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391 – Asomándose al abismo

La televisión suele tener tres acercamientos hacia el tema del asesino serial. El primero representado por el enfoque del “caso de la semana” ejemplificado por series como Criminal Minds. Su premisa es un equipo de élite que resuelve en un dos por tres los casos más terribles gracias a su tecnología, habilidades deductivas y la buena suerte de sus protagonistas.

Para crear suspenso, para poner en peligro a sus héroes, este tipo de series va doblando la apuesta, con criminales más perversos, crímenes más audaces y violentos. Su idea de entretenimiento va de la mano con una vieja certeza moral televisiva: el crimen no paga y la justicia, sin importar sus costos, terminará, aunque maltrecha, atrapando al culpable.

El segundo acercamiento funciona como variación temática o como un arco narrativo de mediano o largo alcance. Es el planteamiento de buena parte de las recientemente populares series policiales escandinavas. Un asesino(s) brillantísimo que juega con la policía y al que resulta casi imposible identificar o detener. El suspenso está en el ya casi, y con él se juega hasta la inevitable resolución.

Es un esquema de apuesta casi única con doble filo, pues el fin de esa rivalidad entre héroe y villano puede terminar también con la serie. Desde Hannibal hasta The Fall, pasando por El Mentalista y su Red John, esta premisa empata la suerte de héroe y villano (a veces hasta las desdibuja) amarrando su sino de tal manera que la historia del policía se vuelve la captura del asesino.

El tercer acercamiento es de tipo documental. Corresponde a los seriales true crime que siguen casos sin resolver, detectives científicos, testimonios de víctimas, testigos y sospechosos. Invitan al público tras bambalinas a la cacería, el drama y la oscuridad de los procesos judiciales. Uno de sus ejemplos más polémicos y logrados es la serie de Netflix: Making of a Murderer, que explora la posibilidad de inocencia de un tipo encarcelado.

Quizá por ello, sea tan refrescante toparse con una propuesta como la nueva serie de Netflix: Mindhunter, basada en el libro Mind Hunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit de John E. Douglas y Mark Olshaker (cazador de mentes: dentro de la unidad élite de crimen serial del FBI).

Detrás del proyecto está Joe Penhall, dramaturgo y cineasta australiano, con experiencia en la adaptación meticulosa de El último rey de Escocia (de la que retiró su crédito) y The Road (basada en la novela de Cormack McCarthy). También fue creador de la serie Moses Jones para la BBC.

Mindhunter es producida entre otros por David Fincher. Y es Fincher quien dirige los dos primeros episodios y de alguna manera los conecta con la estética y estilo narrativo que usó en su película más lograda: Zodiac.

Quien espere alguno de los tres modelos descritos arriba se llevará una sorpresa. La serie transcurre en los años setenta y más que presentar a un equipo élite de súper policías enfrentando súper criminales, nos lleva a un momento histórico de profunda disonancia. Tenemos por un lado a un FBI post Hoover, extremadamente conservador y limitado en su filosofía y capacidad, y a un fenómeno que empieza a presentarse a todo lo largo del territorio estadounidense.

Es muy posible que lo que ahora llamamos asesino en serie, estuviera presente desde mucho antes (hay toda una línea de thrillers históricos que se soportan en esa idea remontada al famoso Jack El Destripador). Pero lo cierto es que a mediados de los setenta, cuando aparece en el imaginario nacional Charles Manson, no hay la capacidad para una respuesta organizada ni inteligente.

Fincher ya había explorado los conflictos jurisdiccionales en California en Zodiac (también basada en un libro true crime), pero acá eleva el foco al ámbito nacional.

La serie sigue a Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany), dos pioneros de la unidad de ciencias del comportamiento del FBI, cuando esta no era más que un nombre lustroso para un tipo que viajaba por el país tratando de capacitar a policías locales en cómo hacer mejor su trabajo.

Es Ford quien se interesa por entrevistar a uno de los primeros asesinos múltiples de los EU preso en California (Edmund Kemper, extraordinariamente recreado por Cameron Britton). De la curiosidad de Ford surgen preguntas que empiezan a romper la barrera entre la academia y el FBI, una institución que hasta entonces estaba más ligada al control político que la investigación.

Mindhunter es tan inquietante como perturbadora, pues recupera la primera vez que la policía intentó asomarse en la mente de los peores criminales para entender cómo piensan y por qué hacen lo que hacen.

Ford está basado en John E. Douglas y Tench en Robert K. Ressler dos de los precursores de la investigación criminal moderna, esa que ya no sólo busca atrapar al culpable y arrojar la llave, sino que trata de asomarse al abismo y entender lo que está pasando en esa mente y la sociedad.

El resultado va más allá del entretenimiento, ofreciendo una de las propuestas más inquietantes, perturbadoras e inteligentes que se han visto en televisión en los últimos años.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 18 de octubre del 2017

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390- Horror primario

Cuando un autor es tan prolífico como lo ha sido Stephen King en los cuarenta y tantos años de su carrera, y cuando su obra es considerada una de las más importantes en un género popular, no sorprende que ésta haya sido adaptada 242 veces en producciones de televisión y cine.

El sello “basada en una ___ de Stephen King”, sin embargo, fuera de la popularidad o atractivo que el nombre del rey otorga, ya no garantiza absolutamente nada. Y es que buena parte de esas 242 adaptaciones, es basura que se busca colgar de su marca para vender “horror”.

Nada más en los últimos tres meses, hemos visto desfilar tres producciones basadas en su trabajo. La primera entrega de su saga de fantasía (La Torre Oscura: El Pistolero), la serie de Netflix basada en La niebla, y la primera parte de una reinterpretación de Eso (It).

Eso ya había sido llevada a la pantalla en una dispareja y fallida miniserie de 1990, adaptada por Tommy Lee Wallace y Lawrence D. Cohen, dos veteranos del género que quisieron respetar la estructura original de la novela.

En esta, la historia transcurre en dos épocas: finales de los años cincuenta y principios de los ochenta. Capturando los horrores detrás de las míticas narrativas de “formación” de los baby boomers, a través en un grupo de niños “perdedores” que encuentra en la amistad la única manera de sobrevivir.

El club de los losers no solo debe superar las afectaciones generacionales (bullying, violencia, padres desinteresados, racismo, etc), sino también a un ente que habita la ciudad (Eso) y se manifiesta devorando a sus víctimas a través de sus mayores temores. Un ente que se lleva a los niños y ha sumido el lugar en ciclos de violencia terrible.

