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347 – Raíces profundas

la-simetria-de-los-arbolesEn la pura definición genérica, una novela policíaca gira alrededor de la resolución de un misterio de tipo criminal. La novela negra, por otro lado, abarca todas esas otras historias alrededor de un crimen, donde la solución del misterio no es lo importante.

Una surge de la exploración intelectual y racional como estrategia para enfrentar la irracionalidad frecuentemente atribuida a los actos criminales, y la otra como reflejo del desencanto social, el miedo, la violencia y la corrupción rampantes en las ciudades estadounidenses durante la Depresión.

Una celebra la justicia y la razón, la otra es la constatación realista y desencantada de por qué no hay justicia y todo está tan jodido. La nueva novela de Verónica E. Llaca, La simetría de los árboles (Joaquín Mortiz), transita entre ambas visiones del mundo, y consigue ser, durante la mayor parte, eficazmente evasiva cada vez que tiene que decantarse por una u otra visión del mundo.

La novela es narrada por Laura, una psicoanalista en crisis, que redacta una suerte de diario de terapia dirigido a la invisible directora de una casa de recuperación en la que Laura se ha hospedado voluntariamente para evitar la tentación del suicidio.

En el diario, Laura va registrando sus emociones al estar ingresada en la clínica-manicomio y va recapitulando a cuenta gotas las razones que la llevaron a estar ahí. El asesinato de su hermana Sofía, la desaparición de su padre, la petición de suicidio asistido de un viejo amante, son algunas de ellas, y Laura las recuenta de pasada, haciendo referencia a sesiones terapéuticas de las que no fuimos testigos.

Creepy treeEsta situación inusual es extraordinariamente provechosa para sus misterios: ¿Qué le pasó a Sofía? ¿Qué le pasó al padre de Laura? ¿Ayudó o no a suicidarse a Santiago?

La autora dosifica el misterio como un Macguffin Hitchcockiano. Un pretexto para contar las cosas más importantes que agobian a Laura. Queremos conocer las respuestas, pero eso no le importa a Laura, que sólo quiere justificarse recordando antecedentes familiares, amoríos fallidos, culpas morales y delirios persecutorios.

Laura es una narradora deliciosa y poco confiable que va escribiendo el diario a la defensiva pero dejando traslucir, entre justificaciones y fantasías, quién es. ¿O no?

Uno de los mayores aciertos de la novela es justamente ese. Laura se explica por doscientas cincuenta páginas, y mientras el misterio criminal va aparentemente resolviéndose, su personalidad es cada vez más opaca.

Como la reconstrucción que hace Günter Grass de su vida en Pelando la cebolla, la novela va revelando capa tras capa que los misterios que suponíamos no lo son tanto y hay otros que resultan mayores y más esquivos, porque se han extraviado en la falible memoria del narrador y protagonista.

Resulta más fácil creerle a Laura cuando recuerda su familia circense o se deja abrumar por las acusaciones injustas de su madre, y la prosa de Llaca es más eficaz en la subjetividad del laberinto mental de Laura que al explicar las connotaciones políticas y geográficas detrás de los sucesos.

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Verónica Escalante Llaca

Laura es más explícita reconstruyendo los diálogos que sostiene con su hermana muerta, que desentrañando explicaciones vagas sobre litigios o deudas políticas. Esto último no debería importar demasiado, porque es justamente Laura quién nos va diciendo lo que pasó, o lo que le dijeron que pasó, o lo que supone que pasó, o lo que quiere recordar que pasó; y como actúo a propósito de ello, y en la disonancia de todas esas posibles versiones se encuentran algunos de los mejores momentos del libro.

La simetría de los árboles es un thriller psicológico cuyo mayor suspenso está no en el misterio de los crímenes o el peligro inminente que pesa sobre su narradora, sino en su mente. En el enramado de recuerdos y mentiras que la han llevado a extraviarse.

En ese sentido, la resolución del libro puede resultar un tanto anticlimática. No por lo que ahí sucede, que por supuesto no voy a mencionar, sino porque para esta novela tan poco convencional, un cierre donde se atan cabos y ofrecen explicaciones es menos satisfactorio.

Al lector de novela policíaca sólo le interesa la solución del crimen, pero esta debe ser explicada mediante una reconstrucción que cumpla un doble propósito: concluir la trama y ofrecer una relectura donde resulte evidente que las claves estuvieron siempre a disposición del lector.

El lector de novela negra no necesita tantas explicaciones, sólo saber qué tan mal parado quedó el protagonista después de lo vivido. Algunos de sus misterios quedan como tales sin ser tramposo. Hay tantas cosas en la vida que son imposibles de saber.

Me hubiera gustado muchísimo que la autora llevara el juego de espejos torcidos hasta el límite, hasta ese territorio Lynchiano donde la lógica de la razón que surge de la tradición de Descartes, Poe y Conan Doyle, se extravía en un mundo onírico y absurdo donde es imposible conocer la verdad, pues esta siempre parece huir en ese rincón detrás del callejón, donde todo es más oscuro.

La simetría de los árboles es una novela muy disfrutable, con una construcción narrativa inteligente y cuidadosa, que evita los lugares comunes del género, para ahondar en la subjetividad psicológica marcadamente femenina de su narradora. La novela ganó en 2015 el premio Una vuelta de tuerca convocado por el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, la Secretaría de Cultura y editorial Joaquín Mortiz.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 7 de diciembre del 2016

  

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347 – La cima del policial

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La televisión contemporánea está llena de grandes series. Las más populares se han vuelto tema favorito de conversación entre propios y extraños. Después del clima, escuchar qué está viendo alguien y qué tan bueno está, es uno de los tópicos más “seguros” en una sociedad donde los temas filosos, nutridos por la polarización de las redes sociales, han rebasado a los clásicos: religión, política y fútbol.

La cosa se ha puesto tan bien, que los estudiosos la llaman la edad de oro de la televisión. La existencia previa de otras “edades de oro” los lleva después a numerarlas (se vive la tercera edad de oro).

Es posible cada año seguir docenas de series de calidad. Algunas concebidas de origen para el binge watching, o sea para verlas de corrido con visitas ocasionales a la cocina o al baño. Es una edad de oro  amarrada a la popularidad internacional del medio y a la calidad casi homogénea del mismo. La mayoría de sus producciones cuenta con calidad técnica competente y corre pocos riesgos, apostando por fórmulas y temas probados.

danielle-ferrington-the-fall-tv-series-37562046-1200-798Pocas veces podemos decir que una de ellas sea capaz de poner punto final a una tradición. Y entonces se topa uno con The Fall.

