431 – Hablemos del futuro

¿Qué tan extraño será dentro de unos años pensar que una de nuestras actividades de fin de semana solía ser ir en familia o con amigos, o solos si el vicio era solitario, a una tienda donde pagábamos dinero para que nos prestaran un rato un videocasete?

Que debíamos de llevar monedas en el bolsillo, y más tarde una tarjeta de plástico, para poder caminar hasta un teléfono y hacer una llamada. Que llamar por cobrar implicaba marcar al 02 y explicarle a una operadora a dónde queremos llamar y con quién. Si no te parece extraño, explícale a cualquier milenial el concepto detrás de la frase “te cayó el veinte”.

En su libro The art of thinking clearly, Rolf Dobelli nos pregunta cómo se verá el mundo en cincuenta años. ¿Cómo será nuestra via diaria? Hace medio siglo, quienes se hacían la pregunta imaginaban cosas maravillosas. desde autopistas por los cielos hasta ciudades de cristal y subacuáticas, incluyendo colonias en la luna y en Marte. Basta echar un vistazo a la ciencia ficción de la edad de oro, para descubrir que, más allá del valor literario de las historias, su contenido profético es muy limitado.

La tesis de Dobelli es que a nuestro alrededor hay un sinnúmero de objetos cotidianos que llevan con nosotros un buen rato. Las sillas desde el antiguo Egipto, los pantalones, los zapatos de piel, los libreros de madera. Incluso ese tenedor que usamos todos los días, se remonta al imperio romano. ¿Has visto la forma de las llantas de cualquier vehículo?

En el libro Antifrágil del filósofo contemporáneo Nassim Taleb, este argumenta que cualquier tecnología que ha existido en los últimos cincuenta años, seguirá con nosotros por lo menos otro medio siglo. Sin embargo, cualquier tecnología de “última generación”, terminará pasando de moda y pronto ocupará las estanterías de los museos, las tiendas de empeño, o las anécdotas curiosas.

Esos objetos que han estado con nosotros por siglos seguirán ahí, con algunas modificaciones y estilizaciones temporales. La vieja tecnología ha sobrevivido por más de una razón. Es por ello que siempre que me tropiezo con uno de esos artículos, que se publican de vez en cuando, sobre el fin del libro, me muero de risa.

A los profetas les encanta hablar sobre el fin de las cosas. Sus profecías parten de las preocupaciones de su tiempo. No importa si se realizan desde el púlpito religioso o desde las más celebradas universidades. No es tema de prejuicio o de conocimiento. Saben que serán escuchados porque a la gente le preocupa el porvenir, y saben que cada uno de sus aciertos será celebrado mil veces más que sus errores.

A lo largo de diez años, Philip Tetlock evaluó casi treinta mil pronósticos de 284 profesionales y expertos. ¿El resultado? Los expertos acertaron unas décimas por encima de un simulador aleatorio. Algunos de los que se desempeñaron peor fueron los expertos que suelen iluminar con su conocimiento desde la televisión. Los peores, fueron los profetas del fin del mundo: Los que anticipaban el colapso de media docena de países incluida la Unión Europea. El fin de la capa de ozono, el colapso de la humanidad entera.

Después de ese apabullante estudio de 2005, Tetlock se dispuso a estudiar a aquellos que sí habían sido capaces de hacer predicciones. No sólo para entender por qué y cómo lo hacían, sino también si ese talento es posible enseñarlo. Si te interesa el tema, el libro de Tetlock: Superforecasting: The art and science of prediction, es lectura imprescindible.

Puede uno recordar las palabras sabias del ex secretario de la defensa estadounidense Donald Rumsfeld que en una conferencia de prensa sobre la guerra en Medio Oriente dijo esta absoluta perla: “Hay cosas que sabemos, cosas que no sabemos y hay cosas que no sabemos que no sabemos”. Los hechos conocidos, los misterios conocidos y los misterios desconocidos. Pensemos en estos últimos antes de hacer predicciones.

Seth Godin habló del futuro en su blog hace algunos años: “Algunas personas piensan que mañana todo será mejor. Mejores oportunidades. Mejor tecnología. Otros piensan que ayer era todo mucho mejor. Que el futuro significa menos recursos, menores oportunidades, un paso más cerca del fin”.

Godin es ante todo un mercadólogo, y el centro de su texto era a quién querías vender tu producto: ¿A la gente que quiere el cambio o a la gente que prefiere no cambiar?

La pregunta es relevante para las empresas, los creadores, los medios, y para los políticos y aquellos que diseñan sus plataformas de campaña.

Sin embargo, la verdadera lección de Godin es que la decisión es nuestra: ¿Qué relación elegiremos con el futuro?

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y gente del miércoles 8 de agosto del 2018