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366 – El ataque de los hackers

En estos días en que la relación bilateral estadounidense y rusa pasa por los noticieros un día sí y otro también, quien desconozca la historia del último tercio del siglo veinte pensará que la tensión es casi insoportable. Que la guerra fría está de vuelta, pero recargada.

Los rusos se han ganado una justa reputación internacional como hackers. Reputación reforzada por su probable intervención en las más recientes elecciones estadounidenses. En una encuesta realizada en un sitio popular de hackers, el 82% de los consultados opinó que los rusos son mucho mejores hackers que cualquier otra nacionalidad.

En Flash Boys, uno de sus libros para explicar el razonamiento y los excesos de los mercaderes financieros, Michael Lewis menciona cómo los programadores rusos inundaron Wall Street e influyeron el crecimiento de lo que se conoce como High Frequency Trading. Un tipo de comercio bursátil caracterizado por altos márgenes de utilidad y la velocidad con que se realizan operaciones masivas de alta complejidad hechas con computadoras poderosas que se valen de algoritmos complejos para analizar los mercados y ejecutar compras y ventas.

Uno de los programadores que entrevistó Lewis mencionó dos factores que han impactado el potencial de los programadores rusos. La importancia cultural puesta en las matemáticas (y la estrategia si pensamos en sus ajedrecistas) y su formación en un medio ambiente profundamente corrupto donde las reglas sólo existen para encontrarles la vuelta.

Algunos argumentan que detrás de la afluencia cíbercriminal está la falta de oportunidades redituables. Si nos basáramos en la televisión, el hacker típico es un adolescente de 15 años con problemas emocionales y ánimo de hacer dinero rápido en los rincones oscuros de la web.

En la cultura popular estadounidense el hackeo es casi magia, y bastan sólo unos segundos en cualquier dispositivo electrónico conectado a internet para rastrear un teléfono, esconderse en una IP itinerante que salta de país en país y desencriptar el acceso al Pentágono.

Uno de los orígenes de estos mitos es Juegos de Guerra (War Games), película de 1983 en que Matthew Broderick es un jovencito flacucho que se cuela por error en la computadora central del ejército estadounidense, y pensando que se trata de un juego, casi inicia la Tercera Guerra Mundial (con los rusos).

La curva de aprendizaje de la tecnología sumada a la idea de que los niños salen del vientre materno con un iPad en la mano ha llevado a ideas equivocadas, casi místicas, sobre el hackeo.

Una de ellas, es la idea de que cualquiera puede meterse a las granjas de servidores del gobierno desde el café de la esquina, colándose por una “puerta trasera” desde la página de la seguridad social, por ejemplo.

Una de las leyes propuestas por el legendario escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke dice que “cualquier tecnología suficientemente avanzada será indistinguible de la magia”. Para muchos medios, incluida buena parte de Hollywood y la televisión, esta “ley” se aplica al reverso. Si parece magia, seguramente se hizo con tecnología avanzada indistinguible de un editor de texto.

En un episodio reciente de The Good Fight un hacker hace llegar una memoria USB a una laptop de un fiscal y gracias a ella desactiva toda la red eléctrica de Chicago. En Ransom, el psicólogo teclea dos segundos y se conecta a la alimentación de la señal de audio de las cámaras donde están los rehenes, porque el video va encriptado.

El hackeo real, de acuerdo a uno de tantos hackers de sombrero blanco que trabaja reforzando la seguridad de las empresas estadounidenses, se realiza a través de la fuerza bruta, “intentando algo cientos de miles de veces con pequeñas variantes hasta que algo se rompe”. Y para ese tipo de trabajo una laptop no basta. Se necesita equipo de escritorio avanzado y que el software haga lo suyo.

Ese adolescente que vive en un sótano rebosante de viejos monitores, papeles y memorabilia de Star Trek comiendo comida chatarra y deseando canalizar sus impulsos anarquistas en destruir la civilización, sólo existe en la imaginación de Hollywood.

El hackeo visto por la cultura occidental es un encantamiento que pasa del tecleo veloz de comandos hasta los resultados en segundos. Mientras el hacker escapa a los inteligentes policías informáticos gracias a su habilidad para escribir comandos en media docena de monitores monocromáticos.

Si hay que preocuparse de algo es de la idea mítica del hackeo todopoderoso. Esa que lleva a a los medios y a los políticos a la paranoia y a especulaciones que serían hilarantes si no se tomaran tan en serio (de todos modos son graciosas).

Desde el “algoritmo” que supuestamente desarrolló Hildebrando para alterar el PREP durante la elección mexicana del 2006, hasta la idea de que Putin tiene a su servicio a una horda de geeks listos para tronar cualquier sistema electoral del mundo y poner al candidato de su preferencia en el poder.

El crimen cibernético tiene más que ver con información privada robada de redes sociales y correos electrónicos; usuarios que regalan contraseñas y números de tarjeta de crédito en páginas que les dicen que sus contraseñas y números de tarjeta están en peligro: y gente que cree que todo en la vida merece ser gratis y que el manantial de tesoros de internet está ahí para descargar lo que sea sin consecuencias.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 26 de abril del 2017

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365 – Leer para creer

Desde Fiesta en la madriguera, Juan Pablo Villalobos irrumpió en las librerías con un estilo que combinaba un sentido del humor ácido con una lectura refrescante de la novela negra de narcos a la mexicana.

Villalobos no aborda el género por moda, ni apela al entusiasmo de los editores por el “éxito probado”; lo hace porque el submundo criminal le ofrece una oportunidad para aplicar el bisturí afilado a los valores aspiracionales de la sociedad mexicana.

Nunca más palpable que en No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama). Novela donde se contrasta el mundillo estéril de las aspiraciones académicas, con los otros, que buscan negocios de alto nivel y mejorar la raza conectando con el dinero y el pedigrí europeo.

La novela fluye en varias líneas narrativas. En la principal, Juan Pablo Villalobos, un estudiante de posgrado homónimo al autor, es obligado e intimidado para seguir los designios de un mafioso de solvencia internacional apodado “el licenciado”. Para esto viaja a Barcelona con Valentina, su eterna novia veracruzana, a estudiar un doctorado y bajo amenazas, sumarse a una opaca conspiración de lavado de dinero.

Como personaje, Juan Pablo, es un académico pusilánime, incapaz de plantarle cara a la vida. Agobiado por enfermedades cutáneas y apenas sacudido fuera de un mundo literario donde todos sus referentes le sirven de poco. Juan Pablo reacciona a lo que hacen los otros y se mueve cual pelota de Pinball,  golpeado de un lado a otro en un juego en el que no tiene posibilidad alguna.

Lo que leemos es la novela que Juan Pablo (el personaje) escribió en su laptop para de alguna manera procesar lo que le sucedió y buscar catarsis. Un recurso con una larga tradición literaria y cinematográfica donde sólo conocemos lo que transpiró a través del testimonio subjetivo del narrador/testigo. Desde El manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki hasta su variante en videotape en las películas de la bruja de Blair.