The Fall es un policial inglés del canal BBC2, producido, escrito y dirigido por Allan Cubitt. La serie está comprendida dieciocho episodios divididos en tres temporadas (todas en Netflix). Temporadas cortas, como buena parte de las series británicas, un país que parece entender bien aquello de menos es más, y donde se prefieren seis episodios excepcionales que extender una historia por veinticuatro (o por trescientos, si nos atreviéramos a incluir a las telenovelas).

El arco narrativo de las tres temporadas es un sólo caso policíaco. La investigación y captura de un asesino serial: “el estrangulador de Belfast” a cargo de la unidad especial musicman, dirigida por la detective Stella Gibson (Gillian Anderson). Uno de los mejores policías inventados fuera de la literatura impresa.

19fa0dd0000005dc-0-image-3_1416792183687La serie empezó en 2013 en que los cinco primeros episodios fueron dirigidos por Jakob Verbruggen. El estilo de Verbruggen no satisfizo a Cubitt que tomó la batuta a partir de la segunda temporada (series 2, como dicen en Inglaterra).

Cubitt, es un escritor, dramaturgo, director y productor de cine y teatro, cuya mayor credencial televisiva antes de The Fall había sido dirigir la excepcional segunda temporada de Prime Suspect con Helen Mirren.

En The Fall, Cubitt aborda la investigación del asesino serial con una profundidad y sutileza que trasciende el medio televisivo. La serie entera aborda en más de un sentido el duelo entre Paul Spector (Jamie Dornan), un trabajador social / psicópata y la detective Gibson, traída desde Londres para dirigir la investigación de sus crímenes.

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Allan Cubitt (Foto: Eamonn M. McCormack)

Cubitt no toma atajos, ni se precipita. La suya es una exploración minuciosa de la psique de sus personajes, sin lugares comunes ni moldes construidos por el cine o la literatura de género. Acá no entran las fórmulas probadas de Thomas Harris, ni los procedurals dedicados de docenas de autores. No hay unidad de profilers del FBI, detectives con memoria eidética o hackers que resuelven cualquier crimen sin que se termine la batería de su laptop.

The Fall aborda temas espinosos como los derechos de los acusados, la misoginia y el rol de la mujer en la esfera pública, la fragilidad de la estructura que llamamos civilización.

Desde su ominoso título que debe al Paraíso Perdido de Milton hasta su perturbador desenlace, The Fall es una construcción perfecta del procedural policíaco. La primera en su tipo que considera que no basta saber quién y cómo lo hizo, sino atraparlo y aún así, ser capaz de construir un caso legalmente válido y probarlo en forma convincente.

En un medio que suele apostar por aquello de una imagen vale más por mil palabras, Cubitt le da mucha importancia al lenguaje. A la manera en que se expresa cada uno de sus personajes, por su carácter local, clase social o antecedentes. Sus momentos más memorables son conversaciones e interrogatorios. The Fall es la cima de un género popular y archisobado desde el Z de Fritz Lang hasta The Silence of the Lambs y Zodiac (o su episodio preferido de Wallander o Criminal Minds). 

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 30 de noviembre del 2016

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345 – La normalización peligrosa

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Primero sucede algo extraordinario, después de un tiempo, eso que nos sorprendió y desconcertó (o indignó) se empieza a percibir como normal. Uno de los primeros en hablar del fenómeno fue el filósofo francés Michel Foucault, quien describió la normalización como un fenómeno que surgía de la construcción de parámetros de conducta idealizados.

Definimos que tal o cual es la conducta normal, y una vez determinada, la sociedad (o “el poder”) recompensará o castigará a aquellos que se sujetan o no a la expectativa. Foucault lo llamó “el poder de disciplina”, y surgió inicialmente en todo tipo de microcosmos sociales durante el siglo diecinueve (la escuela, la industria, el ejército, etcétera) hasta que se volvió parte de la estructura social.

screen-shot-2016-09-18-at-11-34-21-pmUna manera muy simple de referirse a la “normalización” sería aquella frase de Dostoievski  que definía al hombre como el ser que se acostumbra a todo. No hay una definición de “normal” que se adhiera a nuestra idealización particular, la normalidad se refiere a lo más común. Nos adaptamos a situaciones inusuales hasta que nos dejan de sorprender y empiezan a conformar lo que consideramos habitual.

La normalización también se da como mecanismo de defensa para entender y procesar algo particularmente doloroso. No podemos soportarlo como anomalía, por lo tanto podemos negar que existe o reconocerlo, pero quitándole importancia.

Este fenómeno se repite continuamente en la sociedad. Así es como esta puede volverse más tolerante, que sería un aspecto positivo, pero también es la manera en que adoptamos malos hábitos, nos acostumbramos a conductas destructivas; como se extiende la violencia doméstica y como encajamos situaciones políticas que reducen poco a poco las libertades de una sociedad en nombre de la seguridad, el progreso o una ideología.

622867896Sucede algo extraordinario como septiembre 11 y se adoptan medidas de seguridad originadas en la paranoia y el estrés postraumático provocado por el incidente. Tres lustros después, esas medidas son  una norma aceptada y hasta “necesaria” en pos de la prevención y el bien común, a pesar de ser profundamente ineficaces. No importa si el discurso inicial de George W. Bush fuera algo así como “nos odian por nuestras libertades”, puesto que su solución fue renunciar a esas libertades para prevenir que “nos lastimen de nuevo”.

La normalización por el triunfo de Trump no se empezó a dar en el momento en que las tendencias de votación fueron inevitables. La normalización de su discurso violento se empezó a dar un año y medio antes, conforme los medios repetían sus disparates de sexismo, nacionalismo rancio y demás ocurrencias fascistas como elementos válidos de una postura política válida con la que se podía estar de acuerdo o no.

Este proceso se acelera con su triunfo. La misma Oprah Winfrey dijo en una entrevista que la visita de la semana pasada de Trump a la Casa Blanca le daba esperanza de que el magnate hubiera recapacitado con humildad ante su encuentro con Obama.

mtqyody5mji0mjm3mzexnjg4Otros medios empezaron a matizar lo que días antes calificaban de insoportable. Frente al terror que expresaron los mercados financieros al conocer el resultado de la elección, opusieron publicaciones que oscilaban desde el perfil zalamero hasta la petición de un voto de confianza, morder la bala y darle chance al energúmeno de que nos pruebe equivocados. El propio discurso de los demócratas, desde Hillary Clinton hasta Obama iba por ese tenor.

