Una de las avenidas más transitadas de la ciencia-ficción son los escenarios distópicos. Solía pensarse, quizá gracias a las simplificaciones de George Lucas, que la ciencia-ficción era reducto para robots, naves espaciales y toda clase de adelantos tecnológicos. Que los mayores retos de esas vidas futuristas serían los que invocaría esa misma tecnología. Sean los retos morales de la robótica consciente que tanto trabajó Asimov, o los problemas intrínsecos a los viajes en el tiempo, desde encontrase a uno mismo hasta las posibilidades de alterar o no la historia (centro del más reciente y espléndido trabajo de Stephen King en 22/11/63).
Pero la distopía es otra cosa, es una proyección mutada de nuestra sociedad al futuro. Suelen ser escenarios oscuros y hostiles donde, a elección del autor, ciertos fenómenos se magnifican y donde el caos resultante de la propia condición humana se cuela saboteando cualquier alcance científico, con los mismos dilemas existenciales que nos han atormentado a lo largo de los siglos.
Es en este último reducto donde se inscribe La chica mecánica (Plaza y Janés 2012, 537pp $369.00) de Paolo Bacigalupi, quinta novela de un escritor que se volvió, de la noche a la mañana, una las voces de culto de su generación (aunque si nos ponemos muy técnicos, hay quien la etiqueta como la novela biopunk por excelencia). Lo cierto, es que La chica mecánica (The windup girl) fue ganando todos los premios relevantes (y prestigiados): el Hugo, el Nébula, el Locus, el John W. Campbell Memorial Award. Editada originalmente en una pequeña editorial de San Francisco, se coló a las listas de lo mejor publicado en EEUU en 2009.
La historia se ubica en el siglo 22, en el Reino de Tailandia, uno de los pocos sitios que han sobrevivido a una suerte de apocalipsis, gracias a las guerras biológicas y energéticas entre distintas empresas que además de controlar la producción mundial de alimentos genéticamente modificados con licencias restringidas; han llevado una guerra comercial sucia entre sí, enviando plagas que después de mutar, han destruido plantas, alimentos, animales y países enteros. No hay energía, ni comida, y lo que solíamos conocer como naturaleza se ha vuelto una trampa mortal.
Bacigalupi crea una novela multidimensional con docenas de personajes, en una realidad confusa, exótica y perturbadora. Por un lado está Anderson Lake, hombre de confianza de AgriGen y espía comercial que administra una planta de fabricación de artilugios que almacenan energía cinética combinando muelles mecánicos y algas biológicamente modificadas. Otro personaje fundamental es el anciano Hock Seng, ex magnate chino que se ha refugiado en Tailandia cuando su raza fue cazada y perseguida en Malasia. Es el gerente de Lake, y tiene la agenda oculta de robarle la tecnología buscando recuperar sus antiguos privilegios. Finalmente, Emiko, un neoser o chica mecánica, especie de androide/juguete sexual, importada por un comerciante japonés y luego abandonada en Bangkok, donde termina sobreviviendo dando espectáculos eróticos en un bar de mala muerte.
Los neoseres son lo más despreciado por los fundamentalistas Camisas Blancas, especie de policía biológica y comercial del reino, dispuesta a lo que sea para que las plagas no corran por las calles abarrotadas de sus ciudades. Una institución reverenciada y temida, que poco a poco ha caído en decadencia, teniendo que enfrentar las intrigas políticas a las que obliga una posible apertura comercial.
Suena complejo, y lo es. Bacigalupi se toma su tiempo en armar el escenario y el entramado dramático de sus personajes. Al principio cuesta un poco armar esta realidad donde buena parte de lo que hoy conocemos está extinto, y sólo los animales más utilitarios y modificados han sobrevivido. El lector se obliga a redefinir su interpretación de este mundo sorpresivamente vivo, rico y lleno de sus propios reductos de misterio, injusticia, pobreza, política y ambición. El escenario, por fortuna, nunca se le va de las manos a Bacigalupi, y cuando finalmente estamos inmersos, vale mucho la pena.
Es una de las novelas de ciencia-ficción, o de cualquier género, más estimulantes con las que me he topado en los últimos años, igualmente horrenda y bella, que conmovedora y brutal. Muy recomendable, y respondiendo a la pregunta obvia: no. No esperes la película, que seguramente nunca se hará o haría bien, ésta historia hay que vivirla en la página escrita.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, arte ideas y gente del martes 21 de agosto del 2012