Son historias donde parte del placer está en la imposibilidad de saber lo que realmente sucedió. Sus narradores no pretenden una crónica de los sucesos, porque no “escriben” con el lector en mente, sino  desde su subjetividad, miedos y ceguera. No le piden a nadie que les crea, como repiten cual credo en esta novela. El que el personaje se llame como el autor del libro, y que además sea de Jalisco y esté estudiando en Barcelona (como hizo Villalobos), es un recurso más del autor, que se vale de la metaficción como guiño cómplice con el lector.

Una de las virtudes de Villalobos es una prosa con distintos niveles de lectura, donde el subtexto dice más que lo aparentemente evidente. Y aunque el juego es más afortunado en Fiesta en la madriguera, acá también funciona gracias al contraste entre la narración de Juan Pablo, el diario de Valentina y la correspondencia de dos personajes.

El diario es una crónica de desamor, despecho y desesperación. Valentina no sabe lo que pasa con Juan Pablo, la vida europea le sienta mal, no tiene dinero, y sólo encuentra solaz en su relación con un ocupa italiano que mendiga y suelta consignas en una de las plazas de la ciudad.

La trama criminal es lo menos relevante. Un macguffin literario que al margen de su verosimilitud, funciona como detonador. Y aunque la corrupción es omnipresente, queda claro que Villalobos no pretende ni ahondar ni discurrir sobre narcotráfico o lavado de dinero. La amoralidad funciona mejor para construir caricaturas corrosivas, como la de la vida académica barcelonesa, donde las chicas se llaman Laia y los temas de tesis provocan más de una carcajada al lector que haya transitado por cualquier facultad contemporánea de humanidades.

La novela, particularmente la parte que narra Juan Pablo, está llena guiños estilísticos que delatan el buen oído de Villalobos. Entre ellos, el uso de apodos: el licenciado, el Nen, el chino, el árabe, el Chucky, el boludo y demás, que permiten el recurrente chiste del mexicano, chino y argentino que entran a un bar… Es el humor de la repetición deliberada también presente en las voces: el Nen que dice Nen, el propio Juan Pablo que no puede evitar la muletilla “este”, el argentino que no puede evitar decir “boludo” cada tres segundos.

Donde Villalobos encuentra oro puro es en las aspiraciones superficiales de la clase media mexicana. Este lo encontramos en las cartas póstumas del primo de Juan Pablo y los emails de su madre. Las primeras abordan el discurso profundamente vacío, si se vale la contradicción, del dinero como leitmotiv. Es la lógica de los negocios de alto nivel donde el balance es el único valor moral. La moral del mirrey. Los segundos como desfile de los prejuicios clasistas de la sociedad mexicana. Dos voces preciosas que nos hacen reír porque ponen, como el mejor Ibargüengoitia, un espejo tan incómodo como irresistible en el lector mexicano.

No voy a pedirle a nadie que me crea ganó el premio Herralde que convoca la editorial Anagrama en 2016.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 19 de abril del 2017

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364 – Las pequeñas tiranías

Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 fueron, en más de una manera, parteaguas de la historia moderna estadounidense. Influyeron la política exterior del país y su intervención permanente en la región del medio oriente. Pero más aún a su propio pueblo, con una inverosímil serie de medidas en nombre de la seguridad nacional que poco a poco han invadido aspectos de la vida privada de ciudadanos y visitantes que alguna vez eran baluartes de la libertad.

En uno de sus discursos posteriores a la tragedia, George W. Bush hizo referencia a los terroristas como grupos que “odian nuestro estilo de vida y nuestra libertad”. Después, su gobierno implementó, vía el acta patriota y otras medidas, un modelo de prevención al terror que paradójicamente trastocó su estilo de vida y libertad.

Como los atentados se realizaron con aeronaves comerciales, se reforzaron las medidas de seguridad en todos los vuelos. La idea de llevar un policía encubierto a bordo y tener puertas impenetrables hacia la cabina, pretendía impedir el acceso a esta y al mando del avión.

Luego llegó la no-fly-list que permitía a la TSA y a las aerolíneas, “boletinar” a pasajeros impertinentes o “riesgosos” en una suerte de lista negra que bajo el escudo de prevenir el terrorismo se convirtió en la mejor amenaza para intimidar pasajeros. La lista pasó de 16 personas a las que no se les permitía volar en 2001, hasta diez mil nombres en 2011 y 47,000 en 2013.

Un pasajero no es notificado cuando su nombre se incluye en la lista, ni por qué lo pusieron ahí. Los criterios son vagos e inapelables, y recuerdan tanto la trama de uno de sus libros que Kafka podía haberlos demandado. Simplemente se te empieza a negar el acceso a reservar boletos. Mala suerte si tu nombre es igual al de alguien boletinado. Mala suerte porque es una lista a la que no se puede dejar de pertenecer.

Las razones por las que alguien es incluido se han prestado a cierta especulación mediática. Según The Guardian, el departamento de justicia estadounidense dijo que la “sospecha razonable” de que alguien esté relacionado, vinculado, ayudando o similares a la idea de un acto terrorista, es suficiente para ganarse el boleto a la tierra sin aeropuertos.

Las aerolíneas son de alguna manera custodios legales de la seguridad de sus aviones. Y con un gran poder viene una gran responsabilidad, como dicen que dijo Voltaire pero más bien dijo Spiderman. Y el reverso es igualmente válido acá, con una gran responsabilidad, viene un gran poder. ¿Qué pasa cuando un pasajero se pone impertinente, no obedece las indicaciones o se niega a aceptar alguna instrucción?

Hace un par de días, lo descubrió un médico de 69 años que viajaba de Chicago a Louisville en United Airlines. Como parte de la gran fusión de aerolíneas que creó ese engendró que es hoy United, se ha denunciado una práctica riesgosa de sobrevender vuelos buscando aprovechar cada asiento, inclusive los de pasajeros ausentes.

El vuelo 3411 fue uno de esos casos. La aerolínea lo sobrevendió, y una vez que todos los pasajeros estaban a bordo, alguien decidió que miembros del personal de la aerolínea también tenían que tomar ese vuelo. Por lo que se ofreció a los pasajeros dinero y una noche de hotel si aceptaban quedarse en Chicago. La primera oferta fue de $400 dólares, nadie aceptó. La segunda fue de $800. Una pareja aceptó quedarse, pero la aerolínea necesitaba un lugar más.

Lo sortearon y al médico de 69 años “le tocó” tener que bajarse. Pero no quiso. Él había pagado por el asiento y no quería quedarse una noche más en Chicago.