Tim Curry en Eso (1990)

La miniserie intentó atenerse a esa idea en un sentido literal. Y aunque contaba con un elenco aceptable y recreaba con cierta solvencia la química que unía al inusual grupo de chamacos, también buscaba asustarnos con trucos facilones, sin entender que el horror en la página lo termina de construir el lector en la mente.

Aún así, ese mal, representado por el payaso Pennywise (Tim Curry), aterrorizó a una generación de espectadores y tuvo un seguimiento de culto más ligado al guilty pleasure que a otra cosa.

La nueva versión cayó en manos de un joven director argentino, Andrés Muschietti (que protegido por Guillermo del Toro, había dirigido Mamá). Desarrollada en un principio por Cary Fukunaga (True Detective), el Eso de Muschietti divide la historia en dos partes.

La primera película se concentra en la historia de formación del club de perdedores y ubica ésta en los años ochenta. La segunda, que se estrenará el próximo año, transcurre en época actual.

Hay algo profundamente perturbador en que este deslizamiento temporal siga funcionando sin mayores modificaciones. Perturbador porque justamente la idea detrás de Eso radica en los acontecimientos históricos que se repiten, en la historia de la violencia y el horror como un ciclo interminable donde las cosas nunca se terminan de arreglar.

El que los terrores que plagaban la vida cotidiana de los baby boomers en los años cincuenta sigan siendo vigentes para la generación x, dice mucho sobre nuestra concepción de la evolución social.

La mayor diferencia entre la versión de 1990 y la actual, sin embargo, no está en el presupuesto o en los efectos especiales, está en recuperar una de las facetas más interesantes del género de horror, la alegoría social.

Este nuevo Eso es verdaderamente la encarnación de un infierno que existe en cada rincón de la ciudad, el mal trasminado a cada persona que interactúa con los protagonistas. Es una visión desencantada e inquietante de la humanidad que funciona de muchas maneras.

Primero porque logra recrear la historia entrañable de amistad y química entre el grupo.

Segundo porque se concentra en los aspectos alegóricos y simbólicos del horror y busca encontrar su propia imaginería.

Tercero, porque en un mundo donde las primeras planas son más horribles que la imaginación desbordada de los cineastas, la película consigue asustarnos de verdad, conectando, como aspiraba King en su novela, con los temores cotidianos, irracionales y primarios de cada uno de nosotros, más allá del gore, los zombis o los monstruos que suelen poblar el género.

La cinta de Muschietti recurre, por supuesto, a los arquetipos del género de horror, pero más allá de ellos, recrea una pesadilla que no sólo es un payaso espeluznante, sino su contraparte social, oculta y podrida, detrás de las fachadas idílicas de un pueblo pintoresco de EEUU. Apunta a la equivoca creencia de que que las cosas que no queremos ver no existen, y no nos conciernen, hasta que nos muerden.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 11 de octubre del 2017

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389 – Negro como la nieve

El thriller nórdico surgió en Escandinavia. Historias donde el lenguaje simple y directo, el estilo sin metáforas o contrapisas y un ambiente que contrapone la fría naturaleza con la corrupción moral detrás de las cortinas del pináculo de la sociedad del bienestar.

El estilo del policial nórdico, cuyo mayor ejemplo son las novelas de Henning Mankell y su detective Kurt Wallander, pero también la trilogía Millenium de Stieg Larsson, cobró tal popularidad en la última década, que empezaron a surgir nuevas voces en los países vecinos. En Noruega (Karin Fossum, Jø Nesbo y Anne Holt), en Dinamarca (Jussi Adler-Olsen, Sissel-Jo Gazan, Peter Høeg, ) en Suecia (Leif G.W. Persson, Johan Theorin, Camila Lackberg) y también en Islandia (Arnaldur Indriðason y Yrsa Sigurðardóttir).

El noir nórdico ha extendido su éxito a la televisión, con series como The Killing y El puente, que han merecido recreaciones estadounidenses y británicas. Lo interesante de estas últimas es que no surgen de adaptaciones literarias, sino de narrativas concebidas para el formato televisivo y el largo aliento que este permite para desarrollar un misterio y a sus protagonistas.

El país con más bajo perfil en esta nueva tradición criminal es Islandia, quizá por su propia naturaleza geográficamente aislada. El policíaco islandés ha recibido más de alguna burla socarrona, cuando se argumenta que es uno de los pocos países donde muere más gente en la ficción que en la realidad.

Hace dos años, Baltasar Kormákur, el más logrado de los directores y productores cinematográficos de Islandia (101 Reikiavik, Jar City, Everest), sacó adelante un proyecto televisivo inscrito directamente en la tradición noir nórdica.

Se trata de Atrapados (Ófærð), una serie de diez episodios que se estrenó con aclamación en 2015 en el Festival Internacional de Cine de Toronto, y pronto fue adquirida y distribuida por la BBC y docenas de televisoras en todo el mundo (en nuestro país acaba de aparecer en Netflix).

La serie transcurre en un pequeño puerto del este islandés, siete años después de la crisis económica que sacudió el mundo en 2008, y fue particularmente dura en Islandia (para mayor referencia léase la primera parte de Boomerang de Michael Lewis).

Kormákur dice que quiso hacer una mezcla de noir nórdico y Agatha Christie, pero esa descripción se queda corta. Sería más correcto decir que esta fascinante historia de gélido misterio tiene raíces en el western fronterizo y vasos comunicantes con Fargo (no tanto la película de los Cohen, sino la versión televisiva de Noah Hawley).

Atrapados inicia con un incendio. Una joven pareja que pasaba la noche en una fábrica abandonada se ve rodeada por las llamas. Siete años después de la tragedia, en medio de una terrible tormenta invernal, un cadáver mutilado es encontrado por unos pescadores. El descubrimiento coincide con la llegada de un Ferry danés y con un sospechoso trato de bienes raíces que propone la creación de un puerto comercial con capital chino, en el lugar.

Nunca en un policíaco cobró tanta relevancia el paisaje. Y esa es quizá la mayor aportación de Islandia al género. Porque en la Islandia contemporánea, que apenas se recupera de la crisis, no hay el contraste de la sociedad de bienestar con la corrupción moral, tampoco hay una preocupación xenófoba o política en su sociedad.

