6 – Tarde de perros

El jueves pasado (4 de marzo), estaba sentado en una de las mesas exteriores del Starbucks de Plaza Boulevares en Querétaro a unos pasos de mi negocio. Tomaba un café con un colega extranjero cuando se escucharon gritos y algo que sonó como un disparo. Mi compañero miró hacia la izquierda, hacia el pasillo del Centro Comercial y sin pensarlo dos veces se tiró al suelo. Detrás de él, los veinte o treinta comensales del café, reaccionaban de igual manera, tirándose al piso o echando a correr hacia un restaurante más allá.

A dos puertas de mi librería, en el mismo pasillo, se encuentra la relojería Be Watch & Co. No miré con detenimiento, no había tiempo de hacerlo. Frente a la puerta de la tienda, cinco tipos sacaban armas de bolsas de plástico. Uno se colocaba un cubrebocas (de esos que se repartían durante la crisis de la influenza, pensé), todos parecían llevar gorras.

Mi primera reacción fue agacharme (por supuesto). Pensé en las sillitas de madera del café y en la protección que darían. Decidí dar unos pasos y esconderme detrás del mostrador de una isla que vende muñecos de peluche y bolsas para regalo.

Detrás de la isla, una pareja ocupaba el suelo, las manos sobre la cabeza, él cubriendo con su cuerpo el de ella. Volví a mirar hacia la relojería. Los asaltantes, ahora armados, cruzaban el umbral, se escuchaban vidrios rotos. Las armas se veían irreales. Me separaban cuatro metros con la puerta de mi negocio.

¿Qué se supone que debe uno hacer en estos casos? No me gustaba la idea de quedarme en el piso, especialmente en el pasillo que sería la salida natural de los tipos cuando emprendieran la huída. Por otra parte, la librería estaba en su directa ruta de escape y si uno de ellos miraba hacia la derecha…

Apuré el paso hacia la librería, me barrí como beisbolista en segunda base y cerré el enorme portón de madera. Con la mano temblando un poco (más apuración que miedo) eché llave. No miré por el escaparate. No quería ver. Corrección: no quería que me vieran viendo.

Sergio, el gerente me miró con sorpresa. “Están asaltando” le dije y me refugié detrás de unos libreros. Entonces empezó la balacera. “Tiros al aire” reportó la prensa al día siguiente. Detrás de un librero me preguntaba que tanta protección ofrecían los volúmenes de México Acribillado.

Los asaltantes huyeron unos minutos después, corriendo contrasentido por una escalera mecánica que sirve de acceso al segundo piso del Centro Comercial. Enfrente, la gente se ponía de pie y se refugiaba en el café que había bajado sus cortinas metálicas. Mi colega buscaba a su socio en los pasillos (había salido a fumar). La seguridad de la Plaza brillaba por su ausencia.

Unos minutos después llegaban dos uniformados de la Guardia Municipal. Uno con un rifle, otro con un revólver desenfundado. Quince más tarde, llegó la fuerza de respuesta de la policía estatal. Treinta o cuarenta (no los conté), la mayoría de civil, armados con metralletas, automáticas y revólveres. Recorrieron el área donde comerciantes fumaban nerviosos entre vidrios rotos y casquillos de bala. Uno de ellos empezó a colocar conos sobre los casquillos, aunque ya había caminado gente por ahí moviéndolos de sitio. De pronto todos echaron a correr por las escaleras mecánicas. Algunos por donde habían huido los maleantes, otros por el acceso a Cinemark. Se escucharon más tiros en la primera planta.

Esperamos una hora más antes de salir.

La buena noticia es que el asalto fue un fracaso. La policía detuvo a cinco de los sujetos mientras huían en un autobús urbano, incluyendo gran parte si no es que todo el botín. La mala, es que los tiros no habían sido “al aire”. Nadie resultó herido, eso sí. Pero de milagro. Las balas incrustadas en la columna (donde estaba yo sentado), y en los barandales de aluminio que rodean el cubo de la escalera cuentan otra historia.

Pensaba dedicar esta columna a alguno de los temas de interés nacional o de entretenimiento, pero no he podido dejar de pensar en la tarde del jueves, y en las muchas tardes en que en ese café y ese pasillo estoy acompañado de mi mujer y mis hijos pequeños. Pensando eso, es cuando realmente empiezo a temblar.

Para El Economista, miércoles 10 de marzo del 2010