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398 – Estampas de la FIL 2017 (2)

 

Pabellón de Madrid (foto: Ricardo García Mainou)

La literatura y la política no hacen un buen matrimonio

Este año además de la ahora popular mesa de autores europeos, la FIL implementó Latinoamérica Viva, con una mesa cada día en que varios de los autores más representativos de una docena de países, hablaron sobre su obra, el proceso creativo y la manera en que los escritores pueden abordar diversos temas de nuestro tiempo.

En la mesa coordinada por Héctor Abad Faciolince (Colombia), Tere Dávila de Puerto Rico habló sobre su país y la terrible afectación que tuvo (y todavía tiene) con el huracán María. “Cuando el país entero está sin luz, todos somos afectados. Esto no es cosa de unos cuantos o un sector de la ciudad, eso es todos, y por semanas, a todos les toca la tragedia. Las emociones se desbordan.”

¿Cómo escribir sobre eso? Para Dávila, es mejor no hacerlo. Escribir en una situación así llevaría a lugares comunes y a hacer mala literatura. “Es un momento donde se puede hacer gran periodismo (o crónica)”, no quiere que se malentienda, “pero la literatura necesita distancia de las emociones”.

Eric Blandón Guevara de Nicaragua, escribió hace 20 años su novela más conocida, Vuelo de Cuervos inspirado por sus experiencias durante la revolución sandinista en la que participó como estudiante.

La novela fue su tesis de maestría en artes en la Universidad de Texas. Blandón recuerda el momento en que la revolución se descompuso. Para él, fue en el momento significativo en que se evacuó violentamente a las aldeas indígenas misquitos y se llevó a sus habitantes a una suerte de campo de concentración. “En la novela lo convierto en una mascarada de Carnaval con trasfondo trágico.”

En Nicaragua no dejaban de preguntarme a quién específicamente me refería con esto o aquello, explicó. Y no me creían cuando les decía que todo era de mi invención. “La literatura y la política no hacen un buen matrimonio”.

Déjenlos libres

La FIL 2017 tuvo como invitada de honor a Madrid. El pabellón madrileño estuvo en la entrada de la feria, y fue uno de los pabellones más llamativos de los últimos años. Un enorme cilindro negro con tres entradas en forma de túneles con caricaturas enmarcadas de El Roto.

El interior del cilindro asemejaba una blanquísima plaza de toros. En las gradas se sentó el público y en su parte más alta estuvo una librería montada por el Fondo de Cultura Económica, a propósito de la ciudad invitada.

Los participantes de las charlas se sentaban frente a uno de los accesos al “ruedo”. Si subía uno las gradas, era posible pasear por la librería y escuchar la discusión. Cuando no había evento sonaba un loop interminable de música madrileña.

En mi primera visita a la librería, la discusión era sobre política española. La charla llamada Madrid al límite la llevaron Jesús Ceberio, José Álvarez Junco, Pilar Velasco y Ernesto Castro. Al conversar sobre el resurgente nacionalismo español, alguien del público pidió el micrófono y regañó a los participantes a propósito del tema catalán. “Si se quieren separar déjenlos, que sean libres”.

El panelista, que lamentablemente no identifico, dio una respuesta magnífica. Primero regresó la pregunta “dice usted, déjenlos libres, lo primero que necesitaríamos saber es quiénes son ellos, ¿es Barcelona? ¿Es la clase política y financiera de la ciudad? ¿Qué pasa si Tarragona no quiere separarse y las otras ciudades?”.

Se discutió brevemente sobre los conflictos independentistas europeos, “si el proyecto Europeo es complicado con una docena de países, imaginen ustedes con medio centenar: imposible.” “Si Cataluña que no es que no sea libre (tiene una autonomía bastante compleja), se separa de un país de la Comunidad Europea, ¿qué pasará cuando lo quiera Baviera o Normandía?”

Quizá el mejor ejemplo de a dónde puede llevar el absurdo tema de pintar su raya con el mundo lo mencionó Velasco: “Esto sucedió: un señor, jefe de familia llevó el caso a la corte para que se declarara su casa una nación independiente: Todos los que viven aquí están de acuerdo, y yo como jefe de familia soy el jefe de Estado y tenemos pleno derecho libre a tener nuestra propia nación y leyes en nuestra propiedad”.

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 6 de diciembre del 2017

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397 – Estampas de la FIL 2017 (1)

La tumba de Poe

Foto © Ricardo García Mainou

La sala del auditorio Juan Rulfo de la FIL está repleta. En las primeras filas hay escritores, editores e invitados VIP. Más atrás periodistas, público en general, estudiantes con smartphones y audífonos, señoras con bolsas llenas de libros. Las filas de sillas no son suficientes y al fondo hay muchos de pie. La expectativa de ver (y escuchar) al autor de la trilogía de Nueva York es alta.

Doble presentación para el escritor. Primero por parte de Raúl Padilla, rector de la Universidad de Guadalajara y Elena Ramírez, directora editorial de Seix Barral, que inadvertidamente repite casi verbatim datos que ya había leído Padilla: las obras y premios importantes de Paul Auster.

La apertura del salón literario de la FIL siempre corre a cargo de uno de los invitados más importantes de la semana. A lo largo de los años hemos sido testigos de momentos memorables en esa charla inaugural (Saramago, Franzen y Rushdie vienen a la mente). Y aperturas abismalmente penosas como aquella en que Toni Morrison decidió dedicar la charla a leer el primer capítulo de Beloved, pero los traductores simultáneos no tenían un ejemplar en español, por lo que sufrieron y malabarearon palabras improvisando la traducción de la Nobel.

Auster no se quedó atrás. Leyó una conferencia árida y de sazón académico sobre la muerte de Edgar Allan Poe, y los poetas americanos y franceses que recuperaron, influyeron y honraron su obra.

