Con el lema de la televisión más abierta que nunca, Cadena Tres transmite desde hace tres años en el canal 28 del Distrito Federal, y en el 128 de la televisión por cable y desde hace poco, también en Sky.
La punta de lanza de su concepto de mayor apertura, no son sus noticieros retro (estilo setentero), sino Las Aparicio: “la primera serie mexicana que se transmite todos los días”. Un ejemplo claro de la estrategia de marketing de rebautizar las cosas con la esperanza de que sean percibidas de manera diferente. No nos engañemos, esta serie mexicana que se transmite todos los días, y produce Argos, no es otra cosa que una telenovela.
Es más abierta, porque cuenta la historia de una familia de mujeres, una de las cuales controla un servicio de “acompañantes”. Es más abierta porque una de ellas es bisexual, y comparte su vida romántica con su novia y su novio, que entre sí no se soportan, pero que aún así retozan en candentes fajes a seis manos.
Es más abierta, porque sus personajes dicen groserías, las mujeres se besan a cuadro, y uno de sus personajes (actuado por Damián Alcazar con un acento que oscila entre cubano y guatemalteco) pontifica sobre el Ché Guevara y la revolución.
El viernes pasado, la actriz Gabriela de la Garza (Alma Aparicio) estuvo presente en ForoTv, discutiendo sus tres películas favoritas con Leo Zuckerman y Javier Tello (Es la hora de opinar). Respondiendo a las preguntas de un sonriente Zuckerman, la actriz habló del polémico beso femenino de las Aparicio. Yo me di uno en Bienes Raíces (Canal 11), dijo, y después abordó el concepto detrás de la familia de mujeres.
No hay duda que la nueva telenovela de Argos, busca ir más allá. Ha creado una secuencia de créditos, con imágenes provocativas de las doce cosas que debe hacer una buena esposa, tal y como se podría haber esperado en los años cincuenta. Pero la serie no transcurre en esa época y tampoco es sobre esposas que quieren o sean presionadas para ser perfectas.
Resulta más bien un pretexto simpático, que recuerda a Esposas desesperadas. Como también lo hace la introducción y despedida que hace una voz femenina en off, anunciando cuál será el lei motiv del programa del día. El viernes, fueron los triángulos (amorosos, principalmente).
La propuesta más llamativa de Las Aparicio, no está en que sus personajes se pendejeen y manoseen a cuadro, ni el fantasma del abuelo que fuma y les habla desde el más allá, sino la siguiente escena: Claudio (Eduardo Victoria), abogado y socio de Mercedes Aparicio, llega a su despacho, y su secretaria lo espera con un ejemplar de periódico. “¿Qué cree, licenciado, aún no aparecen los periodistas secuestrados?” Ocasión que aprovecha el susodicho para regalarnos un discurso sobre lo mal que está el país, lo terribles que son sus políticos, la violencia que impera, y lo lamentable de la estrategia del gobierno federal para atajar al crimen organizado. Es casi como leer una columna de Epigmenio Ibarra (uno de los productores del serial/novela).
Entonces, la secretaria que hasta ese momento asiente con gravedad, le pregunta qué le pareció lo que hizo Denise Maerker; que durante El punto de partida del jueves por la noche, decidió transmitir la hora de su programa en negros (con el logotipo del programa –no era falla eléctrica), en protesta por el secuestro de uno de sus colaboradores y la incapacidad que tienen los medios (y el periodismo) para realizar su trabajo y reportear la citada guerra contra el crimen, si no hay condiciones mínimas de seguridad.
No es necesario decir que la escena le da una frescura e inmediatez a un capítulo que sin duda se grabó mucho antes, y constituye una jugada ambiciosa de los productores. Y hubiera funcionado mucho mejor, si el acercamiento fuera más sutil y más natural. El discurso de Claudio, sin embargo, es forzado, e inverosímil frente a la secretaria. Un diálogo sobrescrito que suena más a toma de postura del guionista o el productor que a un personaje real comentando los sucesos del día.
Y ese es el problema de Las Aparicio, que está llena de los problemas endémicos de las producciones nacionales: Diálogos forzados. Mal audio con todo y música pop de fondo para forzar la continuidad sonora. Sets sobredecorados con iluminación plana. Mala dirección actoral, entre las buenas actrices que posan en lugar de moverse con naturalidad, y las malas (la hija de Leonardo o Mariana la chef lesbiana) que desesperadamente necesitan otro peinado.
Al final, lo que da al traste con todo el esfuerzo, está en un guión rollero, que debe improvisar para rellenar ese espacio diario; y una edición trompicada, de cabina de producción de telenovela, que no deja respirar la atmósfera. Entra y sale antes de lo necesario a cada escena, y emplaza la cámara en la escuela de Televisa.
La apertura, como bien ha mostrado la propia Maerker en su programa, y Canal Once en sus series, no está en romper tabúes, ni en ser polémico y escandaloso per sé, sino en elegir temas y abordarlos con profesionalismo. Y esto tiene menos que ver con el presupuesto y el marketing, y más con la idea básica de que se tiene una historia que contar, la visión para contarla bien, y el talento técnico para producirla.
