamente como una muestra más de hipocresía. Estamos hablando de la misma Academia que no le dio el premio a Brokeback Mountain en 2005 por contar una historia de amor gay entre blancos, la misma Academia que ha celebrado el cine de Damien Chazelle, donde los blancos salvan al jazz.

Los mejores momentos de la noche fueron la carta que mandó Farhadi, las palabras de Gael, los números musicales, el humor de Jimmy Kimmel (el mejor host desde Billy Crystal) y el discurso de la gran Viola Davis. Sin olvidar las conmovedoras palabras de Kevin O’Connell al recibir su primer Oscar, veinte veces nominado desde 1984 (la peor racha de la historia de nominaciones sin ganar). 39 años atrás, trabajaba de bombero cuando su madre le consiguió su primer empleo como sonidista. “Cuando le dije cómo puedo agradecerte, ella me dijo. ‘Puedes trabajar duro. Puedes trabajar muy duro y un día ganarte un Oscar y pararte en el escenario y pensar en mí frente a todo el mundo’. Mamá, sé que me estás mirando desde allá arriba esta noche. Gracias.”.

La ceremonia pasa también a la historia por sus dos terribles metidas de pata. La primera fue proyectar el rostro de Jane Chapman, una productora australiana viva, sobre el nombre de Janet Patterson diseñadora de vestuario (fallecida en 2015) durante su segmento de homenaje In Memoriam.

La segunda la conoce todo el mundo. Cuando el sobre equivocado fue leído por Faye Dunaway como el resultado del premio más importante de la noche. Un error humano de los contadores de PriceWaterhouseCoopers, que sólo ellos podían haber remediado. Los dos contadores encargados de cuantificar los votos son quienes entregan los sobres. Cada resultado se imprime por duplicado y en cada extremo del escenario, un contador entrega el sobre correspondiente al presentador (dependiendo de qué lado entra éste). El resultado final no está en ningún otro sitio. No lo conoce ni la presidenta de la Academia. Los contadores ni siquiera lo anotan en un papel para que nadie lo robe: Lo memorizan.

En el momento fatídico, la persona encargada le entregó el sobre de la categoría anterior a Warren Beatty. Él se dio cuenta al abrirlo pero no supo qué hacer. Antes de que reaccionara, su desconcierto interpretado como broma, le dio la tarjeta a Dunaway que leyó el resultado en voz alta. Mientras la gente de La La Land caminaba entre abrazos hacia el escenario, los contadores buscaban al asistente de producción adecuado para parar la ceremonia. El daño estaba hecho, pero fue un daño menor.

La entrega de premios más predecible del mundo del espectáculo resultó impredecible, caótica, feliz, y catártica para muchos; con una ganadora a Mejor Película de la que la Academia puede sentirse orgullosa en más de un sentido.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 1 de marzo del 2017

Ligas de interés

A shambolic, Kind of Fabulous Oscars Ceremony – Anthony Lane (The New Yorker)

El genial James Corden sobre la premiación

  

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¿Y el Oscar será para…?

Como suele suceder con los premios Oscar, incluso en los años de mea culpa en que se matizan sus criterios ultraconservadores; el mapa para la noche del domingo resulta muy claro. Basta echar un vistazo a la historia de la estatuilla dorada, y a las tendencias establecidas por los premios de los gremios, los BAFTA y hasta los casi irrelevantes Globos de Oro.

PELÍCULA

Debería y va: La La Land

Sorpresa: Moonlight

Fuera de una verdadera sorpresa, el triunfo del musical de Damien Chazelle esta cantado desde su número récord de nominaciones. La La Land es una evolución del musical que Hollywood identifica con su época de oro. Pero no sólo la nostalgia y edad de los votantes influirá su voto, hace mucho que una película no dominaba las categorías técnicas y principales de esta manera, el consenso está a su favor.

DIRECTOR

Debería y Va: Damien Chazelle por La La Land

Sorpresa: La sorpresa ya la dio Mel Gibson al ganarle la nominación a Martin Scorsese.

Para muchos críticos, el trabajo sutil de Barry Jenkins en Moonlight le merecería la distinción, pero la Academia no suele andarse con sutilezas.

ACTOR

Debería: Casey Affleck por Manchester junto al mar

Va: Denzel Washington por Fences

Affleck merece ganar, y posiblemente lo haga. Lo único en su contra tiene poco que ver con su trabajo actoral y más con la mala publicidad que recibió por dos denuncias durante una filmación en 2008. Denzel ganó el premio del sindicato de actores y se puso al frente en los pronósticos. Espere un final de fotografía.