Fue una conferencia “correcta” en el sentido que hacía referencia a uno de los autores más célebres de la literatura estadounidense, y se sumaba a la teoría crítica que apunta las influencias de los poetas franceses en Poe, y hubiera estado perfecta en un congreso sobre Poe en la Universidad de Baltimore o un acto de homenaje para celebrar al autor de El Cuervo.

Mientras algunos del público apuraban selfies con el escenario del fondo, y los periodistas televisivos se peleaban con cables para tratar de registrar el audio, el resto del auditorio bostezaba al escenario con vaga decepción.

Sí, todo lo que dijo fue literario pero también aburrido y ausente de cualquier revelación que dijera más sobre el propio Auster, su obra y visión literaria, que era lo que esperábamos escuchar.

Corea es mucho más que Samsung

La frase no es mía. Es lo primero que dice alguien del público durante el turno de preguntas.

Yoon Sung-hee (foto: Ricardo García Mainou)

Entre los innumerables eventos de autores famosos, visitantes madrileños, políticos apurados por colarse a los encabezados culturales y congresos simultáneos, se abre un paréntesis delicado y luminoso: La escritora coreana Yoon Sung-hee presenta, con apoyo del Instituto Coreano de Traducción Literaria, su más reciente libro (y único en español): Espectadores (bonobos editores). Un libro que responde al credo de la autora: “La vida consiste en observar cosas y que estas te desconcierten”.

Es el tipo de eventos que pueden complicarse si se intenta la traducción simultánea, pero se solventa con gran habilidad. Sung-hee no improvisa. Lee un texto preparado que habla de su libro pero también de su proceso creativo. Un texto cálido que muestra el humor e inteligencia que caracterizan su obra.

“Si todas las cosas se pudieran decir con una palabra, no existirían las historias” lee Sung-Hee, y es una de las frases más lúcidas que escuché en esta FIL.

“A veces miro la pantalla de mi computadora y le digo ‘que tonto eres’, hablándole a alguno de mis personajes. Ellos siempre me responden con una sonrisa. Después, se ponen a hablar entre ellos, y yo los miro y anoto lo que dicen”.

La tormenta en el vaso

En una sala adjunta, tres celebrados autores argentinos hablarían sobre la literatura de su país: Sergio Olguin (autor de La fragilidad de los cuerpos), Federico Falco (el genial cuentista de 222 Patitos) y Guillermo Martínez (matemático y autor de Los crímenes de Oxford).

Una vez empezados, Martínez apunta que la mesa de literatura de su país se concentrará en discutir (hacer homenaje) a Abelardo Castillo, escritor argentino que falleció en 2017.

De Izq-Der: Sergio Olguin, Federico Falco, Guillermo Martínez (Foto: Ricardo García Mainou)

Castillo, sin embargo causa polémica incluso en el mismo panel: Martínez lo admira sin objeción, a Falco no le gusta nada y Olguin siente una difícilmente disimulada ambivalencia.

Los tres dan sus razones, discuten y apuntan detalles o anécdotas sobre la personalidad de Castillo, su figura como autoridad, maestro y tallerista, el machismo en sus cuentos y mucho más. Quizá sin saber que fuera de Argentina, Castillo fue poco leído y que ese personaje que tanta pasión provoca en la mesa, es prácticamente desconocido para el público de la FIL.

Como suele suceder, una de los momentos más interesantes se da al final, como parte de una respuesta a una pregunta que tenía poco que ver con Castillo. Alguien del público felicita al panel diciendo que lo que le gusta de la literatura argentina es que que es muy directa y usa un lenguaje simple.

Martínez responde con lucidez: Los escritores argentinos conocemos las palabras que hay en el diccionario, y cuáles correspondería usar en determinados casos, pero elegimos no hacerlo porque hay palabras de las que no somos dueños. Los autores españoles, en cambio, se sienten dueños de todo el diccionario y de usar cualquier palabra cuando les da la gana.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del jueves 30 de noviembre del 2017

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396 – La educación hacia el futuro

Hace unos días se celebró el octavo congreso del World Innovation Summit for Education (WISE) en Qatar. Los participantes de más de 100 países se contaron por millares en este encuentro de dos días que supone una de las reuniones internacionales más importantes para el futuro de la educación.

Vivimos en eso que se ha llamado el mundo de la posverdad. De acuerdo al diccionario Oxford, la posverdad es cuando los hechos objetivos influyen menos la opinión pública que los llamados a la emoción y las creencias personales”.

Uno de los directivos de la fundación de Qatar para la educación, Sheikha Moza bint Nasser habló durante la inauguración sobre esto. “La educación debe proporcionar a los estudiantes las herramientas para inmunizarse a las imposiciones mediáticas y culturales”.

Las redes sociales se han saturado de actividades que dispersan propaganda, rumores y mentiras para distraer a la gente de la realidad. Un tema que también abordó el periodista Fareed Zakaria de CNN.  Zakaria abordó la manera en que la saturación mediática afecta cómo los jóvenes procesan la información:

“Yo se lo digo a mis hijos todo el tiempo. Puedes recitar todos los tuits y blogs que quieras, pero al final del día la única manera en que vas a desarrollar un conocimiento verdadero de un tema es profundizar y eso todavía significa leer libros, hablar con expertos y viajar.”

Sheikha Mozah Bint Nasser

“No lo digo para subestimar a los jóvenes. Yo crecí en la India sin televisión. Leía con voracidad porque eso es lo que podías hacer. Si hubiera tenido una supercomputadora en mi bolsillo llamada iPhone que me pudiera traer todo el entretenimiento del planeta, quizá no hubiera leído mucho, pero no hubiera tenido la carrera que tuve tampoco. Los niños tendrán que aprender algo que yo no tuve que aprender: disciplina intelectual para decir ‘no’.”

