124 – Olímpico silencio

Voy a decirlo sin rodeos: hay que aplaudir la transmisión olímpica de Sky. No sólo hay, para sus suscriptores, cuatro canales casi las 24 horas con eventos olímpicos (disponibles en alta definición), sino que se ofrece algo insólito: audio original.

Eso quiere decir que podemos seguir una pelea de box sin que el comentarista deportivo en turno nos diga que el boricua tiene dinamita en los puños. Sin trivia, estadísticas sobadas y fuera de contexto, superlativos cada dos minutos y una cansada ansiedad por hacer emocionante hasta el bádminton.

Ver los eventos deportivos con sonido ambiente, es un ejercicio (si se vale el término frente a semejante evento deportivo) de relajación televisiva.

En voleibol femenil podemos ser testigos de los diferentes estilos de los entrenadores: el benévolo turco, el regañón de Serbia, o la bobalicona coach de las larguiruchas inglesas. Es posible escuchar alguna porra desde lo alto del graderío (los asientos de abajo siguen vacíos), y hasta los bufidos del levantamiento de pesas, junto a los gritos de aliento de algún entrenador.

No sé si fue un accidente técnico, una exigencia de la BBC, NBC o quien tenga los derechos internacionales de transmisión, o un relámpago de genialidad de algún ejecutivo. Para los espectadores desde el otro lado del Atlántico, es lo más parecido a estar ahí, con la ventaja de las espectaculares imágenes en alta definición.

Todo empezó en la inauguración. Cuando me preparaba psicológicamente para cinco horas de transmisión con el panel de lujo de Televisa o Azteca dispuestos a ocupar cada segundo demostrándonos lo buenos que son extrayendo información de boletines de prensa (ya sabemos que los favoritos son los chinos y los estadounidenses) y reciclando lugares comunes para manifestar su asombro; descubrí que en Sky Sports1 se podía escuchar la ceremonia sin comentarios!

Las palabras de Branagh, la música británica, desde los himnos religiosos hasta Pink Floyd, los Artic Monkeys, McCartney y ese desfile de rockola por las décadas. La excepcional puesta de producción con el NHS (National Health Service) inglés, que incluyó casting y preparación con enfermeras y médicos que laboran en la célebre institución de salud. Lo de James Bond y la Reina no necesitaba explicación. Las payasadas de Mr. Bean (“es el conocido mister Bean, famoso comediante británico que salió en varias películas, entre ellas, Mr. Bean”). Esa idea de mezclar lo cultural, lo histórico y lo lúdico, fue elegante y muy efectiva. Y en Sky Sports1, nadie dijo pío. La mejor experiencia olímpica que recuerde.

Después, durante el desfile, pasó la delegación mexicana, con sus trajes llenos de colorido y piedras brillantes. En twitter se dieron un festín comparándolos con los uniformes de las meseras de Sanborns, el clóset de Beatriz Paredes, y todo tipo de ocurrencias denostando al diseñador y los deportistas. Algunos incluso se lo tomaban demasiado en serio (en twitter así es) y se autonombraban el hazmerreír de las delegaciones olímpicas y el diseño mundial.

A mí me gustó lo que llevaban. Es un cambio bienvenido sobre los tristes pants verdes con logotipo del patrocinador en turno (estilo uniforme de educación física en la prepa de su preferencia) las playeras polo bordadas y el sombrero de charro como nota folclórica en el/la abanderado en turno, para que se vea que somos muy mexicanos. Vamos, se trataba de una fiesta. Los deportistas se veían alegres, y salvo alguno que otro entrenador o funcionario con hemorroides por el largo vuelo y esperable mala cara, fue una buena participación.

The Guardian ha dedicado un buen número de palabras a los asientos vacíos, señalándolos como una vergüenza para el Comité Organizador. Sucede que todos esos espacios en las graderías fueron dados en reciprocidad a las empresas que patrocinaron los juegos, y estas a su vez los cedieron a ejecutivos y clientes de acuerdo a sus propios esquemas de relaciones públicas. Los receptores de los codiciados lugares, por lo visto no tenían mucho interés de asistir. El remedio ha empezado a ser, dejar pasar público de relleno: maestros y niños, a estos asientos.

Muchos medallistas no pierden tiempo en retratarse mordiendo las medallas. Si en épocas remotas se mordía el oro para verificar su pureza, la superstición de hacerlo con las medallas deportivas (inclusive con las de plata y bronce), no es menos que curiosa.

Como homenaje a la única película realizada sobre las glorias olímpicas inglesas, el comité organizador nos recetó durante la inauguración con una interpretación (llena de buen humor) de Carros de fuego de Vangelis a cargo de la Orquesta Sinfónica de Londres (y Mr. Bean por supuesto). Hasta ahí bien. Después a alguien se le ocurrió que sería la música ideal para tener de fondo en todas las ceremonias de premiación, desde que salen los competidores del vestidor, recién bañados con sus pants planchados y los dientes afilados para morder su medalla; hasta que se interpreta el himno del país victorioso. Uff. Qué mal trago para los edecanes que acomodan los ramitos de flores y barren los podios, y tienen que oírlo todo el día. Casi preferirían escuchar a un locutor de Televisa Deportes. Casi.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 1 de agosto del 2012