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382 – Lavando ajeno

Puede ser pura coincidencia, pero de alguna manera el anuncio de la OFAC que vinculaba a uno de nuestros mejores futbolistas y al “envidiado” Julión, con redes de lavado de dinero, llega días después de que Netflix estrenara Ozark, una nueva serie con Jason Bateman, sobre el lavado de dinero de cárteles mexicanos.

Bateman es Marty Byrde, experto financiero, cuya firma de inversión en Chicago, decide aceptar la tentadora propuesta de “Del” (Esai Morales). Al inicio de la serie, Byrde está en crisis: Del acaba de descubrir que alguien en su firma le está robando dinero, y su mujer Wendy (Laura Linney) lo engaña.

Bateman nunca me convenció como comediante, pero en su retrato, contenidamente angustiado de Byrde, hay muy poco de humor y mucha habilidad para matizar el carisma del vendedor de buenos futuros con la tensión de quién sostiene su mundo con alfileres.

El lavado de dinero es parte del zeitgeist, tanto como el narcotráfico, toda vez que el primero constituye la interfaz del dinero sucio y la economía formal. En ese sentido, Ozark resulta ilustrativa del fenómeno que ha circulado la prensa mexicana desde que las cuentas de Márquez y compañía fueron congeladas.

El piloto de la serie es apenas el detonador de una trama que surge de una ocurrencia desesperada de Byrde: lavará millones de dólares en efectivo en un poblado semirural en los Ozarks de Missouri. Una región montañosa, con enormes lagos y represas, que comprende los estados de Missouri, Arkansas y Oklahoma. Parte del cinturón bíblico estadounidense, y una de las zonas marginales, social y políticamente, del país. Una región que se desarrolló por la minería y que por sus bellezas naturales, se ha ido volviendo remanso del turismo deportivo, acuático y de aventura forestal (acampar, pesca, cacería).

Contra reloj, y con la vida de los suyos de por medio, Byrde debe encontrar la manera de cumplir su promesa al cártel. La serie es casi didáctica en cómo Byrde busca dónde colocar el dinero y circularlo. Quizá sirva para entender más allá de lo teórico los diagramas que abundan en la prensa mexicana, y que fuera de vincular nombres de celebridades, sus negocios y fundaciones con otros de dudosa reputación, poco hacen para explicar realmente cómo funciona una operación así en el día a día.

Ozark expone cómo la red va extendiendo su alcance de la familia hacia los habitantes de la localidad. La situación, la tensión doméstica y las traiciones, van haciendo mella en cada miembro de la familia, e infectando (valga la analogía) a aquellos con los que se vinculan en la comunidad. Es la llegada del progreso con sus dos caras, bienestar material y paulatina corrupción moral.

La serie no está exenta de conectar con ciertas fórmulas. La más evidente, en el desquiciado agente del FBI, Roy Petty (Jason Butler Harner) que se hace pasar por pescador para atrapar a los Byrde. Hay en la personalidad de Petty, ecos del perturbado agente antiprohibición Van Alden (Michael Shannon) de Boardwalk Empire.

Lo más destacable de Ozark, y es una serie que vale muchísimo la pena, es su elenco. No sólo Bateman que encuentra en Byrde el mejor papel de su carrera, sino en la maravillosa Linney, capaz de conjurar un permanente amasijo de emociones encontradas: vulnerabilidad, fortaleza, ternura y crueldad. La consistencia se extiende al resto del elenco, desde Ruth (Julia Garner) y Rachel (Jordana Spiro); hasta veteranos que suelen flotar al borde de la sobreactuación como Peter Mullan, o el mismo Morales (nunca más convincente).

Notas marginales: El lavado de dinero es un fenómeno complejo que no responde a las ideas que solemos barajar en cuanto a justicia, moral y legalidad. El caso de Marquez y compañía ha sido, con pocas excepciones, penosamente reportado por los medios: desde desgarrarse vestiduras por el pundonor del futbolista en la cancha, condenas, burlas y erradas menciones a la “ley patriota”. Reportes que se limitan a lo que dicen y declaran unos y otros. Poca o nula investigación.

En la procuración de justicia en EEUU, por lavado de dinero, basta evidencia circunstancial para elaborar una acusación. En el citado caso, las autoridades invocaron el Kingpin Act, una ley del año 2000 construida como modelo por las sanciones que aplicó la OFAC a los cárteles colombianos en 1997.

La ley fue diseñada para bloquear el acceso a las redes financieras estadounidenses por parte de narcotraficantes, sus negocios y operaciones. Esto lo realizan congelando los activos de los sujetos investigados y dejando que sean ellos quienes prueben la procedencia de los fondos (o sea su inocencia).

Las sanciones van desde multas millonarias hasta prisión. Esta designación empezó apuntando a narcotraficantes conocidos y a sus money men desde Tanzania hasta Sudamérica pasando por México. El círculo de sanciones se ha expandido con el tiempo de sus “blancos” tradicionales hasta sus facilitadores, incluyendo a instituciones financieras (bancos y aseguradoras).

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de agosto del 2017

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381 – El dolor universal

Podría empezar tratando de definir el género del libro. Si es un texto autobiográfico, un conjunto de memorias, un diario de viaje vital o un híbrido en el más puro estilo posmoderno, pero sería un despropósito. Y es que hay libros que no caben en los cajones etiquetados que tanto gustan a los editores y a los libreros, que escapan a las definiciones simples y en esa complejidad encuentran su mayor riqueza.

Estoy hablando de Clavícula de Marta Sanz (Anagrama), el libro más reciente y, me atrevo a decir, más personal de Sanz (aunque podría uno argumentar que para un escritor todos sus libros son de alguna manera personales). Es, sin embargo, un volumen que encaja en eso que se ha dado a llamar, con precisa imprecisión (con ese término horrible): autoficción. Ejercicios de autocontemplación, donde la propia identidad se vuelve el detonador para narrar nuestra vida, los pensamientos y emociones y a través de ellos, redescubrir el mundo que nos rodea.

