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352 – La TV del 2016

Las 92 mejores (y peores) series de TV del 2016 en TV abierta, paga o streaming

1. The Fall (Netflix) – La temporada final del mejor procedural televisivo de que tenga memoria. Testimonio de la visión de Allan Cubitt (escritor, productor, director). Mientras Stella Gibson caza al estrangulador de Belfast, Cubitt repasa temas espinosos como los derechos de los acusados, la misoginia y el rol de la mujer en la esfera pública, pero sobre todo, la fragilidad de esa estructura que llamamos civilización. 2. The Americans (FX) – Estos espías soviéticos en los turbulentos años de Reagan, tienen retos mucho mayores que la geopolítica…en su propia casa. 3. Bloodline (Netflix) – El pasado (y sus secretos) son un lastre del que resulta difícil escapar, nadie lo sabe mejor que la familia Rayburn. 4. Stranger Things (Netflix) – Lo que inicia como homenaje a una era familiar para cualquier Gen X, con referentes que van desde Spielberg hasta King pasando por Carpenter; pronto se convierte en uno de los mayores placeres televisivos del año (incluyendo el resurgimiento de Winona Ryder). 5. Casual (Hulu) La irracionalidad nunca fue más seductora (o perversamente divertida). 6. Bosch (Amazon) Una clase maestra de cómo adaptar una serie exitosa de novelas a la pantalla chica. 7. UnReal (Lifetime) Detrás de cámaras de un reality pasmosamente parecido a The Bachelor se cuecen todo tipo de deliciosas manipulaciones, intrigas, ambiciones y crímenes. 8. Roadies (Showtime) – Cameron Crowe habla un lenguaje desconectado con esta época: una devoción emotiva y nostálgica por la música, los conciertos como templos y los acólitos que los hacen posibles. Magia pura. 9. Black Sails (Starz) – Desde los tiempos de Salgari no habían navegado piratas más apasionantes. Si no fuera tan buena, sería placer culpable. 10. Orphan Black (BBC) – Nadie multiplica la intensidad más que Tatiana Maslany en esta delirante saga melodramática de ciencia ficción. 11. Pitch (FOX) – Ella es la primera jugadora en Ligas Mayores y la serie una oda al rey de los deportes. 12. Flaked (Netflix) En un universo salido del cine Indie, un vivales que vende nada en una tienda vacía, es el más entrañable y egoísta amigo que quisiera uno tener. 13. Black Mirror (BBC) – Estas miradas oscuras en el espejo tecnológico no podían ser más provocadoras o perturbadoras (por favor regálame cinco estrellas). 14. Shut Eye (Hulu) Entre estafadores, adivinos, gángsters y gitanos, encontramos al antihéroe más atípico del año. 15. Timeless (NBC) Mientras estos viajeros en el tiempo intentan salvar su país o a sí mismos, lo interesante es su devenir por la historia oculta de los EU. 16. Outcast (Fx) El mundo es calladamente invadido por seres oscuros y oleosos que toman posesión de tus seres queridos. Si la solución sólo fuera un exorcismo… 17. Master of None (Netflix) El segundo episodio, sobre los padres, es una de las mejores piezas creativas del año, y Anzari tiene muchas más. 18. People vs OJ: American Crime Story (Fox21) Recreación histórica perfecta del caso mediático que cambió la justicia estadounidense por siempre. A la distancia, su histeria realista parecería casi satírica. 19. Club de Cuervos (Netflix) Todavía no sé si estos Cuervos de Nuevo Toledo son un placer culpable o una mirada genial al futbol mexicano. 20. Fleabag (BBC) 21. Broadchurch (BBC) La segunda vuelta es menos sorpresiva pero más eficaz. 22. The Night Manager (AMC) Suzanne Bier reinterpreta a Le Carré con elegancia y AMC decide censurarla. Mejor esperar el DVD. 23. Shades of Blue (NBC) Mal timing para una serie sobre policías corruptos. 24. Mr. Robot (USA) Una oda a las conspiraciones y paranoia desquiciada de nuestra época. 25. Marcella (Netflix) El paradigma irracional como solución racional al crimen. 26. The Affair (Showtime) Una temporada tres con problemas de identidad, pero casi ningún otro. 27. The good place (NBC) ¿Genial o absurda? Ese es el dilema. 28. The Timeline (NFL Network) El documental deportivo a grado de excelencia. 29. Key & Peele (Comedy Central) Irreverencia pura. 30. Occupied  (Noruega) Los noruegos también temen a los rusos y con razón. 31. Homeland (Showtime) Carrie es el pariente intenso que aguantamos sólo en pequeñas dosis. 32. How to get away with murder (ABC) Deliciosa malteada de mala leche (con vodka). 33. This is us (NBC) Equilibrio precario entre entrañable y cursi. 34. Chance (Hulu) Noir psicoanalítico 35. Masters of sex (Showtime) ¿Erotismo clínico? 36. Billions (Showtime) Entre la justicia y este antihéroe de Wall Street las líneas morales se desdibujan. 37. iZombie (CW) Aún viven zombis inteligentes. 38. Conviction (ABC) 39. Mom (CBS) Humor sardónico a nivel de arte. 40. Life in pieces (CBS) A lo mejor llega tarde para reinventar el sitcom, pero más vale tarde que nunca. 41. Catastrophe (Channel4) 42. American Housewife (ABC) y Speechless (ABC) Dos divertidas herederas de Los Simpsons. 43. Luther Un asesino en dos episodios basta para quitarnos el sueño el resto del año. 44. Superstore (NBC) The Office sobrevive en Walmart. 45. The Newsroom (HBO) Temporada final, lástima: Sorkin se hubiera dado vuelo con la elección de 2016.  46. American Crime (ABC) Provocadora y brillante, pero muy deprimente. 47. 12 Monkeys (SciFi) Desde La Jetée conoce uno el final, pero aún así seduce. 48. Scandal (NBC) y BrainDead (CBS) especie de documentales sobre Washington. 49. Wayward Pines (FOX) Sopresivamente entretenida. 50. American Gothic (CBS) Tantas vueltas de tuerca y termina uno mareado. 51. Fear the Walking Dead (AMC) La supervivencia del menos apto. 52. Hand of god (Amazon) 53. The Voice (NBC) 54. Inside the NFL (Showtime) 55. American Idol (FOX) Adiós *snif*. 56. Person of interest (CBS) 57. Agents of S.H.I.E.L.D. (ABC) 58. Blindspot (NBC) 59. Uno contra todos (Fox-1) 60. Luke Cage (Netflix) 61. 11.22.63 (Hulu) 62. River (BBC) Alguien necesita medicación: el protagonista, el director o el público. 63.The Grinder (FOX) Gusto adquirido. 64. Top Chef (Bravo) 65. Bull (CBS) El proceso judicial como autoayuda. 66. The Catch (ABC) 67. The Blacklist (CBS) Al final de la lista dejaron al guionista. 68. Nashville (ABC) 69. Inside Amy Schumer (Comedy Central) 70. Mozart in the jungle (Amazon) Sin la frescura o el encanto de su debut. 71. Magic City (Starz) o cómo perdió toda su magia. 72. The Strain Siempre hay mercado para un vampiro mal maquillado. 73. Lethal Weapon (NBC) Sólo para nostálgicos. 74. Suits (USA) – Blah blah blah. 75. Murder in the first (TNT) Les juro que era buena.76. Supergirl (CBS) Súpercansancio de superhéroes. 77. Last man on Earth (FOX) ¿Last screenplayer too? 78. Telenovela (NBC) 79. The great indoors (CBS) Descongelada después de su fecha de caducidad. 80. The Good Wife (CBS) La vida de Alicia Florrick cuando ya a nadie le importa (ni a sus guionistas). 81. Fortitude (SkyAtlantic) 82. NCIS New Orleans (CBS) El equipo sabe pasársela bien mientras resuelve crímenes sangrientos. 83. Man in the high castle (Amazon) Mucho concepto poca realización. 84. Second Chance (FOX) 85. The X-Files (FOX) Así nos pagan después de añorarlos tanto tiempo 86. The Walking Dead (AMC) Intenta responder cómo sobrevivir con más personajes, más audiencia y menos ideas. 87. Castle (ABC) El verdadero misterio es cómo la renovaron los últimos tres años. 88. The Family (ABC) Ugh! 89. The Big Bang Theory Ni Friends exprimió tanto la misma naranja. 90. Designated Survivor (ABC) La mayor virtud de este gobierno de ineptos es que casi consigue que veamos con optimismo la futura administración Trump (casi).

