86 – Futureando (II)

La semana pasada retomaba las observaciones del futurólogo George Friedman sobre la relación entre México y Estados Unidos para la próxima década, parte de su libro The next decade (Doubleday).

Friedman empezaba haciendo un diagnóstico sobre los dos principales problemas que México generaba para los EU: la migración ilegal y el narcotráfico; y lo hacía desde un ángulo inusual. Primero, señalando sin pudor, que ambos problemas eran causados enteramente por la demanda estadounidense del servicio de los primeros y el producto de los segundos. Después explorando ambos problemas desde el ángulo mexicano y el estadounidense.

En México, el tráfico ilegal de drogas supone, según su estimación, una utilidad anual tres veces superior a la producida por todas las exportaciones legales; lo que lo lleva a una conclusión pavorosa: el gobierno de México terminará siempre simulando acabar con el problema del narco, para después irremediablemente fallar, y aceptar (con alivio) el flujo de esos 36 mil millones de dólares que dejan las drogas, inyectando su dosis de liquidez en su (nuestro) sistema financiero.

Después, Friedman establece conceptos elementales y aborda las estrategias que los Estados Unidos pudieran tomar frente a la problemática mexicana.

El primer concepto es que la economía estadounidense está demasiado integrada con la mexicana como para que pudiera interrumpirse el comercio legal. Por lo que seguirá existiendo un elevado tráfico de camiones y mercancía entre los dos países.

De ahí a que por más bardas y controles que se quieran establecer, continuarán incólumes tanto el tráfico de personas como el de drogas a través de una frontera intrínsecamente porosa.

Friedman señala que sería mucho más fácil detener la migración ilegal que las drogas. Particularmente si se implementara una suerte de credencial de identidad nacional estadounidense con medidas de seguridad suficientes y casi infalsificables: indispensable para obtener empleo, y con un sistema similar de verificación y control al usado en las tarjetas de débito.

Al mismo tiempo, apunta que un método así sería casi impracticable, dado que la misma gente opuesta a la migración es la que suele desconfiar del gobierno federal; y nunca aceptaría una credencial que pudiera eventualmente utilizarse como medida de control financiero, de movimientos y hasta de fraude impositivo.

Más aún, un paso así nunca se tomaría porque el segmento de la población estadounidense que se beneficia de contratar trabajadores ilegales con salarios bajos es mayor y con más influencia que el segmento ofendido por ello.

Así, de igual manera que sugería para México, Friedman dice que el gobierno de los EU hará todo lo posible por aparentar que busca detener el flujo de trabajadores ilegales, mientras se asegura (también) de fallar: esta ha sido la estrategia por años, sumando tensión entre los intereses económicos de corto plazo y los políticos de largo plazo.

Frente a las drogas, la situación es similar para Friedman. La solución simple aparentaría ser la legalización. Si se legalizara la droga, y se inundara el país con narcóticos, el precio callejero de la droga caería y la economía del narcotráfico colapsaría, inclusive la violencia a lo largo de la frontera. También disminuiría la violencia callejera en los EU entre pandillas, dealers y adictos.

El problema es que podría existir un aumento desconocido en el consumo de droga y en el número de usuarios, dice. Los usuarios actuales, sin la restricción del precio, podrían darse vuelo, y aquellos que no usan drogas por ser ilegales, podrían atreverse a consumir una vez estuvieran permitidas.

Peor aún, el Presidente, e incluso el Congreso, deberían calcular los beneficios de parar el flujo de dinero (ilegal) hacia México y limitar la violencia frente al probable aumento del consumo interno; y de alguna manera transparentar que no tendrían conflicto con esta última parte. Friedman asegura que no hay coalición o partido político en los EU en la actualidad que se atreva a tomar esa posición.

Sin solución mágica en el apetito nacional por los narcóticos, el Presidente deberá aceptar que estos seguirán llegando a los EU, que el dinero seguirá fluyendo hacia México, y que la violencia seguirá hasta que los cárteles encuentren el balance ideal, como ha sucedido en otros países, hasta que un grupo se vuelve dominante.

Si la única otra estrategia posible fuera la intervención del FBI o el ejército en el norte de México, sería la peor idea posible, dice Friedman. Primero porque fracasaría. Si los EU son incapaces de perseguir el narcotráfico en casa, menos en un país ajeno. En cuanto a lo militar, lo último que necesitaría el país sería una guerra en su frontera.

La prioridad máxima del gobierno debería ser, asegurarse que la violencia y la corrupción en el norte de México no crucen la frontera. Y por lo tanto asignar gran cantidad de recursos a minimizar la violencia fronteriza, aunque como estrategia tenga muchos defectos. Entre ellos librar una guerra donde detrás de la franja fronteriza hay un santuario, mala idea desde Vietnam.

Friedman asegura que la estrategia estadounidense seguirá siendo inherentemente deshonesta. No le interesa realmente parar la inmigración, y no espera detener las drogas; pero no puede asumir estas posturas en su discurso oficial; que seguirá siendo beligerante y comprometido a metas, que ya saben imposibles. Sus agencias caerán recurrentemente en desgracia, se identificarán fallas en el sistema, y se investigará todo para mantener la ilusión de actividad, pero el proyecto no puede prosperar.

twitter @rgarciamainou

 

Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 12 de octubre del 2011