371 – La octava es la vencida

Llegó la octava película de quien empezara como el octavo pasajero: Alien Covenant (2017) otra vez con Ridley Scott llevando la batuta. Continuación directa de Prometeus (2012), en el sentido que retoma la historia del androide David (Michael Fassbender) donde se quedó en su predecesora.

Gran parte de la discusión sobre Alien Covenant se ha centrado en su calidad de secuela, y en una idea, por lo visto todavía preponderante entre ciertos críticos, de que las secuelas son productos inferiores realizados para exprimir por enésima vez la misma naranja. La posición de muchos es que esta última entrega escapa a ese estigma de la secuela hollywoodense, y que es una película digna por sí sola.

¿Podemos hablar de secuelas en las cintas de Alien? Me parece que las películas que llevan como eje dramático a la criatura diseñada por H.R. Giger, constituyen más bien una serie, en el sentido que ha cobrado popularidad en años recientes en las novelas de género o en la televisión. Esto es, en que las cintas de Alien no guardan entre sí un arco dramático coherente, sino un universo y un (unos) protagonistas en común.

Me explico: Durante las primeras cuatro películas, la saga seguía la historia de Ripley (Sigourney Weaver) la superviviente, y por alguna razón, la única (fuera de ciertos oscuros intereses corporativos), informada de a qué se estaban enfrentando los exploradores humanos en las lejanías del cosmos.

Las primeras cuatro entregas de las serie se inscriben en ese subgénero que es hombre contra monstruo, subgénero que toca la ciencia-ficción en forma incidental, pero es más cercano al horror. Historias de supervivencia donde el ser humano se enfrenta a una criatura que busca destruirlo por razones que importan poco. En ellas, a pesar de la popularidad que merece la entrega de James Cameron (Aliens), sigue destacando la oscura y claustrofóbica original.

Después, aparecieron dos películas basadas en novelas gráficas: AVP (2004) de Paul W.S. Anderson y AVPR Alien vs Predator Requiem (2007) de los hermanos Strause), donde el grupo humano es mera decoración para un combate interespecies galácticas; entre los cazadores depredadores que enfrentó Arnold Schwarzenegger en la selva centroamericana en Predator y los más letales aliens que se vieron las caras con Ripley. Cintas veraniegas de acción y efectos especiales entretenidas, pero que poco añadían a la mitología de la serie.

La vuelta de Scott con dos cintas más, pretendía refrescar la saga y de alguna manera regresarla al punto de partida. Y Scott lo hace filmando, básicamente, la película original, dos veces más. Pero esta vez, no se trata del hombre contra el monstruo, sino la premisa más vieja y recurrida de la ciencia ficción: el hombre contra la máquina.

La criatura es un mero pretexto del que se vale Scott para que su androide David, siga la misión secreta encomendada por su creador, el fallecido Peter Weiland (Guy Pearce). David es el HAL de 2001, pero también el Skynet que construye Terminators, el Ultron que enfrentan los Avengers o la Aida LMD con las que se la ven los Agentes de SHIELD. Es la creación humana que empieza a pensar por sí sola y cuando lo hace, se vuelve paranoica, delatando los errores de su programación, que cual defectos genéticos, la dirigen a destruir a su creador.

Ligado al hombre contra la máquina, subyace un segundo paradigma que flota en el trasfondo de toda la saga, y es la perversidad y los intereses ocultos de las corporaciones. En este caso la Weiland, pero también aquella que envía las misiones del Nostromo y las subsecuentes. Una que da instrucciones secretas a sus tripulantes androides, que suelen implicar traicionar a su tripulación o alguna lindura semejante, para hacerse con el arma biológica por excelencia, la criatura que conocemos como el alien.

La trama es casi lugar común desde antes del Star Trek clásico: misiones espaciales interrumpidas por señales de auxilio en planetas desconocidos donde los tripulantes se encuentran con su suerte. Los viajeros espaciales de Scott son tipos emocionales, ramplones, mal capacitados para enfrentar cualquier contrariedad, pobres en los protocolos de sanidad, cuarentena y combate. Sus heroínas son mujeres valientes y feroces, capaces de enfrentar criaturas (también hembras) que suelen ser letales.

Al margen de las extrapolaciones psicoanalíticas que se pudieran sacar de las obsesiones de Scott, lo cierto es que su capacidad detrás de la cámara y la de su equipo técnico siempre son sobresalientes. Su cine es visualmente deslumbrante y consigue satisfacer al espectador ocasional. Pero, particularmente en las últimas dos entregas, no soporta un análisis a fondo.

Alien Covenant bien puede ser un relanzamiento de la serie, pero sólo lo consigue desde un punto de vista comercial dirigido a nuevas audiencias. Para los que hemos seguido las desventuras de la criatura/monstruo/parásito/depredador, no hay nada nuevo. Uno esperaría más malicia de un guionista tan versado como John Logan. Alguna variante dirigida a los regulares de la serie, que se valiera de nuestras expectativas para alguna sorpresa.

En lugar de ello, nos receta aburridos monólogos de androides confrontados con su propia programación, tripulaciones incompetentes y arquetipos gastados. Es la máquina devenida en Doctor Moreau, buscando en la creación de sus propias criaturas, alguna trasnochada trascendencia, pero poco más. En ese sentido, Alien Covenant es un película que cumple para la temporada veraniega, pero como parte de la serie que inició en 1979, una de las entregas más decepcionantes.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 31 de mayo del 2017

One Reply to “371 – La octava es la vencida”

Comments are closed.