410 – Morir a la francesa

Francia suele ser llamada el país del amor. Sobra decir que en el canon romántico, París es uno de los sitios más idealizados. Menos conocida, es la faceta del temperamento galo que siente una atracción por el género negro.

En Francia las novelas policíacas se han editado por décadas sin el estigma de “subgénero” con que se les suele etiquetar en otros países. Quizá por ello la literatura criminal francesa floreció, y los escritores de otras latitudes encontraron un nicho entre los franceses que no veían sus libros como lecturas de aeropuerto aptas para ser olvidadas junto a los camastros de playa.

Incluso el cine francés (viene a la mente el gran Chabrol, pero también Melville y Ozon), probó hace tiempo que el thriller, tanto en su faceta psicológica como de acción violenta, tiene oficio y tradición en Francia.

Hoy el día, sin embargo, el mercado global piensa más en la televisión que en el cine y es en ésta, en el desarrollo de series competentes, donde los franceses han quedado a deber.

El policiaco Engrenages (Espiral) de 2005 abordaba en forma prometedora una trama de policías corruptos, asesinos en serie y un sistema judicial rebasado. Pero al igual que Les Témoins (Testigos) de 2014, naufragaba por una narración inconsistente, trompicada y truculenta.

Quizá por ello me acerqué con escepticismo a dos nuevas ofertas francesas producidas para Netflix con un molde similar: La Mante (La Mantis), cuya primera temporada fue dirigida y coescrita por Alexandre Laurent (un veterano de la televisión policial de su país). Y Glacé (Los muertos congelados), cuyos seis episodios fueron dirigidos por Laurent Herbiet (aunque escritos por media docena de guionistas).

La primera llevaba la inequívoca recomendación de Stephen King, quien tuiteó el 27 de enero pasado “Estoy disfrutando LA MANTE (Netflix). Está inspeccionando territorios previamente inexplorados por el ho

rror. No creo que nunca hubiera visto a un hombre ahogarse lentamente en una lavadora industrial, ni siquiera en una película de Rob Zombie”.

Y aunque parte de la historia transcurre en un poblado francés llamado Miseria, hay pocos vasos comunicantes con el imaginario de King.

Como buena parte del noir francés, es una saga atroz de asesinatos crueles, asesinos despiadados, secretos inconfesables y una unidad policial voluntariosa pero comprometida.

La premisa inicial suena a potboiler de Criminal Minds. Hace un cuarto de siglo la asesina serial conocida como “La mantis” (Carole Bouquet, magnífica) aterrorizó Francia, hasta que fue capturada y encerrada en prisión. Hoy, alguien ha empezado a replicar sus crímenes.

El comisario encargado del caso es contactado por la Mantis que ofrece ayudarle a resolver el caso. Hasta ahí, la serie es hija de Thomas Harris, pero entonces la asesina hace una exigencia insólita: La investigación debe quedar a cargo del hijo que abandonó cuando fue detenida (y ahora es policía).

El drama público y el privado se entremezclan, junto a los secretos que no debe conocer nadie y complican las cosas. Cada episodio suma un sospechoso y una teoría nueva y hay que decir que Laurent, al margen del abuso gore de algunas escenas, consigue momentos de auténtico horror donde mágicamente es la actuación la que nos eriza la piel.

Bouquet lleva el peso entero de la serie, malabareando por lo menos tres registros emocionales sin caer en los clichés del psicópata en pantalla.

La secuencia de la lavadora (que menciona King) es de antología. Sin embargo, por momentos, la serie pareciera un auto a toda velocidad en el que nadie lleva el volante. Un efecto que provoca mucha tensión al espectador, tanto por lo que sucede en la historia como por ver cómo está, más de una vez, a punto de salírseles de las manos. Aún así, La Mante es eficaz y entretenida.

Glacé (The frozen dead) se cuece aparte. En una remota y gélida villa alpina cercana a Toulouse, el crimen ritual de un caballo involucra la intervención de Martin Servaz (Charles Berling) un veterano capitán de la policía federal.

Alcohólico y destruido por la culpa, Servaz estuvo involucrado años atrás, en la investigación que capturó al terrible asesino serial Hirtmann, quien además de su colega era su mejor amigo.

Hirtmann (Pascal Greggory, escalofriante) es una suerte de Hannibal Lecter recluido en un manicomio de caricatura (de hecho, en el primer episodio alguien bromea comparándolo con Lecter).

Una trama de títeres y titiritero, donde los crímenes, los secretos y las agendas ocultas de cada personaje entran a juego. Mucha sangre, violencia, impulsos incontrolables y tantas vueltas de tuerca que el espectador termina mareado. A sus guionistas les interesa más probar su ingenio que ser verosímiles, a tal grado que Glacé, a pesar de sus aciertos atmosféricos y su elenco capaz, atrapa más el morbo del espectador que su interés.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista Arte Ideas y Gente del miércoles 28 de febrero del 2018

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