El misterio, más bien, transcurre en un poblado que pareciera estar al borde del mundo civilizado. En uno de esos sitios donde el ser humano y sus aspiraciones, son puestas en debida perspectiva por la naturaleza.

No hay un departamento policíaco urbano y eficaz como el que combinan suecos y daneses en El puente. Tampoco maquiavélicos supercriminales salidos de la mente febril de guionistas tratando de perturbar al espectador. Todo es aparentemente más simple. La investigación del crimen cae en manos de tres policías. El jefe Andri (Ólafur Darri Ólafsson, extraordinario), y sus dos alguaciles (por continuar con el argot del western). Uno de ellos, la inteligente y determinada Hinrika (Ilmur Kristjóndóttir) se vuelve una de nuestras favoritas.

Como buen thriller nórdico, la serie de Kormákur (que dirigió el primer y último episodios), deja que cada historia y arco narrativo encuentre su propio ritmo.En un pueblito donde no pasa nunca nada, nos topamos de pronto con una doble tormenta, la natural y la criminal: un fraude, corrupción, un asesino, la mafia lituana, un círculo de tráfico humano, maltrato doméstico, turistas demandantes, voyeuristas y una buena dosis de melodrama familiar.

Lo mejor que hizo Kormákur  fue reunir talento detrás y frente a la cámara. Destacan la cinematografía deslumbrante del veterano Bergsteinn Björgúlfsson que consigue contrastar la belleza y brutalidad de la naturaleza con la atmósfera claustrofóbica del pueblo y el banda sonora de Jóhann Jòhannsson (nominado dos veces al Oscar) que flota en nuestra mente, añadiendo dimensión a las imágenes.

Atrapados es el mayor descubrimiento televisivo de la temporada. Una segunda temporada se filma con vías a estrenarse el 2018.

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 4 de octubre del 2016

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388 – Cómo comunicamos en tiempos de crisis

Dice el lugar común de todas las citas sobre crisis, que en chino la palabra crisis significa oportunidad. Esto lo dijo John F. Kennedy y de ahí pasó al vox populi de la charla de autoayuda y con el advenimiento de las redes sociales, a los memes, tuits y posts de Facebook.

Es tan repetido que se da como verdad absoluta. Implícito que los chinos tienen una gran sabiduría ancestral (después de todo inventaron la pólvora) y saben que no hay mal que por bien no venga y todos los momentos difíciles son semillero para un mejor porvenir.

Foto EFE

El problema es que la palabra crisis no significa “oportunidad” en chino. Crisis en mandarín, está definida por wei-chi. Wei significa peligro y Chi, muchas cosas, entre ellas “momento”. Por lo que Wei-chi no es “oportunidad para sacar provecho al peligro” sino “momento de peligro”.

La aclaración se la debo a una interesante entrada que Manuel Delgado escribió en su blog hace algunos años. Haciendo a un lado el dudoso optimismo con que se prefiere barnizar el momento difícil para transitarlo de mejor ánimo, una crisis sigue siendo eso: un momento de peligro.

Es claro que una coyuntura en que parte del país y de nuestra ciudad más grande son afectadas por un sismo brutal, mientras otras apenas toman aire, entre un huracán y otro, encaja perfectamente en la definición de momento crítico.

¿Y cómo reaccionamos los mexicanos en momentos de crisis?

Reaccionamos de muchas maneras. Algunos, muchos, ayudan en forma física, económica y moral. Nuestra parte solidaria, muchas veces dormida en el letargo y la apatía cotidiana, toma el control y se pone al servicio de los demás.

En otros se despierta aquello de la “oportunidad” como una situación a la que sacar provecho:  momento ideal para saquear, hacerse pasar por inspector o rescatista y estafar al ingenuo que espera le dictaminen la grieta del baño.

Los mexicanos sacamos lo mejor en los momentos difíciles, y nos enorgullecemos de ello repitiendo que si así

fuera todos los días seríamos el mejor país del mundo. La angustia conecta con el heroísmo y las emociones nos desbordan. Nos volvemos el país de Supercan, o el Paw Patrol (para buscar una referencia más contemporánea) donde no hay mayor símbolo del altruismo que esos nobles animales que se cuelan entre ruinas buscando sobrevivientes.

Y también sacamos lo peor, los chismes, las denuncias, los reclamos y el provecho político. Los partidos políticos vestidos de falso altruismo para ser los primeros en generosamente donar el dinero que los mexicanos les dimos, como si fuera el mayor acto de grandeza.

El PRI que lleva dentro un chip del oportunismo orgullosamente hecho en México, anuncia que está dispuesto a que se done el 100% de los recursos destinados a las campañas. Sabedor que tiene disponible la alcancía opaca de los gobiernos estatales para sacar ventaja a sus rivales en la elección del próximo año.

Algunos repiten noticias positivas en redes sociales, sean estas verdad o no, mientras otros repiten negativas, verdad o no. Se dispersan manifiestos e instructivos para manejar la información de manera responsable: desde verificar la fuente, confirmar la información, dudar de lo que se dice, y actualizar la información cuando esta no puede ser verificada o se prueba errónea.

Y no obstante el esfuerzo, las emociones son más fuertes que la mirada crítica. ¿Quién puede tener una mirada crítica con los ojos llenos de lágrimas?

Se pide ayuda a sitios que no la necesitan, se dispersan acusaciones, rescates ficticios al igual que tragedias ficticias, memes burlones y acusaciones de mala leche por resentimiento o revanchismo. El dedo va más rápido a compartir y retuitear que al teclado a buscar confirmación. Es más fácil reenviar “por si las moscas” que asegurarse de que el mensaje que enviamos es correcto. Especialmente cuando queremos compulsivamente conectar con los demás.

La gran Frida

En los momentos de crisis la mirada se pone sobre los sucesos con mayor interés y escrutinio, y sin embargo somos los primeros en ahogarnos en el ruido provocado por la repetición incesante de información/desinformación/emoción/preocupación/orgullo/tristeza. Un ruido que impide la visibilidad como el polvo que se levanta de un derrumbe.

Hace unos días, alguien ponía en twitter que disculparan el “hate” (odio) pero que no quería ver fotografías de comida o cómo se la pasa bien la gente en sus vacaciones. En una red social donde uno elige qué es lo que ve, demandaba sólo se le informara de aquello que tuviera que ver con su propia visión de túnel emocional: “Estoy pasando un mal momento y no quiero saber nada de gente que lo está pasando bien en el resto del mundo”.

