Desde la antigüedad, los líderes políticos y religiosos, requerían valerse de futurólogos para anticipar estrategias, políticas, posibles problemas, invasiones, etc. Ya fuera en bola de cristal o mediante un cuidadoso análisis, jugar a futurear es una actividad inevitable de los seres humanos.
Se empieza a hablar de futurismo en el siglo diecinueve, donde se va constituyendo esta suerte de ciencia que pretende valerse del método científico para estudiar el futuro con ánimo de influir en él. Aunque no se considera parte del futurismo el valerse de la proyección ficticia (conocida después como ciencia-ficción), o las variantes adivinatorias (astrología, cartomancia, sueños premonitorios, etc.); hay quienes no dejan de ver con escepticismo este tipo de análisis, categorizándolo como simple especulación.
Uno de los primeros autores populares del futurismo fue Alvin Toffler, que en 1970 escribió con gran éxito El shock del futuro, seguido por La tercera ola y un puñado más de best-sellers que pretendían analizar y proyectar tendencias culturales, financieras y políticas de una época para identificar futuras tendencias, zonas de oportunidad y potenciales peligros.
El futurismo no perdió fuerza, y después fue abordado por politólogos como Francis Fukuyama, y maestros de ciencias políticas como George Friedman.
El primer vistazo de Friedman al mañana lo titula The next 100 years (los próximos cien años), y el más reciente The next decade (La próxima década), editado en 2011 en EU por Doubleday.
Friedman pasó de profesor universitario a consultor de conflictos para el gobierno estadounidense, y desde 1996 formó una compañía llamada Stratfor, dedicada a la inteligencia y los pronósticos políticos.
The next decade es un análisis de las opciones y políticas estadounidenses con recomendaciones específicas al futuro proyectadas desde la historia y las situaciones actuales. En el capítulo Un hemisferio seguro aborda el tema de México y su relación con los EU, con notas por demás interesantes.
Friedman parte de los conflictos históricos entre los países. Inicia con una reflexión curiosa: si en 1800 nos hubiéramos preguntado cuál de los dos países tenía posibilidades de convertirse en una potencia doscientos años en el futuro, la mayoría de los analistas hubiera dicho que México, que estaba más desarrollado y con una cultura más sofisticada. Sin embargo, las guerras del diecinueve, la derrota de Santa Ana, los territorios apropiados y comprados, y la nueva frontera, cambiaron todo.
Para Friedman, los EU enfrentan dos problemas principales con México: El tráfico de drogas, y la inmigración ilegal de trabajadores. Y ambos, destaca, son provocados por el hambre estadounidense por sus productos y servicios. Sin la demanda no serían problema.
Distingue la migración mexicana como muy distinta a la que se dio durante el siglo veinte desde Europa o algunas partes de Asia. Los inmigrantes que vienen de lejos tienden a integrarse culturalmente con el llamado american way of life; mientras que los mexicanos, por su cercanía y movilidad, asumimos una postura transitoria y más bien llevamos nuestra cultura e idiosincracia a donde vamos.
No sólo los países son cercanos, sino que además los mexicanos que cruzan la frontera suelen llegar a territorios que eran suyos años atrás, y que están llenos no sólo de su gente, sino también de su idioma. Creando, básicamente, dos fronteras: la legal y la cultural.
De ahí surge una de las principales ansiedades de algunos estadounidenses: verse rebasados por la migración ilegal al punto de empezar a vivir culturalmente en México, pero dentro de su propio país. Los más extremistas temen que ese sea el principio de un futuro reclamo de los territorios robados, un temor que puede ser exagerado pero no deja de tener sustento racional.
Friedman dice que la ironía radica en que la economía estadounidense necesita esos trabajadores de bajos salarios. Que la única razón por la que la gente migra buscando empleo es porque lo puede obtener, y le es redituable más allá de los riesgos del viaje.
Desacredita el argumento que dice que nuestros trabajadores le roban empleos a los estadounidenses “legales”, como falaz. A la fuerza de trabajo estadounidense no le interesan esos empleos y salarios. Ni siquiera el país tiene el crecimiento poblacional para soportar su demanda, que seguirá aumentando en los próximos años.
Sumado a este conflicto fronterizo está el apetito estadounidense por los narcóticos: heroína, cocaína y mariguana. Al ser las drogas ilegales, están fuera de las leyes tradicionales del mercado. El riesgo legal de su comercialización acaba con la competencia efectiva, permitiendo el surgimiento de monopolios violentos regionales.
La ilegalidad significa que mover la mercancía unos kilómetros tenga un impacto mayúsculo en su precio. Friedman trabaja números: los narcóticos tienen una utilidad del 90% frente al precio de venta. Eso significa que los 40 mil millones de dólares que supone la exportación ilegal mexicana de drogas al año, genera para el narco utilidades por 36 mil millones. El triple de efectivo que las exportaciones legales de México a los EU que suman 13 mil millones.
Aún si fuera el 80% de margen, y moviéramos los números como sea, la utilidad no deja de ser sustancial. Según Friedman, ese dinero ingresa en el sistema financiero mexicano, aumentando la liquidez del país. A México no le conviene tratar de detener el narcotráfico, sentencia, a pesar de la violencia en puntos localizados del país: el dinero nos beneficia más. Para Friedman, el acercamiento racional del gobierno mexicano será la simulación. Pretender detener el narcotráfico, pero siempre fallar. Cumplir con la demanda estadounidense y que siga fluyendo el dinero.
La próxima semana retomaré el tema, apuntando las polémicas recomendaciones políticas y estratégicas que según Friedman, deben abordar los estadounidenses en la próxima década.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte, ideas y gente, miércoles 5 de octubre del 2011