ACTRIZ

Debería: Isabelle Huppert por Elle

Va: Emma Stone por La La Land

Huppert es probablemente la mejor actriz francesa de su generación y su papel en Elle es complejo, sutil, profundo y perturbador. Stone es la cara nueva de Hollywood, una talentosa joven actriz, que está circulando en el radar de la Academia desde hace rato, y no hay nada que le importe más a la realeza de Hollywood que encumbrar a sus nuevos consentidos.

ACTOR DE SOPORTE

Debería: Jeff Bridges por Hell or High Water (Enemigo de todos)

Va: Mahershala Ali por Moonlight (Luz de luna)

Sorpresa: Dev Patel por Lion (Un camino a casa)

No hay duda. El trabajo de Ali es uno de los más destacados del año y es el claro favorito en una de las categorías más fuertes de la noche, no lo perjudica el haber dado uno de los mejores discursos de aceptación en la noche de los Golden Globes.

ACTRIZ DE SOPORTE

Debería y va: Viola Davis por Fences

Davis va a ganar, pero debió competir como Mejor Actriz. La flexibilidad de la Academia en las categorías de actuación permitió que sus productores la presentaran a una carrera donde tenía más oportunidades de ganar (en la otra debería haber pasado por encima de Stone y Huppert).

GUIÓN ORIGINAL

Debería: Taylor Sheridan por Enemigo de todos

Va: Kenneth Lonergan por Manchester junto al mar

Sorpresa: Damien Chazelle por La La Land

Cuestión de gustos. Sheridan le da profundidad y humor a un western moderno donde las líneas morales y sentimentales se desdibujan. Lonergan, en su tercera nominación, es uno de los escritores más respetados de su país. ¿Puede sumarse esta categoría a la avalancha de La La Land? Sí, pero es muy improbable.

GUIÓN ADAPTADO

Debería: Eric Heisserer por La llegada

Van: Barry Jenkins y Tarell Alvin McCraney por Luz de luna

Otra de las categorías difíciles de predecir. Luz de luna ganó el premio del sindicato, pero como guión original (para la Academia es adaptado porque se basó en una obra teatral aunque nunca hubiera sido montada). El guión de Heisserer convirtió lo que en manos de otro hubiera sido cine de verano, en ciencia ficción introspectiva y casi metafísica. Y luego están las demás.

PELÍCULA EXTRANJERA

Va: El vendedor de Asghar Farhadi (Irán)

Toni Erdmann se perfilaba como la favorita y entonces vino el #MuslimBan de Trump y se le prohibió el acceso al país a Farhadi. Aún con la prohibición revocada por un juez federal, Farhadi (que hace un mes recogió el Globo de Oro en Los Angeles) decidió boicotear la ceremonia en protesta. ¿No sería fantástico que recibiera su premio con una videollamada denunciando a Trump?

CINEMATOGRAFÍA

Debería y va: Linus Sandgren por La La Land.

Termina el reinado de Lubezki, y aunque nuestro compatriota Rodrigo Prieto tuvo un trabajo impecable en Silencio, hay poco que disputarle a Sandgren. Desde Escándalo Americano el sueco había mostrado su talento para mover la cámara en secuencias complicadas y apreciar el color como quién lo mira por primera vez.

EDICIÓN

Debería: Joe Walker por La llegada

Va: Tom Cross por La La Land

Es la noche de La La Land, y de repetición para Cross que ganó en 2014 por Whiplash.   

DISEÑO DE PRODUCCIÓN

Deberían y van: David Wasco y Sandy Reynolds-Wasco por La La Land

Los demás deben estar contentos con haber sido invitados a asistir a la ceremonia.

VESTUARIO

Va: Mary Zophres por La La Land.

Sopresa: Madeline Fontaine por Jackie

Es el año para la moda norteamericana, sólo basta elegir ¿Elegancia casual contemporánea o una retrospectiva de la alta costura de los años sesenta?

MAQUILLAJE Y PEINADOS

Uno pensaría que Star Trek Beyond lleva la ventaja, pero entre dos churros y una película sueca de calidad, A man called Ove, que muchos votantes verán obligados por su nominación como película extranjera, puede sorprender.

BANDA SONORA

Hay muy pocas dudas de que La La Land se anotará esta en su estantería. Más de un votante estará tarareando la música de Justin Hurwitz durante los comerciales.

CANCIÓN

Por primera vez en años, la categoría de relleno por excelencia, tiene una competición seria. ¿Timberlake (Trolls) o Miranda (Moana)? Por supuesto que Hurwitz y su “City of Stars”.   

EDICIÓN DE SONIDO y MEZCLA DE SONIDO

Va: Hasta el último hombre

Sopresa: La La Land

Uno pensaría que estas son categorías donde los musicales tienen una ventaja sustancial, pero lo cierto es que las cintas de acción con capas sonoras sobrepuestas, particularmente las de guerra, suelen arrasar. Una posibilidad es el voto dividido: La La Land (mezcla) y Hasta el último hombre (edición).