El personal de la aerolínea le dijo que no era opcional. Se negó. Llamaron a la policía y lo bajaron. En el proceso lo golpearon con un asiento y lo arrastraron por el pasillo del avión con sangre escurriendo por el rostro. Los videos del incidente incendiaron las redes sociales de inmediato, y las declaraciones posteriores del director de la aerolínea, Oscar Munoz no hicieron nada para mitigar la indignación.

“Este es un evento perturbador para todos en United. Me disculpo por tener que reacomodar a estos pasajeros. Nuestro equipo se mueve con urgencia para trabajar con las autoridades y realizar nuestra propia evaluación de lo que sucedió. También estamos buscando al pasajero para resolver la situación.”

La palabra clave es “reacomodar”. El director se disculpa por reacomodarlos, no por bajar, arrastrar y golpear a un cliente. En el modelo de negocios de la aerolínea, hubris post 9-11 incluido, el uso injustificable de la fuerza está perfectamente justificado.

La explicación previa de United era peor: “El vuelo 3411 de Chicago a Louisville fue sobrevendido. Después de que nuestro equipo buscó voluntarios, un cliente se negó a dejar el avión voluntariamente y se tuvo que llamar a la policía. Lamentamos haber sobrevendido el vuelo”.

Voluntarios a fuerzas. La letra chiquita del contrato con sus clientes (esa ilegible que solía venir junto a los boletos y ahora se llama “aceptar términos y condiciones”), les permite hacer eso.

Los sucesos del 11 de septiembre cambiaron la industria aérea para siempre. Afectaron económicamente el negocio de tal manera que muchas aerolíneas sólo sobrevivieron abrazando políticas de bajo costo o fusionándose en monstruos corporativos donde sólo los números cuentan y las reglas las ponen ellos en nombre de la seguridad del vuelo y por lo tanto del país.

Son juez y parte un modelo disciplinario donde el cliente no tiene nada de razón, y más le vale ser pasivo y complaciente, porque si no entiende por las buenas…

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 12 de abril del 2017

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363 – Distracciones

Una de las teorías de conspiración favoritas señala que quien detenta el poder siempre buscará distraer al pueblo para que éste no se “dé cuenta” de lo que realmente está haciendo o sucediendo en su planeta-país-ciudad-empresa-etcétera.

Es la teoría detrás del adagio romano del pan y circo para el pueblo que hoy en día ha evolucionado hasta incluir, según quién la profese, a la iglesia, el futbol, las telenovelas, los reality shows, los medios masivos de comunicación o internet con todo y las redes sociales.

La idea tiene una raíz profunda y religiosa, particularmente en occidente, apuntalada en aquella creencia de que “el mayor éxito del demonio es hacerte creer que no existe”. O sea, que el triunfo del hubris del mal se consigue cuando se concluye que no hay mal, (¿o que no hay mal que por bien no venga?).

Es una presuposición muy interesante, porque implica que (a) Hay alguien en control (b) Hay alguien a quién distraer, que si no estuviera distraído tomaría en sus propias manos el control.

Si fuera cierto. Si hay un titiritero (o titiriteros) mirando condescendientemente a la humanidad mientras aplican una u otra estrategia para dispersar las miradas en los sucesos más banales; habría que cuestionarlo todo.

¿Ese suceso que todo mundo comenta es una distracción para que no nos demos cuenta de X (permítaseme usar la X, variable por excelencia)? Y así lo fuera, ¿no será que denunciar la distracción es la verdadera distracción con el propósito de quitar nuestra atención de ese suceso que hoy todo mundo comenta para que la pongamos en X?

¿Por qué será que cualquier dilema de este tipo termina reduciéndose a aquel elemental de que si el huevo fue primero o la gallina?

Si el medio es el mensaje, como alguna vez dijo McLuhan, entonces, ¿importa acaso lo que esté diciendo el medio?

Valgan algunas distracciones recientes para ilustrar la discusión:

Una periodista denuncia a un taxista que le grita, desde la impunidad del su ventanilla en el tránsito: guapa. Bajo la legislación de la ciudad el taxista se hace acreedor a una multa. El taxista no la paga y pasa unas horas detenido. La periodista escribe, orgullosa sobre su reivindicación de su derecho a ser deseada, y enunciado ese deseo, sólo por quien ella decida. El artículo provoca aplauso teórico feminista y también indignación de los defensores de la pobreza del taxista y de un volumen insólito de misóginos virtuales que proceden a insultar y amenazar a la periodista. Ella escribe un segundo texto. Temerosa e indignada. Recibe más insultos y amenazas. Las dos vertientes de la fama. Llueven textos a favor y en contra de la periodista, y sobre todo del acoso a que es sujeta. La periodista descubre entonces el progreso real de las leyes en su ciudad: en la calle ya no te pueden decir “guapa” sin que sea delito, pero en Twitter te pueden amenazar de muerte y mil barbaridades más en forma impune (¿cómo proceder contra @hdp2131?).

Un juez que no debería de serlo (o haberlo sido) dictamina que los abusos que un grupo de jóvenes realizaron a una menor de edad (documentados desde hace años) no son “abuso sexual” porque el rojo es verde, el amarillo violeta, y los colores no son colores si el que los pinta estaba pensando en blanco y negro mientras apretaba el disparador del bote de graffiti (nótese el uso de la analogía como eufemismo del absurdo).

Indignación nacional e internacional. Denuncias al juez. Su rostro y fotos de su familia circulan por el jurado que siempre encuentra culpables: las redes sociales. Amenazas de violencia y venganza contra el juez (como en su momento circularon contra la joven víctima). El juez es suspendido en lo que se averigua si hubo corrupción, ineptitud, insensibilidad o todas las presuntas anteriores. El líder de los jóvenes abusivos, apodado “el Porky” en alusión a una película que ninguno de los que así le dice vio, sigue libre.

¿Cuál es la distracción y cuál el suceso en que debemos poner atención? ¿El artículo de la periodista? ¿La sentencia del juez local al taxista? ¿La “no-sentencia” del juez federal al junior? ¿La misoginia y machismo en las redes sociales? ¿La complacencia de aplastar al más débil? ¿La falta de legislación para las amenazas y la violación de la privacidad? ¿La falta de protección frente al acoso cibernético? ¿Y para el abuso sexual? ¿El exceso de protección frente al piropo vulgar de banqueta? ¿La ineptitud legislativa para priorizar sus protecciones?

¿De qué nos distraen estas noticias? ¿De la contaminación, la falta de igualdad de ricos y pobres y mujeres y hombres; de acordarnos de la corrupción del sistema político de cara a la siguiente elección? ¿Nos  distraen del insatisfactorio trabajo, de la felicidad efímera de resolver un nivel difícil del Candy Crush; de la soledad amarga frente a la pantalla del teléfono y los seguidores virtuales, de ver obsesivamente algún estreno de Netflix? ¿Ninguna de las anteriores? ¿Todas las anteriores?

