Resulta perfectamente válido encontrarse en una encrucijada en la vida, profesional o personal, con trasfondo ético o laboral, donde después de una cuidada evaluación y por las razones que sean (usualmente más importantes para nosotros que para nadie) decidimos que la mejor opción es renunciar.
Nadie nos disputaría el derecho, aunque no esté bien visto. La renuncia lleva implícita una connotación negativa: derrota, decepción y hasta cobardía. No importa si se trata de un empleo, una actividad placentera, una amistad, un matrimonio, o (¿por qué no?) un partido político. Quien renuncia está diciendo que ya no puede más, y en un país de valentones de dientes para afuera, la admisión de las propias limitaciones es una confesión para hacer en privado.
Mucho revuelo causó la renuncia del Secretario de Gobernación al partido que venía militando desde toda la vida. Particularmente porque su renuncia se convirtió en un hecho público (la posición obliga); y porque el texto de la misma, escrito con el mayor oficio de suspense literario, se reservaba sus motivos: “razones que me veo obligado a no revelar por discreción profesional”.
Por supuesto, las cosas no se podían quedar así, y cada una de las grandes personalidades de la prensa y la política, se dieron vuelo con elucubraciones de todo tipo, en el mejor caso; y juicios desaprobatorios, en el peor: Es el segundo al mando, el mismísimo interlocutor de la oposición, nunca debió renunciar, alegan en defensa de la más elemental corrección política.
Para ellos Gómez Mont perdió el derecho a tomar sus propias decisiones en cuanto asumió la silla en Bucareli. Y es que al final poco importa si efectivamente quiso lanzar un mensaje de solidaridad al PRI, estoy con ustedes muchachos. O de repudio al estilo de César Nava y la cúpula panista. Da lo mismo si está en posesión de información de seguridad nacional, dispuesto a sacrificar su militancia por la buena interlocución con la oposición, o simplemente no podía mirarse al espejo y pensar sigo siendo panista.
El detonador supuesto fueron las alianzas políticas buscadas por la dirigencia blanquiazul en las próximas elecciones estatales. Como si fuera a ser sorpresa para Gómez Mont (o para nadie) que a los partidos políticos lo que les interesa es el poder, y a sus dirigentes su chamba. No de balde el antecesor de Nava se había visto obligado, precisamente a renunciar a su puesto, por el resultado de las elecciones federales intermedias.
Como nunca, Nava ha dedicado sus arengas recientes a explicar lo que es ser panista hoy: un político pragmático, dispuesto a aliarse con quien sea, antiabortista, antiderechos homosexuales, a favor de los impuestos y dispuesto a hablar de plácemes sobre la bendita alternancia y las reformas necesarias que se vuelven reformas posibles que se quedan simplemente en posibles.
Quizá para Gómez Mont, como para muchos otros, hay definiciones que simplemente no vale la pena llevar bordadas en el saco.
Para el El Economista en la columna: Las horas perdidas (miércoles 17 de febrero del 2010)
