76 – Las reglas del juego: el escándalo mediático de la década (II)

La mirada internacional ha rectificado. Después de unas semanas donde el escándalo que rodeaba al tabloide inglés News of the world era visto como un asunto de folclor exclusivo de la colorida prensa británica; el tema empezó a cobrar relevancia internacional por dos razones.

La primera fue el descubrimiento de que la intervención telefónica realizada por investigadores contratados por reporteros y editores del periódico, durante la administración de Rebekah Brooks; no sólo se habría limitado a los miembros de la monarquía británica, estrellas de la farándula y los deportes, sino también a familiares de las víctimas de 9/11.

La revelación provocó que los EU levantaran la vista de su propio ombligo (el tremendo conflicto interno entre Republicanos y Demócratas por el presupuesto), y empezaran a poner atención en lo que sucedía del otro lado del atlántico.

La segunda razón fue el inevitable protagonismo de Rupert Murdoch, el octogenario magnate mediático del planeta, recién llamado por la BBC “El hombre más malo del planeta”. Murdoch es el presidente News Corp, la compañía propietaria del infame tabloide, y de un larga lista de medios de comunicación globales que incluyen control o participación en 132 periódicos, 25 revistas, canales de televisión, estudios de cine, y un larguísimo etcétera.

Una lista que incluye The Wall Street Journal, Dow  Jones & Company, The New York Post, The London Times, The Washington Times, 113 periódicos y una docena de revistas en Australia, Smart Money, My Space, 20th Century Fox, la editorial HarperCollins, todos los canales de la cadena Fox (FoxNews, FoxHD, FoxLife, FX, Speed, FoxSports), los canales MovieCity, participación en equipos de béisbol, basquetbol y la liga de rugby en Australia, la línea aérea Ansett, la televisión satelital Sky en Europa y parte de Latinoamérica y un buen número de servicios de internet en todo el mundo.

Hace unos días, la Brooks renunció a su puesto directivo en la corporación, y poco después fue detenida por las autoridades inglesas. Ayer, tanto la editora como Murdoch y su hijo James fueron llamados a declarar frente a un comité parlamentario. El evento fue un ejercicio frustrante de no sabía, no recuerdo, yo no autoricé eso, etc. Sin embargo, Murdoch dio la nota declarando “Hoy es el día más humilde de mi carrera.” y después: “Espero que nuestra contribución a los británicos sea algún día reconocida”.

Los sucesos, en cualquier caso han retomado la discusión sobre el fin del imperio de Murdoch, desde su propia posición hasta la necesidad de una improbable intervención internacional en desmembrar a la poderosa News Corp.

Hace ruido también que Sean Hoare, uno de los whistleblowers que filtró a The New York Times información sobre el tipo de cosas que se estaban haciendo en News of the World, apareciera muerto el día de ayer, según reportó The Guardian.

Sin embargo hay un tema que reviste más interés, y tiene que ver precisamente con la estrategia que los ingleses decidan tomar para regular a sus medios de comunicación.

El Reino Unido es uno de los sitios donde la estabilidad política y democrática, han permitido tal libertad que es posible que coexistan la mejor y peor prensas del mundo.

A raíz de los sucesos de lo que se ha llamado The phone-hacking scandal, ha empezado una discusión nacional sobre la necesidad de regular a los medios de comunicación.

Durante la semana, The Guardian recuperaba algunas de las preguntas que había que hacerse, especialmente cuando la anterior instancia regulatoria: La comisión de quejas de prensa resutó más que insuficiente.

¿Sirve una institución auto reguladora o la prensa necesita una serie de estatutos que la regulen?

¿Cómo se divide la línea entre el “interés público” y el “voyeurismo vulgar”?

¿Son los periodistas o las organizaciones los que deben enfrentar multas o penalización por errores, inexactitudes o fracturas éticas?

¿La institución reguladora debería ser capaz de imponer multas, sin importar si los periódicos pierden dinero, como muchos lo hacen?

¿El abuso en la utilización de datos personales debe llevar consecuencias penales, para prevenir que tanto policías, como médicos y compañías filtren datos privados?

¿Se puede mantener libertad de prensa frente a regulaciones estatutarias?

Las preguntas que fueron formuladas dentro del contexto que vive hoy la Gran Bretaña, son curiosamente, muy pertinentes para la realidad mediática que vivimos en México (o en España o los mismos EU).

Anoche se especulaba en Final de partida que una de las razones por las que en México no había sucedido un escándalo como el británico, era que “ningún medio se atrevería a intervenir ilegalmente a Beltrones o García Luna”, por ejemplo.

Sin embargo, la regulación ética de los medios tiene que ir más allá del miedo o la elemental prudencia que puedan inspirar ciertas figuras, o la memoria de los años de “dictadura perfecta”(Vargas Llosa sic.) del PRI.

El pacto que recientemente suscribieron algunos de nuestros medios más importantes, sería el primer paso de una instancia autoregulatoria. Los ingleses se están preguntando si no es necesario ir más allá.

La polémica provocada por la transmisión de MilenioTV de un video donde se exhibía la tortura de un grupo de militares, es una prueba más de esa delgadísima línea que divide el “interés público” del “voyeurismo vulgar”, o en palabras locales de hacerle el juego al terror o de vocero a las organizaciones criminales.

Quizá nuestra atención debería seguir más de cerca los sucesos en Inglaterra, y menos nuestro propio ombligo electoral.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista – Arte, ideas y gente – miércoles 20 de julio del 2011 

Nota: la versión publicada en el Economista es muy similar pero por cuestiones de espacio, más pequeña. Tampoco incluye el comentario de ligas y artículos recomendados que listo a continuación.

En El Economista Online

Ligas Interesantes

En Newsweek

Qué mejor que comparar el escándalo con su contraparte en los años setenta, y lo hizo el 9 de julio pasado, precisamente Carl Bernstein, uno de los periodistas que destapó Watergate. En su artículo Bernstein desenmascara mucha de la hipocresía detrás del imperio de Murdoch, el juramento casi mafioso de Omertá entre sus colaboradores, y elabora por qué estos sucesos no son sino el inicio del derrumbe de News Corp. Murdoch’s Watergate?

En The Guardian:

Si van a leer algo sobre este tema, lo mejor es el texto de Jay Rosen, que dimensiona a News Corp como lo que es, no un conglomerado de medios sino una empresa global que trafica con poder e influencia: Phone hacking crisis shows News Corp is no ordinary news company

Simon Jenkins toma otro atajo, para él todo es una exageración y las consecuencias de la histeria pueden ser peores. Jenkins puede llevar la nota discordante en su periódico, pero tiene argumentos que merecen leerse: The Murdoch story is not a Berlin Wall moment – just daft hysteria

Jonathan Freedland construye todo el escándalo e investigación como una especie de thriller político súper divertido (para él). Hacking hearings: The best political thriller of our times

En The Independent

El análisis de Mark Steel no está exento de ironía británica, e inicia un retrato afilado con buen sentido del humor de los últimos sucesos del caso, incluyendo el testimonio de Murdoch.My guess is the cleaners are to blame.