124 – Medianoche

El pasado viernes 20 de julio se estrenó Dark Knight Rises en los Estados Unidos. El estreno consistió en funciones simultáneas a la medianoche para las que los fans más impacientes del caballero de la noche se formaron horas. Existía elevada anticipación por ver el final de la trilogía de Christopher Nolan que acumulaba un porcentaje de críticas positivas casi cercano a la perfección.

En Aurora, Colorado, a sólo dieciocho millas de Columbine y su tristemente célebre escuela, la función significaba un exitoso lleno en el múltiplex local. Media hora después de iniciada, uno de los espectadores, James Holmes, que llevaba el pelo teñido de color naranja en probable alusión al Joker, se levantó de su asiento y salió de la sala por la salida de emergencia. Tuvo cuidado de bloquear la puerta para que no se cerrara.

Minutos después, Holmes regresó a la sala. Vestía ahora un chaleco y pantalón blindado de kevlar, cargaba dos granadas de gas lacrimógeno y un fusil de asalto. Tan parecía un villano salido de la cinta de Nolan, que uno de los testigos que lo vio de pie en la puerta de emergencia, pensó que se trataba de un truco publicitario.

Holmes arrojó las granadas a la multitud y empezó a disparar contra las primeras filas, por lo menos 71 personas resultaron heridas y doce murieron (hasta ahora). Entre las víctimas: Veronica Moser, una niña de 6 años, a la que su madre había llevado a la función. Tres jóvenes que protegieron a sus novias con su cuerpo y recibieron ellos las balas en un último gesto heroico. Alex Sullivan quien empezaba su cumpleaños 27, y Jessica Ghawi (24), escritora deportiva, que por un presentimiento se había salvado semanas atrás de una balacera cuando vacacionaba en Toronto.

Llovieron llamadas al 911. Los primeros policías en llegar detuvieron a Holmes en el estacionamiento. No resistió el arresto, al contrario, advirtió a los oficiales que había dejado bombas plantadas en su departamento. Pronto se descubrió que al mismo tiempo que Holmes disparaba en el cine, en su departamento se había encendido música a todo volumen. Una de sus vecinas se acercó a la puerta que estaba entreabierta. No se atrevió a entrar.

El escuadrón anti-bombas encontró más de treinta granadas caseras y un entramado de cables que se detonarían cuando alguien cruzara el umbral. Se presume que Holmes deseaba matar al mayor número de gente posible.

Como suele suceder, nadie imaginó que el joven estudiante de neurociencia, recién aceptado en el exigente programa doctoral de la universidad local, fuera capaz de hacer algo así. Descrito como callado y serio, también como un estudiante ejemplar, tenía un perfil discreto en internet, en donde sólo se encontraron cuentas en servicios de citas donde preguntaba a las candidatas, semanas antes, si lo visitarían en prisión.

Holmes lo planeó por mucho tiempo. Fue comprando armas en distintas tiendas de localidades vecinas, y más tarde 6,000 balas a través de internet. Armó explosivos caseros con balas, pólvora y químicos domésticos, y preparó hasta el último detalle.

El incidente perturbó, como podría esperarse, a la sociedad estadounidense. De inmediato se retomó el ácido debate entre los que proponen aumentar el control a la venta de armas y los que insisten que estas deberían proliferar más (entre ellas la nefasta NRA). Mientras unos dicen que tragedias como ésta, la de Columbine y Virginia Tech se hubieran impedido con mayores regulaciones; la NRA alega que si más gente hubiera estado armada, alguien hubiera “bajado” a Holmes antes.

Lo cierto es que con el blindaje que llevaba Holmes, más armas en la sala hubieran significado más víctimas. Para David Dow, editorialista de Daily Beast y defensor del control de armas, la discusión es casi obscena. En un provocador artículo señala que “el problema con EU es la profunda negación cultural de que tenemos miles de seres humanos dañados a los que ignoramos hasta que explotan”. Para Dow el control de armas no podría prevenir tragedias así. Gente rota como Holmes siempre puede adquirir armas en internet o llevar una bomba.

Expertos en conducta criminal afirman que detectar un asesino en masa es mucho más complicado que a un asesino en serie. Los asesinos en masa, un 97% de ellos hombres, actúan una sola vez, dice el doctor Michael Stone (experto que entrevistó a más de 200 asesinos en masa).

El problema es complejo y va a aparejado con la sobre-reacción social que se genera frente a actos monstruosos, como a la aparente indiferencia que despiertan estas personas antes de cometerlos. Tanto Holmes, como Cullen y Klebold (los jóvenes asesinos de Columbine), o el neonazi noruego, debieron estar emitiendo señales de que algo andaba mal, y nadie estaba viendo.

Señalar con el dedo es fácil, como si echarle la culpa a alguien nos devolviera alguna certeza perdida sobre la racionalidad del mundo. Quizá la primera lección que podemos recoger de este tipo de sucesos, está en evitar los debates simplones. No hay nadie más responsable de lo sucedido en Aurora que James Holmes. Coincido con Dow en asumir también la responsabilidad compartida de la sociedad, la estadounidense en su caso y la humana en el de todos. La responsabilidad por no querer ver a los Holmes que andan por ahí, invisibles y enfermos, hasta que aparecen en algún noticiero.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte ideas y gente, del miércoles 25 de julio del 2012