El detonador de Clavícula no puede ser más universal: el dolor. Al igual que en Davalú o el dolor de Rafael Argullol, un dolorcillo indeterminado hace su aparición durante un viaje. La punzada y el hormigueo pronto se convierte en “un ratoncito que cambia de tamaño y de forma dentro de su jaula. Mis costillas son una jaula de hueso y el dolor es un huevo de jilguero verde, un jilguero que se va quedando sin colorines pero no se acaba de morir. Puto jilguero. El dolor recorre mi cuerpo como un pez nadador. Nada, o, más concretamente, repta, se arrastra, raspa, oprime.”

El dolor entra en escena pero Sanz nos habla del libro que va leyendo, del viaje que realiza, de las cosas que dan salud y bienestar, y las que no. Narra el abuso de médicos incompetentes, presumiblemente bien intencionados. De innumerables estudios, análisis, y momentos de angustia. De visitas a los padres, viajes literarios, problemas económicos y padecimientos propios y ajenos.

Lo hace en fragmentos cortos, a veces líricos, a veces perturbadores, otras hilarantes. Sanz ejerce el filo de la pluma para hacerse una autopsia en vida, para escudriñar los aspectos más íntimos de su cotidianidad y hacerlo con una mirada a veces sentimental y otras irónica. Se ve a si misma como la heroína del cuento, o una quejica privilegiada, y no se anda con rodeos para explorar ambas emociones.

En medio de los apuntes, intercala un cuento breve (muy bueno), un poema en prosa (de verdad magnífico), y un pequeño y tierno intercambio de correos electrónicos con su marido, durante una gira literaria por Sudamérica.

Marta Sanz

Debo confesar que lo que más me gusta de Clavícula es justo lo que no aborda directamente al padecimiento, aunque sea matizado por éste: la visita a sus padres (“No sé disfrutar ni de la paz ni de la dulzura. Porque se acaban.”), su relación con su marido (“No es que yo no sepa estar sola. Aprendí a jugar sola y canturrear sola. Escribo. No, no es un asunto que tenga que ver con la soledad en abstracto, sino con la concreta soledad de que no sé estar sola sin él.”).

Hay largos pasajes donde se las ve con enfermeras infernales, y las provechosas sugerencias de remedios que siempre tienen los demás. Momentos narrados con un humor sardónico eficaz, pues consigue sacar provecho del doble filo del humor: la ligereza para reírse de uno mismo y pasar el mal trago, con la sonrisa que no olvida el gusto amargo que dejó en su tránsito.

Sanz se detiene incluso a discutir el propio formato del libro. Explica cómo podría haberlo construido a la manera de un thriller, para despertar el suspenso y atrapar al lector con el misterio del dolor y sus consecuencias. Después descarta la propia idea, “estas páginas no están concebidas para ser convencionalmente interesantes…son una indagación…aspiran a operar como herramientas afiladas”.

No es un libro para cualquier lector, pues en su mirada Sanz nos confronta con un espejo. Una reflexión sobre los malestares propios y la manera en que afectan e impactan a quienes nos rodean. El lector que busca perderse en páginas, para flotar hacia mundos lejanos a las propias habitaciones cerradas, podrá sentirse intranquilo cuando Sanz sacude el polvo y nos invita a pensarnos con igual honestidad. Porque Clavícula es un libro honesto y sentido, por momentos irritante y por otros conmovedor.

En propias palabras de la autora, Clavícula es la escritura como deporte de riesgo. Es un relato de lo que le ha pasado y lo que no le ha pasado, como dice en la primera línea, y ahí define su propio alcance: “La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece”.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 9 de agosto del 2017

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380 – Adiós a Sam Shepard

La gente de aquí

se ha convertido

en la gente que finge ser

Sam Shepard

Cuando alguien como Sam Shepard muere, llueven las etiquetas. “El mejor dramaturgo de su generación”. “El actor que nunca se sintió atraído por la celebridad”. “El borrachín que fue arrestado dos veces por conducir en estado inconveniente”. “El ganador de Pulitzer”. “Un visionario del teatro estadounidense”. La definición, fuera de los obituarios que han llenado páginas de papel y virtuales, se remonta a cómo lo recordamos.

Si es el cruel Robert Rayburn de Bloodline, una de sus últimas incursiones en televisión o el heroico Chuck Yeager en The Right Stuff, la maravillosa cinta de Philip Kaufman sobre el programa espacial estadounidense (basada en un libro aún mejor de Tom Wolfe). Shepard fue siempre un actor complejo. Uno de esos rostros duros, poco dados a los excesos de expresividad, pero que consiguen dejar ver la tormenta que se revuelve detrás.

Nunca lo vi en el escenario teatral, en el ámbito en que quizá se sentía más cómodo. Pero en la pantalla contaba con el talento de dotar a sus personajes de una dureza detrás de la cual, como quien se esconde detrás de un velo, se adivina la amenaza de lo irracional. Podría haber interpretado papeles de galán, pero de alguna manera terminaba encarnando al senador corrupto, al granjero incapaz de romper con las tradiciones. Pasaba por Magnolias de acero, Baby Boom, hacía un fantasma en un Hamlet experimental y por las calles de Somalia cuando cae el halcón negro.

A Shepard lo intrigaba la violencia del mediooeste estadounidense, particularmente la que surgía de las emociones ligadas al fracaso, a la imposibilidad de encajar, un sentido que provenía, le gustaba decir, de una frontera que se había borrado sistemáticamente con la ética laboral protestante, con la culpa inherente de ganarse un país masacrando una raza nativa. Su visión única lo volvió un intérprete del lado oscuro de la familia americana, del american dream.

Shepard pasó su infancia en bases militares, hijo de un oficial, “un bebedor, un alcohólico dedicado”.

Hubo una época en que Mamá llevaba un 45

yo en una cadera

la pistola en la otra

vivía en una comunidad de mujeres

esposas de pilotos

cabañas metálicas prefabricadas

llovía constantemente

las esposas estaban inquietas

sin sus maridos

la selva estaba infestada de japoneses

que robaban la ropa de los tendederos

las mujeres disparaban a la menor provocación

a veces contra la sombra de otra mujer

a mi Mamá y a mí nos dispararon una vez

fue su mejor amiga

las balas dejaron grandes agujeros mellados

en las paredes de hojalata

más adelante encontré una calavera de japonés

junto al depósito de agua

las hormigas salían

de un agujero de bala

justo en la sien.

