Aún en sociedades tan devotas de la tecnología como la nuestra, hay momentos en que algún avance científico es mirado con poco más que incredulidad. Después, si tiene aplicaciones prácticas, dejará poco a poco atrás la sospecha y empezará a permear lo cotidiano.
La primera reacción de mucha gente frente a un nuevo dispositivo es cuestionar su necesidad y señalar su irrelevancia. Sea un teléfono móvil, un localizador GPS, un iPad o una impresora de objetos 3D. Más aún cuando tiene implicaciones morales o paradigmáticas.
La ciencia debería estar acostumbrada a que sus últimos descubrimientos sean mirados con ojos entrecerrados. No hablamos de la gente que hoy en día cuestiona las vacunas o abraza el creacionismo, tampoco del escéptico de cepa, sino de aquel que secretamente abraza aquello de “la curiosidad mató al gato”. El que sabe que algo está mal pero prefiere no saber.
Para algunos, conocer por anticipado si el bebé que nacerá será de tal o cuál sexo es motivo de conocimiento práctico (¿chambritas amarillas, rosas o azules?), para otros es jugar a ser Dios. El universo les debe un poco de azar y sorpresa.
Es perfectamente válido decidir que no queremos saber si nuestro hijo tiene cromosoma XX o XY, como si fuera algo que se dictamina en el nacimiento y no la concepción. Y aún así, al nacer, el bebé recibirá una serie de pruebas relámpago para verificar elementos claves en su posible supervivencia. Las pruebas Apgar que apenas suman un coeficiente de posibilidades de supervivencia, y el tamiz metabólico, capaz de detectar alteraciones en el metabolismo como el hipotiroidismo congénito. Ambas, ya son parte estándar del paquete de bienvenida a nuestro mundo en buena parte de la sociedad civilizada.
La genética está presente en el cine y la televisión como un elemento dramático que consiste en cuatro variantes: (a) pruebas de paternidad, (b) mutaciones que dan lugar a superpoderes (c) manipulación por parte de científicos malvados (d) clones.
El descubrimiento y mapeo del genoma humano es tan reciente como una década y en su momento costó una fortuna y tomó trece años. Todo para realizar un mapa de la secuencia de ADN de un ser humano: entre 22,500 y 25,000 genes distintos en fragmentos de 23 cromosomas, uno de los cuales es la identidad sexual.
No debiera resultar sorpresivo que apenas haya tomado cuatro años para que una compañía como 23andme, un startup californiano liderado por Anne Wojcicki, empezara a ofrecer pruebas genéticas a sus clientes por poco menos de mil dólares.

La prueba inicial ofrecía 14 resultados, desde los más simplones (¿es más probable que la cera de tus oídos sea seca o húmeda?) hasta los más serios (¿tienes el marcador genético que te ponga en riesgo de padecer diabetes tipo 2?).
Para 2008 la prueba genética de la compañía fue llamada “el invento del año” por la revista Time, y atrajo suficiente respaldo e inversión que le permitió sobrevivir la etapa de indigestión del establishment médico, la mirada de sospecha y recelo de la población, la débil legislación en materia genética y el dilema mental y moral de sus clientes potenciales: ¿saber o no saber?
Hoy en día, 23andme ofrece una prueba genética muy compleja por un precio de $99 (o poco más de$1,300 pesos al tipo de cambio actual). Los resultados de la prueba incluyen información importante, práctica y vital. Toda ella relacionada con nuestra salud, y sus implicaciones en la planeación para el futuro.

La información que se puede obtener es tan variada como anticipar la intolerancia a la lactosa, la calvicie o la sensibilidad a algún medicamento. Pero van más allá, como saber que existe la propensión a la diabetes, el Alzheimer, problemas cardiovasculares, el cáncer del pecho, y otras 259 enfermedades o condiciones específicas, con resultados bastante precisos.
La revista Fast Company dedica el reportaje principal de su ejemplar de noviembre a Wojcicki y a su compañía. Su misión, de acuerdo a su directora, también está en la obtención de datos genéticos estadísticos, más relevantes conforme la muestra aumenta (en septiembre consistía en 400,000 individuos). La meta son 25 millones (de todo el mundo).

De entrada, la empresa ha puesto en jaque a las compañías de seguros al grado que la industria completa del seguro médico de largo plazo deberá replantearse. ¿Qué pasa si sabemos que tenemos 40% de posibilidades de contraer una enfermedad después de los cuarenta y nos aseguramos al respecto?
Pero también tiene impacto en las compañías farmacéuticas ¿Qué pasa si en lugar de depender de investigaciones médicas orientadas a medicamentos para tratar síntomas o males a prueba y error, se concentra la investigación y las políticas públicas en la prevención?
Para algunos, esta información sólo lleva a predisponernos y al miedo. Un argumento que se redondea en un falso sentido común: la leche me cae pesada, mi padre es calvo, mi madre tiene diabetes; si me siento mal voy al médico y listo. Lo cierto es que ir al médico cuando los síntomas ya se presentaron deja atrás todas las posibilidades que ofrece la prevención y planeación inteligente, desde crear una dieta de determinado tipo, hasta adoptar el ejercicio y ritmo de vida adecuado (¿recuerdas Gattaca?).

La prueba genética de 23andme también ofrece información sobre los ancestros, los que conocemos y los que no conocimos, los linajes paterno y materno, o curiosidades como el porcentaje Neandertal que tenemos en la sangre (el promedio es 2.9%).
La empresa ofrece su propia variante de red social donde nos avisa si apareció un pariente, primo, hermano o lo que sea, en alguna de sus pruebas en otra ciudad o país (si ambos optaron por el servicio, por supuesto).
La muestra consiste en escupir en una probeta que se recibe por mensajería y enviarla de vuelta, para recibir los resultados por correo electrónico unos días después. Un servicio que no sólo está disponible en EEUU sino en una veintena de países (entre los cuales no está México).
Por ahora se trata de una prueba opcional, una que posiblemente no podríamos permitirnos no realizar, sea para tener acceso a esa información sobre nosotros mismos o nuestros hijos. Sus implicaciones son mayores, pero es muy probable que en veinte años, sea tan común como el tamiz metabólico (en EEUU ya es ley comprobar ciertos desordenes genéticos después del nacimiento).
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 13 de noviembre del 2013
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Siento que el destino no sólo me alcanzo, sino que ya me dejo atrás. Súper interesante Ricardo!
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Sebastian Heredia Sangri liked this on Facebook.
Super interesante m, me recuerda a Gattaca!! gracias Ricardo García Mainou, por este artículo. Lo puedo compartir o hasta mañana que salga?
Ana Bertha Pinales liked this on Facebook.
Wow, impresionante, con suspenso incluido
Puedes compartirlo desde que lo posteo, querida Ana.
gracias!!! Un abrazo!!
Cecilia Mainou Abad liked this on Facebook.
Jaime Mainou liked this on Facebook.
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Excelente artículo
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