El argumento de Zakaria es interesante y conecta quizá con aquella paradoja de la elección que mereció un libro de Barry Schwartz en 2004. Schwartz decía que la autonomía y la libertad de elección son fundamentales para estar bien, y que aunque la vida contemporánea parece ofrecer un sinfín de posibilidades y opciones, y eso significaría que tenemos más libertad y autonomía que nunca para elegir, esta realidad no nos parece estar beneficiando psicológicamente. Para Schwartz, esa infinidad de opciones termina orillando a la parálisis de acción más que a la autonomía. No queremos tomar la decisión equivocada, no queremos perdernos algo importante, y entonces no decidimos.

Mientras Zakaria propone profundizar y discernir ante la avalancha de opciones e información, para otros el argumento debe estar más concentrado en apuntar a las fuentes de la información a la que tienen acceso los jóvenes. A entender que la información que circula en Twitter, Facebook o Snapchat no está verificada.

Fareed Zakaria

En una breve reflexión, Lauren Alix Brown menciona en el portal Quartz un studio de Stanford de 2016 donde la mayoría de jóvenes participantes (con educación secundaria o preparatoria) era incapaces de diferenciar entre una noticia y una nota pagada, o evaluar lo que se decía en redes sociales. La conclusión del reporte era devastadora: “La habilidad de los jóvenes para razonar sobre la información que obtienen en Internet es muy pobre”.

Los argumentos comparten una necesidad muy clara de ir más allá de la promesa de tener toda la información del mundo en nuestros pequeños dispositivos de conexión global. Si se ha hablado mucho sobre las noticias falsas, la veracidad de las fuentes, las verdades alternativas y la posverdad en el mundo después del Brexit y la elección de Trump, lo cierto es que los modelos educativos contemporáneos deben ir más allá del entrenamiento de habilidades técnicas y enfocarse más en proporcionar herramientas a las nuevas generaciones para distinguir verdades, para hacer elecciones entre opciones aparentemente infinitas, y para profundizar en la información y el entendimiento antes de volverse ecos y repetidores de “hechos alternativos”.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 22 de noviembre del 2017

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395 – Televisión de autor

Elizabeth Moss

Hace algunos años, los actores o directores que fracasaban en Hollywood veían desfilar sus carreras hacia un medio que se consideraba el panteón de aquellos que no lo lograban en la cartelera: la TV.

La entrega de los Oscares y la entrega de los Emmys eran muy distintas. Empezar a actuar en televisión era como bajar a la segunda división. Algunos se lo permitían en miniseries de cable, o películas para HBO, pero no dejaba de ser un medio de consolación.

Eso, por supuesto, cambió. En esta edad de oro de la televisión (que si somos estrictos ya no es lo que antes llamábamos televisión), el medio sufrió una mutación con las oportunidades creativas que ofrecen los canales de streaming y cable. Más que una guerra de ratings en busca de publicidad, la nueva televisión quiere suscriptores. La regla del juego cambió en busca contenidos para atrapar la atención de una audiencia agobiada por la sobreoferta y las distracciones.

Del otro lado de la moneda, la televisión moderna ofrece una oportunidad de desarrollo creativo, de narración de historias, de profundización en los temas y personajes, que el cine, por razones de tiempo y presupuesto, nunca tuvo.

Jane Campion

Los primeros en descubrir eso, quizá, fueron los de Masterpiece Theater, esa producción británica que se dedicó desde hace muchos años a realizar miniseries adaptando biografías y novelas clásicas de la literatura inglesa.

Para los actores y directores de hoy, esta nueva televisión es la oportunidad para desarrollar proyectos personales, o para adaptar literatura con una visión creativa con mayor latitud que el cine, donde la taquilla manda y donde un error de cálculo implica pérdidas de millones.

Un ejemplo de esto lo tuvimos el año pasado, con la extraordinaria adaptación de The Night Manager de John Le Carré, a cargo de Susanne Bier, directora danesa surgida del movimiento Dogma.

Otro ejemplo fue en la miniserie australiana Top of the lake, escrita, producida y dirigida por la directora neozelandesa Jane Campion. En un mundo penosamente sexista como es el del espectáculo (quien lo dude que siga las noticias de las últimas semanas), Campion fue la cuarta mujer en ser nominada al Oscar de Dirección, y también la única (a la fecha) en haber ganado la Palma de Oro en Cannes.

El cine de Campion se ha caracterizado por personajes femeninos fuertes, dramas complejos y provocadores que revuelven alrededor de un mundo emocional, a veces onírico, donde las cosas no son lo que aparentan, ni necesariamente las que se pueden expresar con palabras.

Top of the Lake (2013) seguía la historia de Robin Griffin (Elizabeth Moss) una detective australiana especializada en asalto sexual, investigando la desaparición de una adolescente embarazada desaparecida en el poblado de Laketop, en la región montañosa de Nueva Zelanda.

La investigación se ve complicada por el pasado de Griffin, una atmósfera misógina, corrupción, crisis y acoso adolescente, y por el conflicto entre el cacique local (Peter Mullan) y una nueva comuna de mujeres liderada por una líder espiritual bastante peculiar (Holly Hunter).

La serie fue escrita por Campion y Gerard Lee y dirigida por ella y Garth Davis. Top of the Lake fue estrenada en el festival de Sundance como una proyección de siete horas con un intermedio. Nominada a una docena de premios locales e internacionales, y parecía haber concluido la historia de Griffin.

La propia Campion había declarado en 2013 que la historia terminaba ahí. Sin embargo, un año más tarde, la miniserie dejó de serlo y fue renovada para una segunda entrega.

Casi el mismo equipo quedó a cargo. Campion y Lee de los guiones, y Campion, esta vez junto a Ariel Kleinman en la dirección. Al elenco se sumó Nicole Kidman (quien trabajó con Campion en 1996 con Retrato de una dama).

La segunda temporada transcurre en Sidney, y retoma a Griffin, de vuelta a la policía australiana, afectada por las secuelas de la primera investigación.