Nota aclaratoria: Imposible verlo todo (aunque lo intento). Invitación abierta, como cada año, al lector a sugerir y recomendar omisiones flagrantes. Las horas del día serán limitadas, pero la disposición para encontrar en qué perderlas, no.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 18 de enero del 2017

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352 – No atiendo el teléfono hasta mediodía – Entrevista con Ricardo Piglia

Foto:Susanna Sáez

La entrevista es un género difícil que involucra desde una preparación previa hasta el diseño de una estrategia para hacer sentir cómodo al entrevistado, para crear el vínculo momentáneo que permita ir más allá del interrogatorio y la charla, hacia el ambiente propicio para llegar a compartir ideas y sentimientos.

Desafortunadamente no hay estrategia que valga cuando no se está cara a cara con el entrevistado, cuando se establece el teléfono como escudo o peor aún, cuando ésta se realiza a través de la frialdad electrónica del e-mail.

Así, no podré introducir este texto con la descripción que ofrece la atmósfera del lugar, la expresión de Ricardo Piglia frente a alguna pregunta, la manera en que toma el café o se da un respiro para reflexionar. Tampoco saber si una respuesta determinada fue dicha al bote pronto, casi con impulsividad, o si fue cuidadosamente matizada y editada posteriormente. La entrevista la realicé en 2006 para la desaparecida revista Revuelta.

¿Qué te atrajo del acto de escribir?

La posibilidad de contar historias

¿Cuál fue tu primer acercamiento a la escritura?

Empecé escribiendo un diario (que todavía sigo escribiendo), siempre me ha gustado esa forma, muy fluida, con registros múltiples.

Como escritor continuo de un diario, ¿te interesa el fenómeno de los blogs, esta suerte de diarios online públicos?

Parecen muy interesantes, todo el mundo puede decir lo que piensa. Pero, en un sentido, son la inversa del diario, que tiende a ser una escritura sin destinatario.

¿Cómo escribes? ¿Cuál es tu proceso?

Habitualmente escribo varias versiones. Digamos que, por cada página publicada, hay cinco escritas.

Cuando trabajas diferentes versiones de un texto, ¿corriges sobre la anterior para crear una segunda, o reescribes por completo?

Escribo una versión completa y luego trabajo sobre ese material. A veces no vuelvo a leer el manuscrito durante meses.

Has ensayado distintos géneros literarios, ¿con cuál te sientes más a gusto?

Me siento más a gusto en la ficción; no sé si más a gusto, en todo caso más libre.

¿Cómo es tu día típico?

Me levanto temprano y no atiendo el teléfono hasta el mediodía. Ese es todo el secreto para mí. Por supuesto no estoy todo el tiempo escribiendo.

¿Con no responder el teléfono basta? ¿No interrumpen los libros, los diarios, el televisor, los e-mails?

Supongo que por eso se habla tanto de la torre de marfil o de la isla desierta. Digamos un lugar para estar tranquilo… durante la mañana.

Cuando digo “escribir todo el tiempo”, no me refiero, por supuesto, al acto de poner palabras en papel (o la pantalla), sino a estar inmerso en el proceso de creación de alguna obra.

Por supuesto las musas no tienen horario o para decirlo en un lenguaje más moderno (o más argentino), el inconsciente siempre está ahí.

Cómo evitar que al traducir una idea a la escritura esta cobre cierta permanencia que te impida volver a contemplarla de otra manera.

Desde luego cuando uno escribe piensa de otra manera, el lenguaje tiene una lógica propia. Recordemos lo que decía el siempre modesto Nabokov: “Pienso como un genio, escribo como un autor de talento, y hablo como un idiota”.

Mientras escribes ¿lees o permaneces inmerso en tu trabajo?

Leo menos cuando estoy escribiendo ficción

¿Buscas lo mismo en un libro como lector que como autor?

Busco lo mismo pero no lo consigo.

¿Lees como escritor o como un lector común? Con esto me refiero a tu acercamiento al texto, buscando las costuras o dejándote llevar por la historia y los trucos de cada quién.

A veces leo como un escritor, a veces como un lector común, a veces como un lector aburrido.

¿Qué escritores te formaron?

Difícil saberlo, en todo caso recuerdo muy bien el efecto que me produjeron los cuentos de Hemingway y las novelas de Roberto Arlt.

¿Qué efecto te produjeron?

Precisión extrema en el caso de Hemingway y lenguaje propio en el caso de Arlt. Me gustaría poder combinar esas dos virtudes

¿Qué tan difícil fue para ti publicar por primera vez?

Desde el principio estuve ligado a pequeñas revistas literarias que se editaban en Buenos Aires en los años 60. Publiqué por primera vez en la revista El escarabajo de oro en 1963, un cuento llamado “Desagravio”.

Has manifestado muchas veces tu devoción por Kafka y Arlt. ¿Qué literatura te gusta leer más? ¿Eres lector de novedades o te gusta volver continuamente a los clásicos?

Hay épocas en las que estoy más atento a lo que se publica y otras en las que vuelvo atrás. Ahora por ejemplo estoy leyendo a Dürrenmatt. Y como siempre que me interesa un escritor trato de leer todo lo que ha escrito.

Hay quien dice que para realmente conocer a un autor hay que leerlo todo y de continuo.

Es una cuestión de medida. Cuando admiro a un escritor me gusta todo lo que escribe.

¿Sin dosificarlo?

No me parece una virtud postergar los placeres

En “Respiración artificial” nos topamos en medio de la otra historia con un debate literario, casi académico, sobre los méritos de Arlt. ¿Qué te impulsó a incluir esta discusión en medio de la narración?

Supongo que era natural para los personajes de la historia discutir esas cuestiones. Como es natural para los personajes de Fiesta de Hemingway discutir sobre el estilo de los toreros.

En “El último lector” haces referencia, en esta historia sobre el hombre que trabaja una versión diminuta de la ciudad, a “La invención de Morel” de Bioy, ¿es para ti importante hacer una homenaje de tus autores de cabecera?

No lo veo como un homenaje. Me parece que los relatos se relacionan entre sí, no importa quien los haya escrito. Son como calles en una ciudad, uno dobla una esquina y se encuentra con la pensión donde vivía Raskolnikov.

Has dicho que “trabajar en una trama definida y escribir una historia que ya existe me ha parecido siempre un modo de afirmar la autonomía de la literatura” de ocuparse de los tonos del lenguaje y ritmos de la prosa. En ningún momento más claro que en “Plata Quemada”. ¿Qué te llama la atención de este asalto en el que sale todo mal?

No sale todo tan mal. Se llevan una fortuna y escapan y al final los encuentra la policía. Pero se llevan el dinero que van a buscar y después, para no entregarlo, lo queman. Ahora bien, ¿quemar el dinero es un prueba de triunfo o de fracaso?

No hemos hablado de las versiones fílmicas. Hay una película sobre “Plata Quemada”, ¿qué te ha parecido?

