280 – Un tren para subirse

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Hace una década, Paula Hawkins era editora de la sección de finanzas personales del periódico The Times de Londres. Entonces publicó un libro de consejos financieros para mujeres, un libro que tuvo un éxito moderado. Siete años después, Hawkins dejó el periodismo y pidió un préstamo familiar para embarcarse en la aventura de escribir una novela. Algo que ella misma ha calificado como “su última oportunidad” para intentar el sueño de dedicarse a la ficción.

Su libro se llama The girl on the train (La chica del tren, Planeta), un thriller psicológico que de inmediato tuvo buena tracción con la crítica de habla inglesa y las recomendaciones “boca a boca” de sitios web como Goodreads, o de la misma Amazon que lo etiquetó como uno de los libros del mes en enero de este año.

Esa recepción la colocó en las listas de libros más vendidos, algo inusual para el debut literario de una autora prácticamente desconocida. Para julio de este año, La chica del tren había roto el récord de Dan Brown al pasar 20 semanas continuas en la cima de la lista de best-sellers. Hawkins le quita importancia a la noticia: “Las listas son algo artificial y desde el punto de vista del autor, ni siquiera lo más importante”, dijo en una entrevista a The Guardian.

jpgComo es costumbre entre la crítica, la novela ha sido comparada con predecesoras que pueden generar identificación de algún tipo con los lectores. Así, ha sido llamada “hitchcockiana” y recibe frecuentes menciones de estar en la “tradición” de novelas como Gone Girl de Gillian Flynn. Calificativos que bien pueden ayudan a impulsar las ventas, aunque tengan poco que ver con la realidad.

Primero porque cualquier thriller psicológico que pase por el tamiz mediático es llamado en algún punto “hitchcockiano”. Y aunque es probable que la novela le hubiera llamado la atención a Hitchcock si hubiera sido escrita en su tiempo, especialmente porque una de las protagonistas es rubia; lo cierto es que la narración en sí tiene poco que ver con el trabajo del gran maestro del suspense.

Un caso similar sucede con la novela de la Flynn. Aunque con esta última se podría argumentar que hay vasos comunicantes: un narrador subjetivo y poco confiable, un misterio alrededor de los secretos y las complicaciones de la vida marital. Pero poco más, particularmente porque el rol femenino es muy distinto bajo la óptica de Flynn, que podría decirse sostiene una postura opuesta a la de Hawkins.

The Girl on the TrainLa novela parte de una buena premisa. Rachel, una mujer complicada y conflictuada (no una “chica” bajo ningún concepto) toma el tren todas las mañanas para pretender ir a trabajar. La ruta tiene tramos donde el tren se ve obligado a detenerse por algunos minutos. Tiempo que Rachel aprovecha para espiar en las casas de esa zona, particularmente la casa donde vive su exmarido con su nueva mujer (y bebé), y sus vecinos, un matrimonio desconocido con el que Rachel se obsesiona y empieza a imaginar historias (Rachel es alcohólica sin remedio y vive cada día en periodos intermitentes de consciencia e inconsciencia, y hay una frecuente disociación entre lo que piensa, siente, dice y hace).

Cada capítulo de la novela es narrado como una suerte de diario con dos entradas (mañana y noche). Poco después, Hawkins salta a una entrada similar e igualmente parcial de Megan, la vecina protagonista de la fantasías de Rachel; y posteriormente a Anna, la nueva mujer de su exmarido Tom.

Cada narradora nos somete a su propia subjetividad, lo cual se complica cuando Megan desaparece y la policía entra en juego. Los puntos de vista enfrentados sirven para construir el suspenso y funcionan bastante bien hasta la mitad de la novela, donde el peso de la trama y la decisión de Hawkins de apostar por vueltas de tuerca y giros “sorpresivos” la hacen trastabillar un poco.

Quizá el punto más débil de la novela (sin echar a perder nada a quien no la ha leído) es que en más de una manera, su autora apuesta el suspenso a una estructura de whodunit, donde saber Paula Hawkins, author of 'The Girl on the Train'quién es “el asesino” se vuelve la zanahoria para que el lector siga adelante. Y ahí, Hawkins tropieza con su propia inexperiencia en el género, porque los whodunit con un puñado reducido de sospechosos suelen ser un tanto predecibles.

La novela, sin embargo, tiene aciertos destacables. La caracterización de casi todas las mujeres, sean las tres narradoras o incluso la benévola e ingenua compañera de piso de Rachel, es bastante efectiva. Una excepción podría hacerse con la detective Riley, quien resulta poco más que un dispositivo de la trama. Sus hombres son desconfiados, inestables, desordenados, cachondos y violentos.

Pero esos personajes tan complejos y bien dibujados no funcionarían si Hawkins no hubiera sido capaz de crear el mundo oscuro y misógino donde estas habitan, y donde los roles femeninos están demarcados por sus expectativas como compañeras, madres, esposas, amantes, pecadoras o víctimas y muy poco más a lo que aspirar. Un mundo de violencia, fragilidad psicológica y verdades a medias, lamentablemente muy parecido al que todavía constituye la existencia cotidiana en buena parte del planeta.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 19 de agosto del 2015

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