
Uno de tantos signos de nuestro tiempo puede ser la imperiosa necesidad de sacar provecho a cada minuto del día. En la era de los teléfonos inteligentes, la vida en 140 caracteres, y la alternativa para compartir cada hito vital de nuestra cotidianidad con su correspondiente retroalimentación virtual, no puede haber algo peor visto que perder el tiempo.

No hablo de las largas horas frente a nuestras pantallitas personales, del paseo por el desfile digerido de las distintas líneas temporales sociales, con sus correspondientes noticias y las actividades relevantes de nuestros amigos devenidos en contactos.
Queda excluido el deporte del zapping satelital, las selfies para documentar los sucesos, las reuniones familiares y de amigos donde teléfonos y tabletas pasan de mano en mano para que la foto del niño y el video simpatiquísimo sean el alma de la fiesta, si no funciona el chiste ese que nos contaron vía Whatsapp.
Tampoco me refiero a esos modos más tradicionales, considerados antaño como viles concesiones al ocio que parió todos los vicios: la lectura primero y después la evolución del consumo mediático, desde la radionovela hasta las series de HBO.
No son los minutos en la caminadora para cumplir las metas de cardio dictadas por el brazalete más reciente. Las vueltas a la alberca o las plácidas caminatas o vigorosos trotes por parques o calles sin banquetas. Los minutos meditando, haciendo yoga, contemplando el atardecer.
Del seize the day convertido en el nuevo paradigma de la efectividad laboral y económica a las recomendaciones de Carl Honoré para tomarse la vida con calma, el tiempo que se nos va de las manos es una preocupación constante.

Poco importa si pasamos años de infancia donde el tiempo es dúctil y los días se extienden sin bordes sólidos. Es inevitable que nuestra percepción del tiempo vaya cambiando con la edad, hasta ese punto en que afirmaremos sin duda alguna, que las cosas se han acelerado, que no es cuestión de percepción sino una inevitable consecuencia de los daños que el ser humano va causando al medio ambiente, al universo, a la frecuencia vibratoria universal. El tiempo vuela ahora, y no piensa frenar ni por consideración con los que todavía son capaces de sentarse a ver una película en la oscuridad de un cine sin consultar ochenta veces la pantalla del teléfono.
No me queda claro si esa idea de la vida que se va, que se escurre bajo nuestros pies con la siniestra inevitabilidad del reloj de arena, es igual a aquella que nos sacude el cuerpo como viento helado cuando nos damos cuenta lo que quedó atrás, las oportunidades perdidas, la vida desperdiciada, el potencial fundido de la memoria y el olvido.
Una de las paradojas del tiempo radica en su crueldad elusiva. Entre más buscamos asirlo más se va.
Queremos aprovechar cada instante para hacer una, dos, tres o más cosas a la vez, una mirada a la pantalla, otra al libro, otra lo que comemos, un segundo para oír lo que dice el comensal, otro para pensar en lo que tengo que entregar más tarde, uno más para ese pago de mañana, para anudar un cordón virtual en el dedo para que no se nos olvide esa llamada, el aniversario, la promesa que hicimos. Y si queda un respiro, miramos al cielo y ya es de noche otra vez, y ya es viernes otra vez, y ya es fin de mes, y feliz cumpleaños, feliz año nuevo, qué rápido pasa todo.
Honoré, en sus libros dedicados al tema, proponía tomarse las cosas con calma, bajar la velocidad, respirar un poco. Preferiría proponer una variante, abrazar el tiempo perdido, el concentrarnos en esos minutos después de despertar, cuando el techo de la recámara es el mar ondulante que ve Jep en La gran belleza de Sorrentino. Perdernos por la calle y en las páginas de un libro, en la charla que devora la tarde y el recuerdo fijo de una fotografía o un lienzo, jugar más o dormir a la mitad del día.
Perder el tiempo, pero no dejar que se nos vaya entre los dedos mientras intentamos asirlo con desesperación, mirando la vida escapar de nuestro arrebato por vivirla. Perderlo con intención y alevosía, practicando todas esas cosas que se fueron anotando en la columna de lo prescindible y lo menos urgente.
Valgan estos días de asueto para alejarnos del frenesí cotidiano, y con toda conciencia dedicar cada día unas horas para perderlas bien y en serio, con el abandono de quien no debe ni teme, dedicarnos a una de esas actividades que solemos dejar, y así lo decimos, para cuando haya tiempo, y hacerlo sin culpa, por lo menos por un rato.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 16 de abril del 2014
Excelente de mi Maestro de Cine…
Bellísimo articulo
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