Es la moda. La solución a un problema añejo de los medios de comunicación; básicamente la razón por la que se les etiquetaba medios de información: Para que exista la comunicación hacen falta dos.
Volvamos brevemente a los básicos: emisor, receptor (roles reversibles), código en común, y si atendemos a uno de los grandes teóricos de la materia: que el emisor sepa quién es el receptor, viceversa, y que exista respeto en ambos. O sea: la pura utopía (la pura buena onda, según Calles, profesor universitario que discurría el tema como nadie).
Tanto la radio como la televisión han descubierto el twitter. El primo hiperactivo e indiscreto del correo electrónico. Gracias a ello, sus radioescuchas y televidentes, tenemos manera de responder, insultar, reclamar y proponer, en vivo. No es necesario recurrir a un número 800 (de los tiempos de Nino Canún) o a enviarle una carta al tío Gamboín. Hoy (y de antemano me disculpo por la ingente cantidad de neo-anglicismos) twitteas.
Sorprende el entusiasmo con que muchos programas han abordado el twitter. Dedicando, incluso, largas secciones de su otrora valioso tiempo al aire, para leer los disparates, chistes, lugares comunes y alguna corrección que improvisan los remitentes deseosos de participar o de ser mencionados al aire.
Desde Final de partida, en ForoTV, que envía el día anterior un tweet (singular) con el tema del día, para después recibir cientos de respuestas, algunas de las cuales se leerán aleatoriamente durante el programa del día siguiente; hasta engendros como Tribuna interactiva (TDN), donde el debate es futbolístico, y se participa por tweet y teléfono, con todo y conductores que no son expertos en nada más que en provocar al público.
Sin entrar en detalles técnicos, una cuenta de twitter combina el tejido de las redes sociales con la inmediatez del email. En nuestra cuenta decidimos a quién seguir, y a partir de entonces recibiremos sus tweets, que pueden ser desde ligas a sus artículos en prensa, ocurrencias políticas o cotidianas, chismes, revelaciones íntimas, y también retweets, como se le llama al famoso acto de reenviar a tus seguidores algo que alguien más te compartió y te parece imprescindible difundir. Todo en menos de 140 caracteres.
La flexibilidad de la herramienta que permite hablar antes de pensárselo bien, provoca que se comparta de más. Como si hiciera falta un medio para que la gente dijera más impulsivamente lo primero que se le ocurre.
Felipe Calderón twittea mensajes optimistas e información relevante sobre sus propuestas, intenciones o sucesos específicos. O por lo menos eso suponemos, porque la foto y el nombre son los suyos, pero como todo en internet, los alias son del primero que los “aparta” así que quién sabe quién está detrás…
Brozo, twittea tan seguido, chistes y ocurrencias, que tiene que tener a alguien contratado de tiempo completo con el tecladito. León Krauze pretende informar, preguntar, dejarnos tarea. Katia D’Artigues comparte hasta su lista del súper, mientras que resulta evidente quiénes se sienten incómodos o no le encuentran tiempo o para qué, pero aún así se anotan (Denise Maerker, Joaquín López Dóriga, etc.). También podemos seguir a gurús o personalidades que nos enviarán un pensamiento profundo al día y a celebridades que quieren hacerse los chistosos.
Independientemente de nuestros gustos y preferencias, la presencia del twitter en los medios resulta tan ilustrativa y entretenida como leer foros de discusión en internet o las cartas del lector en cualquier periódico: Anónimas, crípticas y llenas abreviaturas.
Donde antes se pasaba al aire la llamada del señor ministro, y se leía el boletín de prensa llegado por fax, y más tarde se seleccionaba el email más relevante, ahora se lee lo que sea. La democracia total llegó a los medios.
No cabe duda, que como espectador hay un elemento provocativo en poder corregir a comentaristas ineptos, columnistas distraídos, y locutores mal informados. El centro, sin embargo, es dar opiniones (¿y a quién no le gusta dar su opinión?), y codearse, aunque sea de manera electrónica, con las estrellas del canal o las grandes personalidades de la radio.
Pero así como a todos nos gusta dar nuestra opinión, también es cierto a pocos les interesa realmente escuchar la opinión de los demás, por lo que esos momentos se vuelven los ideales para hacer un poco de zapping, o prepararse un sándwich. A menos que estemos esperando que seleccionen nuestro tweet y lo lean al aire: “Qué bonita corbata”. “Saludos a mi mamá en su cumple” o “Cuando van a hacer un programa sobre la sanación cuántica”.
Ahorrarse en contenidos y refrescarlos con la participación del público (los productores aman la palabra interactiva) suena muy bien en papel, pero la lectura indiscriminada de tweets, no deja de parecer sino ruido mediático, una presencia de moda más que una verdadera intención de entablar un diálogo.
twitter@rgarciamainou