EFECTOS VISUALES

Me gustaría que ganara Doctor Strange y sus dimensiones múltiples o Rogue One en cercano segundo lugar, pero es posible que las sensibilidades de la Academia se decanten por el trabajo inusual y deslumbrante de The Jungle Book.

PELÍCULA ANIMADA

La categoría sigue siendo uno de los mejores esfuerzos de la Academia por difundir la animación mundial, y aunque My life as a Zucchini, Kubo y La Tortuga Roja son ejemplos excelencia en el género, la estatuilla quedará en la mejor cinta animada de Hollywood: Zootopia.

DOCUMENTAL

Debe y Va: O.J. Made in America

Este documental sobre el ascenso y caída de O.J. Simpson es un ejercicio deslumbrante de edición y narrativa. ¡Y dura 7.5 horas! Lo único que podría derivar el premio hacia I am not your Negro o The 13th sería la percepción injustificada de que por su longitud califica más como miniserie.

CORTO DOCUMENTAL

En Joe’s Violin, un veterano violinista, sobreviviente del Holocausto, decide donar el violín que lo ha acompañado por 70 años a un movimiento para llevar instrumentos musicales a escuelas públicas. ¿Hay que decir más?

CORTO ANIMADO

Los cinco son una joya, pero Piper sobre un pequeño pájaro que deja el nido por primera vez, es el que se quedará en la memoria por más tiempo.

CORTOMETRAJE

Hay pocas categorías más impredecibles que esta. Cinco cortometrajes premiados surgidos de todo el mundo, ejemplificando la importancia que la Academia da a la “cantera” cinematográfica. Esperen que triunfe el polémico e intenso Ennemis Intérieurs, cortometraje francés sobre un interrogatorio a un inmigrante argelino que busca naturalizarse en Francia. Retrato del enfrentamiento contemporáneo de las civilizaciones, como diría Edward Said.

¿Cómo me fue?

En afán por la transparencia: el 2016 para la Entrega 87 del Oscar: de 24 categorías anticipé 19 ganadores.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista Arte Ideas y Gente del viernes 24 de febrero del 2017

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357 – El buen multimillonario y otros mitos televisivos

Hemos escuchado aquello de que no hay ideas nuevas. Que todo ya fue realizado y como dice la canción de rapero Nas: No hay ideas originales, no hay nada nuevo bajo el sol, nunca es lo que haces sino cómo lo haces… Las televisoras estadounidenses lo entienden mejor que nadie. Tres de sus nuevas propuestas son refritos directa o indirectamente influenciados por el nuevo héroe del sueño americano: el buen multimillonario.

En Pure Genius (CBS), James Bell (Augustus Prew), un exitoso empresario de Silicon Valley, decide poner toda su tecnología en el asador para construir el mejor hospital del planeta. El lugar es tan increíble como la idea de que cada paciente tiene a su disposición una docena de médicos de primer nivel (y un billonario ocioso para dominarlos a todos).

La serie empieza cuando Bell mueve cielo, mar y tierra para contratar al Dr. Wallace (Dermot Mulroney), lo que le permite una serie de secuencias expositivas sobre su personal y el hospital.

Aunque la premisa no es muy distinta a lo que vimos en House o en el estándar del género ER, cualquier aficionado a los dramas médicos se verá seducido por el lugar, elenco y el dilema médico de la semana. La verdadera motivación de Bell puede no ser totalmente altruista, pero igual beneficia a sus pacientes VIP.

En APB (Fox), Gideon Reeves (Justin Kirk) un antipático multimillonario tecnológico decide hacerse cargo de la policía del peligroso distrito 13 de Chicago. Reeves, quien ponía sus talentos al servicio de conglomerados petroleros y de armamento, sufre una crisis de conciencia cuando uno de sus colaboradores es asesinado durante un asalto.

Reeves se vale de su dinero para obligar al alcalde a cederle el distrito y después se dedica a regalarle a sus policías autos de ensueño, pistolas eléctricas y drones para perseguir los crímenes que los ciudadanos reportan a través de la nueva App. La idea es interesante y en el piloto funciona bien. Una especie de modernización del Robocop de Paul Verhoeven, pero sin una pizca de ironía o cuestionamiento moral.

Para conseguir ganarse al precinto, Reeves debe conquistar la admiración de Theresa Murphy (Natalie Martinez), una patrullera que cumple con todo el estereotipo latino en la televisión: madre soltera con hijo pequeño; vive con su mamá que habla en español y lucha por los valores familiares; desafía a la autoridad y tiene baja autoestima.

