411 – La noche de las causas perdidas

Podría uno pensar que hay mucho que celebrar después de una noche como la del domingo. Guillermo del Toro recibió dos Oscar y dos más para su película, una versión antidiscriminatoria de la Bella y la Bestia, donde la bella es Cenicienta en un complejo espacial/militar/científico estadounidense y la Bestia un dios amazónico extraterrestre (o algo así).

Coco, inspirada en la tradición de día de muertos también recibió dos estatuillas, nuestros actores desfilaron por el escenario (hasta Derbez presentó un Oscar como si fuera un sketch de su antiguo programa en Televisa), Gael intentó cantar inspirando memes en redes sociales. Otros hicieron chistes, hablaron en español, dijeron los viva México y la orquesta del foso tocó “bésame mucho”.

La ceremonia fue inusualmente política e insólitamente conciliadora. La Academia se propuso ser incluyente en todos los aspectos y abordar de frente  y a su estilo las polémicas del #metoo y el #timesup.

Cada presentador (y ganador) llevaba agenda propia y un mensaje importante, algunos hablaron sobre los inmigrantes o los dreamers, otros sobre igualdad, racismo, inclusión, mejores salarios, papeles y contratos para las mujeres, y para los afroamericanos y para los inmigrantes…*sigh*

La ceremonia se volvió un rally políticamente correcto para celebrar todas las causas. Emma Stone presentó la categoría de dirección como “cuatro hombres y Greta Gerwig”. Sin importar que en los cuatro hombres hubiera un afroamericano y un mexicano: la reividicación de las causas propias y la exclusión de las de los demás. No importa si todas son variantes de discriminación.

La ceremonia trataba de celebrar 90 años de la estatuilla que “es mejor persona por no tener pene” (Jimmy Kimmel dixit). Las casi cinco horas de transmisión incluyeron docenas de montajes: números músicales espectaculares, palmadas en la espalda al ejército estadounidense, presentaciones desastrosas (la del elenco de Star Wars fue de pena ajena) y parejas fenómenales (aplausos para Maya Rudolph y Tiffany Haddish, y para Lupita Nyong’o y Kumail Najiani).

Se empezó con lentitud, se terminó con prisa.

Después del desastroso final de la ceremonia 89, parecía que la Academia se conformaba con librar la noche sin un traspiés mayor. Los sobres se rotularon doble, los chistes sobre los contadores y el premio errado a La La Land se repitieron casi tanto como las sobadas ocurrencias de Kimmel que en su segundo año como anfitrión se quedó sin chistes o ideas.

La noche la ganó La forma del agua, una cinta que casi nadie consideraba la mejor pero sí una digna ganadora: Dunkerque era la técnicamente más notable, Tres anuncios por un crimen la más polémica y divisiva, Lady Bird, la más fresca, El hilo fantasma la más sutil y elegante, ¡Huye! la más arriesgada.

La película de Del Toro tenía los elementos que mejor encajaban con el ánimo de Hollywood, desgastado por un año de escándalos. Una fábula romántica cuyo mensaje antidiscriminatorio incluía a todos y denunciaba la maldad como una sola: racismo,  machismo, homofobia, belicismo, acoso sexual, desprecio por lo raro y lo diferente, todos personificados en Strickland, su antagonista.

En la categoría de película extranjera, Sebastián Lelio ganó para Chile su segundo Oscar. Una historia sobre una mujer transexual (Daniela Vega desfiló dos veces por el escenario) y Lelio repitió, como tantos esa agotadora noche, “la urgencia” de su mensaje.

La ceremonia tuvo momentos embarazosos: Robert Lopez diciéndole a sus hijos “este Oscar no es para ustedes” o Kimmel pidiéndole mota a Steven Spierberg; no digamos Derbez y su malísimo chiste sobre el muro.

Y también la dosis obligada de “Oscar Moments” emotivos y divertidos: la improvisación de Common; el triunfo de Jordan Peele; el de Roger Deakins después de 15 nominaciones; el primer triunfo de James Ivory dedicado a su viejo socio Ismail Merchant; Helen Mirren y Mark Bridges partiendo felices en el Jet Sky; y Alison Janney diciendo “lo logré yo sola”.

Pero sobre todo la frase final de Gary Oldman a su madre de 90 años: “Mamá, pon la tetera, el Oscar viene a casa”, y el discurso frenético e incómodo de Frances McDormand al recibir su Oscar (cuya estatuilla le robaron, literalmente, minutos después). Ella cerró con una frase que puede resultar confusa para quién no se gana la vida en la industria: “Tengo dos palabras para dejárselas hoy, damas y caballeros: jinete de inclusión”.

El “inclusion rider” es una cláusula en un contrato de un actor serie A, exigiendo que en la película participen todos los sectores y géneros con la misma representación estadísica que tienen en la sociedad. Una solución práctica (aunque impracticable) en una noche de buenas intenciones.

No quisiera sonar cínico, los mensajes antidiscriminatorios, las películas de denuncia y celebración de lo diverso, los discursos incluyentes, tolerantes, e intolerantes con la intolerancia, son necesarios y positivos y sirven como detonadores para el cambio que tanto necesita, no la industria fílmica nada más, sino la sociedad. Pero cuando son enarbolados como bandera simultánea por una institución que ha representado todo lo contrario, se vuelven recortes huecos de sí mismos. El Oscar a mejor maquillaje lo debió ganar la Academia.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 7 de marzo del 2018