El problema, es que Trump no es normal y no debería ser tratado como tal. No importa lo que digan los políticos de la vieja guardia que sólo buscan estabilidad o los opinadores mediáticos que sólo buscan continuidad en su posición de élite mediática. Adam Johnson lo argumenta en AlterNet: “Normalizar a Trump significa que puedes aplastar a las mujeres, a los homosexuales, a los discapacitados, los musulmanes, la gente de color, y no importa… mientras ganes.”

No hay nada que normalice más una conducta que el poder.

El mismo Trump, cuando se le cuestionó si su retórica había ido demasiado lejos, respondió: “No. Gané”. Hoy, en su entrevista semanal con el New York Times, se declara extrañado de que los grupos neonazis se hayan identificado y entusiasmado con su discurso.

w704Si Brexit fue un adelanto del triunfo de Trump, quizá debiéramos ver con preocupación la ley que se acaba de aprobar en el reino unido. La ley, que originó en una propuesta de 2012 de, la ahora primer ministro, Teresa May, consiguió ser aprobada después de cuatro años de duros cuestionamientos. La ley obliga a los proveedores de servicios de Internet a guardar las búsquedas web de cada uno de sus clientes hasta por un año, dando acceso al gobierno a esos datos. Obliga también a que las compañías remuevan el encriptado de datos cuando se les solicite y autoriza a que los organismos de seguridad del estado hackeen cualquier dispositivo de un ciudadano (excepto periodistas y médicos que todavía tienen algunas protecciones). Es la ley de vigilancia más extrema jamás autorizada en una democracia.

Los anuncios de nombramientos que hace campamento de transición del presidente electo no son menos alarmantes. Trump ha ido seleccionando a lo peor de la ultraderecha para establecer las políticas públicas de su gobierno. Los grupos que debieron movilizarse antes del día de la elección, pero vieron la campaña como algo que no les concernía, están protestando en las calles; mientras que buena parte de los liberales que se rasgaban vestiduras una semana antes de noviembre 8, hoy llevan retratos de Trump a enmarcar en nombre de la democracia.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 23 de noviembre del 2016

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344 – La hora de los valientes

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Sólo porque estés paranoico no significa que no vayan por ti

Joseph Heller

Los monólogos de Stephen Colbert se han vuelto más largos. Desde el día de la elección en que fue el único programa de comedia nocturna que se atrevió a transmitir en vivo los resultados, Colbert se ha vuelto una suerte de voz catártica para la estupefacción que produjo en más de cincuenta millones de estadounidenses (y algunos otros de extranjeros) la victoria de Trump.

1474983093-colbert-debates-liveEl programa en vivo se transmitió via Showtime, uno de los canales de cable premium, porque CBS, su sitio habitual, estaba cubriendo el conteo y los resultados electorales. Colbert pretendía hacer de su programa una fiesta para celebrar a la primer mujer presidente. Tenía un desfile de invitados y un programa enteramente escrito y planeado para la victoria.

No hubo mucha comedia esa noche. El público que abarrotaba el Teatro Ed Sullivan de Nueva York quedó en silencio, y el conductor tuvo que improvisar. No chistes sosos y gags para tratar de sacar adelante la hora de transmisión, sino algo mucho más interesante. Tuvo que improvisar reflexionando en voz alta, con su humor inteligente, sobre lo que estaba pasando.

Durante meses, el programa de Colbert fue uno de los sitios que más ácidamente se burló de Trump y la campaña de Trump. También de la de Clinton, hay que decirlo, pero nunca en igual proporción. Por su hora nocturna desfilaron Michelle Obama y el vicepresidente Biden, cantantes, músicos y actores. Incluso el ahora vilipendiado Nate Silver, creador y coordinador del sitio web de predicción estadística FiveThirtyEight que todavía el martes por la mañana daba a Clinton 71% de probabilidades de ser la próxima presidente del país (y era menos optimista que el grueso de las encuestas).

seth-meyers-trump-ban-late-night-nbc-getty-2Quizá el único otro programa de la televisión abierta en afilar el lápiz contra Trump con igual ferocidad y lucidez (aunque menos elegancia) era el Late Night de Seth Meyers para NBC. Jimmy Kimmel había apostado por el humor fársico en ABC, con sus secuencias editadas de Drunk Donald y Coked-up Donald (reproduciendo discursos de campaña de Trump, primero con cámara y audio lento, y después en alta velocidad). Jimmy Fallon había optado por el humor ligero y suave en su Tonight Show, donde los chistes siempre eran bobos, equilibrados, fáciles y sin polémica.

El miércoles, el programa de Colbert volvió a ser grabado y transmitido en su cadena regular. Su monólogo duró casi veinte minutos, y fue una lección de cómo buscar catársis a través del humor. Mientras algunos estadounidenses protestaban en las calles, y otros se deprimían en casa, Colbert decidió continuar el asalto a la retórica insultante, hipócrita y grosera de Trump.

Ese primer monólogo incluyó una intervención de Dios (quien aparentemente se había distraído viendo Narcos en Netflix durante la elección). El momento memorable fue la recolección que el jefe de piso del estudio hizo del diálogo que tuvo con sus hijos esa mañana. Su hijo pequeño lloraba porque Trump había ganado. El jefe de piso decidió explicarle que el trabajo de Presidente no era tan importante.

1478839909El jueves en la noche, el monólogo de Colbert fue impresionante. Recapituló la primera visita de Trump a la Casa Blanca y algunos chistes inspirados en el posible gabinete de Trump. Entonces mencionó Omarosa Manigault, la mujer de color que fue contratada por la campaña de Trump como contacto con el electorado afroamericano. En una entrevista para The Independent Journal Review, Omarosa explicó cómo todos aquellos que habían criticado a Trump, que habían hecho chistes sobre él, se iban arrepentir y tendrían que ir de rodillas a pedir perdón cuando fuera presidente. “Mr. Trump tiene muy buena memoria y estamos haciendo una lista…qué bueno que cuando lleguemos a la Casa Blanca sabremos quiénes son nuestros enemigos”.

omarosaTerrorífico.