Todo lo que funciona en el piloto, se va por el drenaje en el segundo episodio que tiene todo el encanto de una secuela serie B. Y es que mientras el hospital de Bell debe enfrentar un caso difícil cada semana para mantener el interés, el distrito 13 resulta profundamente aburrido cuando sus crímenes recurrentes son asaltos a licorerías, farmacias y disputas domésticas. La serie busca crear tensión en tres sitios distintos: política con el alcalde, tecnológica cuando los policías rechazan los nuevos dispositivos y sexual a través de miradas solapadas. Ninguno de los tres es muy interesante o creíble.

Fox decide que las mejores ideas están en el almacén, por lo que este año resucita 24 y Prison Break. Después de la despedida de Jack Bauer (Kiefer Sutherland) en la extemporánea temporada 8, quedó claro que todavía hay mercado para thrillers de conspiración terrorista en tiempo real.

Llega 24: Legacy (que pretende ser 24: legado, pero debería traducirse como 24: Las sobras). En lugar de Bauer tenemos al agente Carter (Corey Hawkins), un veterano de las fuerzas especiales que cazaron a al terrorista más buscado en Pakistan (el equivalente en TV de Bin Laden).

En el operativo uno de sus compañeros se llevó una cajita de recuerdos del terrorista y ahora un grupo armado los persigue por la capital estadounidense para hacerse con ella. Dentro está el plan para un atentado terrorista inminente que involucra al gobierno federal y a grupos de estudiantes de apariencia musulmana.

La nueva 24 tiene toda la chispa, estilo y receta de las ocho encarnaciones previas, pero con un elenco menos atractivo. Está construida encima de la paranoia republicana que llevó a otro multimillonario a la presidencia en enero pasado, nutriéndose del insomnio provocado por los encabezados de Breitbart y Fox News.

Una de las grandes cualidades de la franquicia era su profunda inmediatez y visceralidad. Sus héroes no tienen tiempo de comer ni ir al baño. Dedican todo su tiempo a conspirar, reaccionar en forma arbitraria, ser perseguidos y echar tiros, todo para detener un suceso terrible en el que presumiblemente morirán miles de personas. El 24 reciclado no es menos efectivo en ello que sus predecesoras y dejando de lado su alimentación amoral de los prejuicios nacionales de la derecha estadounidense, resulta tan entretenida como la cinta promedio de acción veraniega.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 22 de febrero del 2017

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356 – Soluciones falsas para problemas inventados

“Se tienen que resolver los problemas desde la raíz, es decir atendiendo las causas y no las consecuencias, sólo así se pueden prevenir muchos males”. Este remanso de sabiduría parece resumir una idea constante en las redes sociales: Los problemas son claros, sus soluciones obvias, y lo único que hace falta es voluntad.

Parece el tipo de axioma indiscutible que proviene del sentido común y está asentado en el firmware mental de mucha gente. Es lógico, ¿no cree, usted? La mejor manera de resolver un problema es solucionando lo que lo causó.

Es tan evidente que puede aplicarse directamente a la lógica científica o seudocientífica con que se enfrenta, por ejemplo, una enfermedad. Atendiendo lo que provoca la enfermedad y no sus síntomas. Por supuesto, lo primero que notamos son los síntomas. Un paciente tiene fiebre y problemas para respirar, sigamos el ejemplo. El argumento arriba enunciado dice que no se deben atender los síntomas, sino su causa. Esta puede ser una bacteria, un virus, o hasta, dicen algunos, un pensamiento o una emoción reprimida. Eliminada la causa, el cuerpo buscará la salud y se recuperará. ¿Qué pasa si atacamos la supuesta bacteria, el virus, el problema psicosomático, la falta de autoestima, y la fiebre y la falta respiración empeoran? ¿Dirigimos todos los esfuerzos hacia otra causa?

Otro ejemplo. Una ciudad está inundada. Se identifica una grieta en el muro de una presa. Bajo la premisa señalada arriba, solucionar el problema desde la raíz supone reparar la grieta. Atender a los damnificados por la inundación, impermeabilizar y reconstruir caminos no basta, porque el agua sigue llegando. La grieta se repara. Problema solucionado. ¿Sí?

¿Qué pasa si la grieta es un síntoma de otra cosa? Como malos materiales de construcción. Y estos son consecuencia de una mala licitación, y esta a su vez fue provocada por corrupción en algún funcionario. Y este está ahí por problemas de impunidad y rendición de cuentas, pero llegó al poder por manipulación democrática cuyo origen es la desigualdad social que surge de un modelo económico e industrial con raíces sociales, económicas, religiosas e históricas. ¿Cuál es la raíz a resolver? ¿Cuáles consecuencias ignorar?

El dilema de ese tipo de problemas, no es que no exista voluntad o valor para enfrentar su causa y dejar zanjadas de una vez por todas, sus fuentes de injusticia e iniquidad. El problema está en identificar esas causas más allá de las opiniones mal informadas o prejuiciadas del político, editorialista, funcionario, mesías en turno y la discusión impulsiva de las redes sociales.