Cuando se habla del Shepard escritor, se suele enumerar su dramaturgia, después de todo al llegar a la cuarentena, sus obras eran las segundas más montadas después de Tennessee Williams. Pero también fue un consumado del guión cinematográfico, (género que en algunos círculos, no me explicó por qué, se sigue viendo por debajo de la dramaturgia). Aunque entre la docena de guiones y adaptaciones teatrales destaque principalmente uno, esa obra maestra de Wim Wenders, Paris Texas (escrito junto a a LM Kit Carson).

No sorprende que el autor del memorable conjunto de textos que es Crónicas de motel (Anagrama Compactos), haya vivido buena parte de su vida en el camino, y en éste construyera parte de su leyenda personal, que tuviera una relación y dos hijos con Jessica Lange por veintiséis años, que su mejor época creativa fueran los años ochenta, que tuviera amoríos con Patti Smith y Joni Mitchell, que saliera de gira con Bob Dylan, que cultivara amistad con Allen Ginsberg y los Stones.

Shepard cuestionaba la propia noción de identidad como la entendía el estadounidense, la que proviene de la familia, del hogar, del éxito material y de la individualidad misma. Incluso la idea romántica del amor.

Uno piensa en Shepard y recuerda el actor, el dramaturgo y el personaje en que se convierte todo aquel que navega la prensa de la fama por demasiado tiempo. Pero a mí me viene a la mente el poeta, desencantado, insomne, oscuro.

Hombres peinándose en su coche

Hombres mirándose el pelo en el retrovisor

Hombres con grandes peines negros en el bolsillo de atrás

Hombres preocupados por cómo los ven las Mujeres

Hombres que se convierten en anuncios de Hombre

Mujeres calzadas con botas que las obligan a cojear.

Mujeres cuidando que sus ojos no se crucen los ojos de los Hombres.

Mujeres preocupadas por cómo las ven los Hombres.

Mujeres que se convierten en anuncios de Mujer.

La escritura para él era apenas “una respuesta para toda la soledad a la que no puede responderse de ninguna otra manera”.

Sam Shepard murió al los 73 años, el pasado 27 de julio, por complicaciones de una enfermedad neuronal (conocida como la enfermedad de Lou Gehrig).

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 2 de agosto del 2017

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379 – Imperdibles

No cabe duda que HBO sigue siendo el rey. En un año en que Netflix ha brillado por su inconsistencia, HBO estrenó dos de sus mejores productos en una década.

No me refiero a Game of Thrones que sigue siendo el mejor pretexto de millones de suscriptores para pagar por sus canales premium. Tampoco me refiero a su provocadora y pertinente actualización de Westworld; a sus imitadas pero no igualadas secuencias de créditos, o a su app móvil, HBOGO, que falla más veces de las que funciona.

Me refiero a sus miniseries.

Primero fue The Night of, último crédito de James Gandolfini para HBO. El proyecto, adaptado de la británica Criminal Justice, fue una de sus pasiones y tres años después de su muerte finalmente se realizó. John Turturro hizo el papel que adoraba Gandolfini y este recibió una mención póstuma como Productor Ejecutivo.

Después, Big little lies, que agrupó un elenco que provocó la envidia de muchos estudios de Hollywood.

Ambas nominadas a varios Emmys y favoritas en la categoría de Mejor Serie Limitada (que se ha ido alternando con FX en los últimos años).

The Night of cuenta la historia de Naz (Riz Ahmed), un aplicado estudiante neoyorkino de origen pakistaní que por ir a una fiesta decide llevarse sin permiso el taxi de su padre. Es el inicio de una noche fatal que cambiará por siempre su vida. Será acusado de un crimen brutal y se verá inmerso en los entresijos de la justicia estadounidense, en cuyo proceso se topará con personajes fascinantes, encabezados por el abogado John Stone (Turturro), el ex boxeador Freddy Knight (Michael Kenneth Williams) y el detective Box (Bill Camp). Cualquiera de los tres podría tener una serie propia.

The Night of fue adaptada y escrita por Richard Price, uno de los autores más destacables del género negro estadounidense contemporáneo. Colaboración con el cineasta Steve Zaillian, que hace una década había dejado la batuta por el rol de productor de media docena de películas, y que la retoma como quien salta a su bicicleta favorita. El mundo torcido de la justicia jurídica ya lo había visitado Zaillian en la espléndida A civil action.

The night of trasciende el thriller policíaco televisivo y se convierte en uno de los procedurals más meticulosos, perturbadores y artísticamente eficaces que han desfilado por un canal que se especializa en justamente eso. La mano de Price es notable y recuerda por momentos sus breves incursiones (junto a Denis Lehane y George Pelecanos) en esa maravilla que fue The Wire.

La miniserie no apunta nunca al estereotipo o al brochazo facilón para construir personajes. Cada uno de ellos, desde los dermatólogos que consulta el desesperado Stone, hasta los innumerables testigos, policías y reos, se percibe como una persona de carne y hueso.

Quizá la mayor virtud de esa larga noche de la justicia, es que nos permite ver la transformación completa de sus dos protagonistas. Ahmed fue capaz de mostrar cada matiz emocional y moral del viaje de Naz. Pero es el John Stone de Turturro (en el mejor papel de su carrera, y no lo digo fácil, es una larga y destacada carrera) quien es el centro espiritual de la trama. Su abogado cínico y oportunista es una fachada de generosidad y profunda soledad. Naz quien sufre el proceso legal, pero es Stone quien continuamente nos rompe el corazón.

Y luego está Big Little Lies, creada y escrita por David E. Kelley, quien vuelve después de un lustro casi sabático con una muy buena serie para Amazon (Goliath) y con esta saga contemporánea de feminidad. Un drama familiar enmascarado estructuralmente como thriller, alrededor de los padres de familia (pero principalmente las madres) de una escuela primaria pública en un barrio de élites de Monterrey, California.

