98 – Soluciones fáciles

La otra noche, como no tenía mucho que hacer, me puse a limpiar las grabaciones del Sky+, labor que conviene realizar con relativa frecuencia para evitar que el disco duro se congestione de capítulos repetidos de Criminal Minds o Final de partida.

El caso es que me topé con la entrevista/charla que hicieron en Es la hora de opinar a Ernesto Cordero a propósito de un folleto que escribió sobre su idea de país. Una suerte de plataforma electoral light, que el precandidato panista pone sobre la mesa para tratar de agendar los temas que le interesan.

A los lectores que súbitamente han perdido todo interés en este texto, les prevengo que no pretendo ahondar en el perfil de Cordero o en las razones por las que llevaba un saco arrugado con hombreras gigantes y una pulserita negra con dijes en la mano derecha. Ya lo sabrán sus asesores de imagen.

El tema que me interesa tiene que ver con un fenómeno bastante común en el lenguaje de nuestros políticos. Y con “nuestros” no me refiero a que los tengamos cerca del corazón o sean de nuestra propiedad, sino simplemente a los políticos que tenemos en México y lamentablemente nos “representan” en el gobierno.

Cordero, como el señor de la casa Peña Nieto, el amoroso AMLO, el decidido Creel y la nunca evasiva Vásquez Mota, suelen ser lo suficientemente competentes como para identificar los problemas que arrastra el país. De hecho, el taxista de la esquina, el vendedor de jugos a la salida del metro Balderas y cualquier peatón no nini que entrevistemos al estilo de 100 mexicanos dijeron, sería perfectamente capaz de identificar la mayoría de los problemas de México.

Es un lugar común de la crítica a los políticos el decir que sólo prometen y  nunca cumplen. Esa es, de hecho, la base de la tontería esa de firmar los compromisos ante notario que inició el exgobernador del Estado de México para demostrar que hablaba en serio y prepararnos para sus comerciales de mangas arremangadas y rostro fatigado (pero satisfecho) de tanto trabajo.

Sin embargo, si nos detenemos a escuchar, veremos que ya no suelen caer tanto en promesas desmesuradas. Lo suyo son ahora las soluciones fáciles.

Ejemplo clásico: La solución al problema económico del país, para que haya un crecimiento sostenido de la economía es: crear más empleos.

La idea detrás de la frase es que nos quedemos con las palabras solución, crecimiento y empleo. Poco importa que no haya solución ahí, que el crecimiento sólo se desea con el alma y que el crear más empleos sea otro problema, complejo por sí mismo.

Otro ejemplo: La solución para PEMEX es la inversión privada y para ello se debe reformar la constitución.

Ajá. Una de las bellezas más irónicas del sistema operativo PRI 10.0 es que aunque haya habido alternancia federal desde hace doce años; esta sigue operando bajo las reglas que dejó el PRI en sus siete décadas de gobierno, y para modificar estas no basta con que un precandidato, candidato o presidente lo digan con convicción. Requiere que el Congreso lo haga, y ahí mis estimados lectores es donde todo se va al garete y queda expuesta la infalibilidad retorcida del PRI.

En el sistema actual, da exactamente lo mismo si el presidente tiene en mente una reforma laboral, fiscal, educativa, sexual, moral, de salud, etcétera. Primero deberá pasar por el Congreso y sus juegos de intereses partidistas, y de ahí no sale una buena idea viva.

Las soluciones a últimas fechas son casi oxímoros de antología. Casi como decir que la solución a la pobreza es la riqueza.

Se proponen cosas como solucionar el problema educativo del país con una educación de calidad, moderna y laica. Subrayemos la palabra laica, porque es la manera sutil del precandidato de demostrarnos que pretende, no obstante la cruz de ceniza marcada en la frente y el medallón de la virgencita de Guadalupe en el pecho, tener a la madre iglesia detrás de la raya.

Si todas las soluciones a los problemas del país fueran así, qué maravilla. ¿El hambre? se soluciona con comida rica y nutritiva. ¿La inseguridad? con calles pacíficas sin criminales, haciendo valer el estado de derecho y acabando con la impunidad.

Ningún político se quiere meter en problemas explicando por qué es tan complicado encontrar una solución a los problemas del país. Ninguno quiere dar el salto entre el la retórica fácil y la política pública. En corto: no dicen cómo, y cuando parece que lo hacen, salen con soluciones que parecen tareas de preescolar.

No basta con que los suspirantes presidenciables suelan hablar como si fueran destapados de la maquinaria priista de antaño. Como si tuvieran el verdadero poder de hacer cambios a su antojo y criterio. Vamos, ni Obama consiguió una carta blanca así, a pesar de que ese fuera el “mandato” de su elección.

Pueden llegar a ganar, pero no consiguen vender ni a sus partidarios, ni al electorado, ni mucho menos a los ciudadanos lejos de las urnas, la necesidad de respaldar sus propuestas. Primero porque sus propuestas realmente no son tales, segundo porque el electorado no suele entender o interesarse por los jueguitos perversos del poder. Ellos votan y “ya cumplieron”.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte, ideas y gente del miércoles 4 de enero del 2012