132 – Una década de Redes Sociales: La vida en 140 caracteres

Una de las novedades que convirtieron a Twitter en un éxito instantáneo, y de alguna manera lo alejan de la invasión de basura “social”, es que cada usuario controla su TL (timeline o flujo temporal). Cada quién decide a quién seguir y es una decisión tan temporal y transitoria como cualquiera en la vida. Si el amigo Juan que nos acompañó durante toda la universidad se vuelve un pesado después del matrimonio, lo más probable es que, en la vida diaria, lo saquemos de circulación. Nuestra relación con él reducida al encuentro casual.

Facebook, Hi5, MySpace y todas las redes de segunda generación, no permitían ese tipo de control. Una vez vinculado a Juan lo aceptabas como amigo, y sus publicaciones aparecían como plastas cada vez que entrabas en tu muro. Después el equipo de Zuckerberg añadió la opción de “ignorar a Juan en lo sucesivo” (o algo así), con lo cual él sigue pensando que es tu amigo y no lo has despreciado abiertamente, aunque las fotos de sus mocosos comiendo helado nunca más aparecerán cuando te conectes. Las redes sociales replicando nuestros defectos sociales: la hipocresía.

Desde Facebook hasta Pinterest, pasando por supuesto por Twitter, las redes sociales no tienen instructivo. Sea que sus creadores aprendieron que de nada sirve jugar a los dioses, es mejor que la comunidad defina sus propias reglas, e ir adaptando el medio a ellas. El nuevo usuario se acerca con el temor a lo desconocido, aderezado por ese particular miedo generacional que se siente hacia la tecnología. Esa vaga sensación de que no saber es igual a hacer el idiota.

Poco habría que preocuparse, la propia naturaleza de las redes lleva al principiante a acercarse a otros, socializar y preguntar qué diablos significa #FF y por qué está mal vista una u otra cosa. Al poco tiempo de funcionar, los usuarios de Twitter se las habían arreglado para ir inventando su propio código alrededor del tuit, si lo reenviabas, cómo se debía citar a los otros, si al añadir tu comentario debías utilizar una doble diagonal // o una flechita – ->.

Los traspiés son comunes: Baratunde Thurston, director digital de The Onion relata en Fast Company, cómo configuró por error el envío de mensajes privados como públicos. Lo que debía llegar a uno llegó a miles, que pronto acusaban a The Onion de llenar de basura sus TL. La anécdota es similar a la del diputado que incluye su número celular en un tuit publico, o el novio de la hija del candidato que se quiere pasar de listo defendiendo el honor familiar. El acceso inmediato invita al impulso y la falta de contención al dislate y el error.

Las cosas se dicen de forma muy distinta cuando hay que ser breve. Más aún cuando hay que encajarlas en un molde predeterminado. Quizá uno de los mayores aciertos de Twitter hayan sido esos 140 caracteres en los que el participante debe decir lo que piensa, repetir lo que piensa otro, responder una pregunta, insultar a alguien, añadir un comentario o compartir una liga o foto.

Por supuesto, twitter ha sido invadido por servicios de noticias que emiten boletines sin descanso, encabezados trillados y sandeces del mundo del espectáculo. Para sondeos que no prueban absolutamente nada, y también ha sido territorio para “pensadores” que inadaptados al medio, consideran que la mejor manera de hacerse escuchar es repitiendo cada cinco minutos lo que escribieron. Los peores de los cuales, transcriben sus artículos, línea por línea, pensando quizá que el usuario desinteresado, se verá obligado a leerlos: a beber su licuado intelectual a la fuerza por gotero.

Twitter es territorio fértil para los que buscan inflar su ego y popularidad con aire. Sea entrando a esquemas de “me sigues, te sigo”, o peor, contratando bots para que lo sigan a uno. Empresas enteras dedicadas a inventar personas virtuales, con la triste imagen del huevito genérico o la foto de alguna modelo copiada de internet, nombres de directorio telefónico, y actividad nula. Entes genéricos que te siguen y repiten lo que dices para que el mundo vea que muchos lo hacen, que eres importante y lo que dices vale la pena. Otros bots realizan funciones específicas quizá menos tramposas.

Con Twitter nacen los Trends. Ese hit parade de la popularidad que dice de qué se está hablando en la red. En base a la palabras repetidas o a etiquetas tipo #eresunnacosi, la lista es un ejemplo más de lo efímero o inútil, y no por eso menos codiciado por empresas y políticos. Promover un trend para que sea visto por 18 millones de personas, por ejemplo, cuesta $120,000 dólares. Casi nada comparado a los costos de la televisión, pero con un efecto incierto.

¿Cuál es el éxito en Twitter, o para el caso en la redes sociales? ¿El número de seguidores, retweets, clicks, hits, ventas, impresiones, menciones, favs? No hay respuesta clara. Los mercadólogos fueron rebasados por la realidad y lo único que tienen claro es que necesitan/deben participar. Aunque lo que hagan resulte contraproducente.

Conforme las redes sociales se van integrando en la vida de sus usuarios, las intromisiones comerciales, especialmente si no fueron solicitadas, se vuelven más irritantes. La respuesta más común será reportar al bot por spam y bloquearlo.

Twitter es la red más democrática y en muchos sentidos la más feroz. Permite un acceso hasta entonces insólito a sus participantes, y con ello interactuar con políticos, escritores, celebridades televisivas, futbolistas o empresarios antes inaccesibles. Aunque no te sigan, siempre puedes enviarles un mensaje público, un cuestionamiento, un reclamo o una mentada de madre. Los neófitos del medio suelen mirar con disgusto esta última faceta, no vengo aquí a que me insulten, ha dicho más de uno, pero es uno de los precios de la libertad, del acceso y la interconexión.

Twitter ha visto peleas y debates encarnizados. Algunos duran unas horas y otros días enteros. A veces algún usuario descubre el altercado y corre la voz, lo que permite que la cadena completa de intercambio se consulte o publique por ahí. Se ha categorizado la red social como un avispero o un callejón de navajas afiladas (como lo describió alguna vez Ciro Gómez Leyva), pero lo cierto es que la mayoría de los usuarios huyen al conflicto y ante el tuitero agresivo o peleonero recurren al sensato unfollow.

A pesar de ellos, no todo es anarquía en las redes sociales. También tienen reglas no escritas, suerte de precedentes que surgen de la observación, el sentido común y hasta la filosofía auto referente, pero de esas hablaremos la próxima semana.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 19 de septiembre del 2012