Ya sabemos que un novelista es el peor espectador de una película basada en su libro. No digo que no le guste la película, digo que siempre está viendo lo que no está.

Desventajas de las entrevistas de ida y vuelta, en este punto, Piglia decidió terminar.

Desde luego paramos aquí. Gracias por todo y hasta pronto.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 11 de enero del 2016

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351 – Mis libros del 2016

 

Aclaración pertinente y siempre obligada: esta lista no se restringe a libros publicados en 2016, ni pretende destacar entre ellos a los mejores. Para atreverse a ese tipo de lista tendría que leerlo todo, tener una opinión a prueba de fallas y un sentido de atribución crítica al cual no pretendo aspirar. Venga pues:

Signor Hoffman de Eduardo Halfon (Cuadernos del Asteroide)

Estos seis textos son relatos que son crónicas y por momentos reportajes, podrían catalogarse como literatura de viajes profunda, pero sería casi injusto, pues son piezas literarias magníficas inclasificables. Los une una liga común: los viajes y reflexiones de Eduardo Halfon, protagonista, escritor, periodista, turista (acaso), cronista y narrador. Más allá del recuento geográfico, sumergida en recuerdos de infancia, historia familiar y cartas y conversaciones de las que no seremos testigos. Entre el extrañamiento de su mirada encontramos una perplejidad natural ante a la indefensión del viajero, la vulnerabilidad del testigo y la inquietud que producen los espacios y situaciones que se descubren sobre la marcha en la búsqueda inefable de sentido: “Todos, eventualmente, nos convertimos en nuestra propia ficción”.

Slade House de David Mitchell (Random House)

Pocos autores desafían más las etiquetas que David Mitchel. Perpetuo explorador de géneros y estilos, aborda con su singular ambición cada uno de sus proyectos sin que la forma se vuelva una loza de virtuosismo vacío sobre el lector. Esta novela, emparentada con The bone clocks, es una historia gótica de fantasmas. Una novela de terror fantástico (¿o ciencia ficción?) por momentos espeluznante o muy divertida. Algo sucede tras los muros de Slade House, juegos infantiles, romances inesperados y parrandas de antología, con una pequeña salvedad, entre sus muros es muy posible que el tiempo se nos escurra y termine plasmado en una galería nocturna que redefinirá lo que hasta días antes considerábamos pesadillas. Imposible clasificar a Mitchell como autor de horror, pero igualmente imposible reprimir un escalofrío al a toparse con su nombre en la carátula de otro libro.

The Outsider – My Life in intrigue de Frederick Forsyth

A veces es fácil pasar por alto que antes de El día del chacal, el thriller político no dominaba las mesas de novedades y listas de libros vendidos. Antes de Follett, Ludlum y tantos otros, Forsyth inventó, casi a ciegas y por desesperación, un género de novelas que alimentaría a Hollywood por décadas. Como muchos libros de memorias, lo mejor de The Outsider son los recuerdos lejanos donde el autor se refiere a personas y situaciones que ya no forman parte de su vida y no hay temor o pudor. Forsyth que se formó en el periodismo duro de guerra y el espionaje, es tan entretenido como conmovedor mientras recorre su vida y obra a través de décadas de política exterior británica (incluida una secuencia africana particularmente poco halagüeña para el foreign office).

Luna llena y otros cuentos de Yasushi Inoue (Sexto Piso)

Aperitivo de tres relatos exquisitos para entender a uno de los grandes de la literatura japonesa del siglo veinte. En Vida de un falsificador un periodista es contratado para escribir la biografía de un famoso pintor. Aburrido, termina obsesionándose por la vida de otro: un desgraciado falsificador del artista. En Obasute recupera una leyenda popular  que recuerda cómo los ancianos eran llevados hasta un monte para a contemplar la luna y dejados ahí para reducir el número de bocas que alimentar. Mientras que Luna llena, es un recuento del ascenso y caída de un ejecutivo que pasa a ser presidente de una compañía. Retrato implacable de una cultura empresarial donde el presidente es casi Dios.

Ciencias Morales de Martín Kohan (Anagrama)

Con una prosa delirante, Kohan cuenta la historia de un estricto colegio de Buenos Aires y de una prefecta dispuesta a todo para demostrar su lealtad a un siniestro jefe. Historia sobrecogedora que funciona también como metáfora ambiciosa de la sociedad argentina durante la dictadura. Un libro bello, feroz, perfecto y perturbador que será difícil olvidar mucho tiempo después de haber cerrado sus últimas páginas.

Las palmeras salvajes de William Faulkner (Edhasa)

Quién se acerque a esta deslumbrante obra, atraído por el nombre de su traductor (Borges), más le valdría buscar el original en inglés. La traducción, sea del Borges que la firma o de uno de sus parientes como se rumora, es infame. Y aún así, entre sus metidas de pata imperdonables, se cuela la absoluta genialidad de una prosa que uno quisiera al mismo tiempo ser capaz de memorizar como ejercicio devoto y dejar fluir como el río desbordado que arrastra a los prisioneros en una de las dos caras de su historia. Un libro que se lee aprisa y se termina agotado y sin aliento, acaso para ávidamente volver a empezar.

Veneno de tarántula de Julian Maclaren-Ross (La Bestia Equilátera)

Apenas una introducción a un escritor injustamente olvidado, y que de alguna manera representó una de las voces posmodernas más interesantes de la literatura británica de la primera mitad del siglo veinte. Mientras el narrador cuenta sus desventuras en una desquiciada vacación en la campiña francesa, Maclaren destila ironía, un humor afilado y perverso y una prosa vertiginosa y adictiva. El romance y la camaradería como fachada trivial para esconder una visión desencantada y brutal sobre los seres humanos.

Anything you want de Derek Sivers (Portfolio)

A medio camino entre el manual de autoayuda y la guía de consejos empresarial, Sivers redacta un manifiesto de una visión de negocios que ha redefinido la manera de trabajar en el mercado global. En su lista de lecciones, sin embargo, se esconde un testimonio inusual y crítica del propio fracaso que invita tantas preguntas como revelaciones.

222 Patitos y otros cuentos de Federico Falco (Eterna Cadencia)

Un libro de cuentos divertido, inquietante y melancólico que gira alrededor del desencanto existencial que provoca  la incapacidad de encajar en la vida que nos tocó. Y aunque algunos de sus personajes no consiguen mirar más allá de los barrotes de sus jaulas particulares, otros son capaces de encontrar su sitio justo, aunque este resulte incomprensible para los demás. Mi favorito del libro es “Un hombre feliz”, un relato con la complejidad narrativa de una novela poderosísima, trágica saga familiar incluida, y sin embargo no rebasa las diez páginas.

El último coyote de Michael Connelly (Ediciones B)

Me sumergí en sus páginas aprovechando que la trama entera de este coyote es desperdiciada de pasada en un episodio de la por lo demás estupenda serie televisiva Bosch (de Amazon). ¿Será este la última gran novela de Connelly? Un autor que abandonó la ambición compleja de sus primeras novelas, que discutiblemente podrán considerarse entre las clásicas del noir de Los Ángeles.