“Fue de cero a Nixon en sesenta segundos”, dijo Colbert y después miró a la cámara con rostro desfigurado por la angustia. “No fui yo, fueron Sam Bee y Seth Meyers! Ellos dijeron esas cosas horribles. Yo estaba bromeando. Salve, oh, líder glorioso… manos gigantes. Tiene manos gigantes!” Dio un paso atrás…guardó silencio y remató “is what a pussy would say” (es lo que diría un cobarde).

Una frase deliberada que también hacía referencia al grab pussy de Trump y a todo el movimiento de protesta Pussy grabs back. Y ahí sentó la primera bandera de libertad de expresión y valor frente a la amenaza, no imaginada, no paranoica, de un presidente inmaduro que en un debate dijo al aire a la moderadora que tomaría represalias con ella si lo trataba mal.

Ante el cinismo arrollador de un futuro nuevo gobierno que legitimó el discurso de odio como plataforma de campaña y lo volvió una receta de triunfo que ha envalentonado a grupos racistas violentos por todo el país. Colbert decidió plantar cara con valor y no dejarse intimidar. Y recibió un aplauso desmesurado y conmovido del público asistente y su equipo. Uno que rebasó los letreros de aplausos y las instrucciones de los animadores.

La primera, valiente y conmovedora, instancia de resistencia mediática, setenta días antes del inicio de la era Trump.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de noviembre del 2016

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343 – El fin de la democracia

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El mejor de los peores sistemas para gobernarnos hace agua, acusa grietas estructurales. Manifiesta que está fatigado y necesita un respiro. Unos días de vacaciones en una clínica en alguna montaña retirada quizá. Un poco de “espacio” como diría una novia difícil o una hija adolescente.

La democracia ha pasado un mal rato este año. Primero con eso que se bautizó Brexit y después con la elección estadounidense que se celebra este martes (y uso la palabra “celebra” para indicar que ocurre hoy, y no como indicador de que haya algo que festejar).

No se trata sólo de la pobreza de los candidatos o la ausencia de sus propuestas. No sólo de la guerra de insultos y las trampas de último minuto para robar uno o dos puntos al otro. Viene de la idea de ambos bandos de que el mundo se acaba con el triunfo del otro, y la pasmosa certeza de que es posible que precisamente eso suceda con uno de ellos.

freedom-democracyEl sistema democrático se ha utilizado por años como forma de dirimir diferencias y alcanzar consensos vía el argumento mayoritario. Apuntando a un consenso que existe sólo si el derrotado renuncia temporal o definitivamente a su aspiración cuando queda abajo la votación. Es el dictado de las mayorías. En ese sentido la democracia asume ciertas reglas y cierta aceptación por los participantes.

Gran parte de la teoría política democrática asume que es una máquina perfectible que sólo necesita de vez en cuando un ajuste, un cambio de aceite, un candado para proteger minorías, otro para evitar tal o cual tipo de abuso o fraude. El mecanismo correctivo de rendición de cuentas y voto de castigo asume que el sistema no se rompió y el electorado tiene memoria y conciencia.

La democracia es un sistema corruptible controlado por mafias de poder. Sean corporaciones, industrias de producción de armamento y petróleo o el narco. Subsiste en la ignorancia y la apatía de las masas y se ha vuelto penosamente una simulación de la voluntad popular.

Lo mayoritario se vuelve igual a lo popular, y para alcanzar esa popularidad, quien busca el poder a costa de lo que sea, es capaz de decir y hacer lo necesario para pasar esa incómoda aduana. La democracia presupone que los votantes, interesados por su devenir, analizarán propuestas y elegirán aquella que a su parecer suponga lo mejor para su futuro. Presupone, que ellos saben qué es lo mejor para su futuro, o por lo menos que son capaces de identificarlo cuando alguien más afirma saberlo. Aún en el peor caso, asume que serán capaces de identificar lo que no quieren y votar en contra de ello aunque la otra alternativa no sea mucho mejor.

206da185430c4847b00ebaba10c8518f_18Decía Churchill que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con un votante promedio. ¿Es posible siquiera pensar en democracia cuando hay una división tan palpable entre lo racional y lo irracional? ¿Entre el miedo y el resentimiento? ¿Es posible cuando el único deseo es joder al otro? ¿Cuando hace mucho se dejó de lado la idea de que sabemos lo que es mejor para la mayoría? ¿Cuando el argumento de popularidad es tan vacío como la celebridad mediática y el único hilo que queda es la filiación a partidos que ya no significan nada.

Es un sistema que sabe a ingenuo, un niño que nunca crece y va por la vida esperando que algún vivales le robe su dulce, mientras sueña con hadas y unicornios. ¿Es posible, ya no digamos factible, o mucho menos deseable, un sistema que nos obliga a elegir entre el malo y el peor? ¿Entre el poco convincente y el abismo? La barra está tan abajo que no hay estándares mínimos de decencia o coherencia, y aún así es posible a aspirar, y estar cerca de un puesto que ponga en entredicho el futuro de todos.

democracy-wallPor eso digo que para efectos de este argumento no importa quien haya resultado vencedor. Si Hillary triunfa, los apologistas democráticos dirán que la máquina a pesar de todo funcionó. Pero la sola existencia de un candidato como Trump es la puntilla a un sistema que su país siempre idealizó como el gobierno ideal para los seres humanos.

La democracia ya no funciona en EEUU, ni en el Reino Unido y otras partes del mundo. Ha tenido a lo largo de los años, malos viajes en España, Italia, México, Brasil y Argentina. Y no me refiero únicamente al desempeño de sus gobernantes.   

Esta inquietud no nace sólo del desencanto. Tenemos que inventar algo nuevo. Postular una manera más eficaz de organizarnos que no incluya la posibilidad del suicidio colectivo.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 9 de noviembre del 2016

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242 – Los imprescindibles patitos de Federico Falco

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Antonio Muñoz Molina escribió alguna vez que lo mejor no es lo que se va buscando, sino lo que se encuentra por sorpresa. Frase que desde hace tiempo abrazamos como una de las máximas de la librería, pues describe a la perfección el trance habitual del lector que recorre las estanterías, sin una misión en particular, esperando que su próxima lectura aparezca de pronto en un rincón hasta entonces invisible.