Una ausencia notable en esos manuales para manejar responsablemente la información, está en la mirada crítica. Y la mirada crítica, no se malentienda, no significa buscarle tres pies al perro rescatista y mirar el mundo con ojos entrecerrados y escépticos. Significa ver cada pieza de comunicación que recibimos y preguntarnos: ¿Quién dice esto? ¿Por qué dice esto? ¿Para qué me lo está diciendo? ¿Hay alguna agenda detrás de esa información? ¿A quién ayuda que yo comparta esto?

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Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 27 de septiembre del 2017

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487 – Las falsas certezas

Por Mara Fernanda que nunca se mereció eso

 

Vamos por la vida llenos de falsas certezas. Creencias de todo tipo, desde las creadas por la ignorancia, los prejuicios o la mala información, hasta aquellas formadas con el cuidadoso trabajo de toda la vida. Esas que se van construyendo desde la infancia a partir de los dogmas de fe y los debieran ser.

Por ejemplo, creemos que porque tenemos smartphone e internet flotando en una nube invisible a nuestro alrededor, nos hemos vuelto un país moderno.

Creemos que la tecnología construye un campo de fuerza invisible a nuestro alrededor, que si algo está respaldado en un App al alcance de nuestra mano, entonces está a salvo de la interferencia nociva o incompetente de la gente que lo creó y lo opera.

Creemos que porque evitamos subirnos a un taxi con placas piratas y asientos mugrosos, y nuestro pago lo hace PayPal y nuestro trayecto va trazándose en un mapa virtual de Google, vamos seguros.

Creemos que porque tenemos ciertos derechos, que porque la ley, los derechos humanos y la lógica más elemental los definen así, la vida debe doblar sus aristas y adaptarse a nuestras definiciones.

Creemos que porque no nos pasó a nosotros ayer, ni hoy, ni la semana pasada, no nos va a pasar mañana y no está pasando en nuestra ciudad, país y mundo.

Quizá todas estas creencias se soportan en la más elemental necesidad de sanidad mental, o en una construcción de falso optimismo, pretendiendo maquillar la realidad con algo que no es.

Lo cierto es que los smartphones y el internet no hacen que México sea moderno. La tecnología es una herramienta muy eficaz pero no nos protege contra los males del mundo. Los vehículos conducidos por extraños siguen siendo eso, y la certidumbre de que el chofer que nos va a tocar esta tarde, o noche es un tipo decente que se quiere ganar unos pesos extra, no merece llamarse tal.

La igualdad escrita en papel sólo está ahí, cuando las autoridades, los medios y centenares de cabezas siguen funcionando con los dobles estándares del prejuicio.

Creemos que porque no tiene nada de malo salir, divertirse, beber, andar en vehículos públicos en la madrugada, que porque no hay nada condenable en una sociedad libre e igualitaria para quien sólo quiere pasarla bien, entonces la realidad estará de acuerdo con nosotros, y dejará de ser peligrosa.

Hoy hay docenas que declaran que borrarán un App de una red de transporte privado porque uno de sus choferes presuntamente cometió un crimen terrible.

Otros declaran que lo harán porque el incompetente encargado de comunicación social de la empresa hizo una declaración ridícula donde lamenta “el fallecimiento” de una chica que fue asesinada, posiblemente por uno de sus choferes afiliados.

Otros condenan a todas las apps, a la tecnología, a las redes de conductores, a las falsas certezas del smartphone, argumentando que México no sirve para eso, que este país es caso aparte, que es especial, que aquí no funcionan los remedios tejidos en software. Que en este país bronco lo que sirve es hacerle la parada a un Tsuru amarillo estacionado en la esquina o regresarse caminando en la oscuridad encomendándonos a la virgen de Guadalupe. Que el problema es tenerle fe a sistemas extranjeros.

Hay más preguntas que respuestas todavía en el caso que sacudió la ciudad de Puebla (y a buena parte de México) hace unos días. No sabemos cómo fue, por qué fue, qué es lo que realmente pasó.

Desconfiamos de la autoridad que investiga pero exigimos que ésta encuentre culpables y dé explicaciones satisfactorias y contundentes que nos garanticen que esto no volverá a suceder, que no nos sucederá a nosotros, aunque sospechamos que terminarán no satisfaciendo a nadie.

Y después la culpamos a ella. A la víctima. La que se lo buscó.

Elegimos culpar a las víctimas porque creemos ingenuamente así le damos sentido al mundo y alejamos el dolor de nuestra puerta.

Si la víctima es culpable por ser mujer, y bonita, e ir vestida de tal manera, por divertirse en centros nocturnos, por viajar en vehículos con muchachos alcoholizados, por tomar un Cabify a altas horas de la noche, entonces podemos creernos que estamos a salvo.

Y la verdad es que no lo estamos. Ni siquiera quienes viven dentro de sus definiciones particulares de prudencia. No están a salvo las mujeres por ser mujeres, ni las bonitas ni las feas, ni los hombres por ser hombres, ni los periodistas por llevar credencial, pluma y libreta. No están a salvo los niños, ni los ancianos, los que no salen de noche y los que se la viven en la calle. No están a salvo los que se doblan por corrupción pero tampoco los que pretenden llevar una vida honesta. No están a salvo los que piensan que nunca les va a pasar ni los que viven ahogados en el temor.

Construir un país donde estaremos a salvo, donde la tecnología mejore vidas, donde cada quién pueda ejercer en plenitud su libertad y aspiración de felicidad es una tarea que nos corresponde a todos, no nada más a las autoridades o a los empresarios. Y un primer paso está en empezar a aceptar cómo están las cosas, tomar responsabilidad de lo que podemos cambiar en nuestro entorno, y, sobre todo, quitarnos la muleta de culpar a las víctimas de lo malo que les sucede.

Es más fácil vivir con falsas certezas, pero eso no las vuelve menos falsas.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 20 de septiembre del 2017

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386 – El Hay Festival a manera de oasis

Foto © Ricardo García Mainou

Recién termina (y con gran éxito) la segunda edición del Hay Festival en Querétaro. El Festival literario más prolífico del planeta, tiene cinco eventos en el segundo semestre del año. Empezando con el de Querétaro, después en Segovia (España), Aarhus (Dinamarca), Arequipa (Perú) y el Reino Unido. El próximo año, inician con Cartagena (Colombia) y su festival en Gales en Hay-On-Wire entre mayo y junio.