La miniserie está basada en la aclamada novela homónima de la australiana Liane Moriarty, y todos los episodios fueron escritos por Kelley y dirigidos por Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club).

Big Little Lies ha sido comparada con Esposas desesperadas, pero es una comparación injusta. Las mujeres de Desperate Housewives eran definidas, desde su título, por sus parejas y las posibilidades satíricas de la vida suburbana. Estas, en cambio, han abrazado su papel como madres y como centro de la comunidad, y son sus maridos los desesperados.

Tenemos a Madeline (Reese Witherspoon), intensa, apasionada y extrovertida; a Jane (Shailene Woodley), una madre soltera huyendo de un incidente de su pasado; a Celeste (Nicole Kidman), una abogada que renunció a su carrera para atender a sus hijos y a su celoso y violento marido. Y a Renata (Laura Dern), brillante mujer de negocios, sacudida cuando su pequeña hija se vuelve víctima del bullying. Extraordinarias por partida triple: como mujeres, como personajes y como resultado de un trabajo que, para cada una de ellas, es una nota alta en un currículum ya de por si destacado).

Vallée toma un acercamiento casi poético a una estructura dramática que recurre a flashbacks, comentarios de padres de familia en entrevistas policiales y momentos oníricos; consciente de que cada detalle, cada actor secundario, cada elección de plano, gesto y elección sonora están en función de la historia y sus habitantes.

Y esa es quizá la virtud de estos proyectos de HBO, que no están hechos al vapor para cumplir un calendario de estrenos semanales. Son proyectos personales, cuidados y construidos para obtener lo mejor del talento involucrado. Y de ese hay mucho.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 26 de julio del 2017

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378 – Martin

Todo lo que me ha sucedido es de valor para mí.

Incluso los momentos dolorosos que suceden y sucedieron.

Tengo uso para ellos en mi vida y mi trabajo.

Martin Landau

Primera Escena: Bela

Bela Lugosi se pone la capa, preparándose. Un joven se acerca con un guión en la mano.

–Señor Lugosi, sé que está muy ocupado, pero… ¿podría tener su autógrafo?

Lugosi sonríe, halagado, complacido.

–Ciertamente – dice con su marcado acento húngaro.

Toma el guión que le ofrece el joven y una pluma. El otro sonríe.

–¿Sabe qué película de usted me gusta más, señor Lugosi? El rayo invisible. Estuvo usted genial como el ayudante de Karloff.

Lugosi, que sonreía, lo medita y hace una mueca.

–¿Karloff?…¿Ayudante?

–¡Jódete! – grita y le arroja el guión. El equipo de rodaje se sobresalta.

–Karloff no merece ni oler mi mierda. Ese desgraciado irlandés puede pudrirse en el infierno, para lo que me importa.

Wood corre hacia Lugosi.

–¿Qué pasa? –pregunta.

–¿Cómo se atreve este imbécil en mencionar a Karloff? ¿Crees que se necesita talento para actuar de Frankenstein? Es todo maquillaje y gruñidos.

–Bela…estoy de acuerdo 100 % – tercia Wood – Drácula…ese es un papel que requiere talento.

–¡Claro! Drácula requiere presencia, está todo en los ojos, en la voz, en la cabeza…

–Está bien, está bien –lo calma Wood – te veo un poco agitado, ¿quieres salir a tomar un poco de aire?

Lugosi se cruza de brazos.

–¡Tonterías! Estoy listo ahora, corran la cámara.

Segunda Escena: Judah

Judah baja las escaleras de su casa. Un relámpago retumba a sus espaldas iluminando el corredor de su casa en penumbras. Habla con su amigo Ben, uno de sus pacientes, un rabino casi ciego.

– A veces cuando hay amor verdadero, y un verdadero reconocimiento del error cometido, puede también haber perdón – dice Ben.

– Conozco a Miriam, sus valores, sus sentimientos, su lugar entre nuestros amigos y colegas – otro relámpago ilumina la sala de de su casa. Judah se detiene frente a la chimenea.

– ¿Qué otra opción tienes si la mujer va a decirle todo? Tienes que confesar lo que hiciste y esperar que te entienda. Yo no podría vivir si no sintiera con todo mi corazón la existencia de una estructura moral con verdadero significado y perdón y algún tipo de poder superior. De otra manera no hay base alguna para saber cómo vivir… Y te conozco lo suficiente como para saber que por lo menos una chispa de esa idea tiene cabida dentro de ti.

Judah permanece en silencio. Enciende un cigarrillo.

– ¿Podrías realmente hacerlo? – pregunta Ben.

– ¿Que opción tengo, amigo? Dime.

– Dale a la gente que lastimaste la oportunidad de perdonarte.

– Miriam no me perdonará. Quedará rota. Me adora. Quedará humillada frente a nuestros amigos. Esta mujer pretende apestarlo todo.

– ¿Le hiciste promesas a ella?

– No. Quizá le di más aire de lo que pensé. Está tan hambrienta emocionalmente…pero es más profundo que Miriam ahora.

– ¿Te refieres a indiscreciones financieras?

– No…quizá hice algunos movimientos cuestionables…

– Sólo tú sabes eso, Judah.

– Ya no lo sé, Ben. A veces creo que es peor que aguantar la cárcel.

– Es una vida humana…¿no crees que Dios te está viendo?

– Dios es un lujo que no puedo permitirme.

– Ahora hablas como tu hermano Jack.

– Jack vive en el mundo real. Tú vives en el reino de los cielos. Había conseguido librarme de ese mundo real, pero de alguna manera me ha encontrado.

– ¿Estuviste con ella por placer, y cuando te hartaste quieres ahora barrerla bajo la alfombra?

– No hay otra solución más que la de Jack, Ben. Sólo presionar un botón y poder dormir de nuevo por las noches.

– ¿Podrás dormir de nuevo?

–….

– ¿Es esto lo que realmente eres?

