El viaje aéreo a Ciudad Juárez es corto, pero aún así toma sus horas. Autobús de Querétaro al aeropuerto capitalino. Esperar dos horas, volar otro tanto. Llegamos el viernes poco antes de mediodía. Primera inquietud, se supone que alguien irá a recogernos. Los pasajeros que venían en el vuelo se dispersan y sólo quedamos nosotros. Empiezo a buscar dónde anoté el teléfono de la universidad, cuando alguien me pregunta si soy yo.
El trayecto es hacia el hotel Ramada, cerca de la universidad. Pocos automóviles circulan por las anchas avenidas. Hace dieciocho años que no vengo a Ciudad Juárez. Antes de que fuera llamada la ciudad más peligrosa del mundo, antes de los huesos en el desierto de González Rodríguez, antes de las muertas, las narcomantas, la Línea, los Aztecas y las masacres de adolescentes.
La desolación es palpable. Largos centros comerciales y edificios abandonados, con escaparates rotos, descoloridos letreros de se renta, estacionamientos ocupados por el polvo y alguno que otro periódico arrugado. Por la calle nos rebasa un convoy militar: cinco vehículos. Los soldados no van sentados en resignadas hileras bajo un toldo. Estos van atentos, con uniforme de camuflaje color arena, rostros enmascarados, armas de alto poder, apuntando a todos y a nadie. Van en lo suyo.
La conversación en el auto es sobre las dificultades para publicar hoy en día. Un colega experto en Fuentes Mares se lamenta del tiempo que le hizo perder una editorial. Hasta los fast-food se ven abandonados, y eso que sí operan. ¿Los soldados los hacen sentir seguros? El conductor dice que no. Son muy buenos para no estar cerca cuando hacen falta. ¿Quién los puede culpar? –arguyo– tienen uno de los trabajos más peligrosos, ganan una miseria y se juegan la vida para qué, ¿por honor, la patria, la bandera? Eso queremos creer, en el fondo deben tener también miedo.
La situación recuerda Pantaleón y las visitadoras, dice nuestro anfitrión. Tres mil soldados llegan a la ciudad, las primeras en quejarse son las prostitutas. ¿Dónde hay un Pantaleón Pantoja cuando hace falta?
Estoy ahí como invitado de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, para recibir el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2010 para mi libro Cuando te toca. La idea de ir a Juárez es de doble filo. Por un lado el gusto de ver a la familia, recibir el premio (por supuesto), y la idea de que no debe estar tan mal la cosa: los medios suelen exagerar. Por otro, la idea de que a lo mejor sí lo esté. Vienes por algo bueno, me dijo un familiar por teléfono días atrás: qué bien, que de este lugar que todos llaman la cloaca del país, salga una noticia tan buena.
En medio de ese clima, el hotel resulta un tanto inquietante. Dos hileras de cuartos, dos plantas frente a una alberca enrejada. En la habitación se respira un aire decadente que evoca Barton Fink, aunque el estilo no podía ser más distinto, quizá es el papel tapiz. La puerta de hierro no tiene cerrojo de seguridad. Los agujeros que dejaron los tornillos del cerrojo desaparecido, parecen retarme a no llamar a recepción para exigir un poquito de paz mental. Tampoco hay caja de seguridad o toallas.
La camioneta de la universidad nos recoge a tiempo. El trayecto es más largo de lo esperado, el amable chofer se disculpa, cambiaron el sentido de algunas calles. Llegamos a la biblioteca Carlos Montemayor. Un edificio grande y cuadrado. La entrada abre a un ancho recibidor, el evento es en el segundo piso, junto a la colección especial. Luis Carlos Salazar me avisa que siempre no voy a leer un cuento, estaremos cortos de tiempo, explica. La sala se llena en quince minutos, más de doscientas personas, estudiantes, sí, pero también niños. Gente de todas las edades. Entre ellos, varios familiares. Intercambiamos abrazos.
El primer presídium para hablar sobre los veinticinco años del premio, lo componen seis funcionarios universitarios y doña Emma Peredo de Fuentes Mares, una lúcida y sonriente anciana, que cautiva al público al recordar viejos tiempos y explicar que siempre ha considerado a Juárez su casa. Luego avisa que será la última vez que asista, ya no estoy para estos ajetreos, dice, o algo así.