Aunque retoma personajes y de alguna manera conecta arcos narrativos con la primera Top of the Lake (particularmente los relacionados con la protagonista), en realidad no es una secuela, por lo menos no en el sentido que acostumbramos ver.

Más que continuar la historia de la primera, nos plantea un escenario distinto con un personaje en común. Ambas, sin embargo, son policíacas, perturbadoras, inquietantes y transcurren en ambientes asfixiantes de machismo y duplicidad moral.

Como en buena parte de la obra de Campion, la propuesta es profundamente emocional. Más interesada en plantear preguntas al espectador que en responderlas.

Top of the Lake: China Girl fue estrenada en el pasado Festival de Cannes, donde se proyectó completa, y ya está disponible en algunas partes del mundo vía streaming.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista Arte Ideas y Gente del miércoles 15 de noviembre del 2017

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394 – Pesca del día

Aunque de larga tradición, es poco lo que de literatura Boliviana se conoce en México. Apenas algunos libros de Edmundo Paz Soldán, uno de los escritores latinoamericanos que alguna vez fueron etiquetados como parte del movimiento McOndo. Ese que rompía con el realismo mágico y apuntaba a una narrativa urbana moderna y lejos de los atavismos del boom.

Quizá ayudó que Paz Soldán resida en los Estados Unidos desde 1991, o que haya sido el primer boliviano en ser publicado por la editorial francesa Gallimard. Su presencia recurrente en El País, The New York Times o la revista Time.

Los primeros libros de Paz Soldán se podían conseguir en México hace una década, cuando Alfaguara todavía circulaba sus ediciones locales en otros países: Sueños Digitales editada en Perú. La materia del deseo y Amores imperfectos en Colombia. Más tarde fue la estremecedora Norte, porque la editó Random House en México en 2011; y Río fugitivo por Libros del Asteroide en España.

Los editores latinoamericanos no han escuchado de la globalización, y a veces son incapaces de ver más allá de sus gafas regionales. Sólo, apenas hace poco, han empezado a distribuir sus fondos editoriales (principalmente colombianos y argentinos) en nuestro país. Quizá por ello, el feliz encuentro con un libro de Paz Soldán es capaz de alegarle el día a un lector.

Tiburón, coedición de Almadía y la Secretaría de Cultura, una autoantología (suele llamársele Antología Personal) realizada por el autor, con sus cuentos favoritos en casi dos décadas de publicar.

Como es de esperarse,Paz Soldán ha evolucionado su estilo y mudado su interés en diversos temas a lo largo de los años. Y aunque el volumen no está ordenado en forma cronológica, es posible identificar, aún sin la nota del autor al final, qué cuentos pertenecen a la misma época.

En los dos breves que vienen de su primer libro Las máscaras de la nada (1990) y los cuatro de Desapariciones (1994), hay todavía una estructura clásica del cuento: se plantea una situación atípica y se remata con una sorpresa. Son pequeñas joyas, algunas más logradas que otras. Quizá mi favorito es el emotivo “Faulkner”, donde ante la visita de su distanciado padre, un joven estudiante en el extranjero, encuentra una conexión que creía inexistente, gracias a la literatura del gran narrador estadounidense.

“Faulkner” tiene el mismo tono melancólico que los relatos de Amores imperfectos, al que pertenece el espléndido cuento que da título este volumen. Son historias donde un estudiante boliviano en el extranjero regresa de visita su país y descubre los efectos culturales y sentimentales de la distancia.

De igual manera que “la puerta cerrada” pareciera formar parte de la etapa anterior, “Dochera” que abre el volumen, es una historia de obsesión que despliega el talento que siempre ha caracterizado a Paz Soldán para dar una voz única a sus personajes.

Cuando llegamos a los relatos que aparecieron en Billie Ruth (Páginas de Espuma), la melancolía y el humor de Paz Soldán parecen haberse esfumado. Son siete relatos, más cercanos en términos estéticos a lo que experimentamos con Norte. Cuentos perturbadores que nos afectan en más de un sentido. Desde la excepcional crónica policíaca que sigue al asesinato de un futbolista, hasta la inquietante historia de amor entre dos antropólogas que ayudan a identificar cadáveres en fosas comunes en Bosnia.

La prosa de Paz Soldán se vuelve menos juguetona, más sobria y dura. Y esa mutación de estilo está en servicio de unos cuentos que más que robarnos una sonrisa o una mueca de sorpresa, nos sacuden más de un puñetazo en el estómago.

Los tres últimos relatos, acaso los más técnicamente depurados, fueron parte del libro Las visiones (2016). Etiquetados como ciencia ficción, aunque el término genérico sea francamente incorrecto. Son más bien relatos que transcurren en un futuro distópico, con vínculos lingüísticos comunes, en que Paz Soldán propone su propia bastardización del español que se puede hablar en Bolivia en el futuro.

Son textos más demandantes para el lector, pero encuentran en esa desconexión temática con lo que identificamos cotidianamente, la posibilidad de explorar emociones y situaciones más complejas que paradójicamente tienen total relevancia hoy en día. Como la discriminación en “Artificial”, la guerra a través de los drones y el impasse que se puede dar en una situación de terrorismo urbano cuando la religión, la moral, la empatía y la desesperación colisionan de frente.

Tiburón es una buena puerta de entrada a la narrativa de Edmundo Paz Soldán. Una suerte de carta de presentación que el autor ha elegido para nosotros y como tal nos da acceso a un universo literario que vale la pena explorar con más detenimiento.

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 8 de noviembre del 2017

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393 – El hilo del tiempo

Foto: ©Ricardo García Mainou

Leo Frobenius fue un etnólogo y arqueólogo alemán que nació en 1873 y durante las primeras décadas del siglo veinte se dedicó a explorar distintas zonas de África.

Frobenius es reconocido por algunas aportaciones significativas. La primera fue la definición de áreas culturales, que señalaba que culturas distintas tenían a veces vínculos no aparentes en común.