– No seré destruido por esta mujer neurótica.

– Pero la ley, Judah… Sin la ley todo es oscuridad.

– Suenas como mi padre. ¿De qué sirve la ley si me impide obtener justicia? ¿Es justo lo que me está haciendo ella? ¿Es lo que merezco?

Tercera escena: Martin

El hombre sube al escenario entre aplausos. Viste un smoking oscuro y no puede evitar la sonrisa que le cruza el rostro desde que la niña hizo el anuncio. Se detiene frente al micrófono.

– Dios mío. Qué noche. Qué vida. Qué momento. Qué todo.

Después se cambia los anteojos para leer su lista de agradecimientos.

El sábado pasado, Martin Landau, espíritu vital de docenas de películas y series de televisión, concluyó su misión imposible personal. Tenía 89 años. Dios mío. Qué vida. Qué todo.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 19 de julio del 2017

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377 – Veraniegas 2

Continúa la revisión de algunas de las nuevas propuestas de TV para el verano.

Chance (Fox Series)

Por alguna razón los paisajes californianos son ideales para el noir, algo que quizá debemos a la construcción local de Hollywood en la era de oro del cine negro, y a la corrupción del dinero fácil del sueño americano: da igual. Fox compra los derechos de esta interesante serie producida por Hulu (servicio estadounidense de streaming), y Chance es una historia noir en todo el sentido de la palabra.

El doctor Eldon Chance (Hugh Laurie) es un psiquiatra forense con una vida interior complicada. Chance se enamora de Jaclyn Blackstone (Gretchen Mol), una paciente frágil y seductora, con personalidad múltiple. Una femme fatale en todo el sentido de la palabra. El ex marido de Blackstone es un policía corrupto y pronto Chance se ve envuelto en situaciones peligrosas, donde su única esperanza es D (Ethan Suplee) un veterano de guerra, artesano y experto en todo lo que Chance no es, y el personaje más fascinante de la serie. La historia transcurre en San Francisco y guarda ecos que van desde el Vértigo de Hitchcock hasta Double Indemnity de Wilder. Quien recuerde bien a Laurie por su doctor House, se sentirá extrañado con este personaje pusilánime y dubitativo, un ejemplo del gran rango de este talentoso actor británico.

Guilt (Netflix)

Dos chicas salen de fiesta a un bar y deciden continuarla en su departamento en Londres. La fiesta es una de esas bacanales que los productores de televisión imaginan que los estudiantes en el extranjero tienen cada semana. La mañana siguiente, Grace (Daisy Head) despierta en la azotea con su novio francés (Zachary Fall) sólo para descubrir que su compañera de piso fue asesinada durante la noche. Entra en escena Scotland Yard y todo parece apuntar a Grace. Llega al rescate desde EEUU su hermana Natalie (quien oportunamente trabaja de fiscal) y el excéntrico abogado londinense Stan Gutterie (interpretado por Billy Zane, en el más puro estilo Zane).

La premisa parece salida de un episodio semanal de la Ley y el Orden, no la ayuda un elenco de segunda línea (Zane es lo más destacado y eso dice mucho); y una dirección trompicada y torpe. Detrás de la producción angloamericana está Lionsgate y una subsidiarias de cable de ABC. Su pretensión era crear un whodunit al estilo escandinavo y británico, la realidad es mucho menos afortunada. Aún así, sus diez episodios pueden resultar entretenidos con expectativas moderadas.

Madre Americana (Sony)

Hace algunos meses Canal Sony decidió abordar una política que me recordó los designios de la Secretaría de Gobernación en los años setenta: cambiar todos los títulos de sus series y ponerlos en español. Eso provocó que quien viniera siguiendo How to get away with murder ahora deba buscar Lecciones del crimen en la programación. Del designio no se escaparon ni las veteranas como Grey’s Anatomy (renombrada Anatomía según Grey).

Entre las novedades de este canal cada vez más lleno de repeticiones y programación confusa, aparece Madre Americana (American Housewife). No voy a ahondar en un título que cambia “esposa” o “ama de casa” por “madre” y sus implicaciones sociológicas, mejor hablar de la serie. Un sitcom simpático, sobre un ama de casa (Katy Mixon, espléndida) con sobrepeso y temperamento conflictivo y como encaja junto a su familia en un barrio de alta sociedad de la costa este de EEUU. El humor es bobo, pero contiene aciertos notables en su acercamiento satírico a los valores sociales de la clase media alta estadounidense, particularmente en relación a  los roles femeninos, la familia y la escuela. Un sitcom políticamente incorrecto que sobrevivió a la temperamental ABC y fue renovada para una segunda temporada.

Outcast (Fox Series Premium)

Basada en un cómic de Robert Kirkman (cocreador de la popularísima The Walking Dead), la serie sigue la historia del conflicto entre criaturas de luz y oscuridad y como toman posesión de los habitantes de Rome, un pequeño pueblo en los bosques de Virginia. La segunda temporada encuentra a Kyle (Patrick Fugit) empezando a entender su poder y las implicaciones que tiene para quienes lo rodean.

Al contrario que en su otra serie, aquí Kirkman apuesta por una atmósfera enrarecida de misterio, donde no sabemos exactamente qué está sucediendo y se nos invita a suponer todo tipo de cosas: desde posesiones diabólicas hasta invasiones extraterrestres. Outcast tiene la virtud de inquietarnos sin caer nunca en el horror facilón serie B que suele descarrilar las series de terror sobrenatural (pregúntenle nomás a la fallida The Strain de Guillermo Del Toro), manteniendo el conflicto en las propias limitaciones psicológicas de sus personajes y el misterio que está en la mente de cada uno de ellos. Fox repite ahora la segunda temporada desde su inicio.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 12 de julio del 2017

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376 – Veraniegas (1)

Durante el verano los cines se llenan de eso que en EEUU llaman (o aspiran llamar) blockbusters. Para la televisión es, por el contrario, un periodo de descanso. Las largas temporadas de las cadenas terminan durante abril y mayo, y los meses de calor son el pretexto para dar oportunidad a series menores de corta duración.