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 5 de abril del 2017

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362 – Oscura y fascinante

El año es 1814, James Delaney regresa a Londres después poco más de una década en África. Se le presumía muerto. Delaney regresa al funeral de su padre, un viejo explorador de los territorios de Norteamérica. Su madre, una mujer indígena (¿hechicera?) Squamish (grupo que habitaba la región de lo que ahora es Vancouver) había fallecido hace tiempo.

Ese es el punto de partida de Taboo, una nueva serie británica, producida por la Scott Free londinense (compañía fundada por Ridley Scott y su hermano Tony) y Hardy Son & Baker (formada por Tom Hardy y su padre Edward), para BBC One y FX.

Hay mucho que celebrar en la puesta en escena de Taboo. Primero porque se elige para contar la historia una época oscura de Londres. A principios del siglo diecinueve se acaba de conformar el Reino Unido de la Gran Bretaña y el reino se encuentra entre tres fuegos: dos guerras brutales, la continua con las entonces 15 colonias estadounidenses y la más reciente victoria contra las fuerzas napoleónicas. En tercer sitio el monarca del reino, George III, conocido como el “loco”. George sufría de porfiria, un trastorno genético que ataca la piel y termina destruyendo el sistema nervioso.

George III fue retratado en forma empática, romántica (y genial, hay que decir) por Nigel Hawthorne en The Madness of King George, película de 1994 de Nicholas Hytner, que aborda los episodios de la demencia final que caracterizó el reinado del monarca.

Pero el mundo retratado en la película de Hytner tiene más en común con las bellas producciones de Masterpiece Theater, y a su impecable pariente en el siglo veinte que es Downton Abbey, que con la Inglaterra que vemos en Taboo. Un Londres decadente y oscuro, antecedente, sin duda, de los callejones mugrosos de Penny Dreadful (aunque esta transcurra años después, durante la época victoriana).

Una ciudad con un millón de habitantes, la mayoría de ellos viviendo en condiciones de hacinamiento, pobreza y las peores condiciones sanitarias que derivarían a la gran peste de 1958 (retratada en la espléndida novela de Clare Clark). Es la ciudad que Dickens retrata en Oliver Twist treinta años más tarde. Todavía lejos del esplendor de la era victoriana que la convertiría a finales del siglo en la ciudad más poblada del mundo (6.7 millones de habitantes).

Londres es un hervidero de espías (siempre me ha gustado esa frase tan recurrida por los editores españoles). Algunos al servicio de Thomas Jefferson, otros informando al monarca o al gobierno en la sombra: la casi todopoderosa East India Company, dirigida con malevolente astucia por Sir Stuart Strange (el siempre brillante Jonathan Pryce).

A ese mundo llega Delaney, interpretado con la intensidad sin contemplaciones que suele caracterizar a Tom Hardy. Quiere recuperar la herencia paterna, una decrépita mansión que se hunde entre las turbias aguas del Támesis, y una franja de terreno que el explorador compró a los indios Squamish y que supone un punto estratégico en la frontera que se disputan ingleses y estadounidenses, para controlar la isla de Vancouver. Quien posea ese territorio tendrá el mejor punto para comerciar con el Oriente la mercancía más codiciada de la época: el té.

La East India Company quiere el territorio y ya había pactado la compra con la hermanastra de Delaney, heredera por defecto si este no daba señales de vida. El pubescente gobierno estadounidense quiere el territorio porque le abre la puerta al comercio del Pacífico y se la cierra a los ingleses. El monarca británico quiere el territorio por las mismas razones. En medio está Delaney, marcado por casi haber fallecido en un naufragio de un buque de esclavos, y el estigma que despierta el rumor de que en África, en algún momento, vivió en una tribu de caníbales y probó la carne humana.

Todo este contexto histórico se presenta en los primeros episodios, y aunque no voy a revelar aspectos de la trama, baste saber que Delaney es un personaje por demás interesante, y que el tabú aludido en el título es tan sugerente como evasivo. Porque lo que se considera tabú en una sociedad decadente es muy distinto de lo que evocaría, siglos más tarde, un juego de mesa, o un posible pretexto para reality show. Las cualidades evocadoras de lo prohibido y condenable sólo suman una parte a la atmósfera fascinante de esta prometedora nueva serie.

Aunque Taboo se empezó a transmitir a finales de enero en Inglaterra, a nuestro país llega dos meses después. El domingo se transmitió apenas el tercer episodio de los ocho que conformarán la primera temporada (por los canales Premium de Fox).

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 29 de marzo del 2017

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361 – El viaje final de Chuck Berry

Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images

En un momento clave del baile de secundaria donde tiene que hacer que sus padres se enamoren, Marty McFly toma la guitarra eléctrica y pide a la banda que le siga el paso mientras toca un “clásico”. La rola pone a bailar a toda la escuela mientras uno de los músicos corre al teléfono y llama a su primo Chuck:

– Escucha Chuck, soy tu primo Marvin…creo que este es el sonido que estabas buscando.

En el mundo inventado por Robert Zemeckis, McFly se vuelve, vía una paradoja temporal, en el padre del Rock’n’Roll. En el nuestro, el padre falleció hace unos días a la edad de noventa.

Después de su muerte, circuló en Twitter la reproducción de la carta de felicitación que Carl Sagan y su mujer Ann Druyan le enviaron a Berry en 1986 por su cumpleaños 60. Un texto formal pero igualmente conmovedor.

Su canción “Johnny B. Goode”, esa que en un mundo paralelo Berry había escuchado de McFly que la aprendió de Berry, se había incluido en los discos de la nave Voyager de la NASA.

En el fondo de Louisiana cerca de Nueva Orleans

En lo alto del bosque entre las siempre verdes

había una cabaña hecha de tierra y madera 

vivía un chico campirano llamado Johnny B. Goode

que nunca aprendió a leer o escribir bien 

pero podía tocar la guitarra como si fuera una campana

“Cuando te dicen que tu música vivirá por siempre, usualmente puedes estar seguro que exageran…pero el Voyager está a dos mil millones de millas de la tierra en dirección a las estrellas. Y los discos que lleva durarán mil millones de años o más”, dice la carta de los Sagan.

Photo by GAB Archive/Redferns

¿Quién hubiera pensado que ese niño que nació en uno de los barrios segregados clasemedieros de San Luis Missouri llegaría a otras galaxias? La segregación racial era tan marcada en el Missouri de 1929, que Berry no vio su primer hombre blanco hasta que tenía tres años: un grupo de bomberos. Una anécdota que recordó varias veces a lo largo de su vida. “Pensé que estaban tan asustados por el incendio que habían palidecido, Papá me dijo que eran gente blanca y que su piel era siempre blanca, día o noche”.

