364 – Las pequeñas tiranías

Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 fueron, en más de una manera, parteaguas de la historia moderna estadounidense. Influyeron la política exterior del país y su intervención permanente en la región del medio oriente. Pero más aún a su propio pueblo, con una inverosímil serie de medidas en nombre de la seguridad nacional que poco a poco han invadido aspectos de la vida privada de ciudadanos y visitantes que alguna vez eran baluartes de la libertad.

En uno de sus discursos posteriores a la tragedia, George W. Bush hizo referencia a los terroristas como grupos que “odian nuestro estilo de vida y nuestra libertad”. Después, su gobierno implementó, vía el acta patriota y otras medidas, un modelo de prevención al terror que paradójicamente trastocó su estilo de vida y libertad.

Como los atentados se realizaron con aeronaves comerciales, se reforzaron las medidas de seguridad en todos los vuelos. La idea de llevar un policía encubierto a bordo y tener puertas impenetrables hacia la cabina, pretendía impedir el acceso a esta y al mando del avión.

Luego llegó la no-fly-list que permitía a la TSA y a las aerolíneas, “boletinar” a pasajeros impertinentes o “riesgosos” en una suerte de lista negra que bajo el escudo de prevenir el terrorismo se convirtió en la mejor amenaza para intimidar pasajeros. La lista pasó de 16 personas a las que no se les permitía volar en 2001, hasta diez mil nombres en 2011 y 47,000 en 2013.

Un pasajero no es notificado cuando su nombre se incluye en la lista, ni por qué lo pusieron ahí. Los criterios son vagos e inapelables, y recuerdan tanto la trama de uno de sus libros que Kafka podía haberlos demandado. Simplemente se te empieza a negar el acceso a reservar boletos. Mala suerte si tu nombre es igual al de alguien boletinado. Mala suerte porque es una lista a la que no se puede dejar de pertenecer.

Las razones por las que alguien es incluido se han prestado a cierta especulación mediática. Según The Guardian, el departamento de justicia estadounidense dijo que la “sospecha razonable” de que alguien esté relacionado, vinculado, ayudando o similares a la idea de un acto terrorista, es suficiente para ganarse el boleto a la tierra sin aeropuertos.

Las aerolíneas son de alguna manera custodios legales de la seguridad de sus aviones. Y con un gran poder viene una gran responsabilidad, como dicen que dijo Voltaire pero más bien dijo Spiderman. Y el reverso es igualmente válido acá, con una gran responsabilidad, viene un gran poder. ¿Qué pasa cuando un pasajero se pone impertinente, no obedece las indicaciones o se niega a aceptar alguna instrucción?

Hace un par de días, lo descubrió un médico de 69 años que viajaba de Chicago a Louisville en United Airlines. Como parte de la gran fusión de aerolíneas que creó ese engendró que es hoy United, se ha denunciado una práctica riesgosa de sobrevender vuelos buscando aprovechar cada asiento, inclusive los de pasajeros ausentes.

El vuelo 3411 fue uno de esos casos. La aerolínea lo sobrevendió, y una vez que todos los pasajeros estaban a bordo, alguien decidió que miembros del personal de la aerolínea también tenían que tomar ese vuelo. Por lo que se ofreció a los pasajeros dinero y una noche de hotel si aceptaban quedarse en Chicago. La primera oferta fue de $400 dólares, nadie aceptó. La segunda fue de $800. Una pareja aceptó quedarse, pero la aerolínea necesitaba un lugar más.

Lo sortearon y al médico de 69 años “le tocó” tener que bajarse. Pero no quiso. Él había pagado por el asiento y no quería quedarse una noche más en Chicago.

El personal de la aerolínea le dijo que no era opcional. Se negó. Llamaron a la policía y lo bajaron. En el proceso lo golpearon con un asiento y lo arrastraron por el pasillo del avión con sangre escurriendo por el rostro. Los videos del incidente incendiaron las redes sociales de inmediato, y las declaraciones posteriores del director de la aerolínea, Oscar Munoz no hicieron nada para mitigar la indignación.

“Este es un evento perturbador para todos en United. Me disculpo por tener que reacomodar a estos pasajeros. Nuestro equipo se mueve con urgencia para trabajar con las autoridades y realizar nuestra propia evaluación de lo que sucedió. También estamos buscando al pasajero para resolver la situación.”

La palabra clave es “reacomodar”. El director se disculpa por reacomodarlos, no por bajar, arrastrar y golpear a un cliente. En el modelo de negocios de la aerolínea, hubris post 9-11 incluido, el uso injustificable de la fuerza está perfectamente justificado.

La explicación previa de United era peor: “El vuelo 3411 de Chicago a Louisville fue sobrevendido. Después de que nuestro equipo buscó voluntarios, un cliente se negó a dejar el avión voluntariamente y se tuvo que llamar a la policía. Lamentamos haber sobrevendido el vuelo”.

Voluntarios a fuerzas. La letra chiquita del contrato con sus clientes (esa ilegible que solía venir junto a los boletos y ahora se llama “aceptar términos y condiciones”), les permite hacer eso.

Los sucesos del 11 de septiembre cambiaron la industria aérea para siempre. Afectaron económicamente el negocio de tal manera que muchas aerolíneas sólo sobrevivieron abrazando políticas de bajo costo o fusionándose en monstruos corporativos donde sólo los números cuentan y las reglas las ponen ellos en nombre de la seguridad del vuelo y por lo tanto del país.

Son juez y parte un modelo disciplinario donde el cliente no tiene nada de razón, y más le vale ser pasivo y complaciente, porque si no entiende por las buenas…

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 12 de abril del 2017

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