
Sirva la celebración de hoy como pretexto para pensar en la infancia y en los libros que leen los niños. Empiezo por los libros que leíamos durante la infancia y temprana adolescencia, donde los protagonistas eran niños con los que el joven lector generaba algún tipo de identificación. Una identificación no aspiracional.
No era el niño leyendo sobre piratas, náufragos, pistoleros o exploradores espaciales, imágenes de aventuras adultas en las que se imaginaba participando como si fuera una proyección adulta de sí mismo. Sino los libros donde el niño era el aventurero. Desde Tom Sawyer hasta Harry Potter, desde la pequeña hija de Atticus Finch descubriendo un mundo adulto inquietante; hasta el Jack Sawyer de King y Straub, que debe abrazar una rápida y violenta madurez para salvar a su madre.
Dejemos aparte las novelas de formación donde se genera el tránsito de la niñez hasta la edad adulta (pienso primero en Dickens, en Grandes esperanzas o en David Copperfield). El tema son los niños que empiezan y terminan como tales la historia. Los que viven aventuras pero no dejan atrás eso que ahora llamamos niñez, pero que en épocas antiguas terminaba a los siete años cuando se ingresaba la fuerza laboral o la tutoría del estado.
En la variante contemporánea se va más lejos. Ficciones de índole escolar, familiar o fantástico donde el autor no sólo cuenta cosas que le pasan a niños, sino historias contadas por ellos mismos. No porque se cultiven los niños escritores, sino a los adultos que asumen voces del “niño que llevan dentro”, las voces, obsesiones, travesuras o pesadillas de la infancia que cuando están mejor logradas, simulan ser contadas por ellos mismos. Desde Coraline hasta el Wimpy Kid; Judy Moody, el pequeño Nicolás o la Natascha y Frin de Pescetti. Buena parte de estos libros, que ahora están en los burós y libreros de los cuartos infantiles, sus padres ya sólo podemos leerlos con la mirada de la memoria de lo que ya no somos.
A la literatura infantil que leen los adultos con nostalgia ya no la llamamos infantil, sino sobre la infancia. Ya no existe la identificación con el niño protagonista, sino acaso la melancólica mirada a un pasado donde la inocencia y ese extraño egoísmo que existe cuando el mundo es paidocéntrico (primero desde la óptica infantil y hoy día desde la dinámica familiar). Esa miradas cuando las emociones eran puras y casi primigenias. Esta tiene mucha más historia, desde las magdalenas de Proust, hasta las reuniones en los Barrens para salvar a la ciudad de un mal ancestral. Algunos de los más conmovedores ejemplos están en el género de las memorias (Dahl, Coetzee, Satrapi, vienen a la mente).
Luego está el boom de la literatura infantil y juvenil, que no es otro que el sonido explosivo del mercado vendiendo productos a uno de los segmentos más lucrativos. Si hace cuarenta años se relegaba a los niños a las listas de futuros consumidores y ahorradores, hoy desde la televisión hasta el cine, son un público consumidor ávido que merece inversión en publicidad de cientos de millones de dólares.
La infancia se volvió un mercado triple: El que gasta su propio dinero para satisfacer sus deseos y necesidades (dulces, postres, refrescos, juguetes, cómics, libros, música, videojuegos, películas, etcétera). El mercado futuro para bienes y servicios a ser cultivado desde hoy. Y el mercado de influencia sobre los padres, dirigido a niños para que persuadan o agobien a sus padres para que les compren ciertos productos, que empiezan en el inocente cereal del desayuno y la “cajita feliz”, pero alcanzan hasta a dónde va la familia a comer, qué paquetes de televisión suscribe y muchas más cosas por descubrir.
Los libros infantiles y juveniles ya originan sus propias ferias internacionales. Su oferta ya dejó muy lejos la de generaciones anteriores. Basta ver a los padres o mejor aún, a los abuelos, tratando de seleccionar libros para los pequeños, viendo con asombro los colores y variedad de la oferta contemporánea como si estuvieran escritos en un lenguaje que ya no hablan. Pidiendo al librero un ejemplar de La isla del tesoro, Viaje a la luna, Los tres mosqueteros, Mujercitas o Corazón diario de un niño, porque eso leyeron ellos (o eso les dijeron a ellos que era bueno leer).
También a los padres más jóvenes que buscan alternativas gráficas anidadas en la nostalgia: Mafalda, Asterix, o el mismo Tin Tin, obras que recobran vigencia cuando la mirada de Hollywood rebusca en el archivo de las historias explotables. Tanto unos como otros miran lo que elige el niño con perplejidad, lo que tú quieras, con tal de que leas, especialmente si es un libro gordo, para que los mantenga entretenidos más tiempo.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 30 de abril del 2014
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Excelente. Gracias
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