Uno de los vínculos que encontró fue entre las civilizaciones antiguas del área africana y la de Oceanía, que Frobenius explicó con una teoría un tanto descabellada que implicaba la existencia de algo que llamó African Atlantis.

Frobenius había descubierto en el oeste de Africa cabezas y esculturas de terracota y bronce tan sofisticadas que a su entender no podían haber sido hechas en África.

“Frente a nosotros había una cabeza de maravillosa belleza, moldeada en bronce antiguo con una patina de verde glorioso. Era la escultura de Olokun, el Poseidón del África Atlántica. Me entristeció pensar que esta asamblea de degenerados y débiles mentales fueran los guardianes para la posteridad de tanta belleza”.

Las palabras son de Frobenius en su libro Voz de África. Se refiere a los habitantes del reino de Ife, cuya civilización, siglos atrás, creó algunas de las obras de arte más sofisticadas del mundo antiguo.

Frobenius, sin embargo, fue uno de los primeros etnólogos que tomó en serio a África y su historia y le dio una voz en una época en que el consenso europeo era que África estaba en los límites de la civilización y por lo tanto no tenía historia alguna.

Frobenius se propuso de alguna manera, reconstruir el punto de vista de un mundo en que los cazadores y recolectores, los primeros agricultores, los constructores de esculturas primitivas y los reyes sagrados, habitaban el planeta.

Durante sus expediciones, tanto él como un grupo de asistentes anónimos, realizaron pinturas y acuarelas copiando pinturas rupestres con antigüedad de hasta 30 mil años.

Mucho antes de que la fotografía se atribuyera la responsabilidad de preservar la memoria visual de la humanidad, los exploradores trataban de copiar en tela reproducciones lo más precisas posibles de las pinturas que descubrían en cuevas y rocas.

El equipo de Frobenius realizó más de 8,300 copias a lo largo de muchas décadas, la gran mayoría de las cuales se quedaron guardadas y despreciadas en un ático después de su muerte en 1938. Ya para entonces, se empezaba a considerar a la fotografía como un medio más fidedigno para conservar la historia.

La mayoría de estas obras fueron adquiridas más tarde por la Universidad de Frankfurt en su departamento de etnología en lo que fue bautizado en 1946 como Instituto Frobenius. Más tarde se constató que el trabajo de su equipo no sólo había capturado con fines documentales estas obras primigenias, que Frobenius llamaba “Arte en roca”.

Foto: Ricardo García Mainou

De acuerdo a la información proporcionada por el propio Instituto Frobenius. Durante sus expediciones en las regiones del Sahara y Sudáfrica, así como en Oceanía, Australia y partes de Europa, Frobenius contrató pintores e ilustradores para realizar calcas, copias, dibujos a partir e inspirados en estas obras de Arte en roca.

Estos trabajos se exhibieron en Paris, Bruselas, Amsterdam y Nueva York con gran éxito y se dice que influyeron el trabajo de muchos artistas de la época.

Con sus imágenes, el mismo Frobenius creó un área cultural cuyos ecos conectaban más de treinta mil años de historia humana. Algunas de las zonas que exploró fueron destruidas durante el convulsionado siglo veinte, sin posibilidad de preservarse de otro modo, sus pinturas son su único testimonio.

Setenta de estos maravillosos trabajos están exhibidos en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, como parte de una exposición temporal que termina a finales de noviembre.

Las imágenes de Frobenius combinan el doble valor de documento histórico de un pasado inimaginable, con su valor artístico. Hay en esas siluetas humanas, en esos animales primigenios, en esas manos y pies sobrepuestos en tapices enormes llenos figuras remotas que caminan, corren y danzan, algo profundamente inquietante y conmovedor que nos conecta, más que ningún libro, piedra o reconstrucción de huesos, con lo que vio, soñó y sintió el hombre en los albores del tiempo.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 1 de noviembre del 2017

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392 – Estrenos otoñales (1)

El otoño ha sido desde hace tiempo, la temporada de lanzamientos televisivos. Y aunque Netflix ha querido romper con el calendario estrenando series cada semana, la gran mayoría de los canales abiertos y de cable en EU se siguen ateniendo a ese ciclo de vida ligado a los ciclos escolares y laborales.

Entre octubre y diciembre aparecen nuevas temporadas de series favoritas y también las nuevas propuestas. Algunas de ellas podrán volverse parte del imaginario contemporáneo y otras pasarán desapercibidas y se marchitarán en un puñado de episodios antes de su inevitable cancelación.

Uno de los lanzamientos más esperados de la temporada ha sido la enésima variante del universo Star Trek: Star Trek Discovery, que CBS anunció desde hace un año, y que ahora estrena episodios en el portal online de CBS (en México puede verse cada semana a través de Netflix).

Para los entusiastas de la flota estelar, la serie transcurre diez años después de las expediciones del Capitán Kirk y un siglo antes del Star Trek Enterprise. Los primeros capítulos exploran el surgimiento del conflicto y guerra con la civilización Klingon, un tema muy mencionado en la mitología Trekkie pero nunca abordado en forma directa.

Para esto, sus creadores, proponen un acercamiento más sintonizado con la mentalidad contemporánea que a lo que nos tiene acostumbrados la saga. Con esto me refiero a que en la concepción del protagonista, Michael Burnham (Sonequa Martin-Green, Sasha de The Walking Dead), no se utiliza el modelo icónico de Kirk y la filosofía pacifista de la flota estelar. Burnham es un antihéroe que oscila entre la lealtad a los valores de su entrenamiento y el pragmatismo del militar para quien el fin justifica los medios.

