En una escena clave de El escritor fantasma de Polanski, un biógrafo (Ewan McGregor) cuestiona al ex primer ministro (Pierce Brosnan) sobre las violaciones a los derechos humanos permitidas por el gobierno británico al solidarizarse con la lucha contra el terrorismo de los estadounidenses. Su respuesta es reveladora: “Qué te parece si en los aeropuertos ponemos dos filas. La primera es para un vuelo donde se respetaron los derechos humanos de todos los involucrados. En la otra, garantizamos que hicimos hasta lo último posible, sea el método que sea, para asegurar que el vuelo es seguro. ¿En dónde subirías a tus hijos?”.
El tema de la seguridad en los aeropuertos, y para el caso en todos los viajes, tiene muchas aristas, lo que queda claro para quien haya viajado recientemente y haya sufrido el inconveniente de aprenderse las reglas y revisiones, contradictorias algunas, de distintos países e instituciones.
El estándar internacional en que muchos países basan sus esquemas de seguridad está basado en los parámetros establecidos por la TSA (Travel Security Administration), una organización que surgió después del 11/9.
La TSA tiene documentadas todas las razones por las que realiza revisiones de uno u otro tipo. Los secuestros aéreos de los sesenta llevaron a instalar magenetómetros para detectar armas. La bomba en el Pan Am 103 provocó que ahora se obligue a que los pasajeros viajen con su equipaje. El 11/9 llevó a crear la TSA y a crear regulaciones tratando de anticipar la siguiente jugada de Al Qaeda.
Así, los explosivos líquidos basados en peróxido de hidrógeno impiden que puedas subir tu botella de agua. Se podría obligar a los pasajeros a beber un poco de su agua y ver si caen envenenados, pero eso volvería el paso más lento.
No sólo fue la imbecilidad de Richard Reids y sus tenis explosivos en diciembre del 2001, lo que llevó a que todos los viajeros deban quitarse los zapatos para pasarlos por el escáner en los controles de seguridad estadounidenses; también se descubrió una estrategia de Al Qaeda para construir sofisticadas suelas explosivas.
Las reglas cambian constantemente, y los demás países y empresas las copian a su modo. Por ejemplo, en México la revisión de seguridad no requiere quitarse los zapatos, pero sí poner un iPad en una charola independiente, mientras que en EU los iPad ni se sacan de la maleta.
En Guadalajara, para un vuelo nacional, un control de seguridad obliga a que tu equipaje sea revisado antes de documentarse por sujetos que manosean lentamente cada calcetín con devoción fetichista. El precio de no contar con escáneres o personal capacitado.
En algunas líneas de autobuses, debemos pasar a través de un arco magnético, ser peinados por un escáner manual, para finalmente recibir un gratuito masaje/cateo por guardias supuestamente capacitadas para esos menesteres. El uso de mujeres en esta ingrata labor es cuestión de evitar resistencia de pasajeros de ambos sexos, pero para muchos puede resultar igualmente incómodo. Para rematar, una vez tomamos asiento somos videograbados por el conductor.
En un revelador artículo en The Wall Street Journal, Kip Hawley que encabezó la TSA por algunos años, centra el dilema de los revisores en lo siguiente: “El miedo a no detectar la cosa más pequeña, contra la probabilidad de perderse el panorama general por estar enfocado en los detalles”.
Para Hawley el sistema falla en más de un sentido. No sólo en su enfoque en lo que está permitido y no, que quita la atención de observar indicadores más relevantes; sino en que es un sistema que irrita y es detestado por la mayoría de los pasajeros, mientras que un terrorista entrenado siempre le puede sacar la vuelta a una lista predecible de requisitos. “Nos hemos vuelto una agencia demasiado reactiva”.
Los escáneres modernos pueden detectar si tu botella de Ciel tiene explosivos dentro, pero esa función aún no se implementa por que es más rápido deshacerse de todas las botellas de agua. Hay temor a hacer más lento el proceso. Entre las propuestad de Hawley está eliminar las restricciones de objetos, escanear los líquidos, y obligar a las líneas aéreas a que no cobren el equipaje documentado, pues eso lleva a los pasajeros a retacar las maletas y bultos que suben al avión, dando más trabajo y tiempo a la revisión. El punto más importante, para él, sería realizar revisiones aleatorias más que palomear listas de requisitos. Un enfoque que lleva implícito asumir un riesgo frente a la actitud políticamente correcta de buscar la inasible seguridad total.
Si la seguridad absoluta es imposible, es aún más difícil aspirar a ella si sus implementadores se clavan en la mecánica y los detalles absurdos en lugar de generar un ambiente colaborativo que lleve a una cultura de seguridad. Ese es el centro de los libros: Liars and Outliers de Bruce Schneier, un tratado sobre la confianza que necesita la sociedad para sobrevivir; y de Against Security: How we go wrong at airports, subways and other places of ambiguous danger del sociólogo Harvey Molotch.
Quizá habría que empezar por diferenciar las medidas que se toman por seguridad de las que se toman para avanzar la fila más rápido. Si la seguridad es tema de autopreservación para el pasajero, por qué da la impresión que el reto de algunas instituciones, aeropuertos y empresas es que “parezca seguro” y no tanto que lo sea.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 3 de octubre del 2012 (por cuestiones de espacio, la versión impresa de esta columna es más breve)
Ligas de interés
Reseña de ambos libros mencionados en WSJ