Berry fue aprendiz de carpintero y de fotógrafo, cantaba, como muchos niños de su edad, en el coro de la iglesia. Después tuvo la oportunidad de asistir a la primera preparatoria para estudiantes de raza negra al oeste del Mississippi, donde tuvo su primer éxito en el festival de talentos de la escuela. Una canción blusera que no fue vista con agrado por sus maestros pero que le granjeó popularidad entre los estudiantes, despertó su interés por aprender guitarra.

Chico conflictivo, nunca se destacó en lo académico. En un viaje de pinta con dos compañeros decidieron hacerse de dinero asaltando tiendas en Kansas City. Con una pistola que se encontraron en un estacionamiento robaron una pastelería, una tienda de ropa y una barbería antes de ser arrestados y condenados a diez años de cárcel.

Photo by Terry O’Neill/Getty Images

Su edad adulta empezó a los 21 cuando fue liberado por buen comportamiento. Regresó a su casa, trabajó en construcción y como fotógrafo y como intendente de una agencia de autos. En 1951 se incorporó a la banda de un compañero de escuela y poco después el trío de jazz de Johnnie Johnson.

Pronto empezó a participar en giras donde conoció a leyendas como Muddy Waters, puerta de entrada a Chess Records. Su primera propuesta a los ejecutivos de la disquera fue “Maybellene”, una suerte de country blues sobre una carrera entre dos autos, un Cadillac y un Ford. En Chess lo firmaron de inmediato y meses después, su canción estaba en el número uno de R&B. Para muchos historiadores, “Maybellene” es la primera canción de auténtico Rock’n’Roll.

Además de la guitarra distintiva, lo suyo era el sentido del humor y el ingenio. Pasó de la preparatoria al reformatorio, pero a los treinta daba voz al romance adolescente de una manera que a la música anterior nunca le interesó. Del enamoramiento adolescente a la separación amorosa entre adultos (evocando el doloroso divorcio de sus padres); la música de Berry conectó con las emociones de la generación de la posguerra.

Mientras iba en el bus urbano y encontraba un asiento

Creí ver a mi futura esposa caminando por la calle

Le grité al conductor “Hey, baja la velocidad, creo que la veo

por favor, déjame bajar del bus

Nadine, cariño, ¿eres tú?

Su música estaba llena de lo urbano y lo cotidiano: de automóviles, choferes, nombres de ciudades, bebidas y estaciones de autobuses. Una celebración de lo “americano” que persistió a pesar del desencanto de los años sesenta.

Photo: NASA

Como muchos pioneros, nunca alcanzó el éxito que tendrían sus sucesores. Su música temprana impregnó una generación entera, de los Beach Boys a los Beatles, de los Stones a Dylan, de Elvis a Springsteen. En 1987 escribió su autobiografía de su puño y letra, sin necesidad de “escritores fantasma” (el término “negro literario” suena desafortunado en el contexto).

De la cárcel, a la cual volvió dos veces más, hasta tocar frente a diez mil personas en Las Vegas a los 83, el músico recibió todo tipo de honores y reconocimientos en sus últimos años. Y mientras su mayor éxito cruza los abismos de la vía láctea, no me queda duda, que el padre del Rock’n’Roll, ya lo acompaña en el viaje.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 22 de marzo del 2017

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360 – Preferencias de género

No todos los multimillonarios de la televisión son almas de la caridad que dedican su fortuna a resolver los problemas sociales (como discutí acá). Algunos, en una perspectiva más realista quizá, tienen como aspiración ganar más dinero (y seguirse saliendo con la suya).

En su primera temporada la serie Billions enfrentó a un magnate de la especulación bursátil, Bobby Axelrod (Damian Lewis) con el fiscal de Manhattan Chuck Rhoades (Paul Giamatti).

En el paradigma clásico de la justicia televisiva, el fiscal que representa los valores de la ley debería ser el héroe; mientras que el especulador rapaz que sólo ambiciona poder y dinero tendría el papel de villano.

Sin embargo, los creadores de Billions han apostado por matizar los tonos de gris, y Axelrod es pintado como un hombre de familia, carismático, generoso y genial. Mientras que el matrimonio del fiscal está en permanente conflicto, su vida sexual es truculenta y sus estrategias son torcidas y maquiavélicas.

Rhoades odia a Axelrod por varias razones. Axe representa lo que él nunca se atrevió a ser (Rhoades viene de una familia privilegiada). Además su mujer, Wendy, trabaja para Axelrod como psicóloga corporativa. Su declaración de guerra surge de un visceral enfrentamiento de miradas que nos hace preguntarnos si no serán más parecidos de lo que les gustaría reconocer.

La trama de la serie puede ser un tanto árida, especialmente porque los creadores evitan el lugar común del personaje novato al que se le enseñan las reglas del juego para educar al espectador. Por el contrario, se nos sumerge en el mundo de las altas finanzas sin contemplaciones con sólo Google como aliado para los detalles finos.

La segunda temporada no ha cambiado las líneas básicas, y exceptuando la referencia ocasional a Trump, el mundo que vive este duelo permanente entre ambas figuras es prácticamente el mismo. Es un mundo profundamente masculino: frío y agresivo.

De sus docenas de personajes sólo hay tres mujeres (exceptuando a las secretarias). Las mujeres de Axe y Rhoades y una fiscal adjunta. Las tres mujeres, interpretadas espléndidamente por Maggie Siff, Malin Akerman y Condola Rashad, son personajes interesantes y bien escritos, pero en ese mundo masculino sólo cobran relevancia cuando emulan a sus parejas o toman actitudes alfa para enfrentar las situaciones.

Billions se transmite por Showtime y también en exclusiva por Netflix, semana a semana.

Del otro lado del espectro podemos encontrar The Good Fight, un spin-off de The Good Wife que recupera el mismo universo de casos legales en Chicago, pero sin los actores y personajes principales de la otra.

La serie revuelve alrededor de Diane Lockhart (Christine Baranski) y Lucca Quinn (Cush Jumbo) quienes ahora trabajan en un nuevo despacho de abogados afroamericanos.

The Good Fight está tan bien escrita como solía ser su predecesora y no se percibe ningún cambio ni presupuestal ni argumental en sus locaciones o protagónicos. En ese sentido tiene mucho mejor suerte que Nashville, que al migrar a la cadena de la música country perdió todo su estilo y esencia.

Como solía pasar cuando ese mundo estaba centrado en Alicia Florrick, The Good Fight sigue encontrando inspiración en los encabezados noticiosos y políticos. CBS es una de las cadenas que más ha plantado cara al gobierno de Trump, centrada en el humor ácido y contestatario de Stephen Colbert. No es coincidencia que los creadores de la serie hayan apostado por abordar la trama en el mundo post-Trump.