Entre más amplia sea la “consecuencia” que atender (entre más social es el problema), más complejas serán sus causas y más difíciles de identificar. La principal discusión radica no en la manera de solucionar los problemas sino en el consenso mismo para identificar las situaciones como “problemas” que merezcan solucionarse.

Uno de los grandes retos de un país, y esto va tanto por México como por EEUU o el mismo Reino Unido, está en identificar los problemas que necesitan ser atendidos, los que urgen se atiendan y aquellos cuya atención resulta vital. El primer consenso debe ser el diagnóstico: qué problema requiere nuestra atención ahorita.

Quien logra vender el problema, consigue endosar por consiguiente su solución. Poco importa si el problema es real. Trump no es el primer político en inventar soluciones para problemas ficticios: reconstruir un país que no necesita reconstruirse, resolver un desempleo imaginario y enfrentar crisis económicas y de seguridad más producto de la paranoia que otra cosa.

Su diagnóstico encontró eco en parte de su población de igual manera que un estafador de internet siempre encuentra alguna víctima dispuesta a dar click. ¿Por qué sorprende que sus órdenes ejecutivas sean descabellados intentos por resolver problemas inexistentes? Los problemas existen porque él dice que existen, y suficientes votantes compraron el discurso.

Después, por supuesto, se evidencia la disonancia entre su lectura y la realidad misma. Una que tiene su origen, si siguiéramos el ejercicio, en muchos factores, entre los cuales está la desigualdad económica, política, racial, generacional y geográfica de su país.

Pero este problema no es exclusivo de los EEUU. La historia humana está llena de malos diagnósticos y soluciones descabelladas.

Quizá la única posición realmente sensata sea entender que tanto en el diagnóstico como en sus propuestas de solución hay a veces más subjetividad que conocimiento fáctico. Y darnos cuenta que cuando empezamos a estar convencidos que el problema es obvio y la solución más aún; es el momento ideal para empezar a cuestionar precisamente, nuestro sentido común.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 15 de febrero del 2017

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355 – Lecciones del Súper Domingo

Durante años la dualidad optimismo/pesimismo se ha descrito con la imagen de un vaso con agua hasta la mitad. Para algunos observadores (etiquetados optimistas) el vaso está medio lleno; para otros (pesimistas), medio vacío. Ambas funcionan para describir el mismo fenómeno físico:“la realidad” del vaso; pero según sus apologistas, describen mejor el temperamento del observador.

Detrás está la idea de que los optimistas resultan ser personas más felices, saludables y ricas; mientras que los pesimistas terminan pasándola mal (y a decir verdad, no esperaban otra cosa). Investigaciones como la de la psicóloga Susan Segerstrom afirman que diez años después de graduarse, los sujetos del vaso medio lleno ganaban más dinero que sus compañeros del vaso medio vacío. En la filosofía pragmática estadounidense: más dinero es igual a más felicidad.

El centro del argumento ha dado tela de sobra para los consejos facilones y las charlas de autoayuda: quien espera buenas cosas obtiene resultados positivos. Mientras que esperar mala fortuna impide que realices las cosas que hubieran prevenido que ésta se diera.

Sirva lo anterior para explicar dos lecturas posibles del juego del pasado domingo. Para algunos, los Patriotas ganaron porque son los mejores (o porque hacen trampas, pero eso es otro tema) y para otros, lo que sucedió en realidad fue que los jugadores de Atlanta no le echaron ganas, se confiaron, y se dejaron ganar.

En la justa deportiva tradicional, para que haya un ganador hay necesariamente un perdedor. La cultura de la corrección política ha inventado esa patraña de “todos son ganadores” bajo el argumento de que así nadie se siente mal. Todos reciben diploma de participación, lo importante del vaso es que tiene agua y es líquida.

De acuerdo a Jean M. Twenge, autora de The Narcissism Epidemic: Living in the Age of Entitlement (La epidemia narcisista: viviendo en la era de sentirse con el derecho), la mentalidad de “todos ganamos” no sirve para construir verdadera autoestima. Al contrario: “construye el sentido vacío de ‘soy genial’, no porque hice nada, sino sólo por estar aquí”.

James Harrison, defensor de los Pittsburg Steelers, provocó polémica cuando obligó a sus dos hijos a devolver los trofeos de participación que les dieron en la escuela. Harrison afirmó que para él, todo en la vida debe ser ganado por merecimiento, y que a veces tu mejor esfuerzo no es suficiente y eso te motiva a ser mejor”. Bravo #92.