Así me topé con el volumen 222 Patitos y otros cuentos de Federico Falco. Una recopilación de relatos publicada por la editorial argentina Eterna Cadencia, que ahora es posible conseguir en México gracias a la distribución de Almadía. Me llamó la atención la singularidad del título y busqué, de pie frente al librero, el relato titular. En “Doscientos veintidós patitos” una mujer relata a sus hijos, en una sobremesa inesperada, un incidente de infancia en que intentó quitarse la vida comiendo cerillos. Un cuento magnífico, al mismo tiempo devastador como lleno de una profunda empatía por sus personajes y la sutil confusión detrás de sus emociones, las aparentes y las profundas.

9789877120707La obra de Federico Falco no debería resultar desconocida en México. Hace tiempo, dos de sus relatos fueron incluidos en un número de Tierra Adentro. Falco también estaba en la lista, que la revista Granta en español hizo en 2010, de narradores jóvenes latinoamericanos destacados. Pero esto lo descubro más tarde vía Google.

Lo cierto es que sus libros previos son prácticamente inconseguibles en México, y que en el mundo literario de habla hispana hay todavía un palpable provincialismo. Pareciera que la única manera de descubrir escritores latinoamericanos jóvenes fuera de suplementos y ocasionales antologías, es gracias a la feliz coincidencia, como dijo el gran Gabriel Zaid.

222 Patitos fue editada primero en 2004 por La Creciente, pero una década después Falco la corrigió y aumentó, y la edición de Eterna Cadencia incluye relatos que Falco publicó después en revistas (incluidos los dos de Tierra Adentro) y dos más de su primer libro, titulado 00.

Los relatos de 222 Patitos y otros cuentos son deslumbrantes. Hay hilos conductores desde la geografía hasta otras obsesiones. Los textos están llenos de perros, gatos y aves que son tratados con amor, devoción y crueldad. Sus animales tienen personalidades tan definidas como sus dueños. Ambos comparten todo tipo de jaulas, físicas y metafóricas.

En “Historia del Ave Fénix” un poblado esperanzado se reúne a ver un espectáculo absurdo y cruel. En “Muerte de Beba” un matrimonio no consigue superar el duelo por la muerte de su querida perrita. “El hombre de los gatos” busca consuelo en la recomendación terapéutica de tener un gato. Los animales son compañeros, plagas y obstáculos simbólicos.

Un viejo chiste, muy repetido, decía que si Kafka hubiera nacido en México su prosa sería costumbrista. La frase me vino a la mente pensando en el libro de Falco, que recupera la predilección del checo por las atmósferas agobiantes y el enfrentamiento con un mundo donde las reglas del juego las redactó alguien más (y luego se extraviaron).

m1_768_federicofalco8Es inevitable pensar en referentes literarios cuando se topa uno con textos como “Ada” una suerte de Madame Bovary de las pampas, que presa de su propio romanticismo de novela abraza la vida que nunca quiso en el remoto pueblo de General Cabrera (el pueblo natal de Falco).

Falco configura un humor retorcido que es más eficaz cuando aparece en rincones inesperados. “El pelo de la Virgen” contrapone las fantasías de un adolescente con la superstición religiosa. Superstición que vuelve hacer aparición en “El tío vidente”, donde el papel principal lo juega el poder que le damos a aquellos que afirman ser capaces de saber más de nosotros mismos que nuestro propio aleteo en la neblina de la incertidumbre.

Sobre los textos flota una inquietante melancolía, alrededor del desencanto existencial que provoca  la incapacidad de encajar en la vida que nos tocó. Y aunque algunos de sus personajes no consiguen mirar más allá de los barrotes de sus jaulas particulares, otros son capaces de encontrar su sitio justo. No importa si ese resulta incomprensible para los demás.

Mi favorito del libro es “Un hombre feliz”, un relato con la complejidad narrativa de una novela poderosísima, trágica saga familiar incluida, y sin embargo no rebasa las diez páginas. La existencia entera de Joaquín se resume en ese espacio, confabulando la propuesta estética de Falco, parafraseando lo que dijo alguna vez en una entrevista: el lenguaje no alcanza para dar cuenta de la complejidad de la realidad, y sólo partiendo de la simplificación, de los dibujos animados o el arte contemporáneo por ejemplo, se puede, paradójicamente, profundizar.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 2 de noviembre del 2016

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341 – Mata, tortura, mata, repite

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La noche del domingo se estrenó el primer episodio de la temporada siete de The Walking Dead. Advertencia: el texto habla sobre lo que sucede en ese episodio, si no quieres que te cuenten antes de verlo no lo leas. La respuesta a la interrogante de siete meses: quién resultó ganador del de-tin-marín de Negan en el vilipendiado final de la temporada seis.

Para la parte moderada de la crítica, el resultado fue decepcionante. Para el resto, francamente repugnante. El uso de la palabra decepcionante implica que uno tenía expectativas distintas y que el episodio estuvo debajo de ellas. En ese sentido no fue decepcionante, sino perfectamente consistente con la decadencia de la serie.

the-walking-dead-season-7-glennSus productores habían recibido fuego por dos sucesos: la tomada de pelo que rodeó la muerte…siempre-no…de Glenn (Steven Yeun) en aquel episodio del contenedor de basura y la horda de zombis. Y por supuesto, por como cerraron la temporada.

El equipo encabezado por Greg Nicotero prometió redimirse en un episodio épico que cambiaría todo… gracias a la introducción de Negan, un villano que haría palidecer al Gobernador (no me refiero a Duarte).

Se volvieron a equivocar. No sólo leen mal a la crítica, sino que parece que no tienen idea por qué su serie fue tan exitosa hasta su cima creativa por ahí de la temporada cinco (17 millones de espectadores).

Las series de TV son episódicas o mantienen arcos narrativos de largo plazo. En el primer caso, lo importante es el “caso” de la semana, en el segundo la confluencia de las historias individuales de sus personajes junto a la tensión creciente provocada por sucesos externos.

13697229_1573603025999183_582430104877217942_nLa gran mayoría de las series del segundo tipo barajan “temas” en sus episodios: el episodio de “padres e hijos” o el de “redención”, donde las pequeñas historias merodean el tema. Algunas usan ambos modelos, pero TWD siempre ha sido marcada por un solo arco: la supervivencia de un grupo de personas frente al apocalipsis zombie.