Libros Destacados

La simetría de los árboles de Verónica Llaca (Joaquín Mortiz), Bahía Blanca de Martin Kohan (Anagrama), Tropic of night de Michael Gruber (Harpertorch), El reverso de los demás de Kaouther Adimi (Xordica), Traiciones de la memoria de Hector Abad Faciolince (Alfaguara), The beautiful bureaucrat de Helen Phillips (H. Holt), La resurrección de los muertos de Wolf Hass (Siruela), Gambito Turco de Boris Akunin (Salamandra), La carne de Rosa Montero (Alfaguara), Cuerpo a tierra de Martín Kohan (Eterna Cadencia), Benediction de Kent Haruf (Knopf), El ojo de Vladimir Nabokov (Anagrama Compactos), Soldados de Salamina de Javier Cercas (Tusquets), Nocturnes de Kasuo Ishiguro (Faber & Faber)

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 4 de enero del 2017

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350 – Mis películas del 2016

A Carrie Fisher

La sal de la tierra de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado

Cuando Juliano se propuso hacer un documental sobre su padre, el gran fotógrafo Sebastião Salgado, lo hizo con la intención de conocer mejor a una figura a la que siempre había visto con admiración a la distancia. La película, codirigida por Wenders consigue recrear un arco vital, una narrativa que trasciende la mera biografía. La sal de la tierra explora no sólo la valentía de Salgado como testigo de algunos de los momentos más terribles de la humanidad; sino su visión para atrapar la inefable luz que se filtra entre las grietas de los momentos más oscuros, transformando al testigo en participe de un reto aún mayor: la construcción de esperanza.

Mr Holmes de Bill Condon

El último caso de Sherlock Holmes no lo escribió Conan Doyle, sino uno de los irregulares de Baker Street: Mitch Cullin. Esta adaptación de su novela A slight trick of the mind propone a un vetusto Holmes (Ian McKellen) retirado en la costa británica en las primeras etapas de demencia. Holmes trata de recordar un caso sobre una misteriosa mujer con la ayuda del hijo pequeño de su ama de llaves (Laura Linney). La dirección de Condon saca provecho de su elenco, alternando momentos de lucidez y fantasía con elegancia conmovedora.

Siete Samurais de Akira Kurosawa

Como antídoto frente al remake de Los siete magníficos, la versión western de este clásico japonés, nada mejor que volver a la sublime cámara de Kurosawa y dos conceptos básicos que nunca entraron en el paradigma de Hollywood. El heroísmo como una tarea colectiva donde la supervivencia del grupo va siempre por encima del sacrificio individual en busca de gloria; y la idea de que los soldados nunca resultan victoriosos en la guerra. “Nosotros siempre perdemos, los que ganan son ellos”.

Force Majeure de Ruben Östlund

¿Cómo reaccionamos ante situaciones de peligro? Una familia está de visita en un centro vacacional en los Pirineos cuando una avalancha sacude sus cimientos de amor, respeto y confianza. Östlund se sumerge en el debate sobre la moralidad de los instintos frente a la adversidad. Una inmersión profunda y resonante en la vida familiar y de pareja.

Wadjda (La bicicleta verde) de Haifaa Al Mansour

No sólo es la primera película filmada en Arabia Saudita, país sin industria fílmica o cines; sino que fue dirigida por una mujer en una sociedad donde las mujeres no tienen permitido no digamos votar, sino conducir un auto. La película se centra en la historia de una niña que desea una bicicleta. Algo pasmosamente mal visto. Más que un comentario político, social o de género (aunque suma los tres), la directora narra la historia desde la visión determinada y conmovedora de la pequeña Wadjda (Waad Mohammed) dispuesta a todo para conseguir su inocente objetivo, incluso a aprender a recitar el Corán en un concurso de devotos.

Rogue One: A Star Wars Story de Gareth Edwards

El director de la prometedora Monsters consigue hacer la película que Lucas nunca se atrevió (o pudo hacer). La octava entrega de una opera espacial hasta ahora más emparentada con la fantasía camp y el marketing que con la ciencia ficción. Edwards añade atmósferas inquietantes y agobiantes, guiños para fans de la wookiepedia, paralelismos políticos y homenajes a sus influencias cinematográficas. Una pieza perfecta de relojería, que no sólo es la mejor de la saga, sino que eleva el valor de todo el conjunto.

About time de Richard Curtis

No es una comedia romántica, tampoco una historia fantástica o de ciencia ficción. Hay viajes temporales y una idealización casi cursi del destino y el amor romántico, pero ambos en función de una pregunta más relevante: ¿De qué sirve viajar en el tiempo si cualquier intento por modificar la vida se vuelve caótico e incontrolable? Quizá para atrapar efímeros momentos de felicidad (y esta inteligente y sorpresiva cinta es uno de ellos).

Arrival de Denis Villeneuve

El director de Sicario aborda una historia que aparenta ser una más de invasores extraterrestres. Juega con las expectativas de un público que aprendió de ciencia ficción viendo churros veraniegos y construye su narrativa interna en forma lineal. Nada es lo que parece en La llegada, una cinta que no es sobre naves extraterrestres sino sobre el tiempo, la comunicación, el dolor, la nostalgia y la soledad. En ese sentido es más cercana a Solaris que a La guerra de los mundos.

Remember de Atom Egoyan

Zev (Christopher Plummer), un anciano sobreviviente de Auschwitz recibe una carta de un viejo amigo que le recuerda su compromiso de cobrar venganza contra el oficial que mató a su familia. En medio de la demencia senil, Zev escapa de su casa de retiro para hacerse justicia. En la trama flota un subtexto inquietante que combina la fragilidad de la memoria con la de la una civilización que aparenta sanidad escondiendo a sus monstruos.

Doctor Strange de Scott Derrickson

El superhéroe místico de Marvel funciona en los márgenes del universo que tanto ha cuidado Kevin Feige desde que tomó la batuta de los estudios. Esa marginalidad combinando el misticismo new age y la historia de origen típica de la franquicia Marvel, permite a Derrickson, talentoso director de cine de horror, aventurarse en nuevos imaginarios visuales. Un vehículo de acción visionario que funciona en muchos más niveles que sus espectaculares efectos visuales.

Sleeping with other people de Leslye Headland

Esta extraña y deliciosa comedia se plantea la posibilidad de la relación platónica perfecta entre dos antihéroes románticos: Jake (Jason Sudeikis), el mujeriego y Lainey (Alison Brie), incapaz de permanecer fiel a su pareja. El resultado es la When Harry met Sally del nuevo milenio.

Destacadas

Populaire de Régis Roinsard, Spotlight de Tom McCarthy, Star Wars VII: The force awakens de J.J. Abrams, Cartel Land de Matthew Heineman, The best offer de G. Tornatore, The imitation game de Morten Tyldum, Capitan America: Civil War de Anthony y Joe Russo, La elegancia del erizo de Mona Achache, The Good Dinosaur de Peter Sohn, St. Vincent de Theodore Melfi, Jersey Boys de Clint Eastwood

Decepciones

I nostri ragazzi de Ivano de Matteo

Adaptación italiana de La Cena de Hermann Koch. Al quitar la estructura, punto de vista y construcción psicológica de la novela, la película se queda en lo sensacionalista y ya.

The revenant de Alejandro G. Iñárritu

Como saga de venganza es un tanto tramposa, y aunque visualmente es casi perfecta, sus decisiones estéticas, paradójicamente, se las arreglan para sacar al espectador, haciendo un trueque entre empatía y admiración.

Irrational man de Woody Allen

La más palpable señal del deterioro creativo de uno de mis cineastas más admirados. A medio camino entre la comedia y el policial, se queda en un territorio blando intermedio. Todo se percibe derivativo y forzado, desde un guión anacrónico hasta la sobreactuación de un elenco desperdiciado.

The hateful eight de Quentin Tarantino

Los odiosos ocho es la película más autoindulgente de Tarantino, y también la más fallida. La cháchara y retórica habitual del director substituida por el doble de mala leche y la mitad del humor.