De hecho el primer episodio inicia con Lockhart mirando con perplejidad la toma de posesión de Trump en el televisor. Trump está presente en cada episodio, tanto en las conversaciones del despacho de abogados (el único afroamericano que votó por él, es mirado con desprecio y sorna por el resto). Pero la atmósfera de la era Trump está presente más allá del ambiente y trasfondo: en un episodio las fake news son parte de una subtrama, mientras que en el más reciente juega un papel decisivo un tuit impulsivo del Presidente.

El universo de The Good Fight es femenino. No sólo porque sus tres protagonistas son mujeres (y buena parte de los personajes secundarios más interesantes), sino porque están escritos desde una óptica femenina (introspectiva, emotiva y elegante en su sofisticación); una de las razones por las que su predecesora fue un éxito refrescante en el panorama televisivo.

CBS decidió que esta serie, que supera en calidad a buena parte de su alineación de la temporada, se transmitiría en forma exclusiva en su plataforma online CBS Total Access. Eso le permite a los guionistas mayor latitud tanto en el lenguaje como en la manera con que se abordan temas políticos o sexuales.

No me cabe duda que la serie encontrará espacio en alguno de los canales satelitales que se transmiten en México o dentro de poco tiempo en Netflix.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 15 de marzo del 2017

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359 – Expectativas rebasadas

La televisión continuamente busca premisas detonantes para contar historias. En tiempos irracionales, las enfermedades mentales pueden ser un manantial interminable de potenciales hilos narrativos.

Pensemos por ejemplo en Legion (FX), una nueva visita al mundo Marvel (en la versión de mutantes de que tiene licencia la Fox). Noah Hawley, que hizo maravillas con las primeras dos temporadas de Fargo, tiene en sus manos a uno de los antihéroes más interesantes de la interminable lista de pupilos del legendario Profesor X.

Cuando Marvel licenció los X-Men a Fox, no imaginó que después tendría que reinventar todo su universo para contar la saga que va desde los Avengers hasta los agentes de S.H.I.E.L.D. sin los mutantes. Se sugiere su presencia (pensemos en la formidable Jessica Jones y Luke Cage los antihéroes urbanos que dejó en manos de Netflix), o se recurre a la etiqueta de inhumanos, para poder utilizar la misma idea sin romper contratos: bemoles del copyright.

Si alguien piensa que Legion es una más en la agotadora invasión de superhéroes de los últimos años, estará muy equivocado. Esta no es la narrativa del bien contra el mal, el caso de la semana y mantener identidades secretas en ciudades infestadas por el crimen. De hecho su estilo visual se distancia de la estética estadounidense, apuntándose más en una tradición británica que recuerda al mejor Matthew Vaughn (Kickass) o hasta a Danny Boyle (Trainspotting).

La serie inicia con un montaje de la vida de David Haller al son del Happy Jack de The Who. Este inicio es paradigmático de la propuesta de Hawley. David, que a temprana edad juega feliz con su hermana, crece para volverse un adolescente conflictivo, y poco después lo encontramos internado en una estilizada y extraña clínica, donde aborda distintas terapias para superar lo que ha aprendido a aceptar como esquizofrenia.

La historia la vamos conociendo como David la recuerda, y esa subjetividad viaja por todos sus estados mentales, desde la paranoia hasta la negación, pasando por unas pesadillas inquietantes. Tras cada imagen irracional, hay un intento de contención, suyo, de sus médicos, o de los extraños interrogadores que han aparecido para averiguar qué diablos pasó en la clínica.

El final del primer capítulo ofrece una posible explicación y es una secuencia formidable que no voy a echar a perder a los lectores. Baste decir que Legion es parte de una nueva generación de propuestas televisivas, que su elenco encabezado por el carismático Dan Stevens (Downton Abbey) es muy afortunado, y que se recomienda dejar a un lado ideas preconcebidas sobre el género y simplemente disfrutar.

Esa idea de etiquetar con un diagnóstico clínico todo lo que no entendemos, está en el centro de otra misteriosa serie revelación que estrenó Netflix en diciembre pasado. Me refiero a The OA, producto de la brillante colaboración de Brit Marling y Zal Batmanglij.

Marling ha sido una presencia frecuente del circuito de cine independiente y el festival de Sundance. Una talentosa actriz y guionista, que participa activamente en la concepción de sus proyectos. Su trayectoria, que incluye películas como Sound of my voice y la inolvidable Another Earth, permitió que Netflix le diera luz verde no sólo a su proyecto de serie de TV, sino a desarrollarla casi en completo secreto.

Las cadenas televisivas prefieren amarrar a su público. Establecer desde el principio premisas básicas acordes a expectativas cuidadosamente diseñadas por campañas de mercadeo. En suma: la promesa de entretenimiento garantizado porque la serie se parece a todas estas otras que te han entretenido.

La idea de Marling es completamente opuesta. The OA pretender conectar emocional e intelectualmente con su público. Para ello requiere un voto de confianza de un espectador que acepta un diseño que nunca es lo que aparenta. Que necesita cierto tiempo para desarrollar sus ideas y cuya única promesa es recompensar la paciencia con creces. Como toda buena historia, establece algunos anzuelos para atraparnos. No sé si lo consiga frente a espectadores impacientes que busquen distracción sin complicaciones.

En el primer episodio, Prairie, una chica ciega que estuvo desaparecida por años, es encontrada en el borde de un puente. Sus padres y la policía están perplejos, no sólo porque la chica parece incapaz de explicar dónde estuvo prisionera, sino porque además ha (¿milagrosamente?) recuperado la vista.

Prairie (interpretada con sensible y honesta intensidad por Marling) es una chica rara, desde la infancia ha sido tratada por varios desórdenes mentales y eso provoca que sus padres y las autoridades la miren con extrema desconfianza. La familia vive en un poblado suburbano donde la depresión económica y los problemas de drogas son evidentes. Poco a poco, Prairie conecta con jóvenes solitarios de la preparatoria local y los convoca a un extraño grupo al que cuenta su historia.

No digo más. Son pocos episodios, son extraordinariamente absorbentes y adictivos. Lo único que vale la pena añadir es que la recompensa bien vale la pena. The OA tiene algunos de los momentos más intensos y conmovedores que he visto en televisión en mucho tiempo.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 8 de marzo del 2017

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358 – Oscars 2017: Tiempos de cambio

Como suele suceder, lo dijo primero Bob Dylan:

Come writers and critics / who prophesize with your pen / and keep your eyes wide / the chance won’t come again / and don’t speak too soon / for the wheel’s still to spin / and there’s no telling who that it’s naming / for the loser will be later to win / cause the times they are a-changing.

(Vengan escritores y críticos / que profetizan con su pluma / y tengan sus ojos abiertos / la oportunidad no volverá / y no hablen demasiado pronto / porque la rueda todavía va a girar / y no sabremos a quién nombra / y el perdedor ganará después / porque los tiempos están cambiando).