Con la entrada de Netflix, Hulu y Amazon al mercado de oferta televisiva, ese calendario se ha roto. No sólo porque estos proveedores de contenido digital ofrecen sus series completas de una sola vez, sino porque se han propuesto hacer lanzamientos nuevos casi cada semana, tratando de saturar la oferta con productos novedosos y atractivos.

Vengan pues algunas propuestas para hacer más soportables las noches de calor y lluvia.

1. The Halcyon (Fox Series)

Producto de la BBC británica esta corta serie pretende colgarse del éxito reciente de Downton Abbey con un par de variantes. Es la historia de un hotel en Londres durante la segunda guerra mundial. Un hotel regenteado por dos familias. Los nobles propietarios (la familia Hamilton) y la familia que administra el hotel, encabezada por Richard Garland (Steven Mackintosh). Las intrigas y dramas familiares se combinan con los políticos. Detrás no está la pluma de Julian Fellowes, y la elegancia y el oído de Downton están por lo mismo ausentes; pero el equipo de guionistas hace un trabajo respetable y es ayudado por un elenco sólido y una cuidada recreación de locaciones. Ideal para quienes disfrutaron los devenires de la familia Crawley, The Crown, y las series con contenido histórico sin magos, zombis o dragones.

2. Estocolmo (Netflix)

Thriller político argentino que involucra a un fiscal (Luciano Cáceres) y a una conductora de un popular noticiero (Juana Viale) envueltos en una trama de corrupción política que incluye tráfico de personas, manipulación mediática, amarillismo, lo que parecen asesinatos en serie, y una estresante subtrama con un infiltrado en un peligroso círculo criminal. Vendría bien familiarizarse un poco con el sistema judicial argentino para entender el rol del fiscal en la investigación. La trama se sucede en dos tiempos distintos y va avanzando un subtexto de intensa tensión en cada uno de ellos. Estocolmo se suma a una tradición respetable de producciones argentinas de intriga política (vienen a la mente El secreto de sus ojos y Cenizas del paraíso, pero también la truculenta Epitafios de HBO). Como la historia se va revelando en forma de rompecabezas, a veces es poco claro si los personajes exageran sus reacciones, si los actores sobreactúan o si nos falta información para entender por qué lo hacen así. Una alternativa interesante entre la oferta latinoamericana en Netflix.

3. Secrets and Lies (Netflix)

Hay algo descorazonador en esta penosa interpretación de una brillante serie australiana. La original de 2014 seguía un misterioso crimen en un vecindario. Un niño es encontrado muerto y el principal sospechoso es el vecino que lo encontró mientras corría. La corta serie de 6 episodios era la respuesta australiana a Broadchurch (2013), y pronto fue comprada por ABC para rehacerla en EEUU.  La versión estadounidense tuvo una primera temporada en que Juliette Lewis investigaba a Ryan Phillipe siguiendo esencialmente el mapa de la original australiana. La diferencia principal entre ambas, era que en la versión estadounidense se pretendía que los ojos entrecerrados y los desplantes histriónicos de Lewis construyeran el suspenso. La sutileza de la original (donde nunca realmente sabemos qué pasó hasta que el misterio se revela) se convierte en muecas exageradas y golpes de efecto inverosímiles. La original nunca tuvo continuación, pero ABC decidió ofrecer una segunda temporada con otro caso de la detective Andrea Cornell (Lewis). Esta vez para mirar con disgusto al ejecutivo de la bolsa Eric Warner (Michael Ealy), sospechoso de matar a su mujer durante una fiesta de la oficina. Un thriller previsible y con actuaciones y sutileza de telenovela matutina,  pero que aún así, visto de corrido, puede resultar entretenido durante un fin de semana de encierro.

Evitar:

Esa horrenda farsa de zombis que es The Santa Clarita Diet.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 5 de julio del 2017

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375 – El Marlowe que nunca debió olvidarse

La vida de Dan J. Marlowe es uno de esos casos en que la realidad supera la ficción. El autor nacido en 1917 y fallecido en 1986, es uno de los clásicos menos conocidos de la literatura negra. Reverenciado hace medio siglo, pasó al olvido veleidoso de la industria editorial hasta hace poco.

Marlowe fue un miembro del club de Rotarios, político en Michigan, jugador empedernido, autor de novelitas de porno suave bajo seudónimo, amigo de Al Nussbaum, un asaltante de bancos célebre en su tiempo y víctima de un curioso caso de amnesia.

Su novela más conocida es El nombre del juego es muerte, rescatada ahora por el sello argentino La Bestia Equilátera en su colección de novela negra. Una novela a la altura de lo mejor escrito por Hammett, Chandler o James M. Cain. La reedición de su libro va de la mano con la recomendación de Stephen King, consumado lector de literatura estadounidense, que en su momento le dedicó una novela a Marlowe.

La novela inicia con un asalto bancario y sigue las desventuras de Chet Arnold, su narrador y antihéroe, mientras evade la justicia e investiga lo que sucedió a su cómplice Bunny. Marlowe alterna secuencias de acción trepidante con los recuerdos de infancia de su protagonista. Una construcción de personaje extraordinaria y tan inquietante como difícil de olvidar.

“Más tarde esa noche, el cura vino a nuestra casa. Me habló por largo rato. Sobre todas las cosas inexplicables que suceden en la vida y la necesidad de entendimiento. Yo entendía perfectamente. ¿Para qué tanta palabrería? Yo entendía. Lo escuché igual. Fui amable. No le iba a dar la oportunidad de que me llamara grosero o mal educado. Cuando se cansó de hablar, el cura se fue. No creo que ni él pensara que había logrado mucho”.

Uno de los grandes aciertos de Marlowe es que evade por completo la idea del conflicto moral. Arnold nos cuenta lo que le sucedió y lo que él hizo a consecuencia de ello, y todo tiene sentido.

