80 – El dictador, la libertad y otros males

Mientras las fuerzas rebeldes terminan por dominar las calles de Tripoli y el antes inexpugnable búnker de Gadafi cae, la sombra de uno de los peores dictadores de nuestro tiempo deja de flotar sobre su país, y las conciencias de muchos otros.

“Ser Libio era como sentirse un pobre hombre miserable, azotado en público por un payaso bufonesco”, dice Hisham Matar, uno de los más importantes escritores de su país, en un sentido artículo en el diario colombiano El Espectador, traducido por Héctor Abad Faciolince.

“Nos hemos librado de Gadafi. Nos hemos confirmado a nosotros mismos como una nación que busca la luz, como un pueblo capaz de morir por la luz”.

Después de las revoluciones casi pacíficas en Túnez y Egipto, se pensó brevemente, con delirante entusiasmo, que ese efecto dominó de libertad continuaría con Libia, Siria, y las restantes naciones árabes.

Gadafi (o Gaddafi, Khadafi, Qaddafi, de cariño Muamarcito, etc.) tomó el poder en 1969, y pronto se hizo llamar Al-Qaid (El Líder). Su gobierno, lleno de desplantes a Europa y a la moda, se caracterizó por su intolerancia brutal a cualquier tipo de disidencia o cuestionamiento.

“El hombre más peligroso del mundo” lo etiquetaban pies de foto en revistas durante los años setenta (desde Time hasta Vanidades). Aprendió pronto con quien no meterse a las patadas, y después de ser bombardeado por los estadounidenses a finales del siglo pasado, después de alguna bravuconada, decidió dejar de patrocinar grupos terroristas y dedicarse a asuntos más redituables como la especulación petrolera y el tráfico de armas.

Curiosamente, al permitir la instalación de empresas petroleras extranjeras después del año 2000, Gadafi consiguió levantar el ingreso per capita de su país hasta ponerlo en un nivel codiciado por algunas democracias americanas. Demostraba una vez más, que el cálculo promedio del ingreso no es muy ilustrativo, cuando la familia de un dictador ingresa billones de dólares, y los cuidadores de camellos casi nada.

Buen amigo de Chávez y Castro, se especula que recibió hace poco el premio al Tirano del Año en un selecto club localizado en algún punto difuso de las islas Caimán.

Gadafi aparentemente había conseguido detener en seco los vientos de libertad que sacudieron las naciones árabes recientemente. Le daba un lección al dictador sirio Bashar Al-Assad, mientras preparaba el primer volumen de “Cómo detener un levantamiento civil para dummies”, cuya edición patrocinada por algunas naciones de la liga árabe, fue quemada junto a su traje de leopardo, en el asalto a su búnker.

Los rebeldes libios merecen el aplauso internacional, no sólo por haberse (y habernos librado) de tan sutil personaje, sino también porque consiguieron levantarse de la lona, y de los actos más brutales de represión de que tengamos memoria, con el empujoncito que fueron esos bombardeos de la OTAN, y el espíritu indomable de los que ya no tienen nada que perder.

Ahora, el reto de Libia (como el de Egipto, Túnez, y el que se guste sumar esta semana) es todavía mayor. ¿Cómo crear un nuevo gobierno, democrático quisiéramos pensar, de instituciones sólidas y fuertes en un país donde cualquier idea fue aplastada por 42 años?

Dice Matar: “Hemos derrotado a Gadafi en el campo de batalla, ahora tendremos que derrotarlo en nuestra imaginación. No podemos permitir que su herencia corrompa nuestros sueños.”

Un reto que conocemos bien los mexicanos. Para convertirse en una nación democrática no basta con derrotar o tumbar al dictador, como no basta con alternar y cambiar de bandera política.

El verdadero problema está en cambiar la forma de pensar de los que trabajarán y darán forma a las instituciones y medios de la nación.

Hace unas semanas bromeaba un poco y hablaba otro tanto en serio, diciendo que en México todavía impera un Sistema Operativo PRI 7.0. Y ahora, mientras parece que nuestro destino es volver al corral tricolor (ese de donde, algunos juran que nunca debimos haber salido), tendríamos que preguntarnos si el fracaso de la alternancia no radicó en su incapacidad para pensar fuera de la caja priista.

Tenemos un PAN que se comporta como PRI, un PRD que se comporta como PRI, y un PRI que nos quiere vender que ya se comporta como PRI.

Tenemos medios y analistas que construyen sus discursos analíticos a partir de cómo el PRI hacía las cosas, esperando que los demás sigan el modelito. No nos libramos de palabras como “el tapado”, el “elegido”, “el delfín” (aunque esta nos la hayamos apropiado de los franceses).

El modelo de lectura es el mismo, como el modelo de historia, de instituciones, de relaciones y vínculos con grupos de poder, de negociación, de manoseo legislativo, de estrategia política, de promoción electoral, y el que quieran, es prácticamente el mismo. No fuimos capaz de derrotarlo en nuestra imaginación.

Señores, les tengo una noticia: el PRI nunca dejó el gobierno federal, sigue en la mente de todos los que ahí laboran, como un virus insidioso y resistente, capaz de replicarse al menor descuido.

Después de todo, es posible que los libios la tengan más fácil.

 

twitter @rgarciamainou

 

Para El Economista – Arte, ideas y gente – miércoles 24 de agosto del 2011