Después de un receso, cinco expertos discuten la obra de Fuentes Mares. Leen ensayos sobre el historiador y filósofo, refieren anécdotas. El celular de uno de los ponentes no deja de sonar. Espero que no hayan matado a nadie, dice en voz alta medio en broma, medio en serio, antes de ponerse de pie y partir a media sesión. El siguiente orador continúa su lectura. La silla queda vacía.
Después es la ceremonia de premiación. Mientras redactaba las palabras que leería al recibir el premio, temía incomodar al público y a mis anfitriones si hacía referencia al elefante en la habitación, o sea a la inseguridad, al crimen fuera de control, al reportaje de Punto de partida, la semana anterior, sobre todos los negocios que han abandonado la ciudad para instalarse del otro lado, en El Paso. Pero aquí todos hablan de crimen y de muerte. La inseguridad y temor se cuelan en cada conversación, con humor negro o pesadumbre.
Además, no hablar de ello sería mucho peor. Fingir que esto es sólo sobre literatura, sobre mi libro, sobre el premio y nada más. Me queda claro que tengo que hablar sobre la otra Juárez, la de hace dieciocho años, y esta ciudad rota y desolada. Estoy convencido que la guerra contra el crimen era inevitable y necesaria, pero también que no es la solución del problema de Juárez o de las ciudades sometidas por la violencia.
La guerra que debería estar peleándose es por la educación y la cultura, tan invisibles en el corto plazo que a nuestros políticos sólo se les aparecen en campaña. Sin llevar lejos la analogía bélica, la Universidad, sus estudios de historia, su premio literario serio y reconocido, son apenas una trinchera, quizá la única que vale la pena conservar.
Después del evento, un festivo brindis, botana y el pastel de 25 aniversario. Se coordina el transporte para volver al hotel. Viernes por la noche, es extraño circular por una ciudad casi fantasma. Los semáforos ya parpadean siempre, salvo algunos cruces, nadie está obligado a detenerse. Aún así pocos autos circulan, la sirena de las ambulancias rompe la oscuridad. Y los antros y bares, abarrotados de autos, la música escurriendo de sus fachadas sólidas, punchis-punchis o corridos. Sólo ahí parece haber vida.
A las once el hotel se repliega. Apagan luces, cierran restorán y bar, aunque nos dejan quedarnos a conversar un poco con otros invitados. Se arma una entretenida y efímera tertulia histórico–literaria, nos acompañan Alfredo Pavón, Jorge Herrera, Luis Carlos y señora. A la medianoche apagan la luz. Nos despedimos.
Rumbo a las habitaciones, por un oscuro pasillo, alcanzamos a ver en el piso vidrios rotos y colillas de cigarro. Más allá, en una habitación abierta, cinco o seis jóvenes beben y fuman. Es un nuevo estilo de fiesta, rentar un cuarto de hotel, permanecer seguros, dormir un poco y salir la mañana siguiente, en lugar de ir al antro. No sé si son foráneos o locales, pero la precaución se entiende. Más tarde, algunos golpean puertas y levantan la voz, no se escucha divertido. Llamo a recepción para quejarme, exigiendo anonimato: algo pasa en la habitación de al lado, no sé qué ni me interesa pero no suena bien, si van a ver, no diga que yo llamé, no quiero tener problemas con ellos, no sé quienes son ni me importa. Son las tres de la mañana. Después recuerdo, precisamente, el segundo cuento de mi libro, la vida tiene maneras de ponerse por delante de la ficción.
Finalmente consigo dormir algunas horas. Despierto poco antes de las siete, todavía la adrenalina y la emoción del premio circulan por mis venas. Enciendo las noticias, consulto internet en el celular. ¿Alguna noticia sobre el premio en algún diario? ¿Se extenderá la buena nueva desde la ciudad del crimen, para romper el paradigma de que todo lo que pasa aquí es violencia?
No me equivoco en algo: todos hablan de Juárez. Durante la madrugada, un comando armado masacró quince adolescentes en una fiesta. Ahí, vamos de nuevo…
twitter @rgarciamainou
Para El Economista – Arte, ideas y gente – miércoles 27 de octubre del 2010
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