8 – Morelia Virtual

La semana pasada viajé a la ciudad de Morelia para asistir al Congreso de Libreros Mexicanos. La cita era en el Fiesta Inn de la localidad, y dada su cercanía con Querétaro, decidí viajar en automóvil.

El trayecto se dio sin incidentes a través de la bella autopista que une Salamanca con la capital Michoacana. Nada más entrar en la ciudad, en el primer semáforo, saqué el iPhone para guiar el resto del trayecto a través del sistema GPS y los mapas de Google. Algo que he utilizado anteriormente, con éxito en la masa urbana del Distrito Federal, para monitorear la ruta serpenteante de un taxi.

Como la actualización del GPS es casi en vivo, es posible mirar el circulo azul que representa el teléfono avanzar por las calles de la ciudad rumbo al destino planeado. No tiene caso pedirle al GPS que nos proporcione la ruta, el software o Google Maps o ambos no llegan a tanto. La navegación es manual.

Cuando se trata de monumentos históricos y hoteles de cadena, el GPS no suele tener problemas para ubicar los minúsculos alfileres rojos. Me preocupaba un poco que el trazo urbano de Morelia no estuviera actualizado en Google, pero no pude evitar alegrarme cuando después de escribir Fiesta Inn en el recuadro de búsqueda, apareció un alfiler arriba y a la derecha del semáforo donde me encontraba.

Al tocar el alfiler en la pantalla se levantaba un recuadro que claramente decía Fiesta Inn. Me dirigí hacia allá maravillado de que los avances tecnológicos hubieran llegado a México, y no digamos a la Provincia.

Conforme el auto avanzaba por calles abarrotadas de tráfico, subíamos por una ancha avenida de aspecto poco prometedor, hacia una colonia ubicada en la parte superior de una colina. Ahí, dos alfileres destacaban en el mapa: el Fiesta Inn, y el Fiesta Americana. El aspecto del barrio resultaba inquietante, era el tipo de sitio donde no te paras a preguntar, pero conociendo el fenómeno que se da en México de tener vecindarios tranquilos junto a sitios peligrosos separados por una sola calle o un baldío, no le di mayor importancia.

Y entonces llegué al punto donde, según el mapa, se encontraba el hotel de la convención. Un sitio desolado donde la calle se convertía en terracería, la iluminación brillaba por su ausencia y no había otros autos. Circulé un poco tratando de llegar al elusivo alfiler hasta que en una esquina me topé con un taxi y le pregunté al chofer por el hotel: “Uy joven, está hasta el centro”.

Miré el mapa en la pantallita del teléfono, y ahí en el centro de la ciudad había otro alfiler que decía Fiesta Inn, y otro más, y otro más, y otro más. Morelia ha crecido mucho en los últimos años, pero dudaba que hubiera tantas sucursales del hotel. Regresé por donde había venido, respirando un poco con alivio. Estaba muy lejos del centro.

Una vez ahí, comprobé que el segundo alfiler correspondía a la bellísima Catedral de Morelia, y que otro más allá era una refaccionaria. Un segundo taxi me impulso a seguir la avenida del acueducto y milagrosamente, minutos después me estacionaba frente al hotel (quinto alfiler del mapa).

Revisándolos en detalle, era evidente que no me equivocaba, todos decían Fiesta Inn, la mayoría con el mismo domicilio aunque dispersados en distintas partes de la ciudad. Algún otro, con un domicilio alterno, y el Fiesta Americana que había visto en un principio al darle click abría el domicilio de ese hotel pero en Aguascalientes.

Sirva esta aventura como advertencia para viajeros geeks, turistas que visitan el festival de cine o la bella capital del ate, o para quienes creen que la globalización tecnológica y la cobertura de Telcel han puesto el país en otro nivel.

¿A quién se reclama por algo así?

Para El Economista, miércoles 24 de marzo del 2010

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