El festival es una celebración de la literatura en todas sus facetas, desde la periodística hasta la poesía. Por sus salas de eventos desfilaron dramaturgos, novelistas, cuentistas, poetas, cronistas, editores, libreros, músicos, guionistas cinematográficos y miles de lectores. Cuatro días empacados de eventos donde se antoja dejara a la suerte el decidir a qué asistir.

La apuesta cultural es doblemente interesante porque no va aparejada por su contraparte comercial. No es un encuentro celebrado en el marco de una Feria del Libro o un encuentro para negociar derechos de autor y vender ejemplares a granel. Es la oportunidad para ver de cerca, conocer y posiblemente hasta charlar con autores cuya presencia es insólita en esta geografía.

Chrisophe Galfard y María Teresa Ruiz discuten el origen del Universo Foto ©Ricardo García Mainou

El programa incluyó a doctores en astronomía (Chrisophe Galfard y María Teresa Ruiz), a un pianista celebrado (James Rhodes), un rockero poeta (Joselo Rangel), nuestro más famoso escritor de libretos cinematográficos (Guillermo Arriaga), al presidente de The New York Times (Mark Thompson), y una docena de novelistas de primera línea encabezados por Hanif Kureishi (Reino Unido), Héctor Abad Faciolince (Colombia), César Aira (Argentina), Lionel Shriver (EEUU), Paolo Giordano (Italia), José Gordon (México), por apurar algunos nombres entre otros.

Mis dos eventos favoritos: la discusión entre Arriaga, Kureishi, Shriver y Ángeles González-Sinde sobre cine y literatura, adaptaciones cinematográficas y (también) sobre las virtudes de la nueva era dorada de la televisión.

Durante la charla surgen pasiones particulares como aquello de que en español minimizamos al escritor de cine llamándolo guionista, cuando en inglés es screenplayer (Arriaga opina que sí, y lo comparto). Para Kureishi, el escritor es el verdadero autor y no el director de la película: “Odiaba que me presentaran como el guionista de Stephen Frears, yo les respondía ‘más bien él es mi director’”.

Paco Haghenbeck charla en Hay Joven  Foto ©Ricardo García Mainou

Se menciona de refilón la era dorada de la televisión. “No importa quién dirige, es el paraíso de los escritores”, dice Kureishi. Consenso respecto a la televisión como el medio ideal para llevar una novela a la pantalla. “En catorce horas, sí puedes contarlo todo”. Shriver que describió antes el frustrante proceso de adaptación de novelas como decidir “para qué te alcanza”; se preocupa si logrará profundizar en sus personajes literarios como lo está haciendo la buena televisión.

Segundo evento favorito: la charla lúcida y apasionante entre John Lee Anderson (periodista legendario y columnista en The New Yorker) y Mark Thompson (presidente de The New York Times y ex director de la BBC) a propósito del libro del segundo.

En inglés, el libro se llama Enough said ( Más cercano a “Se ha dicho suficiente” que a Sin palabras como lo titula DEBATE). Thompson se inspiró en la crisis de confianza entre el público y la clase política en el mundo occidental. Una desconfianza detonada por el manejo cínico y manipulado de la información durante la guerra con Irak y la crisis financiera de 2008.

El argumento de Thompson es que la crisis surge de la manera en que ha cambiado el lenguaje público en los últimos años. Y es una situación que para Thompson es desesperada, puesto que la democracia misma depende de un diálogo público, de una discusión de propuestas, de escuchar al otro y entender que su postura puede ser tan válida como la tuya.

John Lee Thompson charla con Mark Thompson – Foto ©Ricardo García Mainou

El lenguaje público desde las frases populares y reduccionistas de Sarah Palin hasta los tuits de Trump ha cambiado (y radicalizado) por completo el debate. “Ha llegado un punto en que los políticos sienten que tienen que hacer declaraciones cada vez más disparatadas y promesas incumplibles para conectar con el público”.

Para Thompson, es indispensable volver a la enseñanza de la retórica, puesto que es a través de ella que entendemos cómo expresar nuestras ideas, cómo persuadir y como argumentar a su favor y en contra de otras posturas. La situación actual refleja un mundo donde las palabras y el discurso han perdido fuerza y lo que quedan son aspavientos, poses y mucho cinismo.

¿Quién organiza festivales literarios en países donde “nadie lee”? Lo hace un grupo de gente que considera que la validación comercial y la idea de ir en sintonía con lo puramente económico y pragmático no basta para una vida satisfactoria y plena. Que entiende que el núcleo de la misma idea de civilización necesita nutrirse del arte y la creación para poder existir sin autodestruirse.

Asistir al Hay es como sumergirse en una dimensión paralela donde las ideas y el arte son más importantes que las trivialidades cotidianas, donde el lenguaje recobra su valor no sólo como vía de escape de la realidad, sino como la mejor manera para definirla, entenderla y ultimadamente modificarla.

Dio gusto ver este año, salas repletas, boletos agotados, y largas filas de lectores esperando la oportunidad para una firma, foto o simplemente agradecer al autor favorito. Esperemos que el gobierno de Querétaro siga apostando por la cultura y el Hay Festival continúe el próximo año, sumando uno o dos días a los cuatro en ese remanso de las ideas y la civilización.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del jueves 14 de septiembre del 2017

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385 – Superhéroes incompetentes

Cuando el proceso creativo empieza, corremos riesgos, y transgredimos las reglas. Entonces conseguimos el éxito, y este genera expectativas y estas dinero y compromisos. El creador que se la creyó, buscará replicar el éxito inicial. ¿Cuánto tiempo pasa hasta que empieza a pintar por números?

Decía Laurence J. Peter que todo aquel que tiene éxito en su puesto tenderá a ascender hasta llegar a una posición que no domina. Encuentra su nivel de incompetencia y se estanca. El “Principio de Peter” se volvió una visión pesimista y satírica para explicar por qué las cosas salen mal en las organizaciones.

Es posible que Marvel no haya llegado aún a ese punto (pero se avecina). Sin embargo, Netflix, su contraparte de los superhéroes para público “maduro”, lo encontró este año.

El canal que revolucionó la televisión por la idea de recetarse una temporada en un fin de semana, se comprometió a estrenar seis series ligadas de Marvel en dos años.

