84 – La televisión global y otras falacias (I)

La noche de los Emmys, como otras entregas de premios a eso que llamamos cultura popular, puede servir como un catálogo anticipado de la televisión que no vimos, ni hemos visto, pero deberíamos o quisiéramos ver.

Lo más probable es que ese deseo se quede así. Particularmente los programas que no se exhiben en México ni venden como recopilaciones en DVD, como The Colbert Report, o el siempre ganador John Stewart, que alguna vez pasó, en su floja edición internacional, en Sony.

A diferencia de las entregas del Oscar y los Grammys, la entrega de premios de la televisión suele mostrarnos material que nunca estará a nuestro alcance como espectadores, y no nos solemos percatar de ello.

Sería casi imposible pensar que una cinta nominada al Oscar, no fuera programada en cartelera durante el siguiente año, en alguna parte del resto del mundo. Aún las más oscuras menciones, suelen aparecer en los estantes de DVD en nuestro videoclub o tienda favorita.

Los Grammys, y la posibilidad de acceder música en internet, universalizan aún más, esta idea. Es casi imposible, que una de las canciones nominadas a álbum o grabación del año (o cualquiera de sus a veces absurdas categorías), no haya pasado por la radio, iTunes, o por el iPod de alguien conocido.

En más de un aspecto, el cine como la música, se han convertido en productos casi universales, donde la limitación de regiones y fechas de lanzamiento, apenas atempera el hecho de que todos podremos escuchar y ver lo mismo durante el siguiente año. Razón por las que muchos alzan el puño maldiciendo el imperialismo cultural yanqui, o alguna tontería semejante, mientras la cultura global se cuela por el resto de sus vidas.

Ahora, tanto el cine como la música son productos que nacen con la etiqueta comercial puesta, mientras que con la televisión no es del todo así. El cine y la música se venden directamente al espectador, la televisión suele venderse a una cadena que vende publicidad y la regala al espectador. Eso cambia completamente el paradigma de sus contenidos.

Uno podría pensar que con la televisión satelital, y todo ese tema de miles de canales y miles de programas, uno tendría, ya sea a través de estos servicios o sus contrapartes más económicas en cable o mediante sus triple y cuádruple plays, acceso a todos los programas disponibles.

Permítaseme rectificar y matizar la palabra todos del párrafo anterior. Porque hablar de todos los programas sería una imposibilidad, y un despropósito. Pensemos que cada país tiene sus productos locales, que algunos son retransmitibles, y muchos más son desechables, ya sea por su transitoriedad (evento deportivo, chisme, cobertura noticiosa,  mesa redonda de especulación política), o por su sello ineludible de relleno en la programación.

Desde hace muchos años, Roger Waters se quejaba sobre los trece canales de televisión de mierda para elegir. Hoy tenemos trescientos y a veces (una buena sesión de zapping lo prueba) la elección parece igual.

Resulta curioso que la televisión de calidad, esa que está presente, a veces, en entregas como el Emmy; no tenga a veces cabida en ese supuesto mercado global, satelital (mundial o lo que sea) televisivo, y se quede en una suerte de limbo, esperando que la fama de algún actor, o alguna negociación compleja de derechos, le dé salida al resto de nosotros en una oscura edición en DVD.

La televisión global suele llenarse por eso que en los EU se llama syndication, que es la gallina de los huevos de oro para las cadenas. Cuando una serie completa se vende en syndication, todas sus temporadas y capítulos se retransmiten completas por otros canales, rellenando las largas horas de programación. Pensemos en lo que sucedió con Friends, Seinfeld, CSI, Criminal Minds, La Ley y el Orden, docenas de baratos realitys y muchas otras series de alto perfil.

Por más que promuevan sus temporadas de estrenos, lo cierto es que los canales más populares de nuestra antenita satelital apenas atraparán algunos de los programas más destacados. El resto del tiempo seguirán repitiendo Mad about you, capítulos viejos de American Next Top Model, o algún episodio derivado de las franquicias de Dick Wolf o CSI. Y no he empezado con la tele infantil.

Peor aún, muchos de sus estrenos serán series, que mediante mínima exploración en la web, podremos descubrir se cancelaron en el quinto u octavo capítulo, y si nos llegaran a interesar nos espera una larga sucesión de episodios repetidos, seguidos de un final inconcluso y poco satisfactorio.

De pronto nos daremos cuenta, casi por error, al hacer zapping, o explorar la guía de programación, que canales como A&E sí programan series como Los Kennedy, o The Killing, y nuestro entusiasmo se desbordará unos minutos, hasta que veamos que: (1) La temporada empezó hace mucho sin previo aviso. (2) Sólo está disponible en versión doblada al español.

La desaparición de American Network (canal 214 de Sky), acabó con el único escaparate a la televisión en vivo estadounidense. Su barra de televisión nocturna, sus variety music shows, no sólo una de las más largas tradiciones de la televisión de nuestros vecinos, sino también una de sus mejores y más desechables (nunca será recopilada en DVDs).

Es inevitable que frente al catálogo luminoso de los Emmy (que desde hace tiempo es mucho mejor programa que los mismos Oscars), anticipemos el estreno de tal o cual serie. Sólo nos queda cruzar los dedos, esperar que pase los extraños filtros selectivos de las contrapartes latinas de las cadenas satelitales, que no la ofrezcan sólo doblada (para eso teníamos canal 5), y que nos enteremos de su estreno a tiempo.

 

twitter @rgarciamainou

 

Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 28 de septiembre del 2011