Y si alguien se suscribe a aquello de que los tiempos están cambiando fue la Academia de Hollywood, que entiende que en la era de Trump cada quién tiene que pintar su raya. Una institución que se ha caracterizado a lo largo de décadas por una votación conservadora que más de una vez ha bordeado en el racismo. Que ha visto su audiencia declinar y aún así sigue siendo la máxima aspiración en su medio creativo (pueden decir lo que quieran pero no hay cineasta mundial que no sueñe con ganarse el Oscar). Que ha protagonizado años de contrición donde la culpa y el peso de la opinión pública los ha llevado a la apertura a regañadientes. Esa institución, vetusta y casi monolítica de miles de votantes blancos retirados, decidió poner un hasta-aquí.

Después del año #oscarsowhite, llegó el año #oscarwentblack en una ceremonia sin precedentes en todos los sentidos. Como dijo James Corden: Hubo ganadores sorpresivos, perdedores sorpresivos y ambos.

Dos actores afroamericanos ganaron, uno de ellos, el primer actor musulmán. Ganó un cortometraje sobre los cascos blancos que salvan vidas en Siria. Una película de un país vetado por el gobierno federal, y desfiló la muestra más diversa de presentadores. Pero más aún, frente a la disyuntiva entre una película escapista y espectacular sobre los sueños del mundo del espectáculo, y otra incómoda, empática y bella sobre la búsqueda interior y maduración emocional de un hombre, los votantes se decantaron por la segunda. Y estoy seguro que sí importó que Moonlight fuera la historia de un niño/joven/hombre negro y gay que creció en un mal barrio de Miami; perseguido por su sexualidad, con una madre adicta y criado por un sensible dealer cubano.

Moonlight no ganó a pesar de eso. Ganó gracias a eso. Sí, artísticamente es sobresaliente y tiene muchísimos méritos técnicos, pero muchas películas igual de logradas se han quedado en la orilla a lo largo de los años. Moonlight ganó porque los votantes decidieron ponerle un hasta aquí al gobierno de Trump, y con suerte (y un poquito de esperanza), un hasta aquí a los prejuicios de su propio pasado.

No es un salto menor. A pesar de que una de las editorialistas de The New Yorker lo caracterizó amargamente como una muestra más de hipocresía. Estamos hablando de la misma Academia que no le dio el premio a Brokeback Mountain en 2005 por contar una historia de amor gay entre blancos, la misma Academia que ha celebrado el cine de Damien Chazelle, donde los blancos salvan al jazz.

Los mejores momentos de la noche fueron la carta que mandó Farhadi, las palabras de Gael, los números musicales, el humor de Jimmy Kimmel (el mejor host desde Billy Crystal) y el discurso de la gran Viola Davis. Sin olvidar las conmovedoras palabras de Kevin O’Connell al recibir su primer Oscar, veinte veces nominado desde 1984 (la peor racha de la historia de nominaciones sin ganar). 39 años atrás, trabajaba de bombero cuando su madre le consiguió su primer empleo como sonidista. “Cuando le dije cómo puedo agradecerte, ella me dijo. ‘Puedes trabajar duro. Puedes trabajar muy duro y un día ganarte un Oscar y pararte en el escenario y pensar en mí frente a todo el mundo’. Mamá, sé que me estás mirando desde allá arriba esta noche. Gracias.”.

La ceremonia pasa también a la historia por sus dos terribles metidas de pata. La primera fue proyectar el rostro de Jane Chapman, una productora australiana viva, sobre el nombre de Janet Patterson diseñadora de vestuario (fallecida en 2015) durante su segmento de homenaje In Memoriam.

La segunda la conoce todo el mundo. Cuando el sobre equivocado fue leído por Faye Dunaway como el resultado del premio más importante de la noche. Un error humano de los contadores de PriceWaterhouseCoopers, que sólo ellos podían haber remediado. Los dos contadores encargados de cuantificar los votos son quienes entregan los sobres. Cada resultado se imprime por duplicado y en cada extremo del escenario, un contador entrega el sobre correspondiente al presentador (dependiendo de qué lado entra éste). El resultado final no está en ningún otro sitio. No lo conoce ni la presidenta de la Academia. Los contadores ni siquiera lo anotan en un papel para que nadie lo robe: Lo memorizan.

En el momento fatídico, la persona encargada le entregó el sobre de la categoría anterior a Warren Beatty. Él se dio cuenta al abrirlo pero no supo qué hacer. Antes de que reaccionara, su desconcierto interpretado como broma, le dio la tarjeta a Dunaway que leyó el resultado en voz alta. Mientras la gente de La La Land caminaba entre abrazos hacia el escenario, los contadores buscaban al asistente de producción adecuado para parar la ceremonia. El daño estaba hecho, pero fue un daño menor.

La entrega de premios más predecible del mundo del espectáculo resultó impredecible, caótica, feliz, y catártica para muchos; con una ganadora a Mejor Película de la que la Academia puede sentirse orgullosa en más de un sentido.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 1 de marzo del 2017

Ligas de interés

A shambolic, Kind of Fabulous Oscars Ceremony – Anthony Lane (The New Yorker)

El genial James Corden sobre la premiación

  

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¿Y el Oscar será para…?

Como suele suceder con los premios Oscar, incluso en los años de mea culpa en que se matizan sus criterios ultraconservadores; el mapa para la noche del domingo resulta muy claro. Basta echar un vistazo a la historia de la estatuilla dorada, y a las tendencias establecidas por los premios de los gremios, los BAFTA y hasta los casi irrelevantes Globos de Oro.

PELÍCULA

Debería y va: La La Land

Sorpresa: Moonlight

Fuera de una verdadera sorpresa, el triunfo del musical de Damien Chazelle esta cantado desde su número récord de nominaciones. La La Land es una evolución del musical que Hollywood identifica con su época de oro. Pero no sólo la nostalgia y edad de los votantes influirá su voto, hace mucho que una película no dominaba las categorías técnicas y principales de esta manera, el consenso está a su favor.

DIRECTOR

Debería y Va: Damien Chazelle por La La Land

Sorpresa: La sorpresa ya la dio Mel Gibson al ganarle la nominación a Martin Scorsese.

Para muchos críticos, el trabajo sutil de Barry Jenkins en Moonlight le merecería la distinción, pero la Academia no suele andarse con sutilezas.

ACTOR

Debería: Casey Affleck por Manchester junto al mar

Va: Denzel Washington por Fences

Affleck merece ganar, y posiblemente lo haga. Lo único en su contra tiene poco que ver con su trabajo actoral y más con la mala publicidad que recibió por dos denuncias durante una filmación en 2008. Denzel ganó el premio del sindicato de actores y se puso al frente en los pronósticos. Espere un final de fotografía.

