La lectura de El cuarto oscuro de Damocles (Tusquets, 383 pp. $299) de Willem Frederik Hermans, nos provoca, por momentos, una sensación muy parecida a la que conseguía Albert Camus en El Extranjero. Hermans fue uno de los autores más importantes de la narrativa holandesa del siglo veinte, y aunque escribió la novela en 1958, fue editada en español apenas este año, como parte del redescubrimiento de su obra.
En la novela de Camus, escrita doce años antes, el protagonista nunca consigue vincularse con la realidad. El mundo le resulta indiferente, y su comportamiento frente al crimen que ha cometido y su posterior acusación, siempre es el de un espectador que mira desde fuera. Es incapaz de participar ni siquiera en su propia defensa.
El libro de Hermans, por otro lado, narra las aventuras de Henri Osewoudt, un ser muy extraño. El primer recuerdo de Henri, es que algo horriblemente espantoso le pasó a su padre y que su madre tuvo que ver. La señora Osewoudt es internada en un hospital, y Henri, sin enterarse bien qué sucedió, pasa a la tutela de su tío Bart, una suerte de liberal de cajón siempre orgulloso de su falta de prejuicios. Bart lleva al pequeño Henri hasta su casa, y se hace de la vista gorda, mientras Henri es seducido por su fea prima Ria.
Henri, cuyo aspecto hace pensar que nunca pasó por la pubertad, es rechazado a buenas y primeras por la gente, como el Jean-Baptiste Grenouille de El Perfume de Süskind. Salvo que en su caso, es por su aspecto aniñado. Un desprecio que Henri secretamente comparte, se distancia de si mismo, resignado a una vida infeliz con la dominante Ria, primero, y bajo los nazis que han invadido Holanda, después.
Una tarde, mientras atiende su negocio, Henri es visitado por Dorbeck, un tipo curiosamente idéntico a él, pero en quien Henri encuentra una versión mejorada de sí mismo. Dorbeck le encarga a Henri misiones en la resistencia contra los nazis. Misiones que Henri lleva a cabo con eficiencia pavorosa.
Cuando cumple una misión, Henri es otro, capaz de las mayores atrocidades sin pensarlo dos veces. En estos episodios Hermans se muestra un narrador muy inteligente, capaz de mantenernos cerca de su personaje, pero lejos de sus acciones. Mientras Henri se parece más a Dorbeck, más confianza en sí mismo tiene, y pronto se ve envuelto en una telaraña de actividades clandestinas donde su falta de brújula moral será terreno fértil.
La novela de pronto se convierte en una suerte de comedia de enredos con un sentido del humor un tanto macabro. Aunque poco a poco vamos descubriendo que los enredos forman en parte de una maquinaria implacable que va envolviendo a Henri página tras página.
Es evidente que para Hermans, la guerra es la época más propicia para la ambigüedad moral, y que ésta, como la sobrevalorada verdad, se construye a través de la frágil y maleable percepción humana. Es en este aspecto donde El cuarto oscuro de Damocles resulta más perturbadora. Cuando descubrimos que hemos caído en la misma falta de credibilidad que rodea a Henri, que somos testigos tan poco confiables de la historia de Osewoudt como el propio protagonista.
Es posible que nos hayan tendido una trampa, pero ya para entonces la novela nos ha encerrado en su lógica cruel, y no tenemos escapatoria.
Para El Economista, martes 9 de noviembre del 2011
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