Al igual que el vaso, el partido del domingo tiene dos lecturas. Veamos el vaso medio vacío: Los jugadores y entrenadores de Atlanta celebraban desde mediados del tercer cuarto. Aflojaron la intensidad en el campo de juego (por cansancio o exceso de confianza, ellos sabrán). Se dejaron ganar o no supieron hacerlo. Son, en el estilo más Trumpista, losers.

Veamos el vaso medio lleno. Los patriotas nunca se dieron por vencidos. Hicieron lo que había que hacer. Enfrentaron la adversidad con resolución y enfocados en la victoria y su capacidad para hacerlo, vinieron de atrás para un triunfo histórico (e insólito, para quien conoce el deporte).

Dejemos de lado las imaginarias teorías de conspiración (entre ellas que Trump arregló el juego porque los de Boston son sus cuates). El 53% del público estaba con Atlanta y las estadísticas los daban por triunfadores. Como dijo el gran Stephen Colbert: Atlanta gana el voto popular, Nueva Inglaterra el Colegio Electoral.

Pero lo que realmente sucedió el domingo, fue como el vaso: medio vacío y medio lleno a la vez.

Los Halcones aplastaban porque nadie los daba como favoritos y salieron a dejar el alma en la cancha. Cuando vieron que ganaban fácil, se confiaron. Al empezar el cuarto cuarto aflojaron la presión defensiva. Sólo necesitaban que corriera el tiempo restante para irse a casa con el trofeo, pero eligieron jugadas agresivas que detenían el reloj. Esta decisión los llevó a perder el balón, perder terreno y cometer castigos estúpidos.

La filosofía de los Patriotas es distinta. No importa lo que digan los expertos o los medios. No importa lo que ya pasó. La siguiente jugada es lo que importa y hay que hacerla bien. Empezaron equivocándose en todo, hasta que dejaron de hacerlo. Se aplicaron y aprovecharon los errores del rival para tener el mejor regreso de la historia de su deporte. No les importa si los odias por Trump o los amas por Bundchen, juegan siempre a ganar y no se dan por perdidos. Nunca.

El resultado se da por ambas cosas. Si Atlanta no comete los errores, la mentalidad y capacidad de los Patriotas no hubiera bastado. Y aunque Atlanta falló, el regreso de los Patriotas fue increíble. Podemos condenar la ineptitud de unos o aplaudir la capacidad de los otros. También podemos disfrutar el partidazo. Levantar el vaso y bebernos el agua refrescante.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 8 de febrero del 2017

   

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354 – Mexico unido y la paradoja de la hamburguesa

Nos gustaría pensar que México está nuevamente unido. Que ante la adversidad, los mexicanos que corren a cambiar sus avatares por banderas y puños tricolores se ven a sí mismos como una masa compacta con una sola meta e ilusión. Que basta un tuit impulsivo del vecino para que nuestros políticos entren en razón y se conviertan en negociadores ejemplares. Que lo que México necesita es abandonar los cafés de la sirena y resonar mariachis en cada esquina. Que reproducir videos con bellezas naturales y bailes regionales es la mejor manera de demostrar que somos muy orgullosos y lo hecho en México está bien hecho y… México…México…México!

Pero algo hace ruido en tanto trasnochado golpe de pecho patriótico fuera del mes de septiembre. No cuestiono la sinceridad de quien clama en redes sociales y mensajes de WhatsApp que sólo debemos consumir lo mexicano, que debemos volver al mercado de la esquina, al taco callejero y al refresco Pascual. A hacer que las empresas que apestan a extranjero quiebren; envolvernos en la bandera y tirarnos del castillo de Snapchat e Instagram; quienes reproducen comerciales de Coca Cola o Corona (sin preguntarse si Coca Cola o Corona son mexicanas); congratulándose por la unidad como panacea a los problemas que días atrás nos llevaban a saquear el Coppel de la esquina.

Y aún así, conviene hacernos algunos cuestionamientos.

La campaña contra Starbucks en Twitter

El primero es moral. ¿El mejor remedio contra la violencia es la violencia? ¿El odio para vencer el odio? ¿La exclusión contra los que excluyen? ¿El nacionalismo rancio para el nacionalismo rancio? ¿Ser más trumpistas que Trump?

El segundo, tiene que ver con entender quién es el villano. Trump asegura poner a “America primero” con retórica populista. Sigue con la idea de un muro fronterizo impracticable, incosteable y que nunca va a poder construir o pagar; porque piensa que por eso deliran sus seguidores. Dice que cancelará el TLC, cuando eso lo decide el Congreso, y los analistas estadounidenses aseguran que su país se vería debilitado por hacerlo. Habla de impuestos a México…que tendrá que pagar su propio pueblo. Es un tuitero impulsivo y como dice Enrique Krauze, un bully. De hecho, la mayoría de los estadounidenses lo desaprueba y protesta cada improvisada sandez de su aprendiz a gobernante. ¿Quién es el villano entonces? ¿Trump? ¿Su gobierno? ¿El país entero? ¿Todos los extranjeros que “no valoran” nuestra apasionada mexicanidad? ¿Vale la pena sacrificar la buena voluntad y solidaridad internacional con México en nombre del resentimiento añejo por lo gringo?