Star Trek Beyond de Justin Lin

Hay un momento en toda saga en que todas las premisas parecen haber dejado atrás la fecha de caducidad. Armada con lo que parecen remiendos de una docena de películas mejores, es la peor y más estúpida de toda la serie.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 28 de diciembre del 2016

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349 – Deseos navideños

Suele considerarse la navidad como la época propicia para enunciar (y desear) lo mejor a propios y extraños. Los niños, por lo menos algunos, hacen cartas a Santa Claus (y otros al “niño Dios” aunque esa idea nunca me pareció muy convincente). Los adultos se desean parabienes y alguno que otro, obnubilado por la nostalgia que dejan las noches largas y los brindis, mira al cielo estrellado y se permite soñar un poco.

Que la magia de la navidad brille en los corazones del colegio electoral estadounidense…ups… En vista de que la esperanza de que tan tradicional institución se viera rebasada por un arrebato de sensatez se quedó en eso, y que resulta imposible conjugar la imagen de Trump con los buenos deseos de la temporada; dejémoslo en que la economía mexicana no se vea muy afectada después del veinte de enero, y que el espíritu de la navidad bendiga el corazón de los mexicanos con fortaleza y paciencia.

Que nuestro gobierno deje de discutir de qué color (muy mexicano) pintará el muro de nuestro lado una vez que no lo paguemos.

Que la cuenta de twitter del flamante presidente siga alegrando, por las noches, los corazones libertarios del planeta.

Que las marchas y protestas del 2017 sean amables con los automovilistas y los negocios que tuvieron la mala fortuna de descubrirse en medio del ejercicio de su libertad de expresión. Que sus causas sean nobles y en favor de los derechos humanos de todos, incluidos los que piensan, sienten y aman “diferente”. Que las marchas y protestas no sean para reivindicar prejuicios.

Que los precandidatos se moderen y recuerden que la vida entera de una sociedad no es una campaña política para relevar el control del poder.

Que lo que ha sucedido en Siria, en Aleppo, termine de una vez por todas y no se vuelva a repetir una tragedia semejante mientras el mundo civilizado tiembla pensando que al mirar al otro lado y cerrar la puerta con suficientes chapas alejará el horror de sus corazones.

Que el Brexit sea suave para los británicos que ya no querían ver extranjeros en sus calles y más suave para los que sí entendían sus implicaciones.

Que la Unión Europea sobreviva las ansias neonacionalistas de sus endebles democracias, y los prejuicios y temores de sus electores.

Que las noticias falsas sean menos creíbles y el público que las abraza menos susceptible a sus propias fantasías.

Que los usuarios de las redes sociales las valoren como el increíble vínculo planetario que se han vuelto y dejen de utilizarlas como vertedero para desahogar sus frustraciones cotidianas y sucedáneo para aliviar su falta de interés en la terapia profesional.

Que Twitter sobreviva la inviabilidad de su modelo económico.

Que las sociedades mundiales sobrevivan la inviabilidad de sus modelos económicos.

Que alguien consiga inventar algo más estable y sensato que la democracia.

Que la parca se tome unas vacaciones y deje de visitar a los creadores y artistas de un planeta que los necesita más que nunca.

Menos memes y más empatía.

Que aprendamos a perder el tiempo con conciencia de hacerlo en las cosas que realmente importan en la vida, y no se nos vaya en un suspiro vertiginoso de agendas y calendarios.

Que Vargas Llosa, Oz, Mendoza, Grafton, Munro, Roth, King, Barnes, McEwan, Palou, Haghenbeck, Muñoz Molina, Wolfson, Mitchell, Halfon, Amis, Ishiguro, Cercas, Kohan, Llaca, Montero, Morábito, Chabon, Olguin, Malpica, Bauer, Penny, Echenoz, Puértolas, Chimal, Bagaciolupi, Sacheri, Atkinson, Eldrich, Boyd, Stamm, Eggers, Pelecanos, Fresán, Iwasaki, Nothomb, Le Carré, Paasilinna, Villalobos, Caparrós, Lethem, Rankin, Zambra, Veronessi, Magris, Walton, Mina, Luiselli, O’Malley, Marías, Simmons, Sánchez, García Mainou y tantos y tantas que se me escapan ahora, publiquen un libro y sea su obra maestra.

Que las veleidosas cadenas televisivas renueven The americans, Bosch, Timeless, Outcast, Mr. Robot y Conviction. Que los creadores sigan encontrando el camino en los canales tradicionales o en las innumerables opciones del mundo conectado para seguir construyendo esta edad de oro de la televisión mundial.

Photo: Markus Hartel

Que se siga haciendo cine valeroso, creativo, trascendente e inspirador. Que ese cine pueda verse en todo tipo de salas y pantallas, que sus creadores sigan encontrando inspiración e inversionistas incautos para sus sueños de celuloide.

Que al mirar al otro recordemos que en él siempre hay un espejo de lo que nos gusta y disgusta de nosotros mismos.

Que haya salud para tus seres queridos y que si no se puede, que el aprendizaje sea profundo, el dolor tolerable y el trance leve.

Más que desear la paz, el amor, y la alegría, como se suele en estos tiempos, que aumente la tolerancia, la solidaridad, y la compasión entre los seres humanos.

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Para El Economista Arte Ideas y Gente del miércoles 21 de diciembre del 2016

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348 – El año de la mentira

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Hace algunas semanas, el diccionario Oxford eligió su “palabra del año 2016”. La palabra fue “post-truth”, algo así como posverdad, definida como el momento en que “los hechos objetivos influyen menos en formar la opinión pública que las llamadas a las creencias y emociones personales”.

Estas incluyen la mayoría de los prejuicios, esas creencias casi inconscientes que distorsionan la percepción de la realidad en quien las tiene y son impermeables a cualquier dato o referencia comprobado.

what-is-fake-news-main_thumb800Una de las maneras más comunes de conectar con esas creencias y emociones son las noticias falsas. Las noticias falsas creadas para manipular simulando reportes periodísticos creíbles y dispersarse a través de internet a masas crédulas y dispuestas a compartirlas.

Este no es un fenómeno nuevo. Tiene sus orígenes en las estrategias militares de contrainteligencia, y está presente desde siempre en las campañas políticas y la cultura mediática con el nombre pavoroso de “publireportaje”.

Lo que cambia ahora es internet. El rumor que circulaba de voz en voz o a través de la prensa más irresponsable y amarillista, hoy en día fluye a través de las redes sociales, conecta con las creencias y emociones del público y es difundido por este, muchas veces sin leerlo en su totalidad. Nunca más palpable que en la reciente elección estadounidense (y buena parte de la campaña para el Brexit).

fakenewsLo anterior ha llevado a Politifact, un sitio serio, ganador del Pulitzer, a convertir las “noticias falsas” en la mentira del año 2016. Etiqueta que Politifact asigna cada diciembre (2015 fue para algunas declaraciones de Trump, 2014 para las exageraciones alrededor del virus del Ebola, etcétera). Politifact cita ejemplos recientes:

Noticias falsas como “Hillary Clinton lleva una red de abuso sexual de menores a través de una pizzería de Washington”; o “miles de personas cantaron en un mitin de Donald Trump ‘odiamos a los musulmanes, odiamos a los negros, queremos nuestro país de vuelta”.

weekly_world_news___hillaryPolitifact hace un argumento sólido: “Si las noticias falsas se han vuelto la señal más sólida de una sociedad pos-verdad, ¿cómo podemos siquiera hablar entre nosotros si no podemos estar de acuerdo en los hechos y premisas básicas?”

El propio Obama hace referencia a ello (citando quizá inadvertidamente a Albert Camus), en una entrevista que dio a David Remnick para The New Yorker después de la elección: “Vivimos en un ambiente mediático donde todo es verdad y nada es verdad”.

Obama añadió: “Una explicación sobre el cambio climático realizada por un científico ganador del Nobel se ve igual en Facebook que una negación elaborada por un charlatán en la nómina de un magnate petrolero. La capacidad para diseminar desinformación y teorías disparatadas de conspiración que pintan negativamente a los oponentes ha polarizado al electorado de tal manera que es casi imposible llevar una conversación”.