Los zombies, esos caminantes llenos de gore y salpicones de sangre son lo de menos. Son un pretexto para cuestionar la tensión, los hilos de humanidad que los protagonistas se van arrancando para sobrevivir, las alianzas que forman, preguntarse si serán lo suficientemente fuertes para salir adelante cuando lo que llamamos civilización desaparece.

En un principio, cuando Frank Darabont desarrolló el cómic de Robert Kirkman, ese era el centro de la trama. Después, las preguntas interesantes se acabaron y lo único que quedó fue el valor de shock:  perturbar y sacudir al espectador. El equipo creativo empezó a abordar la serie como un reality donde la única manera de seducir al espectador es amenazarlo con eliminar a un participante. En TWD (como por momentos en Game of Thrones) el teaser por excelencia se volvió ¿a quién vamos a matar ahora?

the-walking-dead-season-7-rositaSu estructura: mata un personaje, mata veinte zombies, mata un villano, enjuaga y repite. El problema de ese modelo es que los personajes de culto son un recurso no renovable. Cualquier personaje nuevo importa menos. No hay tiempo de desarrollarlo más allá del estereotipo. Y te convences que el público no te va a perdonar que mates a alguno de los más populares.

El engañoso final de la temporada seis iba de la mano con una campaña que decía podemos matar a quien sea con este “bat”…nos vamos a atrever…nada será igual. Falso. Los creadores nunca matarían a Rick (Andrew Lincoln), a Carl (Chandler Riggs) o a Daryl (Norman Redus) porque se quedan sin serie. Tampoco a ninguna mujer. ¿Qué provocaría en EU matar a batazos a una mujer latina, negra o embarazada a cuadro?. Tampoco podía ser Aaron (Ross Marquand), el nuevo. Quedaban tres…

walking-dead-negan-comicLa única sorpresa de este episodio fue su mal gusto. En una serie protagonizada por el gore y las situaciones extremas desde el principio, uno pensaría que los espectadores estábamos acostumbrados a todo, que su violencia recurrente nos había adormecido lo suficiente. Nos equivocamos, pero la violencia gratuita, el porno de tortura, no tiene ningún atractivo dramático. Es un ejercicio vacío que después del shock inicial se vuelve aburrido. La única sensación que deja es malestar.

Ya lo he dicho, a Nicotero no le importan sus personajes, le importa el rating. El golpe de efecto es más importante que la consistencia. Se despacha a Abraham (Michael Cudlitz) como si aplastara una sandía cualquiera y después al amado Glenn en una escena grotesca sin dignidad alguna (más allá del gran trabajo de maquillaje). Una especie de guiño al cómic donde Glenn también muere a manos de Negan. Como si la producción estuviera obligada a seguir los designios del material fuente para amarrar al público del Comicon.

the-walking-dead-season-7-rickNi siquiera cumple en contarlo directamente. Nos receta veinte minutos de relleno, incluidos algunos de los peores diálogos (Lucille tiene sed…es un bat vampiro) y flashbacks tramposos para seguir jugando con el espectador. La verosimilitud no le importa: El ritual dura toda la noche. Negan pontifica más que un villano de Bond. Su lugarteniente que lleva al apocalipsis zombie, por si se ofrece, un plumón azul. La febril mujer embarazada que los forzó a estar en esa situación se queda de rodillas horas sin desmayarse. Etcétera.

Más tramposa aún es la sensiblería detrás de esa imagen de almuerzo dominical con Glenn en la cabecera. El video de salida del reality. Como si ahora sí se hubiera perdido la esperanza del final feliz. ¡Es el apocalipsis zombie! La esperanza la perdimos desde que Sophie salió del granero.

El único muerto que todavía camina es la serie misma (pero aún no se entera).

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 26 de octubre del 2016

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340 – Precisiones sobre el Nobel de Literatura

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No tardó la academia sueca en anunciar que el ganador del Nobel de este año era Bob Dylan cuando ya había hecho su aparición una suerte de burlona polémica. Redes sociales, algunos medios y cierta parte de la clase intelectual no encajó bien la noticia. No todos tuvieron la gracia de Salman Rushdie: “Desde Orfeo hasta Faiz, la canción y la poesía han estado ligadas. Dylan es el heredero de la tradición de los bardos”. Jonathan Franzen, irónico, dijo estar sorprendido “…de que no ganara Morrisey”. El truculento Irvine Welsh: “Soy fan de Dylan, pero este es un premio nostálgico extraído de las próstatas rancias de hippies seniles”.

Philip Roth

Philip Roth

Unos decían que Philip Roth y Haruki Murakami se tendrían que comprar una guitarra, otros apuraban chistes sangrones como “Juanga y Arjona todavía tienen esperanza” o “Juan Luis Guerra ganará el Nobel de química”; o que fueron a librerías a preguntar por el Nobel y los mandaron a Mixup.

Flamantes expertos aseguraron que era un desperdicio, que Dylan ya había ganado demasiados premios, que hay autores mejores (o cantantes mejores). Que otros necesitan más la exposición del Nobel. Que la promoción de la lectura necesita autores de libros y no de discos. Para todos, algunas precisiones.

