
A mediados de los años setenta, Italia pasaba por un momento complicado: el terrorismo de las brigadas rojas y el escandaloso secuestro y asesinato del líder de la democracia cristiana (que llevó al libro de Robert Katz y a la extraordinaria película de 1986 de Giuseppe Ferrara: El caso Moro). Pero también fue el inicio de lo que después se conocería como “los años del plomo”.
El dominio regional de ciertas bandas criminales se remontaba a principios del siglo diecinueve. Tanto la Mafia siciliana como la Camorra napolitana se dividían el territorio nacional. Cada una con estructuras organizacionales distintas. El único territorio que no era dominado por ninguna de las dos era Roma, donde un agobiado Ministerio del interior presumía tener todavía el control de las calles.
En 1977 un grupo de jóvenes se propuso reinar en ese vacío. El alcance de las organizaciones napolitana y siciliana se limitaba a ciertos barrios. Con la policía preocupada por el terrorismo de las Brigadas Rojas, y la tensión social que provocaban los enfrentamientos con grupos neofacistas como El núcleo de revolucionarios armados (NAR), la banda empezó a florecer por su violencia, haciéndose poco a poco con la ciudad.
Conocida como la banda de la Magliana por el barrio del que surgieron algunos de sus miembros, su historia empezó con el secuestro de un duque en 1977 y con la reinversión del dinero de la recompensa para extender su dominio criminal en Roma.
La banda de la Magiliana inspiró varios libros, una novela famosa del juez Giancarlo de Cataldo, una película y finalmente a la serie de televisión más exitosa de la historia italiana: Romanzo Criminale.
Para los medios italianos, sus dos temporadas (2008-2010) dirigidas por Stefano Sollima son “la única serie italiana de la que podemos estar orgullosos de exportar al exterior”. No sorprende que la serie le abriera la puerta internacional a producciones más recientes como 1992 de Alessandro Fabbri y Gomorra del propio Sollima.
Cuando vemos los primeros episodios, queda claro que el acercamiento de Sollima pudo haber sido influido por la televisión estadounidense, con guiños al cine de Martin Scorsese. Después de todo, el montaje de la secuencia de créditos recuerda al que habitualmente tienen las series de HBO. Pero los paralelismos terminan ahí, frente a la banda de la Magliana, hasta Tony Soprano es un bebé de cuna.
La serie sigue la historia de los fundadores de la banda, conocidos por sus apodos: El libanés (Francesco Montanari), El Frío (Vinicio Marchioni) y El Galán (Alessandro Roja). Además del único policía que parece dispuesto a seguirles la pista en medio del berenjenal político: el detective Scialoja (Marco Bocci).
Romanzo Criminale es muy distinta de las sagas eurocriminales nórdicas, donde la trama gira alrededor de policías agobiados y psicópatas delirantes (pensemos en The Killing o El puente), o los policiales británicos donde es muy palpable la brújula moral entre protagonista y antagonista (The Fall) o la exploración de la sicología del detective se da a lo largo de episodios en que resuelve misterios (Endeavor, Lewis, Midsomer Murders o Whitechapel).
Quizá la única serie británica similar sea Peaky Blinders que reconstruye la historia de una legendaria banda que surgió entre la clase obrera de Birmingham en las postrimerías de la primera guerra mundial.
Sollima recrea el difícil periodo histórico italiano con extraordinaria precisión, concentrándose en una narración de antihéroes no exenta de sentido del humor y una teatralidad melodramática apasionada: muy italiana, pues.
La leyenda de esta banda que se hizo con Roma plantándole cara a la Camorra y al Estado es poco conocida fuera de Italia, y sin embargo, tuvo una gran relevancia local por el periodo histórico en que transcurrió.
Sollima a veces se regodea en los detalles, como si enfocar radios, escuchar música disco, o en el golpe que supone robar un camión de máquinas de escribir Olivetti, reforzaran un punto que ya estaba logrado con el vestuario y el lenguaje. Pero dejemos ese regodeo como un capricho que no obstaculiza, y al contrario, dota de cierto encanto la narración.
Romanzo Criminale ni hace una apología de la vida criminal, ni la condena. La óptica de Sollima es casi de documentalista: dotar de vida a los personajes, seguirlos, y dejarlos que cuenten su historia.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 7 de junio del 2017