485 – Códigos ocultos

Olvia Zerón, Ben Rhodes y Sarah Churchwell (foto ©Ricardo García Mainou)

Durante el pasado Festival Hay de Querétaro se dio la charla “America Today” en que participaron Ben Rhodes (quien escribía los discursos de Obama), y Sarah Churchwell (profesora de estudios americanos en la Universidad de Londres). La conversación versó, principalmente, sobre la elección presidencial de 2016 y el entonces “inesperado” triunfo de Donald Trump.

Rhodes habló de sus experiencias con el gobierno demócrata y la manera en que la política estadounidense fue mutando con el crecimiento de la ultraderecha en los republicanos (vía el Tea Party, Fox News y Beitbart). Churchwell, por su parte, retomó el tema de su libro Behold America: The Entangled History of “America First” and “The American Dream” (Atención, América: La enredada historia del “America Primero” y “El sueño Americano”).

Churchwell explicó que algo que habían hecho los candidatos republicanos desde George W. Bush había sido recurrir a frases que conectaban con “códigos culturales” de la América profunda. Frases que a la oposición le parecían inocuas pero que conectaban con creencias arraigadas en el electorado.

Durante la campaña de 2015, Trump proclamó, mientras subía por la escalera eléctrica de su torre neoyorquina, que “tristemente, el sueño americano estaba muerto”, y que su futuro gobierno pondría, a partir de ese día, a América primero. Declaración que reiteró durante su toma de posesión. 

Como historiadora literaria, Churchwell confiesa haber estado escribiendo un largo ensayo sobre Henry James y el sueño americano, cuando la declaración de Trump se coló a codazos en sus ideas. Por lo que decidió redirigir su trabajo, considerando los discursos políticos. 

Uno de sus argumentos es que el “sueño americano” no era en realidad una evocación de un pasado glorioso, sino una discusión constante sobre el funcionamiento de la democracia estadounidense. Para ella, el sueño americano no se encuentra en las palabras de Jefferson de vida, libertad y la búsqueda de la felicidad; sino en su versión aterrizada “las condiciones que ponen el ideal al alcance de todos los ciudadanos”. En pocas palabras: “el sueño americano es sinónimo con la democracia social”. 

Churchwell no ignora que en la demagogia política, cada candidato fue redefiniendo ese “sueño” a su propia conveniencia. Menciona que aunque Fitzgerald no se refiere al este en El gran Gatsby, es claro que su protagonista hace alusión a los campos oscuros de la república: a la transformación del “sueño americano” en una glorificación de la riqueza.

Aún, dentro de sus mutaciones, el concepto idealista del sueño americano iba, desde la fundación del país, en contraposición con la idea detrás del “America First”. Ese slogan de Trump conectaba con una idea arraigada en el país desde el siglo diecinueve (las guerras comerciales con los ingleses y la campaña para expulsar a los inmigrantes chinos de California). América Primero, fue eslogan del partido republicano (y también del demócrata). Woodrow Wilson lo enunció como razón para no involucrarse en la primera guerra mundial; y DW Griffith lo apuntó en su película El nacimiento de una nación”. 

Olvia Zerón, Ben Rhodes y Sarah Churchwell
(foto ©Ricardo García Mainou)

El “America First”, comenta Churchwell, se volvió parte del discurso de la supremacía blanca y el Ku Klux Klan y su piedra fundacional. El magnate mediático William Randolph Hearst (retratado por Orson Welles en su prodigiosa Ciudadano Kane) lo ponía en sus periódicos: “América primero debería ser el lema de todo estadounidense”. Era también cercano al “Despierta América!” del protonazi Charles Lindberg en su oposición a que el país tomara partido contra los alemanes en la segunda guerra mundial. 

La política estadounidense suele oscilar entre esos dos extremos: idealista y visceral. Un conflicto ideológico que se remonta al enfrentamiento entre los Raleigh y los Winthrop (los seguidores de Walter Raleigh, nativistas que exploraron el sur y el oeste del país; y los Winthrop, descendientes el puritanismo de Nueva Inglaterra, que proponían ser “un faro de esperanza para el resto de la gente”).

Lo realmente interesante del análisis de Churchwell está en la manera en que los candidatos se valieron de la retórica y estos códigos culturales para conectar con el inconsciente colectivo de su nación: los valores (y sobre todo prejuicios) del electorado. Así mientras Obama conectaba con el idealismo a través del “Yes we can”, Trump intenta abrazar la “América profunda” del cinturón bíblico, esa que se sentiría reivindicada por la idea aislacionista del “primero América”.

El análisis de Churchwell es relevante para entender las posiciones aparentemente irracionales de la política estadounidense reciente (con la cercanía de la siguiente campaña presidencial): El rechazo a refugiados e inmigrantes, los aranceles comerciales, la cerrazón ante los organismos internacionales, etcétera. 

Desde el escenario, Churchwell nos hizo un llamado de atención muy específico a su país, que sin embargo puede extenderse para analizar la retórica y discurso de otros políticos y otros países. Por ejemplo, para entender la conexión detrás de campañas como la que llevó a AMLO al poder en México.

Vale la pena preguntarnos si esas frases, chistes, apodos y ocurrencias, que parte del público subestimó como extravagancias o disparates, son para otros, reivindicación y la manera de canalizar el resentimiento en activismo político; pero eso queda de tarea.

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 25 de noviembre del 2019