  1. El Nobel de Literatura se ha entregado 109 veces a 113 personas (cuatro veces fue compartido). 14 mujeres y 99 hombres. La edad promedio es 65 años. El más joven en recibirlo fue Rudyard Kipling que tenía 41 en 1907. La mayor fue Doris Lessing con 88 en 2007. 76 han ido a autores de prosa y 37 a poesía.
  2. Contrario a lo que muchos creen, no se entrega por un libro. Se entrega por el conjunto de la obra. Por eso nadie ha repetido.
  3. screen-shot-2016-10-13-at-13-45-59Dos autores declinaron el premio: Pasternak y Sartre. El declinarlo no los volvió más “auténticos”.
  4. Desde 1974 está estipulado que no se puede entregar en forma póstuma a menos que el autor muera entre el anuncio y la ceremonia.
  5. El premio Nobel no se entrega al mejor autor del año. Ni siquiera al mejor autor de los que quedan vivos. Se entrega a alguien entre quienes tienen una obra literaria sobresaliente y meritoria. Textualmente “a la persona que ha producido en el campo de la literatura el trabajo más sobresaliente en el sentido del idealismo”.
  6. Lo que podría estar a discusión es lo que la Academia Sueca considera “literatura”, por lo visto más de lo que algunos snobs aceptan, y su definición de “idealismo”.
  7. “La música popular es capaz de producir letras y argumentos de alto contenido y nivel literario.” (Ruben Blades, citando a García Márquez)
  8. bob-dylan-dan-kramer-book-ss04El centro de la polémica real es que la academia no suele repetir países, y al elegir a Dylan, probablemente eliminó las posibilidades de candidatos estadounidenses como Roth, Carol Oates, McCarthy, DeLillo y otros con obras meritorias.
  9. Por más que se amen las teorías conspiratorias y se busque leer una intención política (en este caso una especie de trompetilla a Trump). La política es la excusa favorita para explicar decisiones que no nos gustan o no entendemos. El Nobel no es miss Universo ni el Oscar.
  10. Las casas de apuestas no tienen idea. Todas esas notas con listas de favoritos son especulación mediática. Las verdaderas nominaciones se mantienen en secreto por 50 años.
  11. Diversas personas y organizaciones (entre ellas ganadores anteriores) proponen candidatos al comité Nobel. Las propuestas se evalúan y decantan entre enero y mayo de cada año hasta dejar 5 candidatos para que la Academia, durante el verano, lea, estudie y decida quién es el ganador.
  12. El Nobel no está “de capa caída” por incluir periodistas o cantantes. Svetlana Alexievich es una autora brillante con prosa tan impecable como necesaria. Quien hace ese tipo de comentarios no ha leído Voces de Chernóbil.
  13. 2337223c69b1dfdcf2caa3c15025158dDylan no recibió el premio por ser cantante, ni por tocar la guitarra, ni por su música, ni por ser famoso. Lo recibió por las letras de sus canciones. Poesía brillante aún sin música de por medio.
  14. Dylan tiene varios libros publicados. Entre ellos, recopilaciones de canciones. La última edición en español de ellas fue de Alfaguara: Letras 1962-2001 (la versión en inglés ya incluye hasta 2012). Tiene una novela que se llama Tarántula (en español fue publicada por Océano) y el primer tomo de sus memorias, que se llama Chronicles. También hay versiones infantiles de algunas de sus letras.
  15. Dylan se llama en realidad Robert Allen Zimmerman. No es el primer seudónimo en ganar un Nobel. Hay otros once (incluyendo a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Giorgos Seferis y Pearl S. Buck).
  16. No todo usuario de redes sociales anda extraviado. Como argumentó Alex Flores en una discusión de Facebook: “La genealogía de Dylan es el Talmud, el blues más negro del delta del sur esclavista de Estados Unidos. En él se unen tradiciones místicas del canto del oprimido, tanto como judías, negras y cristianas. La genealogía de Dylan es Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, Eliot y trayéndolo a nuestro México, Dylan está cerca en algunos momentos de Villaurrutia y Gorostiza.”
  17. Debe haber una manera de salir de aquí, dijo el bufón al ladrón / Hay mucha confusión, no consigo alivio / Los comerciantes beben mi vino, los arrieros surcan mi tierra / Ninguno de la fila conoce nada de lo que vale / No tiene caso alterarse, habló amable el ladrón / Hay muchos entre nosotros que sentimos que la vida es una broma / Pero tú y yo ya pasamos por eso, y no es nuestro destino / Así que no hablemos en falso, se está haciendo tarde. (All along the Watchtower de Dylan, cualquier defecto es de mi traducción).

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 17 de octubre del 2016

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339 – TV 2016-2017: Cinco novedades

Notorious (ABC)

NOTORIOUS - ABC's “Notorious" stars Piper Perabo as Julia and Daniel Sunjata as Jake. (ABC/Kevin Foley) ABC es conocido por estrenar series al vapor sin intención de renovarlas (a menos que alguna cumpla con criterios impredecibles de éxito instantáneo), lo que de alguna manera quiere decir que su umbral crítico de lo que vale la pena poner al aire es más bajo que sus contrapartes. Notorious es el vivo ejemplo. Julia George (Piper Perabo) productora de un noticiero de cable, suele tener como invitado a Jake Gregorian (Daniel Sunjata), abogado de lujo para magnates en problemas. Ambos manipulan la noticia del día para volverla una exclusiva sensacionalista y beneficiar a sus clientes. Notorious es un thriller apresurado e inepto con diálogos tan poco creíbles como sus personajes. La premisa incluye vueltas de tuerca cada cinco minutos lo cual más que despertar el interés, genera indiferencia. Mi apuesta para una de las primeras cancelaciones del año.

Conviction (ABC)

ConvictionOtro thriller apresurado de ABC, pero acaso más prometedor. Hayes Morrison (Hayley Atwell, la agente Carter de Marvel) es la hija bala perdida de un ex presidente de EU. Cuando una fiesta la deja en la cárcel, es chantajeada por el alcalde de la ciudad (Eddie Cahill) para encabezar el CIU, un comité de abogados, expolicías y científicos; cuya misión es evaluar en una semana viejos casos cerrados, para ver si se hizo justicia o si el reo merece un nuevo juicio o liberación. Dejando atrás lo forzado de la premisa (el tiempo arbitrario que tiene el CIU se ajusta más al calendario televisivo que al judicial), hay química en el elenco y el piloto es eficaz y entretenido.

Timeless (NBC)

Timeless - Season PilotPara todos aquellos que crecimos viendo a Tony y Douglas caer en la espiral del túnel del tiempo llega esta serie de ciencia ficción, suspenso y aventuras. Lucy Preston (Abigail Spencer) una profesora de historia es reclutada por el gobierno para acompañar a un soldado de fuerzas especiales (Chad Rook) en una persecución a través del tiempo para detener a Flynn, un supuesto terrorista (Goran Visnjic) que robó una máquina experimental para viajar en el tiempo y alterar la historia. El piloto incluye una visita a la tragedia del Hindemburg y algunas seductoras paradojas temporales. Es una premisa llamativa y bien hecha, con material casi ilimitado.

Designated Survivor (ABC)

Designated SurvivorVuelve Kiefer Sutherland a tener el futuro de occidente en sus manos. Sólo que ya no se trata del imparable Jack Bauer, sino del tibio Tom Kirkman, un funcionario de medio pelo (secretario de vivienda) que cumple una noche con el aburrido deber de ser el “superviviente designado”. Una provisión de la Constitución que establece que durante el informe de gobierno un miembro del gabinete debe recluirse por si una tragedia elimina al presidente y al resto del gabinete. Como era de esperarse, a los quince minutos de corrido el piloto, el capitolio vuela por los aires con todo el Congreso, la Suprema Corte y el poder ejecutivo. Kirkman toma el juramento y se vuelve el presidente de un país en crisis extrema. La serie más ambiciosa de ABC en la temporada, tiene todo para ser un éxito cuando Sutherland enfrenta a los supervivientes que lo subestiman (o básicamente desprecian).

