La frase aplica no sólo para el escéptico que exige evidencia incontrovertible antes de cambiar de opinión, sino también para describir la perplejidad que me producen ciertos sucesos recientes.
1. Nuestro narcodiputado
Julio César Godoy no era un diputado electo como cualquier otro. Con orden de aprensión en su contra por vínculos con el crimen organizado en general, la Familia Michoacana en particular, y prófugo de la justicia desde hacía meses, Godoy fue capaz de sumar lo peor del ingenio del mexicano.
Primero consiguió que un juez le otorgara un amparo para permitirle asumir como diputado a pesar de estar en la lista de los más buscados de la Policía Federal. Después se coló en el Congreso de la Unión en la camioneta facilitada por Guadalupe Acosta Naranjo, diputado del PRD, y mientras la policía montaba un cerco inútil en el exterior del Palacio de San Lázaro, convirtió la oficina de Alejandro Encinas en bed & breakfast por dos noches, y el jueves se presentó ante el pleno de la cámara para jurar como diputado federal.
Ante los aplausos de sus correligionarios, y alguno que otro cínico o despistado, Godoy asumió el cargo y con él su fuero, que se ha convertido en una suerte de inmunidad diplomática. De esta manera desarticula la investigación en su contra y le deja al gobierno la oportunidad de buscar un desafuero.
No cabe duda que sus compañeros de partido están de plácemes pensando que revivirán, seis años después, aunque sea en versión piratona, el famoso desafuero de AMLO. Cuando en El Asalto a la Razón, Carlos Marín cuestionó a Acosta Naranjo por hacerla de cómplice del michoacano, este respondió que había visto los expedientes del caso y no lo habían convencido. Tan fácil.
Después de que Hillary Clinton fuera ampliamente descalificada por haber comparado a México con Colombia, nuestros diputados se aplican para crear similitudes: ver para creer
2. La fiesta o por qué no invitan
Hace un mes, y después de un disparejo partido frente a (precisamente) Colombia, los seleccionados mexicanos regresaron a su hotel en Monterrey, y decidieron que merecían, por su esfuerzo y victoria, celebrar como dios manda.
La fiesta se llevó a cabo en un salón privado del hotel y fue detectada inmediatamente por la prensa que suele seguir a los famosos y a los futbolistas que lo son un poco. Se reportó un pachangón de antología, que incluyó prostitutas y hasta algún travesti.
Semanas después (tómense su tiempo…), la Federación de Futbol anunció sanciones ejemplares para los jugadores que habrían violado tres cláusulas del reglamento de selecciones nacionales. Dos ridículamente suspendidos por 6 meses (dos partidos) y varios multados por $50 mil pesos. Para granjearse el apoyo del público, se anuncia que la multa se destinará a los damnificados de Veracruz.
División en los medios y las opiniones. Por un lado los que abogan por la libertad de los futbolistas de salir de trabajar y echarse un trago con quien gusten como Héctor Aguilar Camín. En el mismo panel, Jorge Castañeda que estaba hospedado en el hotel, dijo que ni siquiera parecían “pirujas” (dixit), y que no vio más porque no invitaron. También en La hora de opinar, el director deportivo de los Pumas censuró a la federación: “lo que esos jóvenes (niños) millonarios y desubicados necesitan es que alguien los cuide…¿dónde estaban los federativos?”
Con toda la polémica que implican el respeto de los ámbitos público y privado, es un tema candente y perfectamente contrastable con lo que sucede, por ejemplo, en los EU con la NFL, donde jugadores son penalizados fuertemente por sus equipos y por la federación cuando dan un mal ejemplo a los fans, mala imagen a sus equipos o violan la ley.
La posición de los jugadores pasa por dos cartas. Una primera de contrición disculpándose con la afición por el desfiguro, y otra publicada apenas, donde se exige la salida de Néstor de la Torre de la comisión de selecciones y once seleccionados renuncian a ser llamados mientras tanto.
Al directivo se le ha acusado de imprudencia por exhibir a los jugadores públicamente con la sanción, parece que muchos favorecen que aunque haya un reglamento de por medio, los asuntos y los castigos “ejemplares” se arreglen por debajo del agua: ver para creer.
3. No desperdiciar la publicidad gratis
Primero fueron las lluvias de agosto. La imagen imborrable de Calderón caminando con el agua hasta la cintura mientras visita la zona de desastre, y la de Fidel Herrera, gobernador veracruzano, en canoa, el día anterior, mientras alguien, con el agua hasta las rodillas, lo empuja en su recorrido.
Después son los camiones. Los de ayuda humanitaria y los que auxilian a la población después de la catástrofe que deja el huracán Karl. Camiones decorados con mantas gigantes y rojas con el nombre del gobernador y la leyenda oportunamente rotulada “emergencia climatológica”.
Los medios vuelven a las cifras de escándalo: un millón de daminificados y veinte cocodrilos perdidos: ver para creer.
4. Caso de película
Mientras en Francia son expulsados y el presidente Sarkozy se mete en dimes y diretes con otros mandatarios europeos; en México, el líder de los gitanos mexicanos Pablo Luvinoff es asesinado en un hospital de lujo de Coyoacán, aunque era protegido por la policía capitalina. La nota parece una escena habitual de un thriller de conspiración. Más trágica aún cuando se acompaña por una reconstrucción como la que hace el viernes pasado El Noticiero de López Dóriga. Tres atentados previos contra Luvinoff, que sobrevivió de milagro aunque perdió dos hijos, todo desde que denunció las mafias en la comunidad gitana mexicana. Ver para creer.
Para El Economista, miércoles 29 de septiembre del 2010



