
No se trata de ser dramático, sumarse a los que auguraron la muerte de la novela, algún tipo de cine o arte figurativo. Tampoco escribir una pieza fatalista sobre el derrumbe del modelo de negocio que rigió la industria por buena parte del siglo veinte. De eso se ha dicho suficiente.
El tránsito a lo digital supuso la primera oleada. Dividida en dos etapas, una que parecía ser la salvación y proyección del negocio musical: el boom del CD. Pronto derrumbado por ese otro tipo de posesión que antes era menor y de pobre calidad: la piratería sustentada en la duplicación idéntica de lo digital.
La segunda oleada la constituyó la portabilidad. La posibilidad de almacenar fonotecas completas en dispositivos cada vez más pequeños, de la mano con la pérdida completa del control de los mecanismos comerciales de la propiedad sonora. Copiable, compartible y compacta, centenas de discos en reproductores cada vez más pequeños, incluidas las memorias USB y todo en la mayor anarquía interconectada posible: internet.
Se ha discutido mucho sobre la reacción lenta y poco efectiva de la industria frente a los retos que suponían los tiempos.Los años dedicados al combate de los portales piratas en juzgados, antes de abrazar con resignación un modelo comercial nuevo: la descarga.
No es nuevo que cada vez se vendan menos discos. Para mucha gente el CD es un formato arcaico. No hablo del audiófilo que nunca aceptó la transición a lo digital y ve redimidas sus más profundas convicciones en la moda hipster retro del vinil. La música se descarga, y no en la unidad conceptual arbitraria que alguna vez definieron las disqueras y las bandas de rock conceptual (el álbum), sino en su unidad mínima inteligible: la canción.
De acuerdo a los más recientes reportes, la venta de discos, a pesar del breve repunte que pudo tener vía iTunes, ha vuelto a desplomarse. Una caída de 8% en 2013 para sumar a los ya cansinos lamentos de una industria a punto de la desaparición.
Es el fin de los discos y las tiendas de discos, todo está a un click (¿o debo decir un tap?) de distancia, en dónde nos encontremos. La música se descarga, se escucha un par de veces y luego se descarta como un chicle que perdió su sabor. La vida media de una canción pop es de un mes o dos, hasta que la siguiente en la lista ocupa su lugar.
Sin embargo, la gente sigue escuchando música, los restaurantes siguen reproduciendo música (aunque si nos atenemos a lo que reproducen algunos, el término pudiera debatirse).
La tercera ola es la del streaming. Pasamos de poseer un disco en acetato o una cinta grabada, a un CD, a un archivo digital en nuestro reproductor o PC, a un archivo digital en la nube; para llegar al final del camino: escuchar un archivo digital de paso, el streaming.
El salto parece lógico, para qué comprar música, para qué poseerla, si es desechable, si no la vamos a escuchar mañana, si “toda” está ahí en el servicio tal o cual para escucharla cuando uno quiera por una renta mensual (o mejor aún, gratis).
De acuerdo a un reporte reciente, las regalías que reciben los músicos europeos por parte de Spotify ya rebasaron las que reciben por venta de su música en iTunes. Eso a pesar de que la gran mayoría de los usuarios de los servicios de streaming de música no pagan. Utilizan las versiones gratuitas y prefieren soplarse de vez en cuando repetitivos comerciales que aportar la cuota de suscripción mensual por menor que esta sea.
Apple supuestamente ha hecho una campaña entre disqueras para que se sumen en una especie de servicio que costará apenas $5 dólares por mes. Como dice Kirk McElhearn en su blog, “quizá el problema no sea poseer o sumarse al flujo digital (stream) de la música, o la piratería frente al pago. Quizá el problema es que hay demasiada y a la mayoría de la gente no le importa tanto la música”.
McElhearn argumenta: “A la gente no le importa la música como para comprar uno o dos discos al año (o descargarlos). Lo único que le interesa es tener una banda sonora en sus vidas.” Algunos estudios lo comprueban: la gente trabaja mejor, es más alegre y suele disfrutar más la vida si escucha música.
Nunca ha habido en la historia de la humanidad mayor oportunidad para escuchar música. Los servicios de streaming prometen decenas de millones de pistas. La fonoteca de iTunes incluye siete mil años de música continua. Lo que queramos escuchar cuando queramos por siempre jamás. ¿Y sabemos qué queremos? ¿Nos interesa buscarlo?
Los reportes no mienten, los usuarios de servicios de streaming casi no construyen fonotecas personales o listas. Pasan la mayoría del tiempo saltando entre listas aleatorias prefabricadas: los éxitos, lo que está de moda (un rato), o el subgénero de la semana: world music, soft rock, indie, alternative. Pocos exploran nuevos sonidos, artistas o propuestas. Es mejor darle al botón virtual y relajarse un poco.
La música sigue presente en nuestras vidas, pero se ha vuelto un barniz sonoro para llenar huecos de silencio. Un relleno que ha reemplazado el Musak de los elevadores y centros comerciales con un nuevo ruido, construido por una lista fluida de éxitos, easy listening y clásicos asimilados que nos hacen sentir rodeados de algo familiar, seguro y falsamente confortable. Un soundtrack continuo y omnipresente en que pronto la mayoría no será capaz de identificar un artista, pero que será capaz de acompañarnos de los audífonos a la bocinas de la tienda, el auto o el restaurante, para volver a los audífonos, mientras convivimos con otros en las redes sociales.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 12 de diciembre del 2014
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Pues laudó a streaming me funciona para estar trabajando en la oficina
Justo lo que han probado los estudios. Muy bueno de fondo para trabajar.
pues ya entré en la estadística sin saberlo
Al final, es el fin de la industria de la música como la conocemos, pero no el fin de la música…
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