
Hace quince años, visité la ciudad de Melbourne. Me hospedé en un hotel pequeño y nuevo, recomendado por la encargada de la oficina para turistas de la estación de tren. Una vez en la habitación descubrí que el hotel contaba con una novísima caja de seguridad digital y antes de salir a caminar por el centro de la ciudad, la abrí y me dispuse a guardar ahí mi pasaporte, dinero y una cámara, .
Era la primera vez que veía una caja de este tipo. La caja estaba cerrada. Apreté el código que decía el papelito. La pantalla se borró, marcó por un instante 999999 y después apareció 30.00 y empezó una cuenta regresiva 29.59…etc.
Llamé a recepción un tanto inquieto.
– Algo le pasa a la caja de seguridad – le dije, y ante su petición de detalles le expliqué lo que había hecho, y que la pantalla el reloj tenía una cuenta regresiva.
–¿Una cuenta regresiva? –se extrañó el recepcionista.
– Sí, como una bomba – dije – como en la películas.
– ¿Como una bomba? No se preocupe, ahora mando alguien a verla – me respondió, un tanto divertido.
El reloj continuaba su marcha, y no es escuchaba que tocaran a la puerta. Volví a llamar.
– Iba a mandar alguien a revisar la caja.
Me aseguraron que en cualquier momento vendría alguien, que fuera un poco paciente.
– Es que quedan 15 minutos en el conteo – dije, o pensé, cuando había colgado el teléfono.
Volví a mirar la pantalla 12:39…12:38…12:37.
Guardé mi pasaporte y cámara. Saqué mi ropa de los cajones y la metí a la maleta. Miraba alternativamente a la puerta y la pequeña pantalla. 8:59…8:58…8:57. Me dirigí a la puerta de la habitación con todas mis cosas. Salí al pasillo, tomé el elevador y bajé al lobby. El recepcionista me miró intrigado. Me acerqué. Sudaba un poco.
– El reloj de la pantalla sigue avanzando – (o retrocediendo) apenas recuerdo mis palabras. – No llegó la persona que iba a mandar. Pensé…bueno, por si las dudas, mejor no estoy en la habitación cuando llegue a ceros.
El recepcionista estaba bien entrenado. No soltó la carcajada, ni siquiera una risita burlona. Levantó el teléfono y llamó a alguien. Al poco tiempo estaba ahí un hombre con bigote espeso y vestido con un mono de trabajo azul y una caja de herramientas en la mano. Le expliqué lo que sucedía.
Las cajas tienen un mecanismo de protección, explicó. Si ingresa un código incorrecto, pasan treinta minutos antes de poder ingresar otro código. Seguramente se quedó programado el código del huésped anterior. No se preocupe.
El recepcionista se disculpó por el susto, por no entender mi llamada, por no explicar.
Le iba a decir que su mecanismo de seguridad no me convencía en lo absoluto, pintarle un escenario donde es necesario abrir la caja con prisa antes de tomar un vuelo, o algo así. Decirle que se parece demasiado a esos relojes que hemos visto miles de veces conectados a bloques de plastilina gris en series televisivas y películas de James Bond.
El hombre de mantenimiento me pidió que lo acompañara. Aún después de la explicación lo seguí por el pasillo con cierta reticencia. Una parte de mi mente, aún atenta por si escuchaba un onomatopéyico BOOM en algún piso del hotel.
Respiraba un tanto aliviado. ¿A poco hay grupos terroristas en Australia?
Todo esto viene a cuento porque leo en una crónica en The Atlantic que hace dos semanas un chico de 14 años de una preparatoria de Texas trató de impresionar a su maestro de ciencias en la segunda semana de clases llevando a la escuela un reloj hecho en casa. Un reloj digital armado dentro de un portafolios gris metálico.
Ahmed Mohamed (el muchacho es musulmán) fue arrestado, esposado y llevado detenido por la policía de Irving, Texas. Ahmed declaró que había llevado el reloj a la escuela para que sus maestros “supieran lo que puedo hacer”. El chico repara radios de hobby y tiene hasta su propio go-kart. Su habitación es una sucursal de RadioShack, según su familia.
El domingo anterior, Ahmed armó un reloj en 20 minutos y lo llevó a la escuela, donde lo mostró a su maestra.
– Eso parece una bomba – dijo la maestra.
– No me parece una bomba a mí – respondió Ahmed.
Ahmed fue sacado de clase poco después y llevado a la dirección. Ahí, lo interrogaron cuatro policías sobre su “bomba de película”. El chico fue esposado y llevado a un centro de detención juvenil. La escuela lo suspendió tres días.
Su padre, inmigrante de Sudán, dice que su hijo fue maltratado por llamarse Mohamed (como él). Al final la policía retiró los cargos, aunque la escuela no quitó la suspensión o manifestó ningún arrepentimiento en el trato al joven inventor. Un par de días después, mientras la noticia rebotaba en el ciclo noticioso estadounidense, Barack Obama lo invitó a visitar la Casa Blanca, además de acercamientos de MIT, Mark Zuckerberg y la NASA.
En la era de Jack Bauer y Al-Qaeda, no queda reloj inocente. Ni conteo regresivo (excluyendo el microondas) que no ponga (un poquito) nervioso, a cualquiera.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 22 de septiembre del 2015
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Buen texto, como siempre. https://t.co/swZkTZwu3s
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