Empezó con Daredevil, una saga oscura y violenta donde el héroe pasaba la mitad del tiempo miserable, alcoholizado, herido, sangrando y cuestionando su propia vocación. La línea frágil entre el vigilante y el héroe, la pintó Batman y de ahí se colgaron docenas de otras propuestas entre el bonachón Spiderman y el desquiciado Punisher.

Daredevil  es Matt Murdock, un abogado ciego que había desarrollado sus demás sentidos gracias a su contacto con una sustancia radioactiva (origen preferido de los héroes del establo Lee, Kirby y Evans). Murdock, además, busca vengar la muerte de su padre (otro paradigma favorito del origin story).

La primera temporada de Daredevil es aceptable y evita por milímetros el gran problema de la historia de superhéroes moderna, los villanos más interesantes que el protagonista.

Después vino Jessica Jones, propuesta arriesgada que provenía de un universo “adjunto” de Marvel, segunda división de superhéroes para grupos minoritarios. Jones es una detective alcohólica con super fuerza. Tiene el origen estándar de Marvel: de visita Disney World con su padre, su vehículo colisiona con un convoy militar que lleva material radioactivo, queda huérfana, pero poderosa.

En los cómics de Marvel, todos los títulos se entrecruzaban de tal manera que Jones se enamoraba de Peter Parker, recibía terapia de Jane Grey de los X-Men, formaba parte de los jóvenes Avengers y después le plantaba cara a Iron Man para no firmar el acta de súperhumanos.

Digo todo esto, para explicar por qué, con la división de los derechos de autor de las sagas de Marvel, muchos de estos personajes quedaron más que huérfanos narrativos. Spiderman está en manos de Sony, los mutantes X-Men en Fox. Los Avengers sólo se usan en el cine por Disney/Marvel, por lo que los héroes restantes deben ajustar su mitología a nuevas versiones sin infringir copyrights.

Jessica Jones es una verdadera joya, sostenida en el carisma de Krysten Ritter, pero también en su villano, el seductor y perturbador Kilgrave (David Tennant, magnífico), y nos prepara mal: elevando nuestras expectativas, para la llegada del resto de sus futuros compañeros de los Defenders.

Luke Cage es una repetitiva y aburrida saga de venganzas entre intercambiables pandillas de matones con estética Van Peebles. Es el héroe que Marvel le dedica a la diversidad (junto a Black Panther). Conocemos a Cage (Mike Colter) como un misterioso personaje en Jessica Jones, pero todo su carisma se diluye cuando se vuelve el conflictuado antihéroe de la sudadera, protegiendo Harlem de los narcos.

La segunda entrega de Daredevil introduce a Punisher y “La Mano”. Una temporada agotadora de balaceras en azoteas, antros, hospitales y comandancias de policía. Golpes y tortura y bodegas llenas de cargamentos ilegales completan el derrumbe.

Faltaba Iron Fist, el guiño de Marvel a Bruce Lee y las artes marciales. Enemigo jurado de “La Mano” y guerrero místico criado en un monasterio en una dimensión paralela. Fist conjura su chi en un puño amarillo que acaba con quien se le para enfrente.

Para Fist, Netflix busca a Finn Jones, recién salido de Juego de Tronos, y lo pone en una trama de intriga corporativa, romance apurado, violencia extrema, personalidades inestables y exabruptos melodramáticos. Iron Fist es lo peor de Marvel en TV (hasta ahora).

El hilo conductor de estas series es Claire (Rosario Dawson), una entrometida e irritante enfermera que se las arregla para tropezarse con cada uno de estos héroes de barrio (excepto Jones) e influir su desarrollo.

Sin darnos un respiro, lo nuevo de la sociedad Marvel/Netflix es The Defenders, un ensamble de sus héroes de barrio para enfrentar una amenaza criminal. A quien quiera verla sin recetarse sus interminables predecesoras, le recomiendo Jessica Jones y brincarse el resto.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 6 de septiembre del 2017

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384 – Llover sobre mojado

Algunas cosas ya las sabíamos: Harvey iba a golpear la costa de Texas y el golpe iba a afectar a Houston. Era difícil predecir su intensidad: cuánta lluvia caería y en qué forma arribaría a la costa (categoría de huracán o tormenta tropical).

Hoy, con las fotos de las terribles inundaciones, con la quinta ciudad de los EEUU atrapada por el agua: las carreteras de acceso (y salida) y el aeropuerto sumergidas. Con 6.7 millones de habitantes atrapados por días en el centro de un huracán, los medios nacionales empiezan a cuestionar por qué no fue evacuada la ciudad.

El viernes pasado, el gobernador republicano de Texas, Gregg Abbott, anunció que “aún si no hay orden obligatoria de evacuar, si vives entre Corpus Cristi y Houston te aconsejo evacuar antes de que tengan que ir a rescatarte”.

El alcalde demócrata de Houston, Sylvester Turner, contradijo al gobernador: “Francamente, dejar tu casa e ir por la calle te pone en mayor peligro”. El jefe de la oficina de seguridad y administración de emergencias de la ciudad, Francisco Sánchez, inició una campaña en Twitter a partir del lema: “Los funcionarios locales saben más”, instando a la gente a quedarse en sus casas y no evacuar. Esa campaña fue respaldada por Ed Emmett, respetado juez local. Hay razones para ambas posturas, y no son necesariamente políticas.

En 2005, cuando el huracán Rita iba a golpear Houston, apenas días después de la destrucción que dejó Katrina en Nueva Orleans, se generó pánico en la zona. Tres millones de personas intentaron salir de la ciudad. El caos vial provocó 139 muertos, 73 de los cuales sucedieron antes de que llegara el huracán. Al final Rita no golpeó como se predecía y llegó en forma de una tormenta bastante manejable. Pero las carreteras y autopistas de Houston eran un escenario de película apocalíptica: bloqueadas, con gente asustada dispuesta a todo para “salvarse”.

Evidentemente las autoridades locales no querían que se repitiera ese escenario. Evacuar una ciudad de ese tamaño requiere consideraciones mayores. Planeación de contingencias y modelos matemáticos intentando responder un sinnúmero de variables: ¿Cuánta gente mover? ¿A dónde? ¿Se quedarán con familiares o en hospedajes en la ruta? ¿Se requerirán campos de refugiados? ¿Se deben mover antes de que llegué el huracán o hasta después de saber con qué intensidad llegará?