La serie pretende arrancar corriendo y eso la lleva a simplificaciones políticas e inconsistencias narrativas que más tarde puede lamentar. Su mayor problema, sin embargo, es su predilección por el melodrama facilón y sentimental. Sabemos de inicio que Kirkman es más de lo que aparenta, pero los productores pretenden que cada episodio tenga un “momento” donde se ilustre su sensibilidad moral y patriotismo. De alguna manera son más interesantes los cínicos depredadores políticos de Scandal.

This is Us (NBC)

this-is-usTradicionalmente, NBC tiene más paciencia con sus series nuevas. Van por el juego a medio plazo y no esperan que sean un éxito inmediato y este melodrama familiar no es la excepción. El piloto inicia con un grupo de personas que comparten el mismo cumpleaños: Rebecca (Mandy Moore) y Jack (Milo Ventimiglia) que esperan trillizos en Pittsburg, Kate (Chrissy Metz) que batalla con el sobrepeso y la depresión, Kevin (Justin Hartley) un actor que no soporta el éxito vacío de un sitcom de moda, y Randall (Sterling K. Brown) un exitoso broker financiero que busca al padre biológico que lo abandonó. El primer episodio es un espléndido y conmovedor ejemplo de diálogos eficaces, sentido del humor e intensidad dramática. Basado exclusivamente en el piloto, es lo mejor entre los lanzamientos de este año.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 12 de octubre del 2016

338 – Tres propuestas

Cada otoño, además del regreso de nuestras series preferidas, los estudios televisivos arrojan propuestas al ruedo con esperanza de convertirlos en los éxitos del futuro. 80% de ellas no sobrevivirán para ver una segunda temporada. 65% ni siquiera completará la primera. Área donde los distribuidores de streaming tienen ventaja. Al estrenar la serie completa el pacto es más amable con el público detesta quedarse volando con una historia a la que invirtió tiempo y emoción. Estos canales cuentan con cifras precisas de rating y pueden tener toda la paciencia del mundo: no dependen de los números para cobrar.

1. Bull (CBS)

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Episódico thriller legal que aspira al policíaco de procedimiento desde un ángulo original: Bull es un experto en jurados, en elegirlos y predecir su decisión. Para esto se vale de un enorme equipo de expertos, tecnología y su particular sensibilidad. Los jurados le hablan con los ojos. Bull es una variante frívola de series como Lie to me y La ley y el orden.

Se sostiene en el carisma de Michael Weatherly (DiNozzo de NCIS) y la forma en que ridiculiza los abogados de sus clientes si se niegan a aceptar su ciencia. El resto de sus personajes son casi intercambiables. El alto costo de sus servicios implica que sólo tiene clientes ricos y casos en que no cobrará por razones personales.

La premisa parece interesante pero no da para mucho sin repetirse. Apenas se transmite su tercer episodio en EU (buenos ratings) y los dos primeros abundan copy/paste. Si la serie va a sobrevivir necesita un antagonista más allá que el sentido de justicia de Bull.

2. Marvel’s Luke Cage (Netflix)

Marvel's Luke Cage

Marvel’s Luke Cage

Uno pensaría que Netflix lo tiene todo calculado. Nos presentó a Luke Cage (Mike Colter) el año pasado durante la excelente Jessica Jones, y este año la serie del primer superhéroe afroamericano de la TV. Basada en un cómic de Marvel de 1972 (primer superhéroe de color en tener un cómic a su nombre). El timing de su lanzamiento no podría ser más afortunado, en la era de black lives matter: un negro que hace justicia marginal con piel antibalas.

Su perfil es más cercano a los antihéroes de la televisión moderna que al clásico adolescente urbano de Marvel. Más cercano a Daredevil y Punisher que a los Avengers y los agentes de SHIELD. Es un héroe adulto con temas adultos, quizá por ello entró en el paquete que Marvel destinó a Netflix.

La serie arranca en época actual pero en un arco narrativo previo al de Jessica Jones. Acá, Cage lleva apenas seis meses en Harlem, después de una temporada en prisión. Sus habilidades sólo las conoce el barbero del barrio, cuyo negocio es “la suiza neutral” en una zona de conflictos raciales, pandillas y políticos oportunistas, como suele suceder en la NY de Marvel.

La serie se estrenó el viernes pasado y para el sábado la gente de Netflix se dio cuenta que había cometido un error. Tuvo tanta demanda que sus servidores de streaming colapsaron y la compañía tuvo que enviar un mensaje de error y disculpa. Algo que nunca hubiera sucedido en tele abierta (nota para todos los que cantan la muerte de las cadenas y el futuro online de la TV).

3. Fleabag (BBC/Amazon)

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Después de su éxito en la pasada entrega del Emmy en que el nombre de Jeff Bezos fue invocado como mecenas de la creatividad televisiva, Amazon se confirmó como estudio respetado.

Fleabag (como antes, Catastrophe de Channel4) es un producto inglés de la BBC que Amazon compró como distribuidor exclusivo. Una comedia ácida e irreverente de seis episodios basada en la exitosa obra de teatro de Phoebe Waller-Bridge (guionista y protagonista de la serie). La historia de una mujer solitaria y un poco perturbada en Londres.

Fleabag se suma a una vertiente en la comedia indie: el humor alrededor de las vidas de protagonistas inestables. Un manantial que no cesa de dar buena televisión (Casual, Difficult People y Flaked vienen a la mente). Tendencia que no funciona cuando se buscan las grandes audiencias de la tele abierta (desde Arrested Development hasta Weird Loners).

Fleabag rompe continuamente el plano invisible que en teatro se conoce como cuarta pared. Su protagonista se dirige todo el tiempo al espectador. Recurso teatral que en el cine se ha usado desde Oliver Hardy hasta Chevy Chase y consigue conectar la trama con la subjetividad de un monólogo. Un verdadero hallazgo que esperemos se distribuya pronto en México.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 5 de octubre del 2016