Me topo un anuncio en el periódico. Es una invitación al segundo foro sobre comunicación del cambio climático (antes “calentamiento global”), que se celebrará esta semana en la ciudad de México.
El anuncio incluye algunas preguntas que serán respondidas en el foro, por ejemplo: “cómo lograr que el desafío del cambio climático sea entendido por el mayor número de personas en el menor tiempo posible.”
O mejor aún: “Cómo incidir en la conciencia de las masas para que ese conocimiento se transforme en comportamientos más ‘verdes’ ”.
Todavía más rica: “Cómo concientizar sobre las amenazas del cambio climático para hacer el mundo un mejor lugar para las generaciones futuras”.
De alguna manera, estas tres preguntas, resumen el paradigma no sólo del llamado cambio climático, sino el de todos aquellos que suscriben el mismo, incluida la urgencia por difundir su mensaje.
Lo advierto: voy a ser políticamente incorrecto. Empecemos por las implicaciones de las preguntas anteriores:
-Es importante (vital) difundir esta información al mayor número posible de personas en el menor tiempo posible. No sólo se trata del mensaje sino de la velocidad de difusión. De la urgencia.
-Es posible valerse de los medios de comunicación para crear consciencia en las masas. Hay, por lo tanto, una conciencia colectiva que merece y necesita la atención mediática.
-Es posible convertir al típico tira-bolsas-de-papas-en-la-vía-pública en un ser consciente y verde, a través de un mensaje mediático científico claro y conciso.
-El cambio climático es un desafío para nuestra sociedad en el que es posible incidir tomando comportamientos más verdes.
-La concientización sobre una amenaza nace un futuro mejor para todos.
Es evidente que en esas tres preguntas, como en muchos de los planteamientos del discurso del cambio climático, se desborda ingenuidad.
Aclaro: no quiero decir aquí que el planeta esté para ensuciarlo y que vivan el Ecoloco y sus secuaces, las petroleras y convoquemos a todos a salir mañana a quemar llantas.
Las reflexiones más serias que he leído sobre el tema, las hace Martín Caparrós, en su libro Contra el cambio: un híperviaje al apocalipsis climático (Anagrama). Caparrós hace una crónica de sus viajes por todo el planeta; desde las sociedades más prósperas, hasta las más pobres. Entrevistando a la gente, analizando los puntos fundacionales del neodiscurso ecologista, como una especie de dogma de fe que se vende como científico. En el libro, expone el grosero mercado negro de créditos de carbono, las paradójicas verdades de los pactos de Kioto cuando se ponen frente a la digestión de los millones de rumiantes que el hombre ha criado sobre la tierra; y muchas tesituras más, que suelen eludir el debate en las mejores sobremesas.
Es un libro inteligente que hace las preguntas adecuadas.
Las preguntas que acompañan al foro podrán ser bien intencionadas, pero no dejan de traslucir una visión fundamentalista, no sólo de su mensaje (como una verdad absoluta que necesita ser difundida pero de ya!), como de su visión súper ingenua del poder mediático y su capacidad de persuadir o cambiar conductas humanas.
Más aún, contribuye a esa fatal ilusión de que ser más verde hará una diferencia en el planeta que heredaremos a nuestros hijos. La letra pequeña de estos discursos maniqueos, no suele apuntar que es muy poco, si no nulo, el impacto que tiene la cultura humana actual para incidir en forma significativa (y positiva) en la atmósfera del mundo (y no hablo en sentido figurado).
Peor aún, se abstiene de comentar cómo la ciencia del clima todavía está en pañales, y suele asumir más de lo que puede probar. Si la ciencia es incapaz de predecir los efectos que tiene una vitamina o un puñado de hierbas orgánicas en el complejo sistema fisiológico del cuerpo humano; extrapolemos la ignorancia colectiva a la salud del planeta.
No basta que los partidos políticos verdes se hayan dedicado con empeño a desacreditar no sólo al ecologismo y a la palabra, sino hasta al color verde. No dedicaré el resto del texto a exhibir la incongruencia mayúscula de los tucanes que promueven la pena de muerte; dejémoslo ahí.
No cabe duda que detrás de todos estos movimientos hay una necesidad profunda de sentirse importante, de trascendencia personal, de pensar que plantando arbolitos y reciclando el agua de lluvia, seremos capaces de incidir en el futuro inmediato, poner nuestro “granito de arena” en la causa más importante de todas: la vida de nuestro mundo azul (se vale limpiarse alguna lágrima).
Si algo reveló el fallecido Michael Crichton con su postura contestataria frente al supuesto consenso de la comunidad científica a propósito (entonces) del calentamiento global, fue demostrar la profunda ignorancia que invade no sólo el centro pleno de muchos de estos movimientos, sino la misma idea de lo verde.
Crichton dedicaba un apéndice de su novela Estado de miedo, a resolver dilemas aparentemente transparentes para el ecologista empírico: qué contamina menos: bolsas de papel o de plástico (respuesta: las de plástico), qué contamina menos ¿los pañales de tela o los desechables? (respuesta: los desechables).
Lo que Crichton olvidaba, y descubrió oportunamente Caparrós, es que tenemos una necesidad insoslayable de encontrar culpables para lo que nos sucede, y qué mejor, que transformar ese sacrificio primigenio a los dioses, en, por ejemplo: paneles solares para generar nuestra propia electricidad sin ayuda divina (sea esta del Olimpo o la CFE).
Resulta impensable enfrentarse a un tsunami y no martirizarnos: los culpables de esa ola asesina somos todos los seres humanos, especialmente los tira-bolsas-de-papitas amantes de sus autos, las envolturas de celofán y los botes PET para las botellas de agua.
Debe haber algo reconfortante en sentirnos los causantes de las arbitrariedades del clima. De arrebatarle a los dioses de antaño el poder generador de tormentas y decirnos que es cuestión de difundir el mensaje, unir las manos, plantar un árbol, compostear y mirar al horizonte con la conciencia bien limpia, lista para hacer lo correcto y ponerle el curita climático a nuestro planeta herido.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 23 de noviembre del 2011
