143 – 2012: Un primer balance (sin mayas)

Empieza diciembre, y antes de sucumbir a la presión comercial y comprar decorados navideños, flota en nuestra mente la idea de que el año se acaba. Los últimos granos de arena resbalan en el reloj mental y con ellos la oportunidad, todavía viable, piensan algunos, de cumplir ese puñado de propósitos que teníamos para el 2012, y que por alguna razón se quedaron en papelito doblado dentro de la cartera, o en un App de Notas en el smartphone de nuestra preferencia.

Para muchos, esa lista desapareció de la mente más o menos a mediados de enero, junto con la primera dieta del año, la convicción de dejar el cigarro, o algún otro de los inevitables lugares comunes que pululan las mentes contemporáneas cuando inicia un año cualquiera.

Y entonces llega diciembre. Junto con las posadas, brindis e intercambios de regalos, trae consigo aparejada la necesidad de trabajar una nueva lista. O sea, los deseos y propósitos para el 2013. Una labor que usualmente (por qué no) postergamos hasta el último momento, si no es que desdoblamos el papelito y le cambiamos el número al encabezado.

Indispensable primero revisar el año que termina. Para los que llevan algún tipo de diario o agenda, basta un recorrido por encima de las anotaciones, para recordar lo que se nos fue (cada vez es peor) en un pestañeo.

Fue año sexenal, o sea la conclusión de seis años de especulaciones sobre quién ganaría la siguiente elección. En este caso, un año de campañas deslucidas y tristes, candidatos grises, debates tibios, señalamientos, breves instantes de revuelo en redes sociales, y un ganador que se veía desde mucho tiempo atrás, sin necesidad de habilidades adivinatorias o esferas de cristal.

Nuestra elección coincidió con la celebrada en los EU, algo que sólo sucede cada doce años: una elección de campañas deslucidas y tristes, candidatos grises, debates tibios, señalamientos, breves instantes en redes sociales y un ganador que se veía desde mucho tiempo atrás, sin necesidad de cartomancia o leer runas.

Nuestros procesos democráticos son muy distintos.

Fue el último año de un sexenio donde la violencia en el país llegó a límites insostenibles. Más allá de la capacidad humana de acostumbrarse a lo que sea, incluso a los conteos de muertes, las descripciones de tortura en la prensa, las marchas de protesta, y la limitación paulatina (prudencia obliga) a la libertad de tránsito por ciertas zonas del país.

Un año más de una guerra sin victoria posible, que si sirvió para algo, fue para tener claro que el problema nos rebasa en complejidad, que no tiene arreglo a corto plazo, y que el método elegido para intentarlo fue, pongámoslo en forma en extremo benévola: “perfectible”.

Fue el año de la “primavera estudiantil” que empezó con 132 en redes sociales y terminó en un pretexto más para marchar por las calles, bloquear el tráfico, hacer declaraciones grandilocuentes de lugares comunes y llenar de consignas la fachada de Televisa.

También fue año de Juegos Olímpicos. Esta vez en Londres. Un evento memorable por la deslumbrante organización de los ingleses, las innumerables repeticiones del tema de Carros de fuego, y la medalla de oro en futbol, que consiguieron nuestros atletas. La magia que se consigue cuando no entrenan en su casa y se ven obligados a comprar sus propios uniformes.

Fue el año donde se habló más que nunca de la importancia de la autoría de los textos. O sea, del plagio como un recurso improbablemente exitoso en la era de internet. De Alatriste a Bryce, nunca se discutió tanto si la obra de un autor la comprenden sólo sus libros, o también los artículos periodísticos, particularmente los escritos por los demás y firmados por el autor en cuestión.

El Nobel lo ganó un chino desconocido, perfecto seguimiento para el año anterior donde lo ganó un poeta escandinavo desconocido. Los premios de las editoriales los siguieron ganando (con alguna salvedad) autores de las propias editoriales, en especial los que necesitan un nuevo cinitillo en las mesas de novedades.

La industria editorial española entró de lleno en la crisis económica, prevista desde el derrumbe financiero mundial del 2008. Frente a la crisis, nada mejor que echarse un clavado al mercado del libro electrónico. Excepto, que en palabras de un experto: en España para descargar un libro legalmente “hace falta un master”.

Entre miedo, fobias tecnológicas y una cultura que celebra la piratería como reivindicación social, los españoles miran al otro lado del Atlántico con un poco de esperanza, como no se había visto desde tiempos de Cristobal Colón. Las filiales mexicanas de las editoriales son ahora las lucrativas. Todo eso en el país donde nadie lee, y donde se celebra la mayor feria del libro del habla hispana.

Los contrastes se dan en todas partes, y eso sólo en un primer balance. Quizá hagan falta algunos spots para equilibrar las cosas y crear conciencia ciudadana, anotémoslo en nuestros propósitos para el 2013.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte ideas y gente del miércoles 5 de diciembre del 2012