No me refiero, por supuesto, a las noticias falsas humorísticas creadas por sitios como Deforma o The Onion en EEUU, ahí hay intención satírica.

trump_1479445338554_2298493_ver1-0Para entender el ciclo de la noticia falsa basta seguir los efectos de un tuit de Donald Trump: “Trabajé duramente con Bill Ford para que dejara la planta de Lincoln en Kentucky” (la automotriz nunca planeó cerrar la planta. Sólo iba a mover la producción de su SUV a México y aumentar la de camionetas Ford Escape en Kentucky).

Reconstrucción en Twitter hecha por el periodista James Poniewozik: Trump tuitea. Reuters reporta la noticia sin verificar, basado en el tuit de Trump. La prensa libre de Detroit publica una corrección. La mañana siguiente muchos denuncian la mentira de Trump, pero ya para entonces “Trump salvó la fábrica” circula a toda velocidad por las redes sociales. Reuters corrige su sitio web con “Ford le dice a Trump que ya no moverá la producción de su SUV a México”. El hecho real es que no había empleos en riesgo.

fakenews_lemann_wp-1200x630-1480533058Politifact argumenta que lo que más cambió en 2016, no fue la existencia de foros de opinión donde los devotos de las teorías de conspiración intercambiaban correos electrónicos pidiendo REENVIAR A TODOS TUS CONTACTOS!!!.

Ahora las mentiras de distribuyen vía Facebook, escalan sitios en las búsquedas de Google, y se comparten más y provocan más reacciones y comentarios que cualquier noticia real reportada por los medios tradicionales. Eso genera tráfico e ingresos publicitarios para sitios que inventan y reproducen las noticias.

Facebook y sus mil ochocientos millones de usuarios cambiaron el juego dando voz y difusión a cualquier cantidad de patrañas compartidas con un click. Después, el flamante presidente electo (y miembros de su futuro gabinete) repetían las mentiras dando la credibilidad de su nombre y posición.

fake-news-onlineTanto Hillary mintió para defenderse como Trump para atacar (a ella y a los otros candidatos en la contienda interna de su partido). Ambos sufrían de poca credibilidad, pero Trump continuó siendo percibido como más auténtico.

Sabemos que los políticos mienten, pero ¿qué pasa cuando los medios, los tradicionales y sobre todo los alternativos, difunden las mentiras a precio de verdad y velocidad relámpago?

Se necesitan nuevas reglas (diría Bill Maher) y, por supuesto, una actitud más crítica al leer y claro, antes de dar click al botón de “compartir”.

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Para El Economista Arte Ideas y Gente del miércoles 14 de diciembre del 2016

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347 – Raíces profundas

la-simetria-de-los-arbolesEn la pura definición genérica, una novela policíaca gira alrededor de la resolución de un misterio de tipo criminal. La novela negra, por otro lado, abarca todas esas otras historias alrededor de un crimen, donde la solución del misterio no es lo importante.

Una surge de la exploración intelectual y racional como estrategia para enfrentar la irracionalidad frecuentemente atribuida a los actos criminales, y la otra como reflejo del desencanto social, el miedo, la violencia y la corrupción rampantes en las ciudades estadounidenses durante la Depresión.

Una celebra la justicia y la razón, la otra es la constatación realista y desencantada de por qué no hay justicia y todo está tan jodido. La nueva novela de Verónica E. Llaca, La simetría de los árboles (Joaquín Mortiz), transita entre ambas visiones del mundo, y consigue ser, durante la mayor parte, eficazmente evasiva cada vez que tiene que decantarse por una u otra visión del mundo.

La novela es narrada por Laura, una psicoanalista en crisis, que redacta una suerte de diario de terapia dirigido a la invisible directora de una casa de recuperación en la que Laura se ha hospedado voluntariamente para evitar la tentación del suicidio.

En el diario, Laura va registrando sus emociones al estar ingresada en la clínica-manicomio y va recapitulando a cuenta gotas las razones que la llevaron a estar ahí. El asesinato de su hermana Sofía, la desaparición de su padre, la petición de suicidio asistido de un viejo amante, son algunas de ellas, y Laura las recuenta de pasada, haciendo referencia a sesiones terapéuticas de las que no fuimos testigos.

Creepy treeEsta situación inusual es extraordinariamente provechosa para sus misterios: ¿Qué le pasó a Sofía? ¿Qué le pasó al padre de Laura? ¿Ayudó o no a suicidarse a Santiago?

La autora dosifica el misterio como un Macguffin Hitchcockiano. Un pretexto para contar las cosas más importantes que agobian a Laura. Queremos conocer las respuestas, pero eso no le importa a Laura, que sólo quiere justificarse recordando antecedentes familiares, amoríos fallidos, culpas morales y delirios persecutorios.

Laura es una narradora deliciosa y poco confiable que va escribiendo el diario a la defensiva pero dejando traslucir, entre justificaciones y fantasías, quién es. ¿O no?

Uno de los mayores aciertos de la novela es justamente ese. Laura se explica por doscientas cincuenta páginas, y mientras el misterio criminal va aparentemente resolviéndose, su personalidad es cada vez más opaca.

Como la reconstrucción que hace Günter Grass de su vida en Pelando la cebolla, la novela va revelando capa tras capa que los misterios que suponíamos no lo son tanto y hay otros que resultan mayores y más esquivos, porque se han extraviado en la falible memoria del narrador y protagonista.

Resulta más fácil creerle a Laura cuando recuerda su familia circense o se deja abrumar por las acusaciones injustas de su madre, y la prosa de Llaca es más eficaz en la subjetividad del laberinto mental de Laura que al explicar las connotaciones políticas y geográficas detrás de los sucesos.

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Verónica Escalante Llaca

Laura es más explícita reconstruyendo los diálogos que sostiene con su hermana muerta, que desentrañando explicaciones vagas sobre litigios o deudas políticas. Esto último no debería importar demasiado, porque es justamente Laura quién nos va diciendo lo que pasó, o lo que le dijeron que pasó, o lo que supone que pasó, o lo que quiere recordar que pasó; y como actúo a propósito de ello, y en la disonancia de todas esas posibles versiones se encuentran algunos de los mejores momentos del libro.

La simetría de los árboles es un thriller psicológico cuyo mayor suspenso está no en el misterio de los crímenes o el peligro inminente que pesa sobre su narradora, sino en su mente. En el enramado de recuerdos y mentiras que la han llevado a extraviarse.

En ese sentido, la resolución del libro puede resultar un tanto anticlimática. No por lo que ahí sucede, que por supuesto no voy a mencionar, sino porque para esta novela tan poco convencional, un cierre donde se atan cabos y ofrecen explicaciones es menos satisfactorio.

Al lector de novela policíaca sólo le interesa la solución del crimen, pero esta debe ser explicada mediante una reconstrucción que cumpla un doble propósito: concluir la trama y ofrecer una relectura donde resulte evidente que las claves estuvieron siempre a disposición del lector.

El lector de novela negra no necesita tantas explicaciones, sólo saber qué tan mal parado quedó el protagonista después de lo vivido. Algunos de sus misterios quedan como tales sin ser tramposo. Hay tantas cosas en la vida que son imposibles de saber.

Me hubiera gustado muchísimo que la autora llevara el juego de espejos torcidos hasta el límite, hasta ese territorio Lynchiano donde la lógica de la razón que surge de la tradición de Descartes, Poe y Conan Doyle, se extravía en un mundo onírico y absurdo donde es imposible conocer la verdad, pues esta siempre parece huir en ese rincón detrás del callejón, donde todo es más oscuro.

