En el primer texto del más reciente libro de Eduardo Halfon (Signor Hoffman, Libros del Asteroide, 145 pp.), un personaje homónimo al guatemalteco, visita Fondazione, un campo de concentración en Italia. Un sitio que pretende ser un Museo Internacional de la Memoria, pero que en realidad, descubre con perplejidad, es una reproducción forzada, una suerte de parque temático que funciona como sucedáneo de negocio y expiación local.
El libro lo componen seis textos, digo textos no por ser evasivo, sino porque aunque funcionan perfectamente como relatos, también lo hacen como crónica, por momentos como reportaje, por otros podrían catalogarse con la simplista (y en este caso injusta) etiqueta de literatura de viajes. ¿Qué son? ¿Importa acaso? A mí, como lector, en lo absoluto. Son piezas literarias magníficas, agudas, memorables y conmovedoras.
Hay una liga común, los viajes y reflexiones de Eduardo Halfon (1971), protagonista, escritor, periodista, turista (acaso), cronista o narrador. En Bambú se detiene brevemente en un parador de Iztapa, Guatemala. No queda claro qué hace ahí. Pareciera una parada en el viaje más largo que retoma más tarde en Arena blanca, piedra negra. Se estaciona, come un poco, recorre la carretera hasta una casa donde encuentra una jaula de bambú. Es el texto más breve del libro y el primero que nos recibe con un inesperado golpe en el estómago.
En Arena blanca, piedra negra, el viajero decide recorrer las carreteras guatemaltecas para llegar a Belice. Su idea es aprovechar el camino para disfrutar el paisaje. Un camino largo y difícil, que llega casi a su fin en la frontera, sólo para descubrir, al presentar el pasaporte que funcionario migratorio le responde. “Esto no sirve, señor”. Hay algo onírico y amenazante en el relato, el mejor y más conmovedor del libro.

E.M. Forster dijo alguna vez que hay dos tipos de historia: alguien emprende un viaje o un extraño llega a un lugar. Sólo que en el caso de su Halfon, su Hoffman, el sujeto es el mismo. Emprende un viaje y se convierte en el extraño que llega a un lugar y con su mirada descubre los detalles que se nublan en lo cotidiano.
Han vuelto las aves recupera la historia de una familia cafetalera a la que el autor visita, en una de las zonas más aisladas y peligrosas del país. Su conversación con los Martínez recorre la historia del café guatemalteco, el mercadeo astuto de un comerciante italiano vivales, los esfuerzos comunitarios para sacar adelante una cooperativa en un poblado cuya plaza central es una cancha deportiva patrocinada por NaranJugo. Los esfuerzos familiares, frente a estafas y estafadores, frente a la violencia y la represión, se han traducido en un renacimiento casi optimista. Pero esa no es la historia, sino en medio del recuento de líos, persecuciones y chantajes, la ausencia del hijo/hermano muerto, y los reductos de la memoria que nos permiten a veces desaparecer.
En el relato final del libro Oh, gueto mi amor, Halfon visita en Polonia a la misteriosa madame Maroszek, auxilio de familiares de judíos fallecidos en el Holocausto, para encontrar restos, vínculos, sitios y objetos perdidos. Halfon busca dónde vivió su abuelo, retomando un hilo narrativo que empieza en Playas blancas, piedra negra. La Maroszek lo lleva a recorrer cafés, patios abandonados y llenos de cicatrices en el gueto, hasta un departamento donde vive una mujer con su hijo. El centro del relato es seductor, pero son los pequeños detalles los que le insuflan vida y vuelven inolvidable. El brindis con arenques, el encuentro en un elevador, la visita apurada a un bañito con un compartimento secreto y un regalo de páginas robadas a la memoria.
Acompañamos a Halfon en su recorrido, pero queda claro que su narración va más allá del recuento geográfico del cronista, sumergida en sus recuerdos de infancia, en la historia familiar, en las vivencias del abuelo, cartas y conversaciones de las que no seremos testigos. Hay cierto extrañamiento en su mirada, una perplejidad natural, que crece en la honestidad pura frente a la indefensión del viajero, la vulnerabilidad del testigo, la inquietud que producen los espacios y situaciones que se descubren sobre la marcha, en la búsqueda inefable de sentido. “Todos, eventualmente, nos convertimos en nuestra propia ficción”.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de marzo del 2016
Dpor supuesto que quiero leer Signor Hoffman, ya
Lo recomiendo. Saludos
Gracias, Ricardo. Y que abunden las vacaciones.
¿Por qué esperar vacaciones?
Eso! Leerlo ya.
Eso! Leerlo ya.
Excelente libro.
Excelente libro.