Arnold cruza a escondidas el país, incluyendo una incursión en Ciudad Juárez, en camino a Florida, donde su colega Bunny se perdió de vista. Ahí toma un lugar único en el paradigma noir del antihéroe: es el criminal vuelto detective que quiere saber qué pasó con su amigo Bunny para hacerle justicia del otro lado del espejo moral. Marlowe pinta un mundo sin ilusiones, donde los políticos y la policía son corruptos y donde la supervivencia es un juego en el que más vale no tener contemplaciones.

La novela tiene un final tan bueno, que el mismo King dice que le ha dado vueltas en la cabeza por décadas (ni siquiera esta advertencia puede echárselos a perder).

La novela de Arnold se volvió después una serie que se conoce como la serie de Earl Drake. Cobró mucha popularidad durante los años sesenta. Entre sus seguidores estaba Albert Nussbaum, asaltante bancario y ex miembro distinguido de la lista de más buscados del FBI, quien le escribió a Marlowe desde prisión.

De la correspondencia de ambos surgió una larga amistad, y una suerte de asesoría mutua que dotó de realismo la serie de Drake y le dio a Nussbaum, más adelante, las herramientas para volverse un autor reconocido del género negro y guionista de televisión.

Una de las razones por las que Marlowe no es recordado entre los nombres recurridos del canon del género negro es posiblemente por su amnesia tardía. Un día olvidó todo lo que había vivido después de los veinte años.

Durante ese periodo oscuro, Marlowe contó con el apoyo de Nussbaum quien se mudó con él y lo cuidó. Gracias a él, Marlowe consiguió volver a escribir, pero no a la altura de su trabajo previo.

La vida de Marlowe es narrada en una absorbente biografía del periodista Charles Kelly: Gunshots in another room: The forgotten Life of Dan J. Marlowe. Un libro inteligente y seductor, que se vale del estilo noir para narrar, revelar y reconstruir los resultados de la investigación que Kelly hizo de la vida olvidada de Marlowe.

Siendo la obra de Marlowe prácticamente inédita en español, esta publicación de La Bestia Equilátera es motivo de celebración para los amantes del género negro, con la esperanza de que sólo sea un aperitivo de muchas más.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 28 de junio del 2017

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374 – Fotografiando extraños (2)

Photo: Rinzi Roco Ruiz

¿Por qué fotografías extraños? La pregunta que posiblemente más escuchan los fotógrafos callejeros, y una recurrente en las distintas charlas del segundo Festival Internacional Streetfoto 2017 de San Francisco.

Rinzi Roco Ruiz, fotógrafo filipino radicado en Los Ángeles, da la respuesta más simpática: “Porque toda la gente que conozco ya está harta de que le esté tomando fotos”. El público ríe, pero Rinzi habla un poco en serio también: “Voy por la calle y de pronto veo algo que me gusta, un gesto, la luz, la manera en que se dan las cosas, y no me importa si la persona que está ahí la conozco o no. Yo lo que quiero es capturar el momento”.

Rinzi Ruiz
Photo: Ricardo García Mainou

Rinzi tuvo una formación artística temprana como escultor, dibujante e ilustrador. Esta lo llevó a una vida corporativa insatisfactoria en Hollywood. “Sentía que toda la creatividad me había sido succionada. El día que perdí mi empleo fui feliz. Lloraba de alegría”.

Se acercó a la fotografía y pronto derivó hacia la estética de la foto callejera: “hojeaba libros en busca de inspiración y me encontré con el trabajo de claroscuros de Ray K. Metzker y me impactó de una manera que me cuesta describir”. Rinzi solía dibujar las sombras, ahora crea imágenes muy cercanas al film noir, valiéndose del blanco y negro para conjurar una atmósfera sin tiempo.

Para Rinzi la fotografía se ha vuelto un estado mental, que llama Zen, y que le ha permitido a través del arte conectar con la gente. “Entre más viajo, más me convenzo que todos somos de alguna manera iguales. Tratamos de vivir nuestras vidas, conectar, amar, y salir adelante en las cosas de todos los días.”

Photo: Jesse Marlow

En el grupo del colectivo In-Public que encabeza la cartelera del festival está Jesse Marlow, fotógrafo de Melbourne que encontró “el llamado” en su infancia gracias a un libro de “Arte en el metro” que retrataba la cultura del graffiti en Nueva York.

“Ese libro provocó algo en mí y empecé a documentar los murales de graffiti que comenzaban a aparecer en Melbourne a mediados de los ochenta. Empecé a amar ir por la calle con una cámara, capturando la vida real. Cuando llegué a bachillerato, estaba enganchado”.

Jesse Marlow

Marlow se gana la vida con proyectos fotográficos que no tienen mucho que ver con la foto callejera, es en el camino de ida y vuelta al trabajo donde se topa con situaciones que disparan su interés. “Iba conduciendo, lo vi, me detuve, bajé y saqué la cámara”, es la manera en que inicia buena parte de sus relatos.

Marlow trae algunos ejemplares de su libro Don’t just tell them, show them (No les digas, muéstrales). El volumen se imprimió en Australia y es difícil de conseguir en América. Una colección de su más reciente (y más conocida) fotografía en color.

“He estado buscando composiciones simples y misteriosas de color en escenas muchas veces ambiguas”. Marlow sale a la calle sin expectativas, pero siempre con una cámara. “Dejo que las cosas lleguen naturalmente. En cuanto salgo a buscar algo específico regreso con las manos vacías”.

Recientemente se siente más atraído por fotografías que no se revelan automáticamente a quien las ve. Aspira que la gente eche un segundo vistazo y cuestione lo que realmente está sucediendo en la foto. Eso hace la diferencia.

Photo: Janet Delaney

El día final del Festival, además de la entrega de premios de su codiciado concurso internacional, fue la oportunidad para conocer de cerca el trabajo que Janet Delaney incluyó en su más reciente exhibición South of Market en el Museo De Young en 2015: Una colección de fotografías que suma la historia de uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad a lo largo de varias décadas.

Delaney empezó a fotografiar, visitando casas, talleres y negocios del barrio SOMA a mediados de los años setenta. Janet se valía de una cámara de gran formato para capturar en color en una época en que “ningún fotógrafo documentalista serio usaba color”.