La simetría de los árboles es una novela muy disfrutable, con una construcción narrativa inteligente y cuidadosa, que evita los lugares comunes del género, para ahondar en la subjetividad psicológica marcadamente femenina de su narradora. La novela ganó en 2015 el premio Una vuelta de tuerca convocado por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, la Secretaría de Cultura y editorial Joaquín Mortiz.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 7 de diciembre del 2016

  

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347 – La cima del policial

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La televisión contemporánea está llena de grandes series. Las más populares se han vuelto tema favorito de conversación entre propios y extraños. Después del clima, escuchar qué está viendo alguien y qué tan bueno está, es uno de los tópicos más “seguros” en una sociedad donde los temas filosos, nutridos por la polarización de las redes sociales, han rebasado a los clásicos: religión, política y fútbol.

La cosa se ha puesto tan bien, que los estudiosos la llaman la edad de oro de la televisión. La existencia previa de otras “edades de oro” los lleva después a numerarlas (se vive la tercera edad de oro).

Es posible cada año seguir docenas de series de calidad. Algunas concebidas de origen para el binge watching, o sea para verlas de corrido con visitas ocasionales a la cocina o al baño. Es una edad de oro  amarrada a la popularidad internacional del medio y a la calidad casi homogénea del mismo. La mayoría de sus producciones cuenta con calidad técnica competente y corre pocos riesgos, apostando por fórmulas y temas probados.

danielle-ferrington-the-fall-tv-series-37562046-1200-798Pocas veces podemos decir que una de ellas sea capaz de poner punto final a una tradición. Y entonces se topa uno con The Fall.

The Fall es un policial inglés del canal BBC2, producido, escrito y dirigido por Allan Cubitt. La serie está comprendida dieciocho episodios divididos en tres temporadas (todas en Netflix). Temporadas cortas, como buena parte de las series británicas, un país que parece entender bien aquello de menos es más, y donde se prefieren seis episodios excepcionales que extender una historia por veinticuatro (o por trescientos, si nos atreviéramos a incluir a las telenovelas).

El arco narrativo de las tres temporadas es un sólo caso policíaco. La investigación y captura de un asesino serial: “el estrangulador de Belfast” a cargo de la unidad especial musicman, dirigida por la detective Stella Gibson (Gillian Anderson). Uno de los mejores policías inventados fuera de la literatura impresa.

19fa0dd0000005dc-0-image-3_1416792183687La serie empezó en 2013 en que los cinco primeros episodios fueron dirigidos por Jakob Verbruggen. El estilo de Verbruggen no satisfizo a Cubitt que tomó la batuta a partir de la segunda temporada (series 2, como dicen en Inglaterra).

Cubitt, es un escritor, dramaturgo, director y productor de cine y teatro, cuya mayor credencial televisiva antes de The Fall había sido dirigir la excepcional segunda temporada de Prime Suspect con Helen Mirren.

En The Fall, Cubitt aborda la investigación del asesino serial con una profundidad y sutileza que trasciende el medio televisivo. La serie entera aborda en más de un sentido el duelo entre Paul Spector (Jamie Dornan), un trabajador social / psicópata y la detective Gibson, traída desde Londres para dirigir la investigación de sus crímenes.

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Allan Cubitt (Foto: Eamonn M. McCormack)

Cubitt no toma atajos, ni se precipita. La suya es una exploración minuciosa de la psique de sus personajes, sin lugares comunes ni moldes construidos por el cine o la literatura de género. Acá no entran las fórmulas probadas de Thomas Harris, ni los procedurals dedicados de docenas de autores. No hay unidad de profilers del FBI, detectives con memoria eidética o hackers que resuelven cualquier crimen sin que se termine la batería de su laptop.

The Fall aborda temas espinosos como los derechos de los acusados, la misoginia y el rol de la mujer en la esfera pública, la fragilidad de la estructura que llamamos civilización.

Desde su ominoso título que debe al Paraíso Perdido de Milton hasta su perturbador desenlace, The Fall es una construcción perfecta del procedural policíaco. La primera en su tipo que considera que no basta saber quién y cómo lo hizo, sino atraparlo y aún así, ser capaz de construir un caso legalmente válido y probarlo en forma convincente.

En un medio que suele apostar por aquello de una imagen vale más por mil palabras, Cubitt le da mucha importancia al lenguaje. A la manera en que se expresa cada uno de sus personajes, por su carácter local, clase social o antecedentes. Sus momentos más memorables son conversaciones e interrogatorios. The Fall es la cima de un género popular y archisobado desde el Z de Fritz Lang hasta The Silence of the Lambs y Zodiac (o su episodio preferido de Wallander o Criminal Minds). 

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 30 de noviembre del 2016

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345 – La normalización peligrosa

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Primero sucede algo extraordinario, después de un tiempo, eso que nos sorprendió y desconcertó (o indignó) se empieza a percibir como normal. Uno de los primeros en hablar del fenómeno fue el filósofo francés Michel Foucault, quien describió la normalización como un fenómeno que surgía de la construcción de parámetros de conducta idealizados.

Definimos que tal o cual es la conducta normal, y una vez determinada, la sociedad (o “el poder”) recompensará o castigará a aquellos que se sujetan o no a la expectativa. Foucault lo llamó “el poder de disciplina”, y surgió inicialmente en todo tipo de microcosmos sociales durante el siglo diecinueve (la escuela, la industria, el ejército, etcétera) hasta que se volvió parte de la estructura social.

screen-shot-2016-09-18-at-11-34-21-pmUna manera muy simple de referirse a la “normalización” sería aquella frase de Dostoievski  que definía al hombre como el ser que se acostumbra a todo. No hay una definición de “normal” que se adhiera a nuestra idealización particular, la normalidad se refiere a lo más común. Nos adaptamos a situaciones inusuales hasta que nos dejan de sorprender y empiezan a conformar lo que consideramos habitual.

La normalización también se da como mecanismo de defensa para entender y procesar algo particularmente doloroso. No podemos soportarlo como anomalía, por lo tanto podemos negar que existe o reconocerlo, pero quitándole importancia.

Este fenómeno se repite continuamente en la sociedad. Así es como esta puede volverse más tolerante, que sería un aspecto positivo, pero también es la manera en que adoptamos malos hábitos, nos acostumbramos a conductas destructivas; como se extiende la violencia doméstica y como encajamos situaciones políticas que reducen poco a poco las libertades de una sociedad en nombre de la seguridad, el progreso o una ideología.

622867896Sucede algo extraordinario como septiembre 11 y se adoptan medidas de seguridad originadas en la paranoia y el estrés postraumático provocado por el incidente. Tres lustros después, esas medidas son  una norma aceptada y hasta “necesaria” en pos de la prevención y el bien común, a pesar de ser profundamente ineficaces. No importa si el discurso inicial de George W. Bush fuera algo así como “nos odian por nuestras libertades”, puesto que su solución fue renunciar a esas libertades para prevenir que “nos lastimen de nuevo”.

La normalización por el triunfo de Trump no se empezó a dar en el momento en que las tendencias de votación fueron inevitables. La normalización de su discurso violento se empezó a dar un año y medio antes, conforme los medios repetían sus disparates de sexismo, nacionalismo rancio y demás ocurrencias fascistas como elementos válidos de una postura política válida con la que se podía estar de acuerdo o no.

Este proceso se acelera con su triunfo. La misma Oprah Winfrey dijo en una entrevista que la visita de la semana pasada de Trump a la Casa Blanca le daba esperanza de que el magnate hubiera recapacitado con humildad ante su encuentro con Obama.

mtqyody5mji0mjm3mzexnjg4Otros medios empezaron a matizar lo que días antes calificaban de insoportable. Frente al terror que expresaron los mercados financieros al conocer el resultado de la elección, opusieron publicaciones que oscilaban desde el perfil zalamero hasta la petición de un voto de confianza, morder la bala y darle chance al energúmeno de que nos pruebe equivocados. El propio discurso de los demócratas, desde Hillary Clinton hasta Obama iba por ese tenor.