El tercer cuestionamiento es pragmático. La gente que dice que hay que vetar a Starbucks y abrazar el café de olla, que hay que repudiar los arcos de McDonalds como símbolo imperialista, que debemos cambiar la CocaCola por agua de Tamarindo y las playeras Polo por guayaberas; lo hace en Facebook y Twitter, tecleando furiosamente en su iPhone, después de transportarse con gasolina Pemex importada y  fumarse un Marlboro (nota: hay redes sociales mexicanas, o por lo menos hay publicidad de redes sociales 100% mexicanas en las otras redes sociales que la gente sí usa).

No se trata sólo de exhibir la inevitable hipocresía del nacionalismo en un mundo globalizado, sino su imposibilidad material. Todo lo que usamos para comunicarnos, lo que comemos, el combustible, los automóviles, lo que vestimos, leemos, vemos en televisión y partes de la pantalla misma, el software con el que hacemos los memes y ponemos banderitas en los avatares, todo ello, tiene partes pensadas y hechas en otros países (entre ellos EEUU). Estamos tan interconectados en lo comercial, económico y tecnológico como biológica y ecológicamente.

Peor aún. Las empresas que se llama a vetar, son empresas mexicanas, con empleados mexicanos, que pagan sueldos, renta e impuestos en México. Sus productos pueden o no gustarnos, pueden o no ser nutritivos, pueden o no ser culturalmente “auténticos” (si hubiera tal cosa), pero fuera de los derechos de marca, el nombre y la apariencia, no son en absoluto estadounidenses ni deben fidelidad a Trump y sus políticas.

México puede implementar estrategias para diversificar su interdependencia con EEUU. Podemos abordar relaciones comerciales con otros mercados y hacer pintas en los tramos de muro que Trump alcance a construir. Podemos defender los tratados y solicitar compensación comercial como indican los acuerdos internacionales. Podemos aplicar estrategias de negociación política, fortalecer nuestras instituciones, reducir la corrupción, cultura de ilegalidad e inseguridad que desaniman la inversión extranjera. Y todas ellas son mejor solución que dejar de comer hamburguesas.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 1 de febrero del 2017

353 – Mi música del 2016

En poco tiempo habrá que preguntarse si la idea conceptual del álbum sonoro dejó de ser pertinente una vez que apareció el playlist y los servicios de streaming musical. Aún así, es claro que muchos músicos siguen pensando en el álbum como una unidad conceptual creativa y que valorar su música por un single, por más sonado, es un despropósito.

Álbumes

1. A Moon Shaped Pool / Radiohead

Hay algo particularmente inquietante en el último ofrecimiento de Radiohead, sea la voz de Tom Yorke (daydreaming) flotando como un instrumento más, o la atmósfera tonal hipnótica que la banda no había sostenido consistentemente desde Amnesiac o el maravilloso In Rainbows. De las cuerdas intensas de la quema de brujas a la melancolía implícita de True Love Waits, es música que conviene escuchar de principio a fin y después repetir.Descargar: Burn the Witch, Identikit.

2. Lighght / Kishi Bashi

El segundo disco del violinista y multiinstrumentalista Kaoru Ishibashi es un ejercicio genial y accesible, aunque por momentos sea igualmente desconcertante, sublime y absurdo (si se me permite la sobreadjetivación). Es una suma humorística y virtuosa del talento que lo llevó a ser revelación entre los músicos Indie (por su participación en Of Montreal, la fundación de Jupiter One, y sus álbumes en solitario bajo el nombre Kishi Bashi). Descargar: Philosophize in it! Chemicalize with it!, The Ballad of Mr. Steak, Carry on Phenomenon, In Fantasia.

3. Nothing but thieves / Nothing but thieves

Con cierto retraso, después de prometedores aperitivos desde su formación en 2012, llegó el álbum debut de este quinteto británico de rock alternativo que alguna vez abrió giras para Arcade Fire y Muse. Y aunque la primera impresión deja entrever palpablemente sus influencias, hay un guiño igualmente honesto y cínico en asumirse como ladrón para después conjurar la reinvención/homenaje de tus ídolos. Descargar: Wake Up call; If I get high; Lover, Please Stay; Tempt You

4. Lady Wood / Tove Lo

Si no se conoce a Tove Lo, podría pensarse que esta depurada confluencia de electrónico, pop y R&B surge de alguna urbe de Norteamérica. Lo ha sido etiquetada como la más oscura exportación de la música sueca, y si sus letras configuran imágenes casi melodramáticas, lo que mejor funciona de este segundo ejercicio es la irreverente mezcla de humor y erotismo; su voz límpida contrapuesta a arreglos deliberadamente sobreproducidos. Descargar: Lady Wood, True Disaster, Vibes, Imaginary Friend.