Por más modelos matemáticos y análisis científicos, el clima, y la forma en que puede impactar una urbe moderna, sigue siendo básicamente “un volado”. La apuesta por evacuaciones verticales (pasarse al segundo piso o la azotea), puede funcionar en ciertas zonas, pero es limitada y poco óptima. Sumemos la variable de los efectos de la mala planeación urbana, la deforestación, las presas y reservas acuíferas y lo que sucede cuando éstas llegan a tope; o peor aún: la manera en que la gente reacciona cuando tiene miedo.

Por los próximos años, flotarán acusaciones entre funcionarios y políticos, correrán hipótesis e investigaciones. ¿Actuaron correctamente Turner y Sanchez? ¿Hizo bien el gobernador en meter su cuchara y apelar directamente a la población?

Al día de hoy se reportan 8 muertos, 2,000 personas han sido rescatadas, 30 mil perderán sus hogares (las cifras finales serán mucho peores).

Las evacuaciones parciales han sido pocas y realizadas en forma tardía. La lluvia continuará unos días más (se espera un metro más de agua), y las presas y reservas se han empezado a vaciar, dejando fluir el agua hasta zonas habitacionales.

Las presas Barker y Addicks, han protegido a la ciudad de inundaciones por casi setenta años. La mañana de hoy martes, ambas presas se desbordaron por primera vez en su historia, dejando caer miles de metros cúbicos de agua por segundo en los barrios que las rodean.

El mayor temor es que las presas se rompan. De acuerdo a los ingenieros del ejército estadounidense, según un reporte de Daily Beast, las dos presas son de las seis más peligrosas del país, y si se llegaran a fracturar, sería absolutamente devastador. Para prevenir el desastre, el cuerpo de ingenieros ha ido soltando agua hacia una ciudad ya inundada.

Las implicaciones detrás de las contradicciones entre autoridades en medios y redes sociales, de cara al desastre, tendrán que ser estudiadas con detenimiento. Es evidente que los planes de contingencia requieren establecer también estrategias de comunicación social sólidas.

Mientras el país se debate observando a un presidente poner en riesgo el equilibrio global con sus tuits ocurrentes, no sorprende que a nivel local, se repita el fenómeno.

El propio Sánchez, que inició la campaña “Los funcionarios locales saben más”, reconoció más tarde que quizá hubiera sido buena idea empezar a evacuar ciertas zonas. Pero para entonces, ya no había (o hay) manera de sacar a la gente de la ciudad.

Queda otra reflexión para los meses venideros: si los seres humanos pretendemos vivir en zonas metropolitanas cada vez más grandes, y las autoridades elegidas no toman estrategias ambientales para prevenir el impacto de los cambios climáticos de mediano y largo plazo…¿de quién es la responsabilidad de los futuros desastres? En más de un sentido, la humanidad sigue viviendo, como en épocas antiguas, a merced de la furia de los dioses.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 30 de agosto del 2017

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383 – La libertad según Han Kang

 

Entre los contados autores coreanos que se traducen de este lado del océano pacífico, ninguno ha causado mayor impacto en los últimos años que Han Kang. Kang nació en Gwangju en 1970 y es probablemente la narradora joven más reconocida de Corea del Sur. Tiene diez libros publicados entre narrativa y poesía, y ha ganado los premios literarios más importantes de su país.

Su novela La vegetariana fue editada en 2015 en inglés. Suma de la colaboración de una traductora premiada (Deborah Smith), con un repentino interés internacional por la literatura coreana que ha llevado a la traducción y publicación de muchos de sus autores. En nuestro idioma, apareció este año, bajo el sello español RATA.

La vegetariana es en realidad un híbrido genérico. En Corea se editó como tres novelas breves independientes, con nexos en común: La vegetariana, La mancha mongólica y Los árboles en llamas. Sin embargo, puede ser perfectamente leída como una novela narrada en tres partes. En un principio, el libro fue categorizado como extremo y bizarro en Corea, pero pronto fue ganando estatus de culto. La mancha mongólica ganó el premio literario Yi Sang en 2005. Afortunado pues fue precisamente una línea de la poeta Sang la que inspiró a la autora.

“Creo que los seres humanos deberían ser plantas”, escribió Sang, que reflexionaba sobre la violencia del imperialismo japonés que tuvo sometido a Corea durante la primera mitad del siglo veinte. La frase flotó en la mente de Kang desde su etapa universitaria.

La autora ha mencionado que su generación fue la primera con libertad de explorar el interior de los personajes sin presión para hacer pronunciamientos políticos. Lo paradójico es que en su narrativa, Kang, justamente encuentre, en esa exploración, la puerta para esos pronunciamientos, sean manifestaciones metafóricas o directas contra la violencia, a favor de la libertad del cuerpo, o para exhibir la imposibilidad de la inocencia en la cultura contemporánea.

La vegetariana cuenta la historia de Yeong-hye. La primera parte, es narrada por su marido, un funcionario mediocre de una empresa coreana. Para él, Yeong-hye es una mujer poco llamativa e interesante, poco más que parte del mobiliario de su domicilio conyugal. La aparente estabilidad de su vida sin aspiraciones, viene a sacudirse cuando Yeong-hye decide volverse vegetariana y vaciar el refrigerador de todo tipo de carne. Su única explicación es “tuve un sueño”. En la sociedad machista coreana, la posición de Yeong-hye es inaceptable, y pronto será claro el impacto que tiene en su familia, incluidos su iracundo y tradicionalista padre y su hermana In-hye.

Kang se vale del vegetarianismo y después de la anorexia, para simbolizar la liberación del cuerpo de Yeong-hye y por lo tanto de su espíritu, tanto de la violencia cotidiana como de los moldes brutales que construye la sociedad. Es una postura simbólica frente a un tema que le interesa, la contraposición entre la crueldad y la inocencia en los seres humanos.

La segunda parte de la novela, retoma la historia desde la perspectiva del marido de In-hye, un videoartista también sumido en la mediocridad y secretamente obsesionado con una marca de nacimiento en el cuerpo de su cuñada Yeong-hye.

La parte final, encuentra la primera voz femenina, en In-hye, que mira el deterioro de su hermana y la catástrofe que ha impactado a su familia entera con sentimientos encontrados que oscilan entre el repudio y la admiración secreta, por esos sueños, vagos y presumiblemente violentos, que han, dentro de todo, llevado a su hermana a abrazar la liberación de la crueldad, y de alguna manera de los valores y expectativas que han dado forma a la vida de In-hye.

