382 – Lavando ajeno

Puede ser pura coincidencia, pero de alguna manera el anuncio de la OFAC que vinculaba a uno de nuestros mejores futbolistas y al “envidiado” Julión, con redes de lavado de dinero, llega días después de que Netflix estrenara Ozark, una nueva serie con Jason Bateman, sobre el lavado de dinero de cárteles mexicanos.

Bateman es Marty Byrde, experto financiero, cuya firma de inversión en Chicago, decide aceptar la tentadora propuesta de “Del” (Esai Morales). Al inicio de la serie, Byrde está en crisis: Del acaba de descubrir que alguien en su firma le está robando dinero, y su mujer Wendy (Laura Linney) lo engaña.

Bateman nunca me convenció como comediante, pero en su retrato, contenidamente angustiado de Byrde, hay muy poco de humor y mucha habilidad para matizar el carisma del vendedor de buenos futuros con la tensión de quién sostiene su mundo con alfileres.

El lavado de dinero es parte del zeitgeist, tanto como el narcotráfico, toda vez que el primero constituye la interfaz del dinero sucio y la economía formal. En ese sentido, Ozark resulta ilustrativa del fenómeno que ha circulado la prensa mexicana desde que las cuentas de Márquez y compañía fueron congeladas.

El piloto de la serie es apenas el detonador de una trama que surge de una ocurrencia desesperada de Byrde: lavará millones de dólares en efectivo en un poblado semirural en los Ozarks de Missouri. Una región montañosa, con enormes lagos y represas, que comprende los estados de Missouri, Arkansas y Oklahoma. Parte del cinturón bíblico estadounidense, y una de las zonas marginales, social y políticamente, del país. Una región que se desarrolló por la minería y que por sus bellezas naturales, se ha ido volviendo remanso del turismo deportivo, acuático y de aventura forestal (acampar, pesca, cacería).

Contra reloj, y con la vida de los suyos de por medio, Byrde debe encontrar la manera de cumplir su promesa al cártel. La serie es casi didáctica en cómo Byrde busca dónde colocar el dinero y circularlo. Quizá sirva para entender más allá de lo teórico los diagramas que abundan en la prensa mexicana, y que fuera de vincular nombres de celebridades, sus negocios y fundaciones con otros de dudosa reputación, poco hacen para explicar realmente cómo funciona una operación así en el día a día.

Ozark expone cómo la red va extendiendo su alcance de la familia hacia los habitantes de la localidad. La situación, la tensión doméstica y las traiciones, van haciendo mella en cada miembro de la familia, e infectando (valga la analogía) a aquellos con los que se vinculan en la comunidad. Es la llegada del progreso con sus dos caras, bienestar material y paulatina corrupción moral.

La serie no está exenta de conectar con ciertas fórmulas. La más evidente, en el desquiciado agente del FBI, Roy Petty (Jason Butler Harner) que se hace pasar por pescador para atrapar a los Byrde. Hay en la personalidad de Petty, ecos del perturbado agente antiprohibición Van Alden (Michael Shannon) de Boardwalk Empire.

Lo más destacable de Ozark, y es una serie que vale muchísimo la pena, es su elenco. No sólo Bateman que encuentra en Byrde el mejor papel de su carrera, sino en la maravillosa Linney, capaz de conjurar un permanente amasijo de emociones encontradas: vulnerabilidad, fortaleza, ternura y crueldad. La consistencia se extiende al resto del elenco, desde Ruth (Julia Garner) y Rachel (Jordana Spiro); hasta veteranos que suelen flotar al borde de la sobreactuación como Peter Mullan, o el mismo Morales (nunca más convincente).

Notas marginales: El lavado de dinero es un fenómeno complejo que no responde a las ideas que solemos barajar en cuanto a justicia, moral y legalidad. El caso de Marquez y compañía ha sido, con pocas excepciones, penosamente reportado por los medios: desde desgarrarse vestiduras por el pundonor del futbolista en la cancha, condenas, burlas y erradas menciones a la “ley patriota”. Reportes que se limitan a lo que dicen y declaran unos y otros. Poca o nula investigación.

En la procuración de justicia en EEUU, por lavado de dinero, basta evidencia circunstancial para elaborar una acusación. En el citado caso, las autoridades invocaron el Kingpin Act, una ley del año 2000 construida como modelo por las sanciones que aplicó la OFAC a los cárteles colombianos en 1997.

La ley fue diseñada para bloquear el acceso a las redes financieras estadounidenses por parte de narcotraficantes, sus negocios y operaciones. Esto lo realizan congelando los activos de los sujetos investigados y dejando que sean ellos quienes prueben la procedencia de los fondos (o sea su inocencia).

Las sanciones van desde multas millonarias hasta prisión. Esta designación empezó apuntando a narcotraficantes conocidos y a sus money men desde Tanzania hasta Sudamérica pasando por México. El círculo de sanciones se ha expandido con el tiempo de sus “blancos” tradicionales hasta sus facilitadores, incluyendo a instituciones financieras (bancos y aseguradoras).

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de agosto del 2017

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