Siempre miro con curiosidad, si no es que cierta simpatía, los resultados que arrojan las encuestas pre-electorales. Especialmente cuando descubro cosas como que al Secretario de Hacienda lo conoce apenas el 8% de la población.
¿Qué pasa con el otro 92% de los mexicanos?

No voy a afirmar la necesidad de que cada mexicano conozca nombre y rostro de los secretarios de estado, senadores o cualquier otro aspirante a la presidencia. De hecho, me atrevería a afirmar que es perfectamente posible llevar una vida plena y satisfecha sin ser capaz de identificar al señor Lujambio, por ejemplo, en una fotografía o clip televisivo.
No me sorprendería que el propio Felipe Calderón tuviera un nivel de reconocimiento inferior al 100%, ya no digamos los príncipes de la oposición, esos que esperan que cada hogar de México y oficina de gobierno, esté preparando un marquito para su fotografía.
Lo cierto es que hay gente que vive sus vidas sin enterarse lo que pasa en México, EU o la Unión Europea. Gente que no pierde el sueño pensando en el gigante amarillo de Asia, los sufrimientos de Obama para que su país no caiga en el buró de crédito, o los desvelos de los padres del Euro, para que sobreviva a pesar de que Grecia esta más quebrada que una librería mexicana de provincia.
A los magnates mediáticos les gustaría pensar que la gente está al pendiente de cuándo inician sus noticieros. Que todo el día queremos escuchar sus grandes personalidades. Que hacemos fila en los puestos de periódicos para comprar la última edición y leer qué tiene que decir Jorge Castañeda sobre la comentocracia. Que coleccionamos el nuevo álbum Panini con estampitas de diputados, senadores, gobernadores y narcotraficantes.
¿Podemos afirmar que la información es un bien nacional, un intangible capaz de cambiar vidas y destinos, una vía para una mejor ciudadanización de la sociedad? Ni siquiera eso.

Cómo debatirle a la gente el derecho de dormir tranquila sin enterarse que en su estado desaparecieron seis encuestadores, asesinaron periodistas, se arma una balacera de vez en cuando, o la mitad de sus vecinos están en el borde de dejar de ser clasemedieros y sumarse a los pobres en el próximo estudio de CONEVAL.
¿Hay cierta sabiduría, o digamos un inconsciente sentido de supervivencia, en permanecer desconectado?
Si la máxima de muchos es todos los políticos son iguales, para qué aprendernos los nombres, siglas, instituciones y filiaciones: Los FCH, EPN, AMLO, MFB, CNDH, SCT, TEPJF, y un larguísimo etcétera.
Si la gran cantidad de nuestros políticos todavía funciona con el Sistema Operativo PRI 7.0 qué caso tiene enterarse si ahora su fotografía en los semáforos tiene fondo azul, amarillo o está llena de emblemitas de colores.
Durante años, los analistas de los medios han investigado los efectos de la comunicación masiva y sus mensajes en el individuo. Valdría la pena un estudio sobre por qué ciertos individuos son capaces, en plena globalización, de una suerte de impermeabilidad mediática.
Por otra parte, si lees este texto, lo más seguro es que pertenezcas al 8% que sabe quién es Ernesto Cordero, Carlos Navarrete o hasta tu delegado de CONAGUA.
Buscas en la prensa las noticias de ayer, las especulaciones de hoy, las opiniones del círculo rojo; la reducción de la realidad a encabezados y notas lo suficientemente llamativos e interesantes como para llenar los huecos que deja la publicidad.
Escuchas la radio mientras conduces. Te entusiasman las voces grabadas y enlaces telefónicos. El chachareo cotidiano de conductores e invitados. Anotas la receta del licuado de chaya, alfalfa y aguacate. Esperas la reseña antes de ver la película.
Dedicas las últimas horas de tu (cansado) día laboral a sentarte frente a la tele y ponerte al tanto: si se inundó allá, si un autobús cayó a un barranco acá, si el narco de hoy es más escalofriante que el de ayer, si Queta se convirtió en huracán tipo 5, si en Ohio aprobaron una ley para detener a los que comen tacos.
Estás pegado a twitter para deglutir el mundo en píldoras de 140 caracteres y sentir el pulso vivo del flujo informativo: las noticias cuando suceden, las opiniones cuando no ha habido tiempo de pensarlas, la hora en que @fulano sale a comer, toma un avión, grita gol o amaneció de malas porque hace mucho calor.
Conoces el forcejeo de los precandidatos panistas para salir del anonimato. El esfuerzo de Ebrad para dejar atrás su tibieza y decirnos que sí quiere ir. La tensión en el Capitolio y cómo la pequeña y enloquecida minoría del tea party fue capaz de secuestrar a Obama y su yes we can?
Compras conspiraciones: las políticas y las climáticas. Te gusta pensar que si todos votamos en blanco ellos entenderán el mensaje. Concediendo que hay grados de inmersión: ¿para ti la información es poder, angustia, miedo o necesidad?
Conectarse o desconectarse, esa es la cuestión.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista – Arte, ideas y gente– el miércoles 3 de agosto del 2011
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