La llegada del huracán Sandy a las costas neoyorkinas ha despertado en algunas coberturas mediáticas una especie de morbo perverso. Se disfraza de ironía, sarcasmo o de humor idiota, pero no deja de ser morbo y es casi inevitable.
Si la ciudad que hemos visto destruida cada verano de pronto es atacada por uno de esos fenómenos meteorológicos que suele asolar zonas tropicales del planeta, es fácil saltar la delgada línea entre la ficción y la realidad y mirar la pantalla del noticiero con arrobo hollywoodense, tragando palomitas a puñados.

Poco importa que no sea una invasión Krull del espacio exterior, Godzilla, o un tsunami creado por un asteroide gigante. Si el mar se congeló o en un futuro muy lejano a la inteligencia artificial, la ciudad ha sido convertida en una delirante maqueta veneciana.
En septiembre 11 del 2001 la televisión mundial transmitió en vivo la primera gran tragedia urbana de este siglo. El atentado terrorista, el derrumbe del WTC y algunos edificios aledaños, la asfixiante nube de polvo, el heroísmo, las ruinas y la muerte. Nos obligó a dar el salto de vuelta, a reemplazar la fascinación mórbida con empatía y solidaridad.
Las imágenes de hoy en día no tienen menor impacto. Y la cobertura ha rebasado la estática imagen del televisor y los atónitos comentarios de horror de los conductores de CNN. Se ha extendido a internet a través de las redes sociales y mediante ellas a cada uno de los @habitantes/@testigos/#víctimas. Aunque nuestro rol mediático sea el de espectadores, ayer del cine, hoy del paso de Sandy; las redes e internet nos obligan a asumirlo de manera distinta.

La red y twitter han sido invadidas por fotografías desoladoras. Desde un carrusel de feria flotando en un furioso río gris, hasta estaciones del metro, de ese cinematográficamente reconocible metro de Manhattan, donde cascadas caen desde los elevadores, y andenes y estaciones se han convertido en lagunas mortales.
Cielos tormentosos, olas rompiendo en la estatua de la libertad, ríos en Time Square, fachadas de edificios derrumbándose en YouTube, y también por ahí, tiburones en la esquina, perros colgados a la espalda de sus dueños, hasta una foca desenfocada en el pavimento.

The New York Times nuevamente ha hecho un ejercicio asombroso de periodismo, combinando reportes verificados con imágenes, videos, mapas aéreos, fotos satelitales, gráficos, enlaces que vinculan la noticia con los corresponsales individuales, o sea, con tuits específicos adjuntos a fotografías y mapas urbanos. Ver aquí. Su trabajo, sobrio y serio, rebasa los alcances de “cubrir la nota”. Es al mismo tiempo un documento invaluable de los sucesos y un punto elemental de consulta para identificar la situación específica de lugares, rutas y entornos familiares desfigurados por la tormenta.
The Atlantic ha asumido una misión distinta, a través de su web, ha decidido que es importante verificar si las fotografías publicadas en medios y redes sociales son verdaderas o falsas. Y es que con corresponsales en cada celular, cámara y esquina, y por lo visto innumerables ociosos con conocimientos de Photoshop y ansias de notoriedad, muchas de las fotografías que son retuiteadas con fruición en las redes son más ficción que la secuencia final de The Avengers en Time Square.

Así, el perro colgado a la espalda de su dueño es de un tsunami en Asia, las olas sobre Ellis Island pertenecen a Un día después, el buzo en el metro empezó a circular antes de que cayera la primera gota, y las aletas de tiburón en alguna calle son sospechosamente digitales. Alexis Madrigal, editor de The Atlantic contacta al fotógrafo, identifica la geolocalización integrada a la foto, la hora en que se tomó, se subió y tuiteó por primera vez, verifica vía terceros y actualiza la información en la web del semanario.

Las otras son suficientes para atrapar la magnitud y alcance de la destrucción, portafolio visual, historia viva y documental, de la ciudad más fotografiada del mundo. Las cascadas en la zona cero, el elevador que se vierte en el metro, la montaña rusa de Seaside Highs en el océano, el carrusel flotante, la fachada que se derrumba, y el malecón de madera de Atlantic City en pedazos, son lastimosamente reales.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte ideas y gente del miércoles 31 de octubre del 2012

