288 – El contagio de la violencia

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Poco después de la enésima balacera escolar (en Umpqua, Oregón, esta vez); por los medios desfiló el habitual número de personajes recitando el cansado guión de la condena y defensa de las armas de fuego: la manera en que se regulan y adquieren en los EEUU. Un ensombrecido Obama dio un discurso en televisión nacional, aún sabiendo que cualquier medida seria está fuera de sus manos. Los candidatos evitaron a su manera tomar una posición sobre el tema y el director de la Asociación Nacional del Rifle, hizo sus incoherentes declaraciones de costumbre. El reloj empezó a correr hasta el próximo baño de sangre curricular.

map_school_shooting_largeEl fenómeno de la violencia escolar ha llevado a un buen número de expertos y líderes de opinión a argumentar todo tipo de explicaciones, casi siempre llevando agua al propio molino. Desde la falta de moral en la juventud, hasta la violencia en los videojuegos y la TV. Mientras unos apuntan a la falta de regulación en compra de rifles de asalto, otros casi sugieren las escuelas deberían incluir una 44 en la lista escolar, para que los jóvenes puedan defenderse.

En medio del berenjenal, Malcom Gladwell, autor de Blink, Lo que vio el perro y David y Goliat, frecuente colaborador de The New Yorker, apunta en uno de sus ensayos, una teoría sobre el fenómeno, que merece una cuidadosa (y perturbada) consideración.

BlamegameGladwell es un autor muy exitoso, pero su trabajo no ha estado exento de cierta polémica. En más de una ocasión se le ha acusado de sumar datos estadísticos, emparejarlos con alguna teoría oscura y después valerse de saltos lógicos que van de los datos hiperespecíficos a las generalizaciones más radicales para arrojar una conclusión insólita. Lo cierto es que es un ensayista lúcido, interesante y muchas veces persuasivo.

Ilustración de Oliver Munday para The New Yorker
Ilustración de Oliver Munday para The New Yorker

En su ensayo Umbrales de violencia (Thresholds of violence – How school shootings catch on), Gladwell empieza reconstruyendo las más representativas de las 140 masacres que se han dado en escuelas estadounidenses en las últimas décadas. Desde la primera documentada en 1996, cuando Barry Loukaitis, obsesionado con Rabia de Stephen King, disparó a su maestro de álgebra y a dos compañeros; hasta Umpqua pasando por Sandy Hook.

Gladwell centra su argumento en el caso de John LaDue, un joven de 17 años,que el pasado 26 de abril fue detenido en Waseca, Minnesota; un pequeño y pacífico poblado del norte de su país, cuando cruzaba de manera sospechosa el patio interior de una casa hasta unas bodegas de autoservicio. En ellas encontraron una infraestructura escalofriante de explosivos, bombas caseras, armas de asalto, pistolas y demás parafernalia. Al interrogarlo, LaDue explicó cómo pensaba matar a toda su familia y detonar las bombas en la escuela local para ver cuántos alcanzaba a eliminar. Una confesión detallada y fría de su plan. El caso suena a episodio amarillista de Criminal Minds, pero así fue documentado por medios y autoridades del poblado.

Purdue-School-Shooting-Suspect-Arrested-Today-450x298Gladwell, enumera los incidentes y después reconstruye los perfiles psicológicos de los adolescentes que apretaron el gatillo. Hay pocas coincidencias en los ellos. Algunos venían de un hogar con padres alcohólicos y violencia doméstica, otros de familias amorosas y respetadas en la localidad. Algunos manifestaban tendencias antisociales, otros algún malestar u obsesión inofensiva.

En la clásica vuelta de tuerca que ha caracterizado sus textos, Gladwell recurre a un ensayo de Mark Granovetter de finales de los años 70. Granovetter no pretendía analizar el tema de las balaceras, sino los disturbios sociales. “Situaciones donde el resultado no parece intuitivamente consistente con las preferencias individuales de los participantes”.

Malcom Gladwell by Bernard Weil/Toronto Star
Malcom Gladwell by Bernard Weil/Toronto Star

Granovetter se aleja de la primera explicación simplista de los disturbios. Aquella en que la multitud se intoxica por la violencia de la misma multitud. Su argumento es llamativo, “no hay una razón individual para explicar la violencia colectiva”.

Para Granovetter, cada persona tiene un distinto umbral de violencia. El umbral cero corresponde a la gente que arroja una piedra a la primera provocación. El umbral uno a aquellos que la avientan si otro la aventó primero. El dos a aquel que la avienta si ve a otros dos hacerlo, etcétera. Hasta llegar al umbral 100, ese ciudadano “civilizado” que jamás participaría en un acto así, a menos que todos a su alrededor estén en ello. “El umbral no lo definen las normas y principios individuales, sino los del grupo”.

Luto nacionalEl modelo de Granovetter puede explicar fenómenos colectivos desde las elecciones democráticas, hasta las huelgas, o la manera en que la gente se va de una fiesta; y de acuerdo a Gladwell, también sirve para explicar el fenómeno de las balaceras en escuelas.

El intelectual neoyorkino suma la teoría de Granovetter a observaciones de sociólogos que al revisar el caso de Columbine y los posteriores han notado que los asesinos (edades entre 11 y 17), parecen seguir un guión predefinido, que incluye estrategias, armas, vestimenta y hasta las poses que toman frente a las cámaras de vigilancia o antes de ejecutar a alguien.

Todos parecen seguir el modelo Columbine, dice Gladwell, donde Harris y Klebold armaron su sitio web, escribieron manifiestos, se filmaron ensayando la matanza, entrenaron y decidieron ejecutar su plan. Harris era un psicópata de manual, pero ni Lanza (Sandy Hook), ni muchos de los que lo siguieron entraban en la clasificación.

Qué quiero para navidadGladwell aplica el modelo de Granovetter, diciendo que los jóvenes que se arman ahora, desde el Harper Mercer de Umpqua, hasta LaDue, son personas con un umbral de violencia mucho más alto, que sólo “se animan” porque los demás lo hicieron antes. Y por lo tanto son mucho más difíciles de detectar en pruebas psicométricas y observación comunitaria individual.

Es un argumento inquietante, que podría extenderse a los exiguos análisis de la violencia en el norte de nuestro país. ¿Qué pasa en una sociedad que deja que los límites individuales de autocontrol vayan subiendo el rasero?

Los modelos de Gladwell pueden ser polémicos y hasta simplificaciones, pero no dejan de arrojar preguntas más allá del maniqueísmo de la regulación de la venta de armas; preguntas incómodas que quizá son más difíciles de contestar por una sociedad en crisis.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 21 de octubre del 2015

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