ACTRIZ

Debería: Isabelle Huppert por Elle

Va: Emma Stone por La La Land

Huppert es probablemente la mejor actriz francesa de su generación y su papel en Elle es complejo, sutil, profundo y perturbador. Stone es la cara nueva de Hollywood, una talentosa joven actriz, que está circulando en el radar de la Academia desde hace rato, y no hay nada que le importe más a la realeza de Hollywood que encumbrar a sus nuevos consentidos.

ACTOR DE SOPORTE

Debería: Jeff Bridges por Hell or High Water (Enemigo de todos)

Va: Mahershala Ali por Moonlight (Luz de luna)

Sorpresa: Dev Patel por Lion (Un camino a casa)

No hay duda. El trabajo de Ali es uno de los más destacados del año y es el claro favorito en una de las categorías más fuertes de la noche, no lo perjudica el haber dado uno de los mejores discursos de aceptación en la noche de los Golden Globes.

ACTRIZ DE SOPORTE

Debería y va: Viola Davis por Fences

Davis va a ganar, pero debió competir como Mejor Actriz. La flexibilidad de la Academia en las categorías de actuación permitió que sus productores la presentaran a una carrera donde tenía más oportunidades de ganar (en la otra debería haber pasado por encima de Stone y Huppert).

GUIÓN ORIGINAL

Debería: Taylor Sheridan por Enemigo de todos

Va: Kenneth Lonergan por Manchester junto al mar

Sorpresa: Damien Chazelle por La La Land

Cuestión de gustos. Sheridan le da profundidad y humor a un western moderno donde las líneas morales y sentimentales se desdibujan. Lonergan, en su tercera nominación, es uno de los escritores más respetados de su país. ¿Puede sumarse esta categoría a la avalancha de La La Land? Sí, pero es muy improbable.

GUIÓN ADAPTADO

Debería: Eric Heisserer por La llegada

Van: Barry Jenkins y Tarell Alvin McCraney por Luz de luna

Otra de las categorías difíciles de predecir. Luz de luna ganó el premio del sindicato, pero como guión original (para la Academia es adaptado porque se basó en una obra teatral aunque nunca hubiera sido montada). El guión de Heisserer convirtió lo que en manos de otro hubiera sido cine de verano, en ciencia ficción introspectiva y casi metafísica. Y luego están las demás.

PELÍCULA EXTRANJERA

Va: El vendedor de Asghar Farhadi (Irán)

Toni Erdmann se perfilaba como la favorita y entonces vino el #MuslimBan de Trump y se le prohibió el acceso al país a Farhadi. Aún con la prohibición revocada por un juez federal, Farhadi (que hace un mes recogió el Globo de Oro en Los Angeles) decidió boicotear la ceremonia en protesta. ¿No sería fantástico que recibiera su premio con una videollamada denunciando a Trump?

CINEMATOGRAFÍA

Debería y va: Linus Sandgren por La La Land.

Termina el reinado de Lubezki, y aunque nuestro compatriota Rodrigo Prieto tuvo un trabajo impecable en Silencio, hay poco que disputarle a Sandgren. Desde Escándalo Americano el sueco había mostrado su talento para mover la cámara en secuencias complicadas y apreciar el color como quién lo mira por primera vez.

EDICIÓN

Debería: Joe Walker por La llegada

Va: Tom Cross por La La Land

Es la noche de La La Land, y de repetición para Cross que ganó en 2014 por Whiplash.   

DISEÑO DE PRODUCCIÓN

Deberían y van: David Wasco y Sandy Reynolds-Wasco por La La Land

Los demás deben estar contentos con haber sido invitados a asistir a la ceremonia.

VESTUARIO

Va: Mary Zophres por La La Land.

Sopresa: Madeline Fontaine por Jackie

Es el año para la moda norteamericana, sólo basta elegir ¿Elegancia casual contemporánea o una retrospectiva de la alta costura de los años sesenta?

MAQUILLAJE Y PEINADOS

Uno pensaría que Star Trek Beyond lleva la ventaja, pero entre dos churros y una película sueca de calidad, A man called Ove, que muchos votantes verán obligados por su nominación como película extranjera, puede sorprender.

BANDA SONORA

Hay muy pocas dudas de que La La Land se anotará esta en su estantería. Más de un votante estará tarareando la música de Justin Hurwitz durante los comerciales.

CANCIÓN

Por primera vez en años, la categoría de relleno por excelencia, tiene una competición seria. ¿Timberlake (Trolls) o Miranda (Moana)? Por supuesto que Hurwitz y su “City of Stars”.   

EDICIÓN DE SONIDO y MEZCLA DE SONIDO

Va: Hasta el último hombre

Sopresa: La La Land

Uno pensaría que estas son categorías donde los musicales tienen una ventaja sustancial, pero lo cierto es que las cintas de acción con capas sonoras sobrepuestas, particularmente las de guerra, suelen arrasar. Una posibilidad es el voto dividido: La La Land (mezcla) y Hasta el último hombre (edición).

EFECTOS VISUALES

Me gustaría que ganara Doctor Strange y sus dimensiones múltiples o Rogue One en cercano segundo lugar, pero es posible que las sensibilidades de la Academia se decanten por el trabajo inusual y deslumbrante de The Jungle Book.

PELÍCULA ANIMADA

La categoría sigue siendo uno de los mejores esfuerzos de la Academia por difundir la animación mundial, y aunque My life as a Zucchini, Kubo y La Tortuga Roja son ejemplos excelencia en el género, la estatuilla quedará en la mejor cinta animada de Hollywood: Zootopia.

DOCUMENTAL

Debe y Va: O.J. Made in America

Este documental sobre el ascenso y caída de O.J. Simpson es un ejercicio deslumbrante de edición y narrativa. ¡Y dura 7.5 horas! Lo único que podría derivar el premio hacia I am not your Negro o The 13th sería la percepción injustificada de que por su longitud califica más como miniserie.

CORTO DOCUMENTAL

En Joe’s Violin, un veterano violinista, sobreviviente del Holocausto, decide donar el violín que lo ha acompañado por 70 años a un movimiento para llevar instrumentos musicales a escuelas públicas. ¿Hay que decir más?

CORTO ANIMADO

Los cinco son una joya, pero Piper sobre un pequeño pájaro que deja el nido por primera vez, es el que se quedará en la memoria por más tiempo.

CORTOMETRAJE

Hay pocas categorías más impredecibles que esta. Cinco cortometrajes premiados surgidos de todo el mundo, ejemplificando la importancia que la Academia da a la “cantera” cinematográfica. Esperen que triunfe el polémico e intenso Ennemis Intérieurs, cortometraje francés sobre un interrogatorio a un inmigrante argelino que busca naturalizarse en Francia. Retrato del enfrentamiento contemporáneo de las civilizaciones, como diría Edward Said.

¿Cómo me fue?

En afán por la transparencia: el 2016 para la Entrega 87 del Oscar: de 24 categorías anticipé 19 ganadores.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista Arte Ideas y Gente del viernes 24 de febrero del 2017