137 – Volviendo al futuro

Maravillarse por los adelantos tecnológicos es casi un lugar común. Peor aún: es un lugar común de cierta generación que se quedó maravillada cuando vio el primer CD o el primer teléfono móvil, y aún no lo supera.

Una vez que fuimos colmados por el asombro lo que queda es la mirada embelesada de los niños frente a un mago. No se entiende qué están haciendo, cómo o por qué. Con la mirada vidriosa seríamos capaces de jurar que todo es posible.

Sin miedo de caer en esas simplificadas categorizaciones, podría decir que hay dos tipos de acercamientos hacia la tecnología, aunque ambos nazcan del asombro frente a lo nuevo. Detrás de uno está esa sensación de haber sido rebasado por el futuro: “ya no saben qué inventar”. Se abraza lo analógico sobre lo digital, el vinil sobre el CD, se enarbolan matices de sofisticación gourmet; pero detrás de ello hay una franca incomprensión de la necesidad de todo ello.

Quizá el punto de quiebre sea cuando se empieza a decir que lo que teníamos (las herramientas, las palabras, los procesos, la confortable realidad) era suficiente para lo que necesitamos. A partir de esa invisible línea, el futuro se vuelve una posibilidad superflua, y más pronto que tarde, el presente también. Bienvenido el reino de la magia y la fantasía posible. La tecnología se vuelve esotérica.

Si siguiera con la absurda simplificación expuesta arriba, veríamos del otro lado del espectro a quién mira los adelantos tecnológicos, los key-note de Apple, los artículos en las revistas especializadas, casi con impaciencia.

Recuerdo haber tenido una conversación con amigos hace algunos años (no tantos), sobre cuándo llegaría el gadget ideal. Ese aparato, portátil, ligero, barato, eficaz, que fuera teléfono, cámara, reproductor digital de audio, grabadora, computadora, navegador de internet.

Una pregunta similar a las que los niños nacidos en los setenta nos hacíamos al conversar sobre la NASA, la luna y los viajes espaciales. “Cuando lleguemos al año 2000 voy a vivir en una colonia lunar” decía más de uno. Treinta años después, el fraccionamiento multifamiliar privada la luna en cualquier ciudad de nuestro país, se vuelve una triste constatación de los alcances de nuestra imaginación infantil.

El tiempo tiene la facultad de sorprender y dar baldazos de agua helada por igual. Las generaciones nacidas en las últimas dos décadas no saben lo que es nacer en un mundo analógico, donde la primera computadora personal “a colores” apenas apareció en 1982, lo más cercano a un videojuego era pong y los casetes eran el colmo de la portabilidad musical.

Hoy se anuncia cada tercer día una nueva Tablet, un teléfono más chico, más delgado, con más memoria que una mainframe de IBM en 1970, y aunque nos anotamos en las listas de espera, dispuestos a formarnos para añadir el nuevo artilugio a nuestros aditamentos primarios, el anuncio es visto casi con un bostezo tintado del fastidio de ya no tener lo último. La nueva generación tecnológica convierte la anunciada hace apenas seis meses, en casi obsoleta. No porque ya no sea útil, o no pueda serlo por unos años más, sino porque buena parte de la sociedad se ha vuelto early adopter.

El ejemplar de Wired de octubre tiene en la portada el nuevo Replicador 3D creado por la empresa de Bre Pettis. Parece un microondas pero es una impresora de objetos. ¿Quién verá la foto o leerá el texto con un ápice de asombro? Todavía lejos de ser un producto mainstream (a un par de años de distancia, a lo sumo), ya es posible tener una en tu oficina por poco más de dos mil dólares.

La impresora crea objetos sólidos de un plástico similar al que se usa para las fichas de Lego (hay otras que lo hacen con metal y otros compuestos) a partir de modelos tridimensionales en tu computadora. Es posible imprimir figuras de acción, tazas, esculturas, modelos a escala, refacciones para electrodomésticos, joyas. Y la pieza que sea, cuesta igual, como cuesta igual imprimir una página de texto o una ilustración de Escher en tu impresora láser. $48 dólares por kilo de “tinta”.

Si en Japón puedes escanearte e imprimir tu propia figura de acción de ti mismo (material sin duda para algunas sesiones de terapia). La impresión 3D tiene más futuro que el fetichismo egocentrista. Ya se usa para crear aditamentos dentales personalizados, incluyendo coronas molares. Y algunos visionarios empiezan a mirarla como una alternativa para la creación más allá del proceso artesanal.

La fabricación masiva podrá seguir en manos de los chinos, pero en una habitación de tu casa podrás imprimir toda suerte de objetos personalizados, modificados para ti y tu familia. ¿Cuánto falta para que el siguiente juguete de navidad de tus hijos lo imprimas en casa?

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 24 de septiembre del 2012

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