Juan Gabriel Vásquez se ha ido perfilando como uno de los autores colombianos más importantes de su generación. Si uno lee los elogios que recibió su novela previa Los informantes, y después se topa con que su más reciente trabajo recibió el premio Alfaguara, podrá pensar que se trata de una de las nuevas voces (imprescindibles) de su país.
De hecho el primer capítulo de El ruido de las cosas al caer (Alfaguara) es uno de los mejores inicios entre las ganadoras de este premio en la última década. El narrador y protagonista de la novela, Antonio Yammara es un profesor universitario que disfruta pasar tiempo en los billares. Ahí conoce a Ricardo Laverde, un tipo maltratado por la vida, con el que simpatiza un poco. Se hacen apenas amigos, cuando la vida de Yammara se complica: su novia está embarazada. Yammara sigue frecuentando a Laverde, y se va obsesionando un poco con él. Entonces Laverde es asesinado y Yammara herido; y el capítulo termina dejándonos en vilo con todo el estilo de un buen thriller.
Pero Vásquez no quiere escribir un thriller, quiere escribir una suerte de mirada oblicua, analogía sobre los sucesos que cambiaron Colombia con el ascenso y caída de los grandes cárteles de la droga. Para lograr esto, Yammara se obsesiona con Laverde y con explorar su pasado, su trágica historia de amor, y sus intentos por salir adelante como piloto para los narcos.
La novela está llena de imágenes de caídas, varias son aéreas, otras son las profundas desilusiones de sus personajes, la más interesante es la de Pablo Escobar, retratada en una inquietante y vertiginosa visita a los restos de su casa y desolado zoológico. La vida de Laverde fue marcada por estas caídas, y entre ellas está también la suerte de su nación durante ese túnel trágico.
El problema es que la propia novela sufre una caída similar. No es una caída en la prosa de Vásquez que por lo demás es competente; caen el arco dramático, la verosimilitud narrativa, y por consiguiente el interés del lector.
Para reconstruir la historia de Laverde, Yammara se involucra de manera poco convincente: consigue una grabación de la caja negra de un avión, entra forzadamente en contacto con la hija de Laverde, lee cartas y diarios, y en palabras de Vásquez, deja el resto a la imaginación. El recurso es un tanto tramposo, porque la historia que va reconstruyendo abunda en detalles y situaciones que escapan de las posibilidades de su narrador y sus fuentes.
Vásquez requiere que su personaje se convierta en una suerte de detective noir obsesionado y autodestructivo, capaz de poner su propia vida en vilo para descubrir una verdad que resulta siendo…bueno, seré claro: aburrida. Cuando nos deja de interesar Yammara, menos nos interesan sus obsesiones, sus desvaríos y las historias que se inventa, imagina o descubre.
Hay que decir que en el último tercio del libro, Vásquez, casi se sale con la suya a fuerza de oficio. Sin embargo, ya es demasiado tarde: se aprecia su ambición para proyectar a Colombia detrás de esta pequeña y hasta poquito trillada historia de amor y eso es quizá lo que mejor funciona; es en los detalles y arco dramático de la trama principal donde fracasa.
El ruido de las cosas al caer termina sumándose a una ya larga tradición de novelas premiadas por Alfaguara, capaces de amarrar segmentos de mercado y firmar autores prometedores, pero que terminan decepcionando. El premio se ha entregado trece veces, y sólo en cinco casos, a la altura de las expectativas.
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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 21 de septiembre del 2011