5. The hope six demolition project / PJ Harvey

Si el arte con mensaje bordea peligrosamente cerca de ser clasificado como propaganda, es una línea en la arena que Harvey cruza sin problemas, porque su única ideología es señalar la injusticia y el dolor, y porque no se siente dueña de las soluciones del mundo, al contrario. En sus mejores momentos su música nos señala precisamente los matices y complejidad que implica intentar corregir la injusticia. Descargar: The Wheel, The Ministry of Defence, The Community of Hope.

6. Here / Alicia Keys

Keys busca sacudirse la depuración virtuosa de sus primeros discos en esta nueva propuesta, más exploración de emociones, ideas y pequeñas narrativas urbanas que otra cosa. Para quien espere el romance fluido y amable de The Element of Freedom esta nueva Alicia que cuenta historias de adicción, desesperación y marginalidad puede resultar un trago difícil. Pero hay en su expresión sin refinar, en sus interludios de voces callejeras, una conexión cruda y vital que su música nunca había tenido, y resulta profundamente conmovedora. Descargar: Pawn it all, Kill your Mama, Blended Family.

7. Primitives / Bayonne

Alter ego electrónico de Roger Sellers para su faceta más experimental, Primitives se forma de capas superpuestas de sonidos, efectos, sintetizadores, instrumentos, voces, piano y percusiones acústicas.

Su complejidad desafía la clasificación y consigue que cada vez que lo escuchamos nos descubramos en territorios inexplorados.

Descargar: Appeals, Lates, Hammond. 

8. WALLS / Kings of Leon

El sonido de los Followill es tan distintivo, que parecen ilustrar el tipo de banda que cada año presenta encarnaciones de un mismo disco que empezamos años atrás cuando “Sex of Fire” y “Use somebody” los consolidaron en el mapa. Dicho lo anterior, su séptimo álbum es un breve y satisfactorio intento por reencontrar el punto intermedio entre el rock indie de su origen y los grandes escenarios en los que han terminado por sentirse cómodos. Descargar: Waste a moment, Around the world, Find me, Muchacho.   

9. Bayou Electric / Duane Pitre

La historia personal de Pitre da material para un texto mayor. Sirva mientras destacar este singularísimo disco, parte de una trilogía experimental, en que el ex patinador profesional, matemático, roquero y músico conecta con sus raíces en las tierras pantanosas de Louisiana. Una sola pieza de 45 minutos que inicia y termina con los sonidos de la noche en el Bayou, grabados por el propio Pitre y complementados con cuerdas y sintetizadores. Como el trabajo de Brian Eno, funciona en forma palpablemente distinta si se escucha en forma pasiva o activa.

10. In Dream / Editors

En su quinto disco, Editors consigue una producción sofisticada y madura que debe ser una pesadilla presentar en vivo.

Es sin duda el mejor álbum de su primera década y por momentos parece un catálogo de sus aciertos desde el postpunk ochentero hasta la catarsis electrónica.

Descargar: No harm, Ocean of Night, Salvation, Life is a fear, Marching Orders.

Destacados

Revolution Radio (Greenday), You and I (Jeff Buckley), We move (James Vincent McMorrow), Good Grief (Lucius), Stay Together (Kaiser Chiefs), Starboy (The Weeknd), Still do (Eric Clapton), Love Stuff (Elle King), Supernova (Ray LaMontagne), Carrie & Lowel (Sufjan Stevens) 9 Dead Alive (Rodrigo y Gabriela), Dangerous Woman (Ariana Grande), W:/2016ALBUM (deadmau5), Cleopatra (The Lumineers), Future Present Past (The Strokes)

Playlist

Moonlight (Ariana Grande), Starboy (The Weeknd), Million Reasons (Lady Gaga), Daft Punk is playing ad my house – Live at Madison Square Garden (LCD Soundsystem), Mercy (Eric Bachman), Outlaws (Greenday), Make me like you (Gwen Stefani), We Stay Together (Kasier Chiefs), Born again teen (Lucius), Dusty Trails (Lucius), On hold (The xx), Over your head (Pale Honey), The Weather (Paper Pilots), Good Morning Mr. Wolf (Patrick Wilson), One (Moving Panoramas), Peace of Mind (The Killers), Chess (Petite Noir), All for One (The Stone Roses), Pink Medicine (Bearson), The singer addresses his audience (The Decembrists), Siete-D (Gina Chavez, Adrián Quesada), Kocaine Karolina (Elle King), Burn the Witch (Radiohead).   

Para acceder al Playlist en Spotify