Para una serie que se produce como refuerzo de la oferta online de CBS, Discovery está bien realizada y sus efectos digitales son competentes (como pueden serlo los de The Expanse). La premisa de la caída en desgracia de Burnham, disparada en los dos primeros episodios, ya supone una partida del episodio tradicional de Star Trek donde la tripulación enfrenta algo y al final hay una suerte de reinicio emocional donde las cosas vuelven a quedar como estaban (con una buena lección moral de por medio). Acá los arcos narrativos son más complejos y se pretende una evolución psicológica de los personajes. Una propuesta prometedora en más de un sentido.

La obsesión contemporánea con los adelantos tecnológicos y las posibilidades del internet, suele traducirse mal en la pantalla chica. Casi cada año, se estrena un concepto que quiere sostenerse en el potencial ambivalente del internet y el impacto social que pueden tener los Steve Jobbs de nuestra era.

El año pasado FOX presentó APB, donde un billonario ponía su fortuna y tecnología para modernizar un distrito policial de Chicago (una suerte de versión light fallida de Robocop). Al mismo tiempo, CBS proponía Pure Genius, donde Augustus Prew (James Bell) magnate de Silicon Valley, creaba un hospital de vanguardia donde se atendieran casos imposibles y se pudiera últimamente encontrar la cura para su propio padecimiento.

Este año tenemos Wisdom of the Crowd (Sabiduría de las masas) donde Jeffrey Tanner (Jeremy Piven) otro magnate, pone su fortuna al servicio de un App/Red Social/Crowd sourcing para resolver crímenes. La hija de Tanner fue asesinada y él está convencido de que no se capturó al verdadero culpable.

Hay dos premisas detrás de esta serie. La primera, que nos es machacada cada capítulo, sostiene que grandes grupos de gente son “colectivamente” más listos que cualquier experto individual para solucionar problemas. Un concepto que surge de un libro de 2004 de James Surowiecki que abrevaba tan lejos como la Política de Aristóteles y su idea del juicio colectivo.

El ejemplo que más nos repite la serie es: si un grupo intenta adivinar el peso de un objeto, la respuesta correcta estará más cerca al promedio de las respuestas de todos, que a una de ellas en particular. Sumemos la idea del Crowfunding, que apareció con KickStarter y que propone que sea la colectividad la que respalde económicamente una propuesta, como una fuente alternativa de financiamiento. Voilá! Tenemos una masa de usuarios que resuelven crímenes.

Wisdom of the crowd se sostiene en esos tres pilares aparentemente prometedores y después se convierte en un serial policiaco más, que pretende abordar temas polémicos con una estructura previsible: la policía no tiene idea y Tanner y su grupo salvan el momento mientras teclean furiosamente en computadoras incómodas y smartphones. La serie ha recibido respuestas negativas por la manera superficial y tendenciosa como aborda temas espinosos, y aunque los primeros capítulos son entretenidos dudo que vaya a llegar muy lejos.

La sociedad contemporánea puede estar obsesionada con sus teléfonos y las posibilidades de la tecnología, pero eso no quiere decir que supongan una estructura dramática sostenible por docenas de episodios. Para este tipo de premisas existe la maravillosa Black Mirror y su exploración distópica de las obsesiones tecnológicas, pero ese es tema para otro día.

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Para El Economista Arte Ideas y Gente del jueves 26 de octubre del 2017

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391 – Asomándose al abismo

La televisión suele tener tres acercamientos hacia el tema del asesino serial. El primero representado por el enfoque del “caso de la semana” ejemplificado por series como Criminal Minds. Su premisa es un equipo de élite que resuelve en un dos por tres los casos más terribles gracias a su tecnología, habilidades deductivas y la buena suerte de sus protagonistas.

Para crear suspenso, para poner en peligro a sus héroes, este tipo de series va doblando la apuesta, con criminales más perversos, crímenes más audaces y violentos. Su idea de entretenimiento va de la mano con una vieja certeza moral televisiva: el crimen no paga y la justicia, sin importar sus costos, terminará, aunque maltrecha, atrapando al culpable.

El segundo acercamiento funciona como variación temática o como un arco narrativo de mediano o largo alcance. Es el planteamiento de buena parte de las recientemente populares series policiales escandinavas. Un asesino(s) brillantísimo que juega con la policía y al que resulta casi imposible identificar o detener. El suspenso está en el ya casi, y con él se juega hasta la inevitable resolución.

Es un esquema de apuesta casi única con doble filo, pues el fin de esa rivalidad entre héroe y villano puede terminar también con la serie. Desde Hannibal hasta The Fall, pasando por El Mentalista y su Red John, esta premisa empata la suerte de héroe y villano (a veces hasta las desdibuja) amarrando su sino de tal manera que la historia del policía se vuelve la captura del asesino.

El tercer acercamiento es de tipo documental. Corresponde a los seriales true crime que siguen casos sin resolver, detectives científicos, testimonios de víctimas, testigos y sospechosos. Invitan al público tras bambalinas a la cacería, el drama y la oscuridad de los procesos judiciales. Uno de sus ejemplos más polémicos y logrados es la serie de Netflix: Making of a Murderer, que explora la posibilidad de inocencia de un tipo encarcelado.

Quizá por ello, sea tan refrescante toparse con una propuesta como la nueva serie de Netflix: Mindhunter, basada en el libro Mind Hunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit de John E. Douglas y Mark Olshaker (cazador de mentes: dentro de la unidad élite de crimen serial del FBI).

Detrás del proyecto está Joe Penhall, dramaturgo y cineasta australiano, con experiencia en la adaptación meticulosa de El último rey de Escocia (de la que retiró su crédito) y The Road (basada en la novela de Cormack McCarthy). También fue creador de la serie Moses Jones para la BBC.

Mindhunter es producida entre otros por David Fincher. Y es Fincher quien dirige los dos primeros episodios y de alguna manera los conecta con la estética y estilo narrativo que usó en su película más lograda: Zodiac.

