52 – Vota por mí (por favor)

Los sucesos se dieron así: tres candidatos a un puesto de elección directa. En cuanto se anunciaron los tiempos de campaña, cada candidato formó su equipo de trabajo, empezó una guerra sucia que incluyó golpes bajos, ataques a sus rivales, gestos de buena voluntad, compra de votos, promesas fáciles a los votantes, arreglos cupulares. Un debate lleno de descalificaciones y discursos que no podrían llamarse sino populistas. Una elección que parecía cerrada entre dos candidatos, seguida de una amplia victoria de uno de ellos.

No estamos hablando de las elecciones del domingo en el estado de Guerrero, sino de un experimento tornado en una película documental asombrosa. Se trata de la multipremiada Please vote for me del cineasta Weijun Chen.

El escenario es una escuela primaria en la ciudad de Wuhan en el centro de China. En el salón de tercero, se convoca una elección democrática, voto directo de los niños para elegir el monitor de clase. Un puesto un tanto codiciado, porque el monitor es quién supervisa, vigila y hasta disciplina a sus compañeros.

Los niños candidatos nunca habían oído de un proceso democrático. Ni ellos, ni sus padres o familiares han emitido su voto en circunstancia alguna. Es el terreno virgen perfecto para un experimento social que termina diciendo mucho sobre lo que están dispuestos a hacer los seres humanos cuando hay una posición de poder en juego.

No terminaba la maestra de anunciar que se votaría y cómo, cuando uno de los candidatos ya estaba conspirando con un compañerito para abuchear a la chica contrincante en cuanto pasara al frente a realizar una demostración de talento. El niño quería ganar como fuera, y empezó a prometer a sus amigos que serían sus asistentes, a manipular a su otro contrincante para que se declarara culpable del abucheo, a correr la voz de que aquel sería mal monitor porque golpea mucho.

Pronto los padres se involucran como suerte de asesores de imagen, y aconsejan a los pequeños sobre cómo responder en el debate, qué actitud tomar, cómo descalificar al otro, regalar golosinas, dar explicaciones razonables a las críticas en su contra. La campaña dura tres días, pero en algunos momentos se respira la tensión.

Por un momento se nos podría olvidar que no hay estructuras partidarias, ni presupuesto, grupos de intereses, violencia política, medios o carreras en juego. Y a pesar de ello, el comportamiento de estos también adorables chamacos no es distinto del de nuestros políticos.

¿Es un defecto intrínseco a los seres humanos y la democracia? ¿Valerse de lo que sea para ganar una elección? ¿Está en nuestra naturaleza jugar limpio? ¿Reconocer la derrota?

“Bueno, obviamente, una felicitación a nuestros rivales por su triunfo. Nos quitamos el sombrero, fue una recuperación asombrosa, se la ganaron. Una decepción para nosotros, pero ninguna sorpresa porque nuestros encuentros suelen ser reñidos. Estoy orgulloso de nuestra lucha, agradecido por la oportunidad de participar, de competir, ser parte de estos momentos. Todo lo que puede uno hacer en la vida es aspirar a ser grande, nosotros lo hicimos todo el año. No fuimos grandiosos hoy, pero no nos desmotiva. Estaremos de vuelta realmente pronto.”

Las palabras no son las del candidato priista derrotado en Guerrero (por supuesto). Al contrario, conforme se conocían los primeros resultados, Manuel Añorve reunió a su familia, convocó a la prensa y cantó su victoria en los comicios del domingo. Horas después los números lo contradijeron en forma contundente, pero ya era demasiado tarde para echarse para atrás, por lo que se declaró inconforme, negó el resultado y dijo que impugnaría.

La cita es de John Harbaugh, coach de los Ravens de Baltimore después de su derrota en los juegos divisionales de la NFL frente a los Steelers. Las primeras palabras que dijo a la prensa, nada distintas de las que dijeron sus propios jugadores cuando llegó su turno. Estamos hablando de una de las mayores rivalidades del futbol americano profesional, en un juego de postemporada. Y sin embargo, sus palabras son un ejemplo no sólo de un buen perdedor, sino de el espíritu mismo de la competencia, sea esta deportiva o electoral.

Es muy distinto a las palabras de nuestros jugadores de balompié, o sus entrenadores: los lamentos de los derrotados, las acusaciones al arbitraje, al clima, la mala suerte, el estilo agresivo, defensivo o violento del rival que los venció a la mala en la cancha.

La democracia es competitiva por naturaleza. Siempre habrá un vencedor y un derrotado. Los candidatos que participan lo saben (o deberían saberlo). Si en el centro mismo de uno de los países más autoritarios del planeta, un ejercicio electoral reproduce la mayoría de los vicios de nuestra cultura democrática, cabe preguntarse si la mentadísima transición a la democracia no tiene una falla de origen en la cimentación autoritaria de nuestra mentalidad como nación.

No deberíamos asustarnos por la animadversión, por la contienda, por el debate, la disparidad de ideas y de modelos. Lo que sí preocupa es la visión del adversario como enemigo, y la incapacidad para reconocer las derrotas, replantear las ideas y las estrategias y prepararse para la próxima. Mientras el círculo democrático completo no se cumpla, de poco sirve que el día de la elección sea una “fiesta” como le gusta decir a Peña Nieto.

Quienes no admiten su derrota no aprenden de sus errores. No son capaces de reinventarse, de cambiar de opinión, de ofrecer cosas distintas. Se amarran en la mala leche de la campaña hacia interminables conflictos postelectorales que llevan a nuevas campañas iguales o peores.

El día que nuestros políticos sean capaces de llamar al rival para felicitarlo, alzarle el brazo y decirle nos vemos en la próxima en lugar de nos vemos en el tribunal, habrán encontrado no sólo la madurez, sino también habremos entendido de qué se trata la democracia, y la transición interminable llegará a su fin.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista – Arte, ideas y gente – miércoles 2 de febrero del 2011

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