El problema, es que Trump no es normal y no debería ser tratado como tal. No importa lo que digan los políticos de la vieja guardia que sólo buscan estabilidad o los opinadores mediáticos que sólo buscan continuidad en su posición de élite mediática. Adam Johnson lo argumenta en AlterNet: “Normalizar a Trump significa que puedes aplastar a las mujeres, a los homosexuales, a los discapacitados, los musulmanes, la gente de color, y no importa… mientras ganes.”

No hay nada que normalice más una conducta que el poder.

El mismo Trump, cuando se le cuestionó si su retórica había ido demasiado lejos, respondió: “No. Gané”. Hoy, en su entrevista semanal con el New York Times, se declara extrañado de que los grupos neonazis se hayan identificado y entusiasmado con su discurso.

w704Si Brexit fue un adelanto del triunfo de Trump, quizá debiéramos ver con preocupación la ley que se acaba de aprobar en el reino unido. La ley, que originó en una propuesta de 2012 de, la ahora primer ministro, Teresa May, consiguió ser aprobada después de cuatro años de duros cuestionamientos. La ley obliga a los proveedores de servicios de Internet a guardar las búsquedas web de cada uno de sus clientes hasta por un año, dando acceso al gobierno a esos datos. Obliga también a que las compañías remuevan el encriptado de datos cuando se les solicite y autoriza a que los organismos de seguridad del estado hackeen cualquier dispositivo de un ciudadano (excepto periodistas y médicos que todavía tienen algunas protecciones). Es la ley de vigilancia más extrema jamás autorizada en una democracia.

Los anuncios de nombramientos que hace campamento de transición del presidente electo no son menos alarmantes. Trump ha ido seleccionando a lo peor de la ultraderecha para establecer las políticas públicas de su gobierno. Los grupos que debieron movilizarse antes del día de la elección, pero vieron la campaña como algo que no les concernía, están protestando en las calles; mientras que buena parte de los liberales que se rasgaban vestiduras una semana antes de noviembre 8, hoy llevan retratos de Trump a enmarcar en nombre de la democracia.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 23 de noviembre del 2016

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344 – La hora de los valientes

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Sólo porque estés paranoico no significa que no vayan por ti

Joseph Heller

Los monólogos de Stephen Colbert se han vuelto más largos. Desde el día de la elección en que fue el único programa de comedia nocturna que se atrevió a transmitir en vivo los resultados, Colbert se ha vuelto una suerte de voz catártica para la estupefacción que produjo en más de cincuenta millones de estadounidenses (y algunos otros de extranjeros) la victoria de Trump.

1474983093-colbert-debates-liveEl programa en vivo se transmitió via Showtime, uno de los canales de cable premium, porque CBS, su sitio habitual, estaba cubriendo el conteo y los resultados electorales. Colbert pretendía hacer de su programa una fiesta para celebrar a la primer mujer presidente. Tenía un desfile de invitados y un programa enteramente escrito y planeado para la victoria.

No hubo mucha comedia esa noche. El público que abarrotaba el Teatro Ed Sullivan de Nueva York quedó en silencio, y el conductor tuvo que improvisar. No chistes sosos y gags para tratar de sacar adelante la hora de transmisión, sino algo mucho más interesante. Tuvo que improvisar reflexionando en voz alta, con su humor inteligente, sobre lo que estaba pasando.

Durante meses, el programa de Colbert fue uno de los sitios que más ácidamente se burló de Trump y la campaña de Trump. También de la de Clinton, hay que decirlo, pero nunca en igual proporción. Por su hora nocturna desfilaron Michelle Obama y el vicepresidente Biden, cantantes, músicos y actores. Incluso el ahora vilipendiado Nate Silver, creador y coordinador del sitio web de predicción estadística FiveThirtyEight que todavía el martes por la mañana daba a Clinton 71% de probabilidades de ser la próxima presidente del país (y era menos optimista que el grueso de las encuestas).

seth-meyers-trump-ban-late-night-nbc-getty-2Quizá el único otro programa de la televisión abierta en afilar el lápiz contra Trump con igual ferocidad y lucidez (aunque menos elegancia) era el Late Night de Seth Meyers para NBC. Jimmy Kimmel había apostado por el humor fársico en ABC, con sus secuencias editadas de Drunk Donald y Coked-up Donald (reproduciendo discursos de campaña de Trump, primero con cámara y audio lento, y después en alta velocidad). Jimmy Fallon había optado por el humor ligero y suave en su Tonight Show, donde los chistes siempre eran bobos, equilibrados, fáciles y sin polémica.

El miércoles, el programa de Colbert volvió a ser grabado y transmitido en su cadena regular. Su monólogo duró casi veinte minutos, y fue una lección de cómo buscar catársis a través del humor. Mientras algunos estadounidenses protestaban en las calles, y otros se deprimían en casa, Colbert decidió continuar el asalto a la retórica insultante, hipócrita y grosera de Trump.

Ese primer monólogo incluyó una intervención de Dios (quien aparentemente se había distraído viendo Narcos en Netflix durante la elección). El momento memorable fue la recolección que el jefe de piso del estudio hizo del diálogo que tuvo con sus hijos esa mañana. Su hijo pequeño lloraba porque Trump había ganado. El jefe de piso decidió explicarle que el trabajo de Presidente no era tan importante.

1478839909El jueves en la noche, el monólogo de Colbert fue impresionante. Recapituló la primera visita de Trump a la Casa Blanca y algunos chistes inspirados en el posible gabinete de Trump. Entonces mencionó Omarosa Manigault, la mujer de color que fue contratada por la campaña de Trump como contacto con el electorado afroamericano. En una entrevista para The Independent Journal Review, Omarosa explicó cómo todos aquellos que habían criticado a Trump, que habían hecho chistes sobre él, se iban arrepentir y tendrían que ir de rodillas a pedir perdón cuando fuera presidente. “Mr. Trump tiene muy buena memoria y estamos haciendo una lista…qué bueno que cuando lleguemos a la Casa Blanca sabremos quiénes son nuestros enemigos”.

omarosaTerrorífico.

“Fue de cero a Nixon en sesenta segundos”, dijo Colbert y después miró a la cámara con rostro desfigurado por la angustia. “No fui yo, fueron Sam Bee y Seth Meyers! Ellos dijeron esas cosas horribles. Yo estaba bromeando. Salve, oh, líder glorioso… manos gigantes. Tiene manos gigantes!” Dio un paso atrás…guardó silencio y remató “is what a pussy would say” (es lo que diría un cobarde).

Una frase deliberada que también hacía referencia al grab pussy de Trump y a todo el movimiento de protesta Pussy grabs back. Y ahí sentó la primera bandera de libertad de expresión y valor frente a la amenaza, no imaginada, no paranoica, de un presidente inmaduro que en un debate dijo al aire a la moderadora que tomaría represalias con ella si lo trataba mal.

Ante el cinismo arrollador de un futuro nuevo gobierno que legitimó el discurso de odio como plataforma de campaña y lo volvió una receta de triunfo que ha envalentonado a grupos racistas violentos por todo el país. Colbert decidió plantar cara con valor y no dejarse intimidar. Y recibió un aplauso desmesurado y conmovido del público asistente y su equipo. Uno que rebasó los letreros de aplausos y las instrucciones de los animadores.

La primera, valiente y conmovedora, instancia de resistencia mediática, setenta días antes del inicio de la era Trump.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de noviembre del 2016