
El paradigma de la era digital, presupone que lo que queramos, lo que se nos antoje ahora mismo, sea leer, escuchar, mirar, decir, compartir, enterarnos, preguntar o aprender está disponible en línea las 24 horas del día y casi siempre gratis. Sólo es cuestión de saber buscar.
Por supuesto que lo anterior es falso. No lo hay todo. Ni está disponible. Ni sabemos dónde buscarlo fuera de la ventana mágica que ofrecen Google o Bing, entre otros. En la mayoría de los casos tampoco es legalmente gratis.
La era digital nos vende la ilusión del acceso al mundo desde nuestro portal personal en forma de pantalla. En realidad, lo que nos ofrece es una impresionante cantidad de alternativas y opciones para sustituir nuestro deseo inicial.
Hay suficiente para entretener cada minuto de nuestras vidas por los siguientes mil años, el reto es elegir en dónde querremos perder el tiempo. O peor aún, pasarlo buscando, browsing o zapping, sin encontrar algo que valga la pena (ninguno de los dos neologismos son traducibles con precisión). El chiste sobre el nuevo plan de Netflix: cinco dólares al mes para hacer todo el browsing que se desee sin elegir nunca nada.
Nunca fue más necesaria la propuesta de curación de un videoclub especializado o la selección de la crítica, y nunca ha escaseado más. A la inundación de opciones la ha seguido la inundación de opiniones y la recomendación de los algoritmos diseñados para anticipar lo que te gustará comprar.
Para llegar a este punto no sólo se dio una evolución tecnológica, sino su consiguiente evolución paradigmática.
Al principio era el Beta. Un formato de cintas de video favorecido por Sony que fue dominante en México, Sudamérica y Japón, por un rato. Era un formato compacto pero frágil y con calidad de imagen pobre. El mercado estadounidense y europeo favorecieron a su primo el VHS, y pronto este desplazó al Beta. Cartuchos más grandes, y aunque la cinta era básicamente idéntica, sus tres velocidades de grabación y equipos de reproducción más confiables, la volvieron el estándar.
El VHS y el Beta nacieron como formatos de grabación doméstica, emparejados al uso de cámaras de video y al concepto de la videocasetera, en principio más videograbadora que otra cosa. Poca gente compraba películas. Estas eran un producto que se podía rentar (o grabar de la tele). La idea misma de la grabación implicaba satisfacer dos deseos, primero la preservación de los hitos familiares para la posteridad; segundo la apropiación provisional o utilitaria de un medio que hasta entonces era esencialmente efímero (la TV).
No pasó mucho para que apareciera el videodisc, un formato prematuro y de pobrísima calidad y factura. Su problema fundamental fue adelantarse a las tecnologías de compresión. Una película en videodisc requería varios discos y su calidad era inferior al Beta. Era caro y con una única ventaja, su portabilidad y la idea de ser un paso adelante en la evolución tecnológica. Fracasó. Mejor fue el Laserdisc, un producto de lujo, que asumía mejor el salto de lo analógico a lo digital. La meta: el cine en casa, sonido e imagen casi perfectas. El cambio implícito, el espectador se convertía en un consumidor pasivo.
Más pequeño, eficaz y económico resultó el DVD, primo del CD, vuelto en poco tiempo el formato dominante en el planeta a pesar de su paranoia regional de derechos de autor. Dejando de lado su versión de cómputo para almacenar datos, era un producto diseñado para el consumo masivo por su producción económica y confiable. La llegada tardía de grabadores domésticos nunca atrapó el gusto del público. Sea porque una vez quemado el disco ya no era modificable o porque copiar películas protegidas no era posible. De tal manera que la calidad de lo grabado era igual a la señal televisiva de origen, o sea, igual a la que daba un VHS pero más complicado de utilizar.
Con el DVD era posible rentar películas, pero más importante aún, poseerlas. En poco tiempo ya no se pensaba grabar la tele, sino adquirir los programas favoritos en cajitas coleccionables. El BluRay es una variante lujosa del mismo tema, la meta sigue siendo el cine en casa (frecuentemente mal traducido como teatro en casa). La ilusión de la imagen y sonido casi perfectos. El rasero de la perfección que va aumentando hasta conseguir imágenes que superan la misma realidad, o peor aún, nuestra capacidad para percibir la diferencia más allá de las especificaciones técnicas.
Los formatos vueltos un factor de estatus, de tener lo último. En un mundo cada vez más lleno de gente, donde el espacio urbano se reduce, las nuevas tecnologías prometen traer el mundo a la casa, en la comodidad de tu propia sala, a tu ventana virtual.
El advenimiento digital, las memorias USB, los DVR, el streaming, nos han llevado a un cambio mayor. Podemos poseer el cine sin necesidad de desempolvarlo o almacenar videotecas. Ahora nuestra compra es tan virtual que permanece guardadita en la nube con la promesa eterna de la descarga futura. El acceso es legal, vía streaming o pirata (torrents u otros sitios marginales).
El consumo pirata, como el de porno, queda tan a discreción de la moral individual, que ni siquiera requiere detenerse frente al puesto en la salida del metro. Está a un click de distancia, con sus peligros conocidos. La meta: tenerlo todo, ya, y gratis. Olvidada la calidad de imagen y sonido de el cine en casa y sus avatares. Lo de hoy es el cine en tu bolsillo, la pantallita personal, la LCD de la laptop: la calidad degradada al ancho de banda. Virtualmente, si no estamos dispuestos a pagar, habremos vuelto al Beta, pero gratis.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 7 de mayo del 2014 (se publica con el título “Videos y el paradigma digital”.
Pues así es
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