Si eres de los que sienten que el Big Brother de George Orwell está a la vuelta de la esquina y pronto seremos vigilados y controlados por las grandes corporaciones como en una película distópica de los años ochenta, quizá no estés tan equivocado. Si estás convencido que esto sucede ahora mismo, basado en la primera temporada de Person of interest y algún correo de cadena en la web, conviene ajustar la medicación.
Lo cierto es que no se trata sólo de Facebook, las redes sociales, y toda tu información personal filtrada a quien menos confianza le tienes. Es cierto que un reporte reciente de The Wall Street Journal cuenta como un par de jóvenes salieron inadvertidamente del clóset, por no anticipar el alcance de los controles de privacidad de la red social. En breve: un conocido los enroló en un grupo de interés básicamente homosexual, y antes de que dijeran “me gusta”, sus “amigos” supieron de la invitación, y ataron cabos. Entre ellos, uno de sus padres: ups!
Desde hace tiempo corren en internet advertencias sobre las malvadas cookies y trackers de que se valen ciertos sitios para rastrear lo que compras, lo que te gusta, lo que no, los sitios que visitas, cuánto tiempo y demás. Detrás de ello, supuestamente, está el deseo de darte una mejor experiencia de compra. Así, la página de la tiendafulana.com te da la bienvenida con ofertas de lo que sueles comprar, información sobre el último libro de tu autor favorito, además de recomendaciones basadas en lo que compraron otros que también se llevaron lo que a ti te interesa.
Hasta hoy, el alcance de este llamado spyware es relativo y un usuario más o menos diestro puede cortarle las alas a través de herramientas de seguridad, o configurando bien sus navegadores y redes sociales. El otro 95% de los usuarios normales, sin aspiraciones geek o paranoia congénita, está frito.
A propósito de esas cadenas de recomendaciones, un artículo de The Daily Beast reflexiona precisamente sobre la influencia que sitios como Amazon y Google han tenido en los hábitos de compra, y por consiguiente de lectura, de sus millones de clientes. El artículo estaba enfocado en aplaudir que todavía existieran premios literarios como el Man Booker para dar proyección a autores poco conocidos que no escriben sobre las sombras del señor Grey y por lo tanto suelen eludir los algoritmos de recomendación de estos sitios web. El Booker se puede perfectamente acreditar haber “descubierto” o proyectado a autores como Salman Rushdie o el propio J.M. Coetzee.
Los peligros anteriores están en Internet, o sea, van con el territorio de aventurarse en redes sociales de interconexión donde compartimos nuestra intimidad, hábitos, fotografías y predilecciones; no debería haber demasiada sorpresa.
El tema es que el horror ya escapó del mundo virtual y está de vuelta en el súper de la esquina. Bueno, quizá todavía no en el OXXO de tu esquina, ni pronto en las tiendas mexicanas, pero sí en los países donde la tecnología no requiere una conexión de banda ancha “veloz” de Infínitum o Telcel.
Según Thomas H. Davenport, profesor investigador de Harvard, y consultor de negocios y tecnología, las herramientas de análisis a partir del video que antes sólo contaban clientes y reforzaban la seguridad en las tiendas, tienen ahora, combinadas con la integración de datos, alcances mucho mayores.

Recientemente, Davenport anunció, en un foro de negocios, cómo una cadena de hoteles de Las Vegas, se valía de las cámaras y un software de análisis para determinar cuántas sonrisas había entre sus clientes y por lo tanto, su nivel de satisfacción.
Ya sabíamos que nuestra cámara digital es capaz de identificar sonrisas antes de dispararse, ¿pero convertirlas en dato estadístico, en medición de felicidad? Inspira a dos preguntas: Primero: ¿dónde quedaron las caras de poker? Segundo: ¿cuánto falta para que nuestros políticos empiecen a contar sonrisas en las calles?
En su blog, Davenport abunda. Si en tiendas de autoservicio se empezó contando clientes, ahora es posible cruzar esos datos contra las ventas para obtener cifras de conversión entre número de clientes y volumen de ventas. Puesto que el software puede identificar el sexo del cliente, sus patrones de compra, los pasillos por los que pasa rápido, los estantes en los que se detiene, qué productos le llaman la atención y de ellos cuáles revisa y compra; los datos que se pueden obtener son mucho más valiosos.
Pensemos en un elemento fundamental para cualquier comerciante. Saber si sus clientes compran más por su cuenta o a través de la interacción o asesoría de sus empleados. Son datos que no sólo definirán posibles estrategias de ventas, cuánto personal necesita y en qué horarios; también le permitirán validar si sus empleados cumplen con su trabajo y si este se refleja en las ventas o la satisfacción del cliente.
No falta mucho para que el software sea capaz de reconocer los rostros. Los comerciantes sabrán si su mejor cliente entró en la tienda, y le podrán dar la bienvenida en forma más cálida y personalizada que el saludo de bienvenida de Starbucks. Igualmente, dirán con cierta justificación algunos, permitirá a “alguien” saber dónde estás, qué estás haciendo, sin necesidad de actualizar tu estatus en Facebook o Twitter. Así como ahora nos enteramos cuando uno de nuestros contactos se conecto en línea, seremos capaces de saber si fulano entró al súper, al cine, o al bar.
Es entendible que los comerciantes quieran recuperar algo del terreno que les ha quitado la web. Y que la integración de ambos mundos no está tan lejos. Pero también resulta evidente que será necesario discutir los alcances de la privacidad, y ese a veces no mencionado, pero no por ello menos pertinente, derecho al anonimato. Anticipemos acalorados debates legislativos en los países donde no se están discutiendo reformas anquilosadas desde el siglo pasado.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 17 de octubre del 2012
Nota: en la edición impresa de El Economista, por error se mencionó a The Guardian como fuente del artículo sobre el premio Booker. La fuente correcta es The Daily Beast, como se señala aquí.

Una tesis del doctor Alfredo Jalife, es precisamente, el control gringo del ciberespacio, centrado en el ámbito financiero. En efecto, razones para la paranoia las hay. En forma jocosa, Jalife dice que dado nuestro atraso en banda ancha estamos un tanto a salvo.
Aburrición total.
Lo lamento, Susana.
No siempre se puede ser interesante total.
Saludos