130 – Mentes falibles

 

Siempre me ha parecido fascinante leer sobre la mente humana, en particular aquellos ensayos y estudios respaldados por experimentos científicos y buenos argumentos, que señalan cómo es esta poco confiable, dada a errores de apreciación, de memoria o de juicio.

Sean el psiquiatra Paul Watzlawick en su extraordinario libro ¿Es real la realidad? (Herder) o trabajos más recientes como Las trampas de la mente de Joseph T. Hallinan (Kairós), o esa especie de estudio del instinto que es la Blink: inteligencia intuitiva de Malcolm Gladwell (Taurus).

Estos libros tienen en común que analizan aspectos inconscientes de la percepción humana. En Watzlawick, la manera en que damos forma a todas esas certezas que llamamos realidad. En Hallinan, los engaños que nos juega nuestra propia confianza en que lo que vemos, pensamos y creemos corresponde con una verdad verificable. En Gladwell el contraste entre las verdades instantáneas frente al falible veredicto y análisis de los expertos.

Los tres recuperan experimentos sociológicos, como el realizado por investigadores de Stanford donde en pruebas ciegas de una selección de vinos, la mayoría de los sujetos (no expertos) tenderá a afirmar que el más caro es el mejor (el experimento consistía en etiquetar un precio falso a los degustadores antes de que probaran).

O aquel de Princeton que afirma es posible anticipar quién ganará una elección política a partir de la inferencia inconsciente que el potencial elector hace de la competencia del candidato. Aplicando el experimento, se pudo predecir en elecciones al congreso de los EU que el que aparentaba “más competencia” recibía el 67% de los votos para diputados y 72% para senadores.

Lo interesante es que esa conclusión: ¿quién es más competente? se tomaba en segundos, nada más ver las caras de los candidatos. No importaba el partido, la plataforma, los spots, la imagen, las declaraciones, nada más. Los experimentos se realizaron rigurosamente entre gente que desconocía a los candidatos y por lo tanto no tenía juicio previo que empañara o influenciara la subjetividad de su inferencia.

En nuestro país este tipo de estudios se hacen poco, su publicación no tiene efectos políticos, y aún así me atrevería a decir, que serían vistos con igual suspicacia que una encuesta cualquiera. Sin embargo, el principio de investigaciones como estas no va dirigido a manipular o influenciar la percepción, sino a intentar explicar o aproximar ese otro tipo de factores que van construyendo en cada persona su versión de la verdad y la realidad.

Si la mayoría va por ahí asumiendo el mundo como un ente inamovible, preciso, cuantificable y objetivo, donde la manera en que lo ven y juzgan es correcta porque así “es” el mundo, es lógico que muchos se sientan irritados, traicionados o malentendidos cuando las cosas no se dan de acuerdo a como la ven.

La televisión no ha permanecido al margen de fenómenos como estos. El año pasado vimos la tercera y última temporada de Lie to me. Una serie inspirada en estudios científicos, cuya premisa era que su protagonista, el doctor Lightman (Tim Roth) es capaz de leer, infaliblemente, a simple vista, las microexpresiones en los rostros de la gente para saber si mienten o no. A partir de ello se construyeron algunos capítulos muy buenos (otros no tanto) donde la habilidad de Lightman le permitía resolver crímenes, escándalos políticos o secretos familiares.

La veta científica también inspiró la exitosa Numb3rs, donde Charlie Eppes, un genio matemático asesora a su hermano (agente del FBI) a resolver crímenes valiéndose de lecturas numéricas y probabilísticas de los casos a los que se enfrenta. Eppes no se vale de álgebra, ni nada que hayamos visto en la escuela, sino de las más elaboradas teorías de matemáticas del caos o por lo menos eso parecen sus pizarras llenas de fórmulas indescifrables para el espectador común.

La más reciente, estrenada hace un par de semanas, es Perception, donde Daniel Pierce, un excéntrico profesor de neurología, encarnado con habilidad por Eric McCormack (Will de Will & Grace), asesora a una poco creíble exalumna (Rachel Leigh Cook) en casos del FBI donde el sospechoso o el crimen tienen algún problema “mental”. El personaje de Pierce es una mezcla de Lightman, Eppes y el esquizofrénico matemático John Nash que le valiera una nominación al Oscar a Russell Crowe por Una mente brillante.

El mayor problema de una serie como esta es ser capaz de mantenernos interesados una vez que el truco: el diagnóstico ingenioso, la alucinación que ayuda al profesor, la verdad esquiva, y demás, se vuelven tema predecible.

Hay que decir que si algo comprobó House M.D. es que las enfermedades raras dan pasto para muchos argumentos. El territorio ahora es el de la mente humana, igualmente explorado por Medium, la efímera pero brillante Sleepwalkers, Mental, y hasta Criminal Minds. La prueba de fuego será si los guionistas entienden que es igualmente importante que su protagonista falle de vez en cuando, que su percepción también sea víctima de sus propias limitaciones, como la de todos los demás.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 5 de septiembre del 2012