“Me di cuenta que cuando llegaba a un lugar con mi gran cámara, captaba la atención de todos. Yo trabajaba como ellos. Si hubiera llegado con una cámara pequeña a tomar fotos, no hubiera sido la misma conversación.”

Janet Delaney

La primera parte de su proyecto fue capturar la transformación que sufrió el barrio entre los setenta y mediados de los años ochenta en que se construyó un gran centro de convenciones. Eso impulsó la primera mutación del barrio de una comunidad obrera a lo que fue un centro de lofts de moda para artistas durante los noventa.

“Yo no soy una fotógrafa que pueda llegar a un sitio y tomar fotos y pasar a lo siguiente. Todo se ve interesante si uno hace eso, dice. Es más difícil quedarse en casa, pero espero estar haciendo mejores fotos.”

Retomó el proyecto hace unos años para registrar su nueva transformación hacia condominios de lujo habitados por empleados de empresas de alta tecnología. Más que el paso de gentrificación del barrio lo que le interesa es retratar “cómo la ciudad ha sido afectada por la nueva tecnología y cuál es la nueva fábrica de vida existe en la calle”.

De Gilden a Delaney, pasando por proyectos personales muy distintos, el segundo Festival de Streetfoto exhibió los diversos temas de la foto callejera, sus ambiciones, limitaciones y gran potencial. Sí, se trata básicamente de fotografiar extraños, pero de encontrar en ellos la esencia humana que nos define a todos.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 21 de junio del 2017

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373 – Fotografiando extraños (1)

El domingo concluyó la segunda entrega del Festival Internacional de fotografía callejera de San Francisco: Streetfoto 2017. La consolidación del sueño de Ken Walton por celebrar la street-photography en la ciudad ideal de la costa oeste de los EEUU.

La segunda entrega del festival tuvo como invitado al colectivo In-Public, uno de los primeros en definir las fronteras de un género fotográfico con una larga tradición que se remota a Cartier-Bresson y al húngaro André Kertesz, y que en años recientes, vía los teléfonos móviles y las redes sociales, ha tomado un segundo y provechoso aire.

La fotografía callejera tiene ahora más credibilidad y es universalmente respetada, pero sus fotógrafos siguen sintiendo la necesidad de explicar en las charlas por qué está bien fotografiar extraños. Una explicación que no pasa por la mente de uno de sus gigantes: Bruce Gilden, miembro de la legendaria agencia Magnum, y posiblemente el fotógrafo callejero más conocido del mundo.

Foto: Bruce Gilden

Gilden inventó (o perfeccionó, según a quien le pregunten), la técnica de disparar flashes en los rostros de la gente que va por la calle, y muchas veces se le recuerda en forma injusta sólo por eso. Durante Streetfoto 2017, Gilden coordinó un taller de varios días, visitó incansablemente una docena de sitios, ofició como juez implacable de una pelea fotográfica en la reja, y presentó la noche del sábado, fotografías de sus cuarenta años de carrera en una conferencia ante una sala abarrotada en el Harvey Milk Photo Center.

Días después, sus fotografías de seres humanos destruidos y marginales siguen flotando en mi mente. Su trabajo provoca más que el shock inicial que nos incendia cuando lo vemos. No sólo la pobreza de Haiti, sus chabolas de lámina y sus muertos; sus mafiosos japoneses o las viviendas abandonadas durante el derrumbe inmobiliario.

Terry (Foto de Bruce Gilden para FACES)

Son sus fotos de adictos y prostitutas, marcadas por algo más que la derrota vital, las que no puedo dejar de pensar. Perturbadoras porque son el rostro de seres humanos como nosotros, pero que se dejaron vencer por la vida y las sorpresas filosas que esta nos tiene en el camino.

Cada rostro es una bofetada visual realizada con técnica impoluta. Una historia que podemos armar en la mente, pero también una historia para Gilden, que recuerda detalles de cada uno de sus sujetos: su nombre, quiénes son, qué hacían, si viven todavía y cómo tomó la foto.

Como parte del festival se celebró un evento de la organización global Open Show. Cuatro fotógrafos presentamos nuestro trabajo y respondimos preguntas del público. Skyid Wang, de Vancouver, se volvió vocero de redescubrir la fotografía con película y encontrar esa sorpresa cuando el rollo es revelado. Oliver Klink, frecuente de National Geographic, habló de su trabajo documentalista en las aldeas chinas, donde las tradiciones inmemoriales colisionan con el presente. Paccarik Orue, migrante peruano, discutió las fotografías de El Muqui y yo tuve oportunidad de hablar sobre Fantasmas de los no-lugares, una de las ideas en la que he trabajado desde hace un año.

Foto Paccarik Orue

El Muqui es una deidad del folclor local de los habitantes de Cerro de Pasco en Perú. Una ciudad de 70 mil habitantes con una mina abierta en el centro. Su historia sería terror distópico si alguien la hubiera inventado:

La mina es un éxito comercial. De ahí vive todo el pueblo. Por generaciones la mina continúa creciendo, su agujero se hace más grande y el pueblo se va derrumbando dentro, devorado por la misma empresa que carcome las montañas donde se edificó la ciudad.

La mina envenena el agua del pueblo y con ella lo que comen los animales, a los animales mismos y a quienes cocinan y se comen los animales. En algún momento, se vuelve imprescindible mudar la ciudad, llevarse a sus habitantes, animales y sueños a otro lado. Pero no es posible ya.

“De aquí somos” dicen los que intentan explicarlo al fotógrafo viajero, y entonces la mina crece un poco más y en su infinita glotonería se lleva la parroquia y la escuela de infantes, y de alguna manera a los infantes, sus padres y familias. Ese agujero, un cráter informe, los mira a todos desde el abismo con su hocico obsceno e insaciable.

Orue visita Cerro del Pasco cada ciertos meses y convive con la comunidad por semanas. Sabe que al volver caerá enfermo por un par de meses, intoxicado por el agua y los alimentos que deberá consumir en su misión.

Más sobre Streetfoto 2017 en la próxima columna.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 14 de junio del 2017