Quien espere alguno de los tres modelos descritos arriba se llevará una sorpresa. La serie transcurre en los años setenta y más que presentar a un equipo élite de súper policías enfrentando súper criminales, nos lleva a un momento histórico de profunda disonancia. Tenemos por un lado a un FBI post Hoover, extremadamente conservador y limitado en su filosofía y capacidad, y a un fenómeno que empieza a presentarse a todo lo largo del territorio estadounidense.

Es muy posible que lo que ahora llamamos asesino en serie, estuviera presente desde mucho antes (hay toda una línea de thrillers históricos que se soportan en esa idea remontada al famoso Jack El Destripador). Pero lo cierto es que a mediados de los setenta, cuando aparece en el imaginario nacional Charles Manson, no hay la capacidad para una respuesta organizada ni inteligente.

Fincher ya había explorado los conflictos jurisdiccionales en California en Zodiac (también basada en un libro true crime), pero acá eleva el foco al ámbito nacional.

La serie sigue a Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany), dos pioneros de la unidad de ciencias del comportamiento del FBI, cuando esta no era más que un nombre lustroso para un tipo que viajaba por el país tratando de capacitar a policías locales en cómo hacer mejor su trabajo.

Es Ford quien se interesa por entrevistar a uno de los primeros asesinos múltiples de los EU preso en California (Edmund Kemper, extraordinariamente recreado por Cameron Britton). De la curiosidad de Ford surgen preguntas que empiezan a romper la barrera entre la academia y el FBI, una institución que hasta entonces estaba más ligada al control político que la investigación.

Mindhunter es tan inquietante como perturbadora, pues recupera la primera vez que la policía intentó asomarse en la mente de los peores criminales para entender cómo piensan y por qué hacen lo que hacen.

Ford está basado en John E. Douglas y Tench en Robert K. Ressler dos de los precursores de la investigación criminal moderna, esa que ya no sólo busca atrapar al culpable y arrojar la llave, sino que trata de asomarse al abismo y entender lo que está pasando en esa mente y la sociedad.

El resultado va más allá del entretenimiento, ofreciendo una de las propuestas más inquietantes, perturbadoras e inteligentes que se han visto en televisión en los últimos años.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 18 de octubre del 2017

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390- Horror primario

Cuando un autor es tan prolífico como lo ha sido Stephen King en los cuarenta y tantos años de su carrera, y cuando su obra es considerada una de las más importantes en un género popular, no sorprende que ésta haya sido adaptada 242 veces en producciones de televisión y cine.

El sello “basada en una ___ de Stephen King”, sin embargo, fuera de la popularidad o atractivo que el nombre del rey otorga, ya no garantiza absolutamente nada. Y es que buena parte de esas 242 adaptaciones, es basura que se busca colgar de su marca para vender “horror”.

Nada más en los últimos tres meses, hemos visto desfilar tres producciones basadas en su trabajo. La primera entrega de su saga de fantasía (La Torre Oscura: El Pistolero), la serie de Netflix basada en La niebla, y la primera parte de una reinterpretación de Eso (It).

Eso ya había sido llevada a la pantalla en una dispareja y fallida miniserie de 1990, adaptada por Tommy Lee Wallace y Lawrence D. Cohen, dos veteranos del género que quisieron respetar la estructura original de la novela.

En esta, la historia transcurre en dos épocas: finales de los años cincuenta y principios de los ochenta. Capturando los horrores detrás de las míticas narrativas de “formación” de los baby boomers, a través en un grupo de niños “perdedores” que encuentra en la amistad la única manera de sobrevivir.

El club de los losers no solo debe superar las afectaciones generacionales (bullying, violencia, padres desinteresados, racismo, etc), sino también a un ente que habita la ciudad (Eso) y se manifiesta devorando a sus víctimas a través de sus mayores temores. Un ente que se lleva a los niños y ha sumido el lugar en ciclos de violencia terrible.

Tim Curry en Eso (1990)

La miniserie intentó atenerse a esa idea en un sentido literal. Y aunque contaba con un elenco aceptable y recreaba con cierta solvencia la química que unía al inusual grupo de chamacos, también buscaba asustarnos con trucos facilones, sin entender que el horror en la página lo termina de construir el lector en la mente.

Aún así, ese mal, representado por el payaso Pennywise (Tim Curry), aterrorizó a una generación de espectadores y tuvo un seguimiento de culto más ligado al guilty pleasure que a otra cosa.

La nueva versión cayó en manos de un joven director argentino, Andrés Muschietti (que protegido por Guillermo del Toro, había dirigido Mamá). Desarrollada en un principio por Cary Fukunaga (True Detective), el Eso de Muschietti divide la historia en dos partes.

La primera película se concentra en la historia de formación del club de perdedores y ubica ésta en los años ochenta. La segunda, que se estrenará el próximo año, transcurre en época actual.

Hay algo profundamente perturbador en que este deslizamiento temporal siga funcionando sin mayores modificaciones. Perturbador porque justamente la idea detrás de Eso radica en los acontecimientos históricos que se repiten, en la historia de la violencia y el horror como un ciclo interminable donde las cosas nunca se terminan de arreglar.

El que los terrores que plagaban la vida cotidiana de los baby boomers en los años cincuenta sigan siendo vigentes para la generación x, dice mucho sobre nuestra concepción de la evolución social.

La mayor diferencia entre la versión de 1990 y la actual, sin embargo, no está en el presupuesto o en los efectos especiales, está en recuperar una de las facetas más interesantes del género de horror, la alegoría social.

Este nuevo Eso es verdaderamente la encarnación de un infierno que existe en cada rincón de la ciudad, el mal trasminado a cada persona que interactúa con los protagonistas. Es una visión desencantada e inquietante de la humanidad que funciona de muchas maneras.

Primero porque logra recrear la historia entrañable de amistad y química entre el grupo.

Segundo porque se concentra en los aspectos alegóricos y simbólicos del horror y busca encontrar su propia imaginería.

