Hay quien se enfurece porque le cuentan el final de una película. Saberlo hace que pierda todo interés. Necesitamos la incertidumbre para poner atención.
Eso en un mundo donde gran parte del cine se parece a otra película que ya vimos, y por lo que confortablemente solemos esperar un tipo de final para verlo con fingida satisfacción.
Ahora imaginemos que el final que conocemos es el de nuestras propias vidas. No hablo de esos segundos en que supuestamente veremos pasar como fotografías una recopilación a la reality show de cómo fue nuestra aventura vital antes de morir.
En Timequake un librito genial de Kurt Vonnegut, hay una imperfección en la marea del tiempo. Un doblez si es que puede expresarse así, y toda la humanidad se ve obligada a repetir varios años de su vida.
El problema es que como se trata de un doblez, y lo que ya pasó ya pasó; todos se ven repitiendo sus vidas. Cometiendo los mismos errores, casándose con la persona equivocada para luego divorciarse, votando por Fox, poniendo todo el patrimonio en acciones de Merryl Lynch, invitando a la mujer a salir a tomar una copa al BarBar, lo que fuera.
En el libro de Vonnegut, la humanidad se deprime, cae en la apatía. Deben repetir su vida conscientes de hacerlo, pero imposibilitados de cambiar absolutamente nada, ni el más distraído traspiés.
En otra variante, un experimento científico hace que toda la humanidad pierda el sentido por unos minutos. El resultado es catastrófico, aviones que se estrellan, autos que colisionan por todos sitios, gente que cae en medio de la calle, durante la disección de una cirugía. Se trata de la novela FlashForward de Robert J. Sawyer.
En esos nueve minutos todos tenemos un sueño. Somos capaces no de ver, sino de vivir minutos de nuestra vida como ésta será, seis meses en el futuro. Para algunos el resultado será anodino: una tarde frente al televisor, una ducha, una lectura de un artículo en el diario.
Para otros es un momento definitivo.
Al igual que en la historia de Vonnegut, aunque esta vez con el futuro, lo que ven no puede ser cambiado, es un relámpago de lo que será. ¿O es así? ¿Está el futuro hecho de la misma materia que el pasado? ¿Existe finalmente, el destino?
Algún productor pensó que después de Lost lo que la gente quería ver era otra serie televisiva llena de preguntas con respuestas complejas. Un rompecabezas psicológico con una conspiración detrás. El primer capítulo se transmitió el martes, por AXN.
¿Qué será de nosotros si ya vimos lo que vamos a hacer, si ya sabemos cómo nos vamos a sentir, si esa mirada al futuro nos enseña algo que no nos gusta? Podría ser peor: nueve minutos de silencio.
Lo que sí resulta imposible saber, es si la serie estará a la altura de su promesa. Por ahora quedémonos con ella, y con las respuestas que a veces conviene mejor no saber.
Para el Economista, miércoles 3 de marzo del 2010
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