399 – La delicadeza brutal de Karolina Ramqvist

Al inicio de La ciudad blanca (Anagrama), Karin se mira desnuda en un espejo. Ve los estragos que el embarazo dejó en su cuerpo. Su bebé duerme. Su casa se nos describe como un mausoleo abandonado y frío, detrás de la ventana el paisaje es desolador. Karin contempla los cisnes que permanecen en el lago casi congelado. “Quería existir en las mismas condiciones, quedarse igual de relajada e impasible ante su propia destrucción”.

Karin vive un duelo, pero Karolina Ramqvist, la autora de esta novela que ha causado sensación en Suecia y media docena de países, no nos dice cuál es el duelo: ¿Es un duelo por John, su pareja fallecida? (aparentemente el jefe de una banda criminal) ¿Por su estilo de vida? (todos sus bienes serán embargados por el Estado). ¿Por su cuerpo y juventud después de la maternidad? ¿Por los amigos que ya no están?

Para los lectores suecos, La ciudad blanca es una secuela de La novia, novela de 2009, que no se ha traducido. La novia estaba narrada como el monólogo interior de la chica de un capo, y para Ramqvist, ya no había nada más que decir o contar.

Sólo años después, explica en una entrevista que aparecerá más adelante en este espacio, decidió que no había contado todo lo que quería decir sobre ese personaje, y escribió La ciudad blanca. Una novela muy distinta, donde el lector se aleja de la voz de Karin y en lugar de escucharla pensar, la mira actuar, desde lejos, tan neutral como intrusivo de su intimidad.

Toda posible introspección se reduce a la pequeña enunciación de hechos: “Fue él el que quiso tener hijos y fue él quien le susurró sus deseos al oído. Le señaló una nueva dirección para los dos, una posibilidad…Para él la idea de los niños era una ventana que se abría, para ella, una que se cerraba.”

El narrador se limita a describir. Sabe poco más que nosotros, y revela lo que sabe a cuenta gotas, enterándose al mismo tiempo que el lector mientras ve actuar a Karin. Esa distancia le permite a Ramqvist contar la historia en varios planos: el primero en la relación entre Karin y su bebé, Dream, cuyas necesidades básicas inmediatas interrumpen, como sucede con los hijos pequeños, el arco narrativo de su vida, y por supuesto de “la trama”.

Karolina Ramqvist – © Ricardo García Mainou

Las interrupciones naturales de Dream, tanto como el nombre de esta, son un recurso más del que se vale la autora para ilustrar cómo la maternidad irrumpe y pone de cabeza lo que antes consideraba su vida. A veces no sabemos si el duelo mayor de Karin es más por esa vida que se fue que por el propio John.

Quien piense que debe esperar a que traduzcan del sueco La novia se equivoca, porque uno de los grandes aciertos de La ciudad blanca está en ese lienzo vacío que nos vemos obligados a ir poblando. En ese sentido esta novela es tanto una secuela como la previa podría ser una precuela. Y este misterio abandonado, decadente y frío, funciona muy bien sin las referencias previas.

No sabemos qué le pasó a Karin, por qué está sola con su bebé, por qué le quitan la casa, por qué vive en ese estado de abandono material, moral y espiritual; o cómo va a salir de una situación que descubrimos penosamente desesperada.

Ramqvist construye minuciosamente la novela como si se tratara de un rompecabezas en que cada pieza tiene que ser revelada con una paradójica delicadeza brutal.

El acercamiento narrativo le permite poner en un mismo plano las necesidades inmediatas de Karin y su bebé, con los momentos dramáticos necesarios para que la trama funcione. Y esa mirada en los detalles más elementales de su existencia nos permite conectar, identificándonos con su humanidad mucho antes que con la psicología de su protagonista.

La autora dosifica la acción tanto como las descripciones. Nos permite elaborar hipótesis pero no intenta confirmarlas o sucumbir al diálogo o a la nota expositiva u omnisciente. Construye un personaje femenino inmensamente complejo con destreza casi minimalista, y una vez que nos atrapa, nos mantiene así, en una extraña tensión suspendida apenas para respirar el aire gélido de sus paisajes invernales, hasta el espléndido final.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y gente del miércoles 13 de diciembre del 2017

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