La historia es paradójica y perturbadora, y aunque sólo conocemos a Yeong-hye por cómo la ven los demás, con breves interjecciones líricas que se refieren principalmente a la violencia inefable y nunca específica de su sueño, queda claro que en ello no hay nada gratuito. Yeong-hye fue definida mucho tiempo atrás por los demás, y sólo en su rebeldía radical, empieza a encontrarse a sí misma.

Primero la vemos desde el desprecio de su marido, después desde la admiración obsesiva fisiológica de su cuñado y finalmente a través de la mirada compasiva y desesperada de su hermana. El arco narrativo es difícil de transitar para el lector, no por la dificultad de la prosa (que no hay tal), sino por la manera en que nos sacude, seamos coreanos o no, y nos obliga a encontrar los posibles ecos en nuestras propias vidas.

En la narrativa de Kang, funcionan ambas lecturas, la literal, directa y brutal, y la simbólica, que invita a una exploración de los prejuicios sociales y psicológicos de su sociedad y nuestra época. No me atrevo a decir si lo consigue, pero sin duda es un libro que no olvidaré en mucho tiempo.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 23 de agosto del 2017

 

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382 – Lavando ajeno

Puede ser pura coincidencia, pero de alguna manera el anuncio de la OFAC que vinculaba a uno de nuestros mejores futbolistas y al “envidiado” Julión, con redes de lavado de dinero, llega días después de que Netflix estrenara Ozark, una nueva serie con Jason Bateman, sobre el lavado de dinero de cárteles mexicanos.

Bateman es Marty Byrde, experto financiero, cuya firma de inversión en Chicago, decide aceptar la tentadora propuesta de “Del” (Esai Morales). Al inicio de la serie, Byrde está en crisis: Del acaba de descubrir que alguien en su firma le está robando dinero, y su mujer Wendy (Laura Linney) lo engaña.

Bateman nunca me convenció como comediante, pero en su retrato, contenidamente angustiado de Byrde, hay muy poco de humor y mucha habilidad para matizar el carisma del vendedor de buenos futuros con la tensión de quién sostiene su mundo con alfileres.

El lavado de dinero es parte del zeitgeist, tanto como el narcotráfico, toda vez que el primero constituye la interfaz del dinero sucio y la economía formal. En ese sentido, Ozark resulta ilustrativa del fenómeno que ha circulado la prensa mexicana desde que las cuentas de Márquez y compañía fueron congeladas.

El piloto de la serie es apenas el detonador de una trama que surge de una ocurrencia desesperada de Byrde: lavará millones de dólares en efectivo en un poblado semirural en los Ozarks de Missouri. Una región montañosa, con enormes lagos y represas, que comprende los estados de Missouri, Arkansas y Oklahoma. Parte del cinturón bíblico estadounidense, y una de las zonas marginales, social y políticamente, del país. Una región que se desarrolló por la minería y que por sus bellezas naturales, se ha ido volviendo remanso del turismo deportivo, acuático y de aventura forestal (acampar, pesca, cacería).

Contra reloj, y con la vida de los suyos de por medio, Byrde debe encontrar la manera de cumplir su promesa al cártel. La serie es casi didáctica en cómo Byrde busca dónde colocar el dinero y circularlo. Quizá sirva para entender más allá de lo teórico los diagramas que abundan en la prensa mexicana, y que fuera de vincular nombres de celebridades, sus negocios y fundaciones con otros de dudosa reputación, poco hacen para explicar realmente cómo funciona una operación así en el día a día.

Ozark expone cómo la red va extendiendo su alcance de la familia hacia los habitantes de la localidad. La situación, la tensión doméstica y las traiciones, van haciendo mella en cada miembro de la familia, e infectando (valga la analogía) a aquellos con los que se vinculan en la comunidad. Es la llegada del progreso con sus dos caras, bienestar material y paulatina corrupción moral.

La serie no está exenta de conectar con ciertas fórmulas. La más evidente, en el desquiciado agente del FBI, Roy Petty (Jason Butler Harner) que se hace pasar por pescador para atrapar a los Byrde. Hay en la personalidad de Petty, ecos del perturbado agente antiprohibición Van Alden (Michael Shannon) de Boardwalk Empire.

Lo más destacable de Ozark, y es una serie que vale muchísimo la pena, es su elenco. No sólo Bateman que encuentra en Byrde el mejor papel de su carrera, sino en la maravillosa Linney, capaz de conjurar un permanente amasijo de emociones encontradas: vulnerabilidad, fortaleza, ternura y crueldad. La consistencia se extiende al resto del elenco, desde Ruth (Julia Garner) y Rachel (Jordana Spiro); hasta veteranos que suelen flotar al borde de la sobreactuación como Peter Mullan, o el mismo Morales (nunca más convincente).

Notas marginales: El lavado de dinero es un fenómeno complejo que no responde a las ideas que solemos barajar en cuanto a justicia, moral y legalidad. El caso de Marquez y compañía ha sido, con pocas excepciones, penosamente reportado por los medios: desde desgarrarse vestiduras por el pundonor del futbolista en la cancha, condenas, burlas y erradas menciones a la “ley patriota”. Reportes que se limitan a lo que dicen y declaran unos y otros. Poca o nula investigación.

En la procuración de justicia en EEUU, por lavado de dinero, basta evidencia circunstancial para elaborar una acusación. En el citado caso, las autoridades invocaron el Kingpin Act, una ley del año 2000 construida como modelo por las sanciones que aplicó la OFAC a los cárteles colombianos en 1997.

La ley fue diseñada para bloquear el acceso a las redes financieras estadounidenses por parte de narcotraficantes, sus negocios y operaciones. Esto lo realizan congelando los activos de los sujetos investigados y dejando que sean ellos quienes prueben la procedencia de los fondos (o sea su inocencia).

Las sanciones van desde multas millonarias hasta prisión. Esta designación empezó apuntando a narcotraficantes conocidos y a sus money men desde Tanzania hasta Sudamérica pasando por México. El círculo de sanciones se ha expandido con el tiempo de sus “blancos” tradicionales hasta sus facilitadores, incluyendo a instituciones financieras (bancos y aseguradoras).

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de agosto del 2017