
Hace algunas semanas Edward Snowden sacudió al mundo al revelar que el gobierno estadounidense básicamente nos estaba espiando a todos. Esto lo hacía, además de grabando llamadas, a través de la recolección de datos privados mediante compañías proveedoras de servicios de internet (ISP).
Se valía de ordenes judiciales genéricas y secretas que en el fondo le daban permiso de hacer eso que en el caló judicial estadounidense se llama fishing expedition (expedición de pesca). Las compañías quedaban imposibilitadas no sólo de retar legalmente las ordenes judiciales, sino siquiera de mencionarlas, todo por la seguridad nacional.
La técnica, por más respaldo legal que le otorgara el gobierno de Obama y las facultades de la ley patriótica, no dejaba de recordar las viejas persecuciones para inspirar la delación, tanto en la era McCarthy en EU como en las purgas soviéticas.
El tema ahora mucho más fácil: ya no necesitas el vecino delator para el pitazo, verdadero o falso, sobre lo que hacen sus compañeros de trabajo o de cuadra. Ahora el gobierno entrará directamente en tu cuenta de correo electrónico y redes sociales y verá por sus propios ojos dónde andas, con quién y qué andas diciendo.
De acuerdo a la ley actual en los EU, para establecer una expectativa razonable de privacidad deben confirmarse dos factores. El primero, que el individuo tenga una expectativa subjetiva de privacidad. El segundo que esa expectativa subjetiva sea razonable para la sociedad.

Para la Suprema Corte del país vecino, si la sociedad piensa que la expectativa es legítima, hay protección. Si, la expectativa es disminuida, la privacidad puede ser invadida. Finalmente, si la expectativa subjetiva no se reconoce por la sociedad, no hay protección.
Uno de los primeros dilemas de la interpretación anterior es que frente a la vigilancia electrónica, las actividades y locaciones en que se puede reconocer una expectativa de privacidad son cada vez menores, y al ser menor la expectativa, también menor la protección.
La información personal, médica, comercial y legal de los ciudadanos de la era moderna, está cada vez más almacenada en todo tipo de bases de datos. Esta información, aunque valiosa en términos estadísticos para la elaboración de políticas públicas y muchas otras aplicaciones, al individualizarse tiene muchos peligros.
En internet puede asumirse, aunque las posturas más liberales lo consideren una abominación, que los usuarios carecen de expectativas legítimas de privacidad (y de hecho para efectos legales así lo asume la Suprema Corte de EU), toda vez que toda su comunicación y el tráfico de esta pasa por los servidores de las empresas ISP y el grueso de la actividad online se realiza en servidores compartidos o de acceso público.
Claro que cualquier debate fino sobre los alcances de la privacidad dentro del contenido de un correo electrónico o un DM se echa por la borda cuando existen ordenes judiciales secretas que permiten leer el contenido a ver qué encuentro, sin que nadie se entere.

Quizá por ello, todavía sorprenda encontrar a políticos ingenuos (o imbéciles) como el candidato a la alcaldía de Nueva York: Anthony Weiner. Para los que no hayan seguido su debacle, Weiner fue un diputado que se vio obligado a renunciar, hace algunos años, después de que se reveló que había enviado fotografías de sus partes privadas a reporteras y otras destinatarias.
Años pasaron para que el exdiputado contendiera por la alcaldía sin que la gente ahogara de risa. Y entonces, en plena campaña, se revela que el señor se valía del seudónimo Carlos Danger para enviar mensajes sexuales en redes sociales.
Para muchos el tema termina, junto con la carrera del ardiente candidato, en clasificar al señor Weiner como una suerte de pervertido irredento. Pero el tema va mucho más allá de su hípersexualidad, entra directo a las expectativas de privacidad.
Muchos usuarios de internet y redes sociales confunden las posibilidades de ser anónimo o ponerse el nombre que sea, con la privacidad. Detrás de las máscaras provisionales que otorgan avatares, nicks y alter egos digitales ingeniosos, cogen la suficiente confianza para decir cosas que nunca dirían cara a cara. Desde las más peculiares indiscreciones, hasta violentos insultos. Del cachondeo al odio en 140 caracteres.
Hay muchas lecciones que se pueden colegir sobre el caso Weiner-Danger, la mayoría las discute Shelly Palmer en su blog, pero quizá la que más conviene recordar sea que todo lo que hacemos en internet, bajo seudónimo o en persona, quedará registrado en algún disco duro en la nube, y tarde o temprano saldrá a la luz. Si le hacemos caso al viejo Murphy, será más temprano que tarde, y en el momento más inoportuno. Por ello, quizá, la palabra clave en nuestra actividad online sea prudencia, y no privacidad.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 31 de agosto del 2013
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Buen artículo
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Buen artículo, Ricardo
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