Tercero, porque en un mundo donde las primeras planas son más horribles que la imaginación desbordada de los cineastas, la película consigue asustarnos de verdad, conectando, como aspiraba King en su novela, con los temores cotidianos, irracionales y primarios de cada uno de nosotros, más allá del gore, los zombis o los monstruos que suelen poblar el género.

La cinta de Muschietti recurre, por supuesto, a los arquetipos del género de horror, pero más allá de ellos, recrea una pesadilla que no sólo es un payaso espeluznante, sino su contraparte social, oculta y podrida, detrás de las fachadas idílicas de un pueblo pintoresco de EEUU. Apunta a la equivoca creencia de que que las cosas que no queremos ver no existen, y no nos conciernen, hasta que nos muerden.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 11 de octubre del 2017

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389 – Negro como la nieve

El thriller nórdico surgió en Escandinavia. Historias donde el lenguaje simple y directo, el estilo sin metáforas o contrapisas y un ambiente que contrapone la fría naturaleza con la corrupción moral detrás de las cortinas del pináculo de la sociedad del bienestar.

El estilo del policial nórdico, cuyo mayor ejemplo son las novelas de Henning Mankell y su detective Kurt Wallander, pero también la trilogía Millenium de Stieg Larsson, cobró tal popularidad en la última década, que empezaron a surgir nuevas voces en los países vecinos. En Noruega (Karin Fossum, Jø Nesbo y Anne Holt), en Dinamarca (Jussi Adler-Olsen, Sissel-Jo Gazan, Peter Høeg, ) en Suecia (Leif G.W. Persson, Johan Theorin, Camila Lackberg) y también en Islandia (Arnaldur Indriðason y Yrsa Sigurðardóttir).

El noir nórdico ha extendido su éxito a la televisión, con series como The Killing y El puente, que han merecido recreaciones estadounidenses y británicas. Lo interesante de estas últimas es que no surgen de adaptaciones literarias, sino de narrativas concebidas para el formato televisivo y el largo aliento que este permite para desarrollar un misterio y a sus protagonistas.

El país con más bajo perfil en esta nueva tradición criminal es Islandia, quizá por su propia naturaleza geográficamente aislada. El policíaco islandés ha recibido más de alguna burla socarrona, cuando se argumenta que es uno de los pocos países donde muere más gente en la ficción que en la realidad.

Hace dos años, Baltasar Kormákur, el más logrado de los directores y productores cinematográficos de Islandia (101 Reikiavik, Jar City, Everest), sacó adelante un proyecto televisivo inscrito directamente en la tradición noir nórdica.

Se trata de Atrapados (Ófærð), una serie de diez episodios que se estrenó con aclamación en 2015 en el Festival Internacional de Cine de Toronto, y pronto fue adquirida y distribuida por la BBC y docenas de televisoras en todo el mundo (en nuestro país acaba de aparecer en Netflix).

La serie transcurre en un pequeño puerto del este islandés, siete años después de la crisis económica que sacudió el mundo en 2008, y fue particularmente dura en Islandia (para mayor referencia léase la primera parte de Boomerang de Michael Lewis).

Kormákur dice que quiso hacer una mezcla de noir nórdico y Agatha Christie, pero esa descripción se queda corta. Sería más correcto decir que esta fascinante historia de gélido misterio tiene raíces en el western fronterizo y vasos comunicantes con Fargo (no tanto la película de los Cohen, sino la versión televisiva de Noah Hawley).

Atrapados inicia con un incendio. Una joven pareja que pasaba la noche en una fábrica abandonada se ve rodeada por las llamas. Siete años después de la tragedia, en medio de una terrible tormenta invernal, un cadáver mutilado es encontrado por unos pescadores. El descubrimiento coincide con la llegada de un Ferry danés y con un sospechoso trato de bienes raíces que propone la creación de un puerto comercial con capital chino, en el lugar.

Nunca en un policíaco cobró tanta relevancia el paisaje. Y esa es quizá la mayor aportación de Islandia al género. Porque en la Islandia contemporánea, que apenas se recupera de la crisis, no hay el contraste de la sociedad de bienestar con la corrupción moral, tampoco hay una preocupación xenófoba o política en su sociedad.

El misterio, más bien, transcurre en un poblado que pareciera estar al borde del mundo civilizado. En uno de esos sitios donde el ser humano y sus aspiraciones, son puestas en debida perspectiva por la naturaleza.

No hay un departamento policíaco urbano y eficaz como el que combinan suecos y daneses en El puente. Tampoco maquiavélicos supercriminales salidos de la mente febril de guionistas tratando de perturbar al espectador. Todo es aparentemente más simple. La investigación del crimen cae en manos de tres policías. El jefe Andri (Ólafur Darri Ólafsson, extraordinario), y sus dos alguaciles (por continuar con el argot del western). Uno de ellos, la inteligente y determinada Hinrika (Ilmur Kristjóndóttir) se vuelve una de nuestras favoritas.

Como buen thriller nórdico, la serie de Kormákur (que dirigió el primer y último episodios), deja que cada historia y arco narrativo encuentre su propio ritmo.En un pueblito donde no pasa nunca nada, nos topamos de pronto con una doble tormenta, la natural y la criminal: un fraude, corrupción, un asesino, la mafia lituana, un círculo de tráfico humano, maltrato doméstico, turistas demandantes, voyeuristas y una buena dosis de melodrama familiar.

Lo mejor que hizo Kormákur  fue reunir talento detrás y frente a la cámara. Destacan la cinematografía deslumbrante del veterano Bergsteinn Björgúlfsson que consigue contrastar la belleza y brutalidad de la naturaleza con la atmósfera claustrofóbica del pueblo y el banda sonora de Jóhann Jòhannsson (nominado dos veces al Oscar) que flota en nuestra mente, añadiendo dimensión a las imágenes.

Atrapados es el mayor descubrimiento televisivo de la temporada. Una segunda temporada se filma con vías a estrenarse el 2018.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 4 de octubre del 2016