391 – Asomándose al abismo

La televisión suele tener tres acercamientos hacia el tema del asesino serial. El primero representado por el enfoque del “caso de la semana” ejemplificado por series como Criminal Minds. Su premisa es un equipo de élite que resuelve en un dos por tres los casos más terribles gracias a su tecnología, habilidades deductivas y la buena suerte de sus protagonistas.

Para crear suspenso, para poner en peligro a sus héroes, este tipo de series va doblando la apuesta, con criminales más perversos, crímenes más audaces y violentos. Su idea de entretenimiento va de la mano con una vieja certeza moral televisiva: el crimen no paga y la justicia, sin importar sus costos, terminará, aunque maltrecha, atrapando al culpable.

El segundo acercamiento funciona como variación temática o como un arco narrativo de mediano o largo alcance. Es el planteamiento de buena parte de las recientemente populares series policiales escandinavas. Un asesino(s) brillantísimo que juega con la policía y al que resulta casi imposible identificar o detener. El suspenso está en el ya casi, y con él se juega hasta la inevitable resolución.

Es un esquema de apuesta casi única con doble filo, pues el fin de esa rivalidad entre héroe y villano puede terminar también con la serie. Desde Hannibal hasta The Fall, pasando por El Mentalista y su Red John, esta premisa empata la suerte de héroe y villano (a veces hasta las desdibuja) amarrando su sino de tal manera que la historia del policía se vuelve la captura del asesino.

El tercer acercamiento es de tipo documental. Corresponde a los seriales true crime que siguen casos sin resolver, detectives científicos, testimonios de víctimas, testigos y sospechosos. Invitan al público tras bambalinas a la cacería, el drama y la oscuridad de los procesos judiciales. Uno de sus ejemplos más polémicos y logrados es la serie de Netflix: Making of a Murderer, que explora la posibilidad de inocencia de un tipo encarcelado.

Quizá por ello, sea tan refrescante toparse con una propuesta como la nueva serie de Netflix: Mindhunter, basada en el libro Mind Hunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit de John E. Douglas y Mark Olshaker (cazador de mentes: dentro de la unidad élite de crimen serial del FBI).

Detrás del proyecto está Joe Penhall, dramaturgo y cineasta australiano, con experiencia en la adaptación meticulosa de El último rey de Escocia (de la que retiró su crédito) y The Road (basada en la novela de Cormack McCarthy). También fue creador de la serie Moses Jones para la BBC.

Mindhunter es producida entre otros por David Fincher. Y es Fincher quien dirige los dos primeros episodios y de alguna manera los conecta con la estética y estilo narrativo que usó en su película más lograda: Zodiac.

Quien espere alguno de los tres modelos descritos arriba se llevará una sorpresa. La serie transcurre en los años setenta y más que presentar a un equipo élite de súper policías enfrentando súper criminales, nos lleva a un momento histórico de profunda disonancia. Tenemos por un lado a un FBI post Hoover, extremadamente conservador y limitado en su filosofía y capacidad, y a un fenómeno que empieza a presentarse a todo lo largo del territorio estadounidense.

Es muy posible que lo que ahora llamamos asesino en serie, estuviera presente desde mucho antes (hay toda una línea de thrillers históricos que se soportan en esa idea remontada al famoso Jack El Destripador). Pero lo cierto es que a mediados de los setenta, cuando aparece en el imaginario nacional Charles Manson, no hay la capacidad para una respuesta organizada ni inteligente.

Fincher ya había explorado los conflictos jurisdiccionales en California en Zodiac (también basada en un libro true crime), pero acá eleva el foco al ámbito nacional.

La serie sigue a Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany), dos pioneros de la unidad de ciencias del comportamiento del FBI, cuando esta no era más que un nombre lustroso para un tipo que viajaba por el país tratando de capacitar a policías locales en cómo hacer mejor su trabajo.

Es Ford quien se interesa por entrevistar a uno de los primeros asesinos múltiples de los EU preso en California (Edmund Kemper, extraordinariamente recreado por Cameron Britton). De la curiosidad de Ford surgen preguntas que empiezan a romper la barrera entre la academia y el FBI, una institución que hasta entonces estaba más ligada al control político que la investigación.

Mindhunter es tan inquietante como perturbadora, pues recupera la primera vez que la policía intentó asomarse en la mente de los peores criminales para entender cómo piensan y por qué hacen lo que hacen.

Ford está basado en John E. Douglas y Tench en Robert K. Ressler dos de los precursores de la investigación criminal moderna, esa que ya no sólo busca atrapar al culpable y arrojar la llave, sino que trata de asomarse al abismo y entender lo que está pasando en esa mente y la sociedad.

El resultado va más allá del entretenimiento, ofreciendo una de las propuestas más inquietantes, perturbadoras e inteligentes que se han visto en